Fic TOLL de Beth
Capítulo 16
𝐓𝐎𝐌
Bajé las escaleras, listo para salir al club donde había quedado con la maestra. Llevaba la camiseta negra que me quedaba holgada, la que sabía que a ella le gustaba, porque la había mirado observándome más de un segundo cuando me la ponía en clase, jeans y las rastas recogidas, porque así me sentía más yo.
Pero al llegar al primer piso me detuve en seco.
Mi mamá estaba en la sala, de rodillas frente al sofá, con uno de los sacos de papá abierto sobre el regazo.
Revisaba los bolsillos internos con dedos temblorosos, sacando recibos arrugados, una cajetilla de cigarros a medio usar, un ticket de estacionamiento viejo.
La cara de ella era puro pánico disfrazado de concentración: labios apretados, ojos vidriosos, el pelo revuelto como si se lo hubiera jalado ella misma.
No era la primera vez que la veía así.
Desde que era pequeño recuerdo escenas parecidas: mamá revisando portafolios, cajones del escritorio, el maletero del coche de papá.
Siempre con la misma excusa después: “estoy buscando algo que se me perdió” o “tu padre dejó las llaves aquí”.
Pero ya no soy un niño.
Ya entiendo lo que significa esa mirada de terror que intenta esconder.
Levantó la vista y me vio.
Se quedó congelada un segundo, con un recibo en la mano.
—Tom… —dijo, intentando sonreír— No te oí bajar. Solo… estaba buscando unas llaves que tu papá dejó por aquí. Se le deben haber caído.
La miré fijo.
No dije nada al principio.
Solo observé cómo doblaba el saco con manos nerviosas, cómo guardaba los recibos a toda prisa, cómo evitaba mis ojos.
—Ajá —respondí con voz plana—¿Otra vez las llaves?
Ella se levantó rápido, alisándose la falda como si eso arreglara todo.
—Sí, ya sabes cómo es tu papá… siempre perdiendo cosas—Soltó una risa forzada que no llegó a sus ojos— ¿Y tú a dónde vas tan guapo?
Me encogí de hombros, sin sonreír.
—Salgo con amigos.
Ella asintió demasiado rápido.
—Que te diviertas, mi amor. No llegues muy tarde, ¿eh?
Pasé por su lado sin tocarla, sin abrazarla como solía hacer.
Abrí la puerta principal y antes de salir me giré un segundo.
—Mamá…
—¿Sí?
Dudé.
Quería preguntarle directamente si sospechaba que papá la engañaba otra vez.
Quería decirle que ya no soy un niño y que no necesito mentiras bonitas.
Pero al final solo suspiré.
—Nada. Cuídate.
Cerré la puerta detrás de mí.
Mientras caminaba hacia el coche, sentí un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con la cita, ni con la noche que me esperaba.
Solo con la certeza de que mi familia se estaba rompiendo otra vez…
y que yo no sabía cómo detenerlo.
&
Llegué al club a las 9:45, quince minutos antes de la hora que habíamos quedado.
No quería parecer desesperado, pero tampoco llegar tarde y que ella pensara que me había arrepentido.
Estacioné el coche en la calle lateral ,el valet siempre me pide más propina cuando ve mis rastas y mi ropa, me bajé, me acomodé la camiseta negra que me quedaba como me gustaba y caminé hacia la entrada con las manos en los bolsillos, intentando parecer relajado aunque por dentro me latía todo.
El lugar era de esos clubes que no son ni muy fancy ni muy mugrosos: luces neón rojas y azules, música electrónica que se sentía en el pecho, gente bailando en la pista principal y mesas altas alrededor.
Pagué la entrada, entré y me quedé un segundo en la puerta, escaneando el lugar.
Y entonces la vi.
Billie.
Estaba sentada en una mesa alta cerca de la barra, de espaldas a la entrada, pero la reconocí al instante.
Llevaba un vestido negro que se pegaba a su cuerpo como segunda piel, escote profundo que dejaba ver justo lo suficiente para volver loco a cualquiera, la falda subiendo un poco cuando cruzaba las piernas, tacones altos que hacían que sus pantorrillas se marcaran de una forma que me dio calor solo de mirarlas.
