
Fic TOLL de Beth
Capítulo 19
BILLIE
Estoy sentada en mi escritorio del aula con las pruebas impresas y ordenadas en pilas perfectas. Hoy les tengo una sorpresa a los del grupo 101: examen sorpresa de todo lo visto en las últimas tres semanas. Nada de avisos previos. Quiero ver quién realmente ha estado prestando atención… y quién solo viene a mirarme.
Los alumnos empiezan a llegar poco a poco. Algunos me saludan con una sonrisa:
—Buenos días, maestra.
—Hola, profe.
—Buenos días —respondo con voz neutral y profesional, devolviéndoles una sonrisa cortés a cada uno.
Voy colocando las pruebas boca abajo sobre sus pupitres mientras van ocupando sus lugares.
El ambiente está cargado de ese nerviosismo típico de los exámenes sorpresa. Algunos suspiran, otros se quejan bajito, pero nadie se atreve a protestar abiertamente.
La puerta se abre una vez más.
Y ahí está Tom.
Pero no viene solo.
Entra acompañado de una chica de su grupo ,alta, pelo castaño largo y liso, sonrisa coqueta y con ropa un poco más ajustada de lo reglamentario.
Ella va riéndose de algo que él le dijo, con la mano apoyada en su brazo de forma demasiado familiar.
Tom también sonríe, esa sonrisa torcida que últimamente me dedica solo a mí… pero ahora se la está regalando a ella.
Siento un nudo repentino en el estómago.
Algo caliente, incómodo, que sube por mi pecho y se me instala en la garganta.
Celos.
Puros y simples celos.
Lo ignoro de inmediato.
No tengo derecho a sentir eso.
Y mucho menos voy a permitírmelo.
—Buenos días, miss—dice Tom al pasar con su voz un poco más baja de lo normal, mirándome directamente.
—Buenos días, Kaulitz —respondo sin alterar el tono, profesional y fría.
Coloco la prueba sobre su pupitre sin mirarlo más de lo necesario. La chica se sienta justo al lado de él, demasiado cerca. Le susurra algo al oído y él se ríe bajito.
Respiro hondo, me doy la vuelta y camino hacia el frente del aula.
—Examen sorpresa —anuncio con voz clara y firme—Todo lo visto hasta ahora. Tienen una hora y quince minutos. Teléfonos apagados y guardados. Cualquier intento de copia será reprobado automáticamente. ¿Preguntas?
Nadie levanta la mano.
—Pueden empezar.
Me siento en mi escritorio, abro la laptop y empiezo a calificar los ensayos del grupo 105.
El salón queda en un silencio casi absoluto, solo roto por el sonido de los lápices contra el papel.
Cada cierto tiempo, sin poder evitarlo, levanto la vista.
Y cada vez que lo hago, Tom ya está mirándome.
No disimuladamente.
Directo.
Intenso.
Como si estuviera intentando leer dentro de mi cabeza.
Como si supiera exactamente lo que sentí cuando lo vi entrar con esa chica.
Yo aparto la mirada cada vez, fingiendo que estoy concentrada en la pantalla.
Pero siento sus ojos quemándome la piel.
Pasan los minutos.
Él sigue escribiendo, pero cada vez que levanto la vista, ahí están sus ojos miel esperándome.
No sonríe.
No hace gestos.
Solo me mira.
Con esa mezcla de deseo, frustración y algo más profundo que no quiero nombrar.
Y yo… sigo ignorándolo.
Porque aunque por dentro sienta que algo se me revuelve cada vez que esa chica se inclina hacia él para preguntarle algo, mi cara permanece impasible.
Profesional.
Intocable.
En control.
O al menos eso quiero creer.
.
Salí del aula con el maletín pesado y la mente todavía revuelta por lo que acababa de pasar con Tom en el pasillo.
El examen había terminado exactamente a la hora.
Uno por uno, los alumnos se acercaron al escritorio y dejaron sus hojas boca abajo. Algunos me sonreían, otros suspiraban aliviados. Yo solo asentía con una sonrisa profesional.
—Gracias, profesora.
—Buen fin de semana, profe.
—Igualmente —respondía yo, sin mirarlos demasiado.
Tom fue el último, como siempre.
Dejó su examen sobre la pila, pero no se movió. Se quedó parado frente a mí, con esa mirada que ya conocía demasiado bien.
—Miss… ¿podemos hablar un momento?
Tomé los exámenes con una mano, guardé la laptop en el maletín con la otra y me colgué la bolsa al hombro.
—No puedo, Tom. Llevo prisa.
Intenté pasar a su lado, pero él dio un paso y me tomó suavemente del brazo.
—Billie, por favor… solo un minuto.
Le quité el brazo de un movimiento seco, sin violencia, pero con claridad.
—No me toques —dije en voz baja pero firme—Ya te dije que no puedo.
Salí del aula sin mirar atrás.
Escuché sus pasos detrás de mí.
—Billie… espera. No puedes seguir haciendo esto. Me estás volviendo loco. ¿Qué te pasa? ¿Por qué de repente actúas como si nada hubiera pasado entre nosotros?
Seguí caminando por el pasillo sin contestarle con los tacones resonando fuerte contra el piso.
Él seguía hablando, casi suplicando.
—Dime algo… por favor. No me ignores como si fuera un cualquiera. Después de todo lo que…
Me quedé paralizada en seco.
Al final del pasillo, justo en la entrada principal del edificio de Ciencias, estaba Nick.
Con un enorme ramo de rosas rojas en la mano.
Y venía caminando directo hacia mí.
Detrás de mí, Tom seguía hablando, pero su voz se cortó de golpe cuando vio a su padre.
Nick se detuvo a unos metros.
Su sonrisa se congeló al ver a Tom detrás de mí.
Por un segundo, el pánico cruzó su cara.
No esperaba que su hijo estuviera aquí.
Tom miró las flores.
Luego miró a su padre.
Luego me miró a mí.
—¿De quién son esas rosas? —preguntó, la voz tensa.
Nick tragó saliva.
Por un instante pareció que no sabía qué decir. Luego forzó una sonrisa y levantó el ramo como si fuera lo más normal del mundo.
—Son para tu mamá —respondió, la voz un poco demasiado alta—Pasaba por aquí y… bueno, quería saber cómo vas con tus estudios, hijo.
Me miró directamente a los ojos, suplicándome en silencio que le siguiera el juego.
Yo mantuve la compostura, aunque por dentro todo era un caos.
—Tom está rindiendo muy bien. Es uno de los mejores del grupo.
Tom no dijo nada.
Solo nos miró a los dos, alternando entre las flores y la cara de su padre.
Nick dio un paso más, todavía con esa sonrisa forzada.
—Bueno…me alegra saber que estás bien, hijo.
Se quedó ahí parado, sin saber cómo salir de la situación.
El ramo de rosas rojas parecía ridículo en su mano ahora.
Tom apretó la mandíbula.
No era tonto.
Sabía que algo no encajaba.
Yo solo quería que la tierra me tragara.
&
Llegué a casa exhausta, tanto física como emocionalmente.
El encuentro con Nick y Tom en el pasillo de la universidad me había dejado un nudo en el estómago que no se me quitaba.
Cerré la puerta detrás de mí, