Fic TOLL de Beth

Capítulo 14

El regreso fue un silencio que pesaba más que el aire mismo.

Nick conducía con la mandíbula tan apretada que los músculos del cuello se le marcaban como cuerdas tensas.

No dijo una sola palabra.

Ni una mirada.

Solo el ronroneo del motor, el zumbido del aire acondicionado y el latido acelerado de mi propio corazón que intentaba fingir calma.

Yo iba sentada de lado, mirando el paisaje pasar por la ventana: luces de la ciudad que empezaban a encenderse, autos que nos rebasaban indiferentes.

Pero por dentro calculaba cada segundo.

No podía dejar que se fuera así.

No podía dejar que el nombre de Tom se quedara flotando entre nosotros como una bomba sin detonar.

Tenía que desactivarla.

Tenía que hacer que dudara de lo que acababa de escuchar.

Después de quince minutos de silencio absoluto, giré la cabeza hacia él y puse voz suave, casi preocupada.

—Nick…

Él no respondió.

Solo apretó más el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Suspiré, fingiendo vulnerabilidad.

—Lo siento… se me escapó, estaba muy nerviosa….muy… excitada….

Y en mi cabeza todo se mezcló…Tom es solo mi alumno, un chico que me recuerda… cosas, pero no es nada….

No significa nada.

Él seguía mirando fijo al frente, la respiración agitada.

—Nick, por favor… mírame.

Por fin giró la cabeza un segundo, los ojos marrón llenos de furia y confusión.

—¿Tom? —repitió con la voz baja y peligrosa—¿Mi hijo? ¿En serio?

Bajé la mirada, fingiendo vergüenza.

—Fue un lapsus, un error estúpido.

Tú estabas aquí, dentro de mí, y yo… no sé…me dejé llevar por el momento.

por los recuerdos….por lo que una vez fuimos.

Él soltó un bufido amargo.

—¿Y se te ocurrió decir el nombre de mi hijo?

Me incliné un poco hacia él, puse una mano suave en su muslo ,solo un toque, lo justo para que sintiera que seguía siendo yo la de antes.

—Nick… mírame…mírame a los ojos—lo hizo, aunque le costó—Te juro que no es lo que piensas….el solo es mi alumno que se queda después de clase porque tiene dudas….nada más.

Y yo… estaba pensando en ti, en cómo me hacías sentir, en cómo nadie más me ha hecho sentir así…fue tu nombre el que quería decir. Solo que… se me cruzó.

Él tragó saliva.

Vi la duda pasar por sus ojos como una sombra.

—¿Me estás diciendo la verdad? —preguntó con la voz más baja, menos firme.

Asentí despacio, con la mirada fija en la suya.

—Te estoy diciendo la verdad..no hay nada con tu hijo por dios, nunca lo ha habido…..Solo tú… siempre has sido tú.

Mentira.

Pero una mentira perfecta, envuelta en verdad a medias.

Nick respiró hondo, la mandíbula se relajó un poco.

La mano que tenía en el volante bajó hasta cubrir la mía, que seguía en su muslo.

—No me hagas esto, Billie —susurró—No me hagas dudar de lo que me queda.

—No lo haré —respondí, apretando su mano—Solo… no me presiones.

Déjame procesar todo.

Él asintió con los ojos todavía nublados, pero la furia se había diluido en confusión y algo parecido a esperanza.

—Está bien —dijo al fin— Te creo.

Mentira.

Pero él se lo creyó.

Y yo…

yo seguí con el plan.

Porque ahora no solo tenía a Tom en la palma de mi mano.

También tenía a Nick.

Dudando.

Deseando.

Y eso… eso era exactamente lo que necesitaba.

&

La tarde siguiente, clase del grupo 101.

Tom se quedó, como siempre.

Los demás alumnos ya se habían ido, el aula quedó en ese silencio que solo existe cuando quedan dos personas respirando en un espacio demasiado grande.

Él se acercó al escritorio con la mochila colgando de un hombro, la coleta rubia un poco deshecha del día, la camiseta negra ajustada marcando los músculos que había ganado en el gimnasio.

Yo estaba sentada en el borde del escritorio, piernas cruzadas, falda subiendo justo lo suficiente para que se viera el encaje del liguero cuando movía la pierna.

—Profesora… —empezó, voz más baja que de costumbre— Tengo una duda sobre la fase G2 del ciclo celular.

Lo miré de arriba abajo, despacio, sin disimulo.

Dejé que mis ojos recorrieran su pecho, bajaran a la cintura, volvieran a subir hasta quedarse clavados en los suyos.

—¿En serio, Tom? —dije, ronca, casi un ronroneo—¿Otra vez G2?

Él tragó saliva.

Asintió, pero los ojos ya no estaban en mi cara.

Me incliné hacia adelante, apoyé los codos en las rodillas, el escote de la blusa que se abrió lo justo para que viera el encaje del brasier.

—Sabes que no te creo ni una palabra de esa “duda”, ¿verdad? —susurré, bajando la voz hasta que sonó como terciopelo rasgado—vienes aquí todos los días con la misma excusa porque quieres que te mire…porque quieres que te vea…y porque quieres que yo sepa que tú también me ves.

Él no negó.

Solo respiró más rápido.

Me levanté despacio, caminé alrededor del escritorio hasta quedar frente a él.

Tan cerca que sentí el calor de su cuerpo, el aroma a su colonia mezclada con sudor limpio de gimnasio.

Levanté la mano y le acomodé una rasta suelta detrás de la oreja, rozando apenas el lóbulo con la yema del dedo.