El pelo rubio suelto con ondas que le caían por la espalda, y cuando se movió para tomar su copa, el vestido se ajustó más en las caderas y… joder.
Me quedé parado como idiota, sintiendo cómo la sangre me bajaba directo al pantalón.
Era hermosa.
No hermosa de revista.
Hermosa de esas que te hacen sentir que no mereces ni mirarla, pero que no puedes dejar de hacerlo.
La curva de su cuello cuando inclinaba la cabeza para escuchar la música, la forma en que sus dedos jugaban con el borde de la copa, cómo se mordía el labio inferior cuando algo la divertía… todo me golpeó como un puñetazo.
Y entonces mi mente traicionera se fue a otro lado.
Imaginé mis manos subiendo por esos muslos, empujando la falda hacia arriba hasta que mis dedos encontraran el encaje de su ropa interior.
Imaginé su espalda arqueada contra la pared del baño del club, yo detrás de ella, entrando lento mientras ella gemía mi nombre bajito para que nadie nos oyera.
Imaginé su boca alrededor de mí, esos labios rojos pintados deslizándose despacio, mirándome desde abajo con esos ojos que me volvían loco en clase.
Imaginé tenerla encima de mí en el asiento trasero de mi coche, cabalgándome con ese vestido subido hasta la cintura, gimiendo que no parara, que más fuerte, que la hiciera correrse gritando.
Sacudí la cabeza, respiré hondo y me obligué a caminar hacia ella.
Cuando me vio, sonrió.
Una sonrisa lenta, peligrosa, que me hizo sentir que ya había perdido antes de empezar.
—Llegaste temprano —dijo, voz ronca por la música.
—Y tú estás… —tragué saliva—… impresionante.
Ella se rió bajito, cruzó las piernas y el vestido subió un centímetro más.
—Ven, siéntate, la noche apenas empieza.
Me senté frente a ella con el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que se me iba a salir del pecho.
Y supe, en ese momento, que estaba jodido.
Completamente jodido.
Porque esta mujer no solo me tenía en clase.
Me tenía en cada rincón de mi cabeza… y pronto iba a tenerme en todos lados.
Me senté frente a ella, pedí una cerveza y traté de no mirarle el escote cada dos segundos.
Empezamos hablando de todo y de nada. De la universidad, de cómo odiaba la clase de física porque el profe era un pesado, de música que escuchaba ella dijo que le gustaba el rock viejo, tipo Guns N’ Roses, y que imaginaba mis rastas moviéndose al ritmo de «Welcome to the Jungle». Hablamos de películas malas que nos gustaban en secreto, de comida chatarra que comíamos a escondidas, de viajes que queríamos hacer algún día.
Pero cada frase que salía de su boca tenía doble fondo.
Cada mirada era un anzuelo.
Estábamos en que le contaba sobre un viaje que hice a la playa con amigos cuando ella se inclinó un poco más, apoyando los codos en la mesa.
El escote se abrió justo lo necesario para que viera el encaje del brasier y la curva de sus pechos.
—¿Sabes qué me encanta de las vacaciones en la playa? —dijo, bajando la voz—Ese momento en que el sol te quema la piel y sientes que todo el cuerpo te arde… pero no puedes parar de exponerte. Quieres más calor, más fuego… hasta que no aguantas y tienes que meterte al agua fría para calmarte. Aunque sabes que el fuego va a volver.
Tragué saliva. Sentí cómo se me aceleraba el pulso en la entrepierna.
—¿Y tú… qué haces cuando te ardes así? —pregunté, intentando sonar casual.
Ella sonrió, jugó con la pajita de su trago, la pasó por sus labios despacio.
—Depende —susurró—A veces me meto al agua y dejo que el frío me calme… pero otras veces… dejo que el fuego me consuma. Me dejo quemar hasta que no queda nada más que placer. Hasta que exploto.
Joder.
Me removí en la silla, intentando disimular la erección que ya me dolía contra los jeans.
Ella siguió, como si nada.
—Imagínate… estar en la playa de noche, olas rompiendo, nadie alrededor. Tú y yo solos. El agua fría lamiéndonos los pies… pero el calor entre nosotros es tan fuerte que el agua hierve al tocarnos. Tus manos en mi cintura, subiendo despacio por mi espalda… mis uñas en tu pecho mientras te digo que no pares… que me tomes ahí mismo, contra las olas, hasta que los dos nos rompamos.
