Fic TOLL de Beth
Capítulo 18
HEIDI
Estoy sentada en la mesa del comedor, con el bebé dormido en brazos después de darle de comer.
La casa está en silencio, solo se escucha el tic-tac del reloj y mi propia respiración. Tom está en su cuarto, probablemente con los audífonos puestos, Jannick esta haciendo tarea e su habitación y Nick… bueno, Nick no ha llegado todavía.
Tengo frente a mí el estado de cuenta de la tarjeta de crédito que cree que yo nunca reviso.
La abrí por casualidad, buscando un recibo de la clínica.
Y ahora no puedo dejar de mirarlo.
Vestido negro de diseñador – $1,850
Anillo de oro blanco con diamante – $4,200
Lencería de La Perla – $680
Hotel Grand Palace (suite presidencial) – $2,890
Otro vestido, esta vez rojo – $2,300
Flores (entrega recurrente) – $180
Ningún nombre. Solo “cargo autorizado”.
Pero sé perfectamente que ninguna de esas cosas es para mí.
Me tiemblan las manos.
Siento un nudo en la garganta que no me deja respirar.
Otra vez.
Otra vez lo mismo.
Pensé que con este tercer embarazo todo cambiaría.
Pensé que cuando le dije que estábamos esperando otro hijo, él me abrazaría, me prometería que esta vez sí iba a ser diferente, que por fin dejaría de buscar fuera lo que supuestamente no tiene en casa.
Fui tan estúpida.
Las lágrimas me caen sin control sobre el papel. Una gota borra el número de un cargo. Me limpio la cara con rabia, pero no puedo parar. El pecho me duele tanto que creo que me voy a desmayar.
—¿Por qué? —susurro, casi sin voz— ¿Por qué no soy suficiente? ¿Qué más quieres de mí, Nick? Te he dado tres hijos… tres. Me he quedado en casa, he cuidado tu imagen, he sonreído en todas las cenas aunque por dentro me estuviera muriendo… ¿y aún así no es suficiente?
El bebé se remueve en mis brazos y empieza a llorar.
Ese llanto agudo me saca del pozo negro en el que estaba cayendo.
Lo acuno contra mi pecho, le beso la cabecita y le susurro que todo está bien, aunque nada lo esté.
—Shhh, mi amor… mamá está aquí. Mamá siempre va a estar aquí.
Mientras lo calmo, algo dentro de mí cambia.
Ya no es solo dolor.
Ya no es solo tristeza.
Es rabia.
Es una rabia fría, clara y peligrosa.
Esta vez no voy a llorar en silencio.
Esta vez no voy a fingir que no pasa nada mientras él me humilla.
Me levanto, llevo al bebé a su cuna, lo arropo con cuidado y salgo del cuarto.
Abro el cajón donde guardo las cosas importantes y saco mi teléfono.
Busco el número de mi mejor amiga, Laura.
Marco.
Suena tres veces antes de que conteste.
—¿Heidi? ¿Todo bien?
Respiro hondo. Mi voz sale más firme de lo que esperaba.
—Laura… necesito tu ayuda.
Nick me está engañando otra vez.
Y esta vez… voy a descubrir quién es esa puta.
Silencio del otro lado.
Luego su voz, decidida:
—Dime qué necesitas. Estoy contigo.
Cierro los ojos, apretando el teléfono con fuerza.
Por primera vez en mucho tiempo, no me siento débil.
Me siento peligrosa.
Y sea quien sea la mujer que está destruyendo mi matrimonio… voy a encontrarla.
Y cuando lo haga… no va a quedar nada de ella.
Exactamente una hora después, Laura llegó a casa.
Apenas abrí la puerta, ella entró como un huracán, con el bolso colgando del brazo y la cara ya preparada para la guerra. Me dio un abrazo fuerte y largo, de esos que solo dan las amigas que han estado contigo en las peores tormentas.
—Cuéntamelo todo —dijo sin preámbulos, sentándose en el sofá de la sala.
Me senté frente a ella, con las manos temblando todavía.
Saqué el estado de cuenta y se lo puse en las manos.