—Eres un chico muy guapo, Tom—murmuré, la voz baja, íntima, peligrosa—con esa boca que parece hecha para besar, esos ojos que prometen problemas y ese cuerpo que ya sabes usar.

Él contuvo la respiración.

Bajé la mano despacio por su pecho, deteniéndome justo sobre su corazón que latía desbocado.

—Cada vez que te quedas aquí solo conmigo… me pregunto cuánto tardarías en romperte si te tocara de verdad.

Mis dedos bajaron un poco más, rozaron el borde de su cinturón, y luego volvieron a subir, lentos, torturadores.

—Pero hoy no —susurré contra su oído, con mis labios rozando apenas el lóbulo—hoy solo quiero que te vayas a casa pensando en esto… en cómo mi mano estuvo tan cerca… en cómo mi voz sonó cuando te dije que eres guapo… en cómo te deseo mirar y no tocar—me separé un paso, sonriendo con los labios pintados de rojo —Estudia mucho, Tom, porque mañana… tal vez te deje tocar.

Me di la vuelta, tomé mi maletín y caminé hacia la puerta sin mirar atrás.

Lo dejé ahí, jadeando, duro, con los puños apretados y la mirada perdida.

Y cuando cerré la puerta, sonreí de verdad.

El juego ya no era solo mío.

Ahora era nuestro.

Y él acababa de perder la primera ronda sin ni siquiera darse cuenta.

&

La clase del grupo 101 del jueves siguiente empezó como siempre: alumnos entrando en tropel, mochilas chocando, murmullos que se apagaban cuando yo cruzaba la puerta.

Pero el aire ya se sentía diferente.

Yo había elegido el atuendo con intención quirúrgica: blusa blanca de seda ligeramente translúcida en los hombros ,lo suficiente para insinuar el encaje blanco del brasier sin mostrarlo del todo, falda con abertura lateral que subía un centímetro más de lo profesional cuando cruzaba las piernas, tacones de aguja que resonaban como disparos en el pasillo, pelo suelto con ondas naturales que caían sobre un hombro, y labial vino mate que parecía sangre fresca.

Entré, dejé el maletín en el escritorio y me apoyé en él con las caderas, cruzando los brazos justo debajo del pecho para que la blusa se tensara un poco más.

—Buenos días —dije con voz baja, casi ronca—Hoy vamos a hablar de transducción de señales. Cómo una hormona le dice a una célula “haz esto”… y la célula obedece sin preguntar.

Hice una pausa deliberada.

Miré directamente a la tercera fila.

Tom estaba ahí, sentado derecho, la coleta de rastas rubias impecable, camiseta negra ajustada, ojos miel clavados en mí como si el resto del salón no existiera.

Sonreí.

Solo para él.

—Empecemos.

Durante los primeros veinte minutos expliqué cascadas de señalización con diapositivas limpias y ejemplos claros: insulina, adrenalina, receptores acoplados a proteína G.

Los alumnos tomaban notas, algunos preguntaban.

Yo respondía con calma, paseándome por el pasillo, rozando apenas los pupitres con las yemas de los dedos.

Cuando pasé cerca de Tom, me detuve un segundo más de lo necesario.

Me incliné hacia su pupitre, apoyé una mano en el respaldo de su silla y señalé su cuaderno con el marcador.

—Aquí, Kaulitz —susurré, lo suficientemente bajo para que solo él oyera—Te faltó la flecha de activación de la proteína kinasa A.

¿Quieres que te lo explique… más despacio?

Mi aliento le rozó la oreja.

Vi cómo se le erizaba la piel del cuello.

Él levantó la vista, los ojos oscuros de deseo contenido.

—Cuando usted quiera —respondió en el mismo tono bajo, casi un ronroneo.

Sonreí con los labios cerrados, me enderecé despacio dejando que mi cadera rozara apenas su hombro al pasar y seguí caminando como si nada.

El resto de la clase fue una tortura lenta para él.

Cada vez que me inclinaba sobre el pizarrón, la abertura de la falda dejaba ver un destello de encaje en la liga.

Cada vez que cruzaba las piernas sentada en el borde del escritorio, la falda subía lo justo para que él tragara saliva audiblemente.

Cada vez que pasaba cerca de su fila, dejaba que mi perfume se quedara flotando a su alrededor.

Cuando terminó la hora, los alumnos salieron en tropel.

El se quedó.

Como siempre.

Se acercó al escritorio con paso lento, casi felino, y se paró frente a mí con las manos en los bolsillos de los jeans, intentando parecer casual.

—¿Otra duda, Kaulitz? —pregunté, sin levantar la vista de la laptop que fingía cerrar.

Él se inclinó sobre el escritorio, apoyando los antebrazos, tan cerca que sentí el calor de su cuerpo.

—Una muy grande.

Levanté la mirada por fin.

Nuestros rostros quedaron a centímetros.

—¿Cuál? —susurré.

Él sonrió, lento, peligroso.

—Quiero saber… cuánto tiempo más vas a seguir torturándome antes de dejarme tocarte de verdad.

El silencio que siguió fue eléctrico.

Me incliné hacia adelante hasta que mis labios casi rozaron los suyos.

—Cuando yo diga, Tom —murmuré con la voz ronca—y cuando llegue el momento… vas a rogarme que no pare.

Me separé despacio, recogí el maletín y caminé hacia la puerta.

Antes de salir, me giré una última vez.

Le guiñé un ojo.

Y cerré la puerta.

Lo dejé ahí, respirando agitado, con los puños apretados y la mirada perdida.

Y yo… sonreí todo el camino a casa.

Porque el anzuelo ya estaba clavado.

Y ahora solo faltaba tirar del hilo.

Continúa…

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por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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