Sentí que me faltaba el aire.
—Billie… —murmuré, la voz ronca.
Ella se inclinó más, con los labios a centímetros de mi oreja.
—¿Quieres saber qué haría contigo en esa playa? —susurró—Te bajaría los pantalones despacio… te tomaría en mi boca hasta que temblaras… te miraría desde abajo mientras te llevo al límite… y justo cuando estés a punto de explotar… me subiría encima y te montaría lento, apretándote tan fuerte que rogarías que no pare nunca.
Gemí bajito sin poder evitarlo.
Ella se separó un poco, tomó un sorbo de su trago y me miró con esos ojos que me volvían loco.
—Pero eso… solo si te portas bien —dijo, sonriendo como si acabara de hablar del clima.
Yo estaba duro como piedra, respirando agitado, con la mente llena de imágenes que me iban a perseguir toda la noche.
Ella se levantó despacio, se acercó a mi oído una última vez.
—Piensa en eso cuando te vayas a dormir, Tom —susurró—Piensa en mí… mojada, abierta, esperando que me tomes.
Me dio un beso suave en la mejilla, rozando apenas la comisura de mi boca.
Se dio la vuelta y se fue hacia la pista, moviendo las caderas al ritmo de la música.
Me quedé ahí, sentado, con la cerveza olvidada y la cabeza a punto de explotar.
Me acerqué a ella como si el piso mismo me empujara hacia adelante. La pista estaba llena, pero para mí solo existía Billie.
La música era un bajo profundo, lento, de esos que te vibran en el pecho y te hacen mover las caderas sin darte cuenta.
Ella estaba de espaldas, moviéndose al ritmo.
No dije nada.
Solo me puse detrás de ella, tan cerca que sentí el calor que desprendía su espalda antes de tocarla.
Mis manos encontraron su cintura por instinto.
Los dedos se hundieron suavemente en la curva de sus caderas, justo donde el vestido se ajustaba más.
Ella no se sobresaltó.
Al contrario: se dejó caer un poco hacia atrás, apoyando su espalda contra mi pecho, como si hubiera estado esperándome toda la noche.
Sentí su calor a través de la tela.
Su culo rozando justo contra mí, presionando despacio, deliberado, mientras seguía bailando.
Cada movimiento era una caricia: su cuerpo ondulando contra el mío, su cabeza echándose hacia atrás hasta que su pelo me rozó la mejilla, su cuello expuesto a centímetros de mis labios.
Bajé la cabeza.
Mi boca rozó la piel de su cuello, no un beso todavía, solo el aliento caliente, el roce de mis labios entreabiertos.
Ella inclinó más la cabeza, dándome espacio, invitándome sin palabras.
Mis manos bajaron un poco más, abarcando sus caderas, apretando lo justo para que sintiera mis dedos clavándose en su carne.
La pegué más a mí, hasta que no quedó ni un centímetro entre nosotros.
Sentí cómo su culo se movía contra mi erección, lenta, torturadora, frotándose con cada paso del baile como si quisiera volverme loco sin tocarme directamente.
—Tom… —susurró, apenas audible sobre la música, pero lo suficiente para que me recorriera un escalofrío
—¿Te gusta sentirme así?—mi voz salió ronca, casi un gruñido.
—Me estás matando… y lo sabes.
Ella se rió bajito, esa risa que me volvía loco, y giró un poco la cabeza para que mi boca rozara su oreja.
—Entonces muere despacio… —murmuró—Porque todavía no empecé a moverme de verdad.
Y entonces lo hizo.
Sus caderas empezaron a girar en círculos lentos, profundos, presionando contra mí con cada vuelta.
Sentí cómo su culo se deslizaba contra mi dureza, arriba y abajo, lado a lado, como si me estuviera montando sin quitarnos la ropa.
Mis manos bajaron más, hasta el borde de sus muslos, subiendo la falda apenas lo suficiente para rozar la piel desnuda por encima de las medias.
Ella gimió bajito cuando mis dedos encontraron el encaje de su liguero.
No lo toqué más abajo.
Solo lo rocé, lo suficiente para que supiera que podía… que quería… pero que todavía no lo haría.