Mientras ella lo revisaba, le conté todo con la voz entrecortada:
—Otra vez, Laura… Otra vez lo mismo. Mira las compras: vestidos caros, lencería, un anillo de diamantes, hoteles de lujo… y ni siquiera se molesta en esconderlo.
Llega tarde, dice que tiene reuniones, que está cansado… y yo aquí, con un bebé de tres meses, pensando que esta vez sí iba a cambiar.
Que con este tercer hijo por fin se iba a quedar en casa.
Laura pasó las páginas del estado de cuenta con el ceño cada vez más fruncido.
De pronto dio un golpe en la mesa con la palma de la mano.
—¡Hijo de puta! —escupió— ¡Pero qué descaro! ¿Otra vez? ¿Después de todo lo que has aguantado por él?
Se levantó, furiosa, caminando de un lado a otro de la sala.
—Siempre es lo mismo con los hombres como Nick. Nunca es suficiente. Tienen una esposa que les ha dado tres hijos, que ha mantenido la casa, que ha sonreído en todas las fotos familiares… ¡y aún así buscan por fuera! ¡Pero la culpa nunca es de ellos, claro! Siempre es de la otra, de la zorra que se abre de piernas.
Me miró directamente, con fuego en los ojos.
—Heidi, escúchame bien: no te dejes quitar a tu marido. No otra vez.
Esa mujer es una maldita oportunista, igual que la mocosa esa de hace años. ¿Recuerdas? La que casi te arruina el matrimonio cuando estabas embarazada de Jannick. Tú la quitaste del camino… y ahora tienes que hacer lo mismo.
Bajé la mirada.
Sentí un nudo en la garganta.
—Laura… no sé si tengo fuerzas otra vez.
—¡Claro que las tienes! —me interrumpió, sentándose a mi lado y tomando mis manos—Tú eres Heidi Kaulitz. La mujer que ha aguantado todo por esta familia. No vas a permitir que una cualquiera te quite lo que te costó años construir.
Lucha por tu marido. Averigua quién es esa perra. Y cuando la encuentres… la destruyes. Como la otra. Sin piedad.
Me quedé callada, procesando sus palabras.
Laura siempre había sido así: leal hasta la muerte, pero también implacable. Ella fue quien estuvo cuando descubrí la infidelidad de Nick con aquella mocosa de dieciocho años, la que casi me quita todo.
—¿Y si es alguien importante? —pregunté en voz baja—¿Y si es alguien de su trabajo o…?
—No importa quién sea —respondió con frialdad—Nadie es más importante que tu familia. Nadie.
Tú decides, Heidi. ¿Vas a seguir llorando en silencio mientras otra mujer disfruta lo que es tuyo… o vas a pelear como la leona que siempre has sido?
Miré hacia el pasillo, donde dormía mi bebé. Pensé en Tom, en cómo ha estado tan distante últimamente. En Jannick que aún no sabe nada.
Pensé en todos los años que llevo al lado de Nick, en todo lo que he sacrificado.
Respiré hondo.
—Quiero saber quién es —dije finalmente, con la voz más firme—
Quiero su nombre. Quiero su cara. Quiero destruirla.
Laura sonrió con satisfacción y apretó mis manos.
—Esa es mi Heidi, mañana mismo empezamos. Tengo un detective privado que es muy discreto. Vamos a encontrar a esa zorra… y cuando lo hagamos, te juro que va a lamentar haberse metido con tu familia.
Por primera vez en semanas, sentí algo distinto al dolor.
Sentí determinación.
Y rabia.
Mucha rabia.
Al día siguiente por la mañana, Laura llegó de nuevo a casa, esta vez acompañada de un hombre de unos cincuenta años, traje gris impecable, mirada seria y una carpeta negra bajo el brazo.
Se presentó como el licenciado Raúl Mendoza, detective privado con más de veinte años de experiencia en “asuntos matrimoniales”.
Nos sentamos en la sala.
Yo tenía al bebé dormido en brazos y una taza de té que ya se había enfriado.
Laura fue la que habló primero.
—Raúl, te explico la situación: mi amiga Heidi sospecha que su esposo la está engañando. Tenemos estados de cuenta con compras de lujo que claramente no son para ella. Queremos que investigues discretamente quién es la mujer.
El detective asintió con profesionalismo y me miró.
—Señora Kaulitz, necesito que me cuente todo lo que sepa. Fechas aproximadas de las ausencias de su esposo, cambios de comportamiento, cualquier detalle que le haya llamado la atención.
Le conté todo.
Las noches que llegaba tarde diciendo que tenía reuniones.
Los fines de semana “de trabajo”.
El olor a perfume femenino en su ropa que no era el mío.
Las compras exorbitantes en la tarjeta.
El estado de cuenta que le entregué.
Raúl tomó notas en silencio, sin juzgar. Cuando terminé, cerró su libreta y habló con calma:
—Empezaré revisando los movimientos de la tarjeta, ubicaciones del celular, cámaras de los hoteles donde se han hecho cargos y rastrearé posibles patrones. Le seré completamente honesto: la mayoría de estos casos tardan entre dos y cuatro semanas en dar resultados claros. Pero le prometo discreción absoluta.
Asentí, aunque por dentro me sentía un nudo de ansiedad.
—Quiero saberlo todo —dije—Quién es, cómo se llama, dónde vive, cuánto tiempo llevan viéndose… todo.
—Entendido.
Laura le pagó el anticipo en efectivo y el detective se fue prometiendo tener un primer informe en una semana.
Los siguientes días fueron una tortura lenta.
Cada vez que Nick llegaba a casa, yo lo observaba con una sonrisa falsa, preguntándole cómo le había ido el día mientras por dentro me moría de ganas de gritarle.
Cada vez que salía “a una cena de negocios”, yo me quedaba mirando la puerta con el corazón en la garganta.
Siete días después, Raúl volvió a casa.
Nos sentamos otra vez en la sala. Abrió su carpeta y empezó a hablar con tono neutral:
—Hasta el momento, señora Kaulitz, no he encontrado evidencia concluyente de una amante fija. Su esposo ha estado en varios hoteles, pero siempre solo o en reuniones de trabajo verificables. Hay algunos cargos en boutiques y joyerías, pero podrían ser regalos para usted. El celular no muestra mensajes sospechosos ni llamadas recurrentes a números desconocidos. Tampoco hay patrones claros de ubicación fuera de lo normal.
Sentí una mezcla de alivio y frustración.
—¿Entonces… no hay nada? —pregunté.
—Todavía no —respondió—Pero eso no significa que no haya alguien. Solo significa que es cuidadoso. Seguiré investigando. Le recomiendo paciencia.
Cuando el detective se fue, Laura se quedó un rato más.
Me miró con los ojos entrecerrados.
—¿Ves? Está siendo muy listo. Pero no es más listo que nosotras. Vamos a subir el nivel. Necesitamos acceso a su segundo teléfono, al de trabajo… y tal vez ponerle un rastreador en el coche.
Me quedé callada, mirando al suelo.
Por dentro, una voz me repetía lo mismo una y otra vez:
“Ella existe…sé que existe….Y voy a encontrarla.”
Aunque por ahora… todo parezca normal.
&
Estoy acostada en la cama, con la luz apagada y el bebé dormido en su cunita al lado.
Son casi las dos de la mañana y no puedo dormir.
El estado de cuenta sigue sobre mi mesa de noche, como un recordatorio venenoso.
Cierro los ojos y, sin quererlo, me transporto años atrás… a esa noche que nunca he podido olvidar.
.
AÑOS ATRÁS
Estaba embarazada de Jannick, de casi cinco meses, con la barriga enorme y el cuerpo pesado.
Tom apenas era un niño y dormía en su habitación al final del pasillo.
Esa noche Nick llegó muy tarde del “trabajo”.
Eran casi las once y media cuando escuché la puerta principal.
Entró directo al baño sin siquiera saludarme, como si no quisiera que lo viera.
Se metió a bañar.
Dejó su celular sobre la mesita de noche, como siempre.
Yo estaba acostada, incómoda por el peso del bebé, cuando la pantalla del teléfono se iluminó.
Un mensaje nuevo.
El nombre que apareció fue solo “Bi”.
El corazón me dio un vuelco.
Algo dentro de mí ya lo sabía, pero igual estiré la mano y agarré el teléfono.