—Billie… —gruñí contra su cuello, mordiendo suave la piel—Si sigues moviéndote así… no voy a aguantar mucho.
Ella se giró un poco más, sin dejar de bailar, hasta que su boca quedó a centímetros de la mía.
—Entonces no aguantes —susurró, rozando mis labios con los suyos—Muéstrame cuánto me deseas… aquí mismo… sin tocarme donde realmente quieres.
Me besó.
Lento, profundo, con lengua, saboreándome como si yo fuera lo único que importaba en esa pista llena de gente.
Mis manos subieron por su cintura, apretándola contra mí, sintiendo cómo su cuerpo se moldeaba al mío.
Ella gimió dentro de mi boca, un sonido que me atravesó directo a la entrepierna.
Cuando se separó, sus ojos estaban oscuros, brillantes.
—Vamos a otro lado —dijo, voz ronca—Ahora.
No hizo falta que lo repitiera dos veces.
La tomé de la mano y la seguí hacia el baño del fondo, el que tenía el letrero de “fuera de servicio” que nunca cerraban bien.
Entramos, cerré la puerta con pestillo y la empujé contra la pared.
Le subí el vestido hasta la cintura de un tirón, le arranqué las bragas de encaje negro y me arrodillé frente a ella sin pensarlo dos veces.
Abrí sus piernas con las manos y me metí entre ellas.
Mi lengua encontró su clítoris al instante, lamiendo despacio al principio, saboreándola como si fuera lo último que iba a probar en la vida.
Ella gimió fuerte, agarrándome del pelo, empujándome más contra ella.
—Así… joder… chúpame… no pares…
La devoré.
Lengua plana, círculos rápidos, succionando su clítoris hasta que temblaba entera.
Metí dos dedos dentro de ella, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que la hacía arquearse.
—Tom… sí… ahí… más fuerte…
La follé con los dedos mientras mi boca no paraba, hasta que sentí cómo se tensaba, cómo sus muslos me apretaban la cabeza.
—Voy a correrme… me voy a correr en tu boca…
Lo hizo.
Gritó mi nombre, temblando, apretándome con los músculos internos mientras su jugo me llenaba la boca.
No paré hasta que se quedó sin fuerzas, jadeando contra la pared.
Me levanté, me limpié la boca con el dorso de la mano y la miré fijo.
—Ahora te toca a ti —gruñí.
La giré de cara a la pared, le subí el vestido por completo y le abrí las piernas con la rodilla.
Me bajé el cierre, saqué mi carne dura como piedra y la froté contra su entrada, empapada y caliente.
—¿Quieres esto? —pregunté, rozándola despacio.
Ella empujó hacia atrás, desesperada.
—Fóllame… por favor… métemela toda…
Entré de un solo empujón, profundo, hasta el fondo.
Los dos gemimos al mismo tiempo.
Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cómo me apretaba, cómo me envolvía perfecta.
Luego aceleré, agarrándola de las caderas, embistiéndola fuerte, el sonido de nuestros cuerpos chocando llenando el baño.
—Así… joder… más fuerte… —gemía ella, apoyando las manos en la pared.
Le di lo que quería.
La follé con todo, profundo, rápido, sintiendo cómo su culo rebotaba contra mis caderas con cada embestida.
Le metí una mano entre las piernas, frotando su clítoris mientras la penetraba.
—Quiero sentirte correrte otra vez… alrededor de mi pene…
Ella gritó, se tensó, se corrió fuerte, apretándome tan duro que casi me corro yo también.
Me salí justo a tiempo, la giré de rodillas y me metí en su boca.
Ella me chupó con hambre, mirándome desde abajo, los ojos llorosos pero llenos de fuego.
—Trágatelo todo —gruñí.
Y lo hizo.
Me corrí en su boca, fuerte, profundo, viéndola tragar mientras gemía mi nombre.
Cuando terminé, se levantó despacio, se limpió los labios con el dorso de la mano y me miró con esa sonrisa que me volvía loco.
—Buen chico —susurró—pero esto… apenas empieza.
Me besó una vez más, lento, profundo, y salió del baño como si nada hubiera pasado.
Yo me quedé ahí, jadeando, con las piernas temblando.
Estaba perdido.
Y no quería encontrar la salida.
Continúa…
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