Desbloqueé con su fecha de cumpleaños ,siempre usaba la misma y abrí el mensaje.
Lo que leí me revolvió el estómago:
Bi:
“Nick, mi amor… todavía tengo tu leche chorreándome entre las piernas. No sabes lo necesitada que me dejaste. Me encanta cuando me follas tan duro contra la pared del apartamento… cuando me tapas la boca para que no grite mientras me metes toda esa verga gruesa. Quiero que vengas mañana otra vez y me pongas a cuatro patas como la puta que soy para ti. Quiero que me llenes otra vez hasta que me salga por los muslos. Te necesito dentro de mí otra vez, bebé. Te extraño ya.”
Había una foto adjunta.
Una selfie tomada en un espejo: una chica joven, pelo negro largo, completamente desnuda, con las piernas abiertas mostrando lo mojada que estaba. Se estaba tocando.
Sentí náuseas tan fuertes que creí que iba a vomitar ahí mismo.
En ese momento Nick salió del baño, solo con la toalla en la cintura.
Me vio con su teléfono en las manos y se quedó congelado.
—¿Qué estás haciendo con mi celular? —preguntó, la voz cortante.
Lo miré con lágrimas de rabia y asco en los ojos.
—¿Quién es “Bi”, Nick? —mi voz temblaba—¿Quién es la puta que te dice que todavía tiene tu leche chorreándole por las piernas? ¿Quién es la que te pide que la folles contra la pared y la pongas a cuatro patas?
Él palideció.
Por un segundo vi miedo real en sus ojos.
—Heidi… no es lo que piensas…
—¡No me mientas! —grité, levantándome de la cama con dificultad por el embarazo—¡Tengo la evidencia aquí! ¡Tengo sus mensajes asquerosos! ¿Cuánto tiempo llevas viéndola? ¿Cuánto tiempo llevas humillándome mientras yo estoy aquí, embarazada de tu hijo, cuidando a Tom?
Nick se pasó las manos por la cara, desesperado.
—Fue solo… un error. Ya se acabó. Te lo juro.
—¡Mentiroso! —le lancé el teléfono al pecho— ¡Dime la verdad! ¿Es la misma de hace años? ¿O ya es otra? ¿Cuántas han sido? ¿Cuántas mujeres te han tenido mientras yo me quedaba aquí siendo la esposa perfecta?
Él se acercó intentando tocarme.
Me aparté con asco.
—Heidi, por favor… no hagas esto. Tenemos un hijo… y uno en camino. No puedes destruirlo todo por esto.
Me reí con amargura, las lágrimas cayéndome sin control.
—¿Yo lo voy a destruir? ¡Tú lo estás destruyendo! ¡Tú eres el que anda por ahí metiéndosela a cualquiera!
Si no dejas a esa mujer ahora mismo, te juro por Dios que me llevo a los niños. Y no vas a volver a verlos. Te voy a dejar sin nada.
Nick se puso pálido.
—No… Heidi, por favor… no hagas eso. Son mis hijos. No me alejes de ellos. Por favor…
Se arrodilló frente a mí, literalmente de rodillas, agarrándome las manos.
—Te juro que la voy a dejar. Hoy mismo. No quiero perderlos. No quiero perderte a ti. Por favor… dame una oportunidad más.
Lo miré desde arriba, con el corazón hecho pedazos.
—Esta es la última, Nick, la última…si me entero de que sigues viéndola, o de que hay otra… te juro que te destruyo la vida.
Él asintió, con lágrimas en los ojos.
—Te lo juro. Se acabó.
Esa noche dormí en la habitación de invitados…..Él durmió solo.
Y yo… yo me quedé mirando el techo, con una mano sobre mi barriga donde Jannick se movía, pensando que tal vez, solo tal vez, esta vez sí iba a cambiar.
Pero claro…
nunca cambió.
Vuelvo al presente, con los ojos llenos de lágrimas otra vez.
Otra vez con un bebé pequeño.
Otra vez con facturas que no son para mí.
Otra vez con la misma historia.
Pero esta vez…
esta vez no voy a conformarme con promesas.
Esta vez voy a destruirla.
Continúa…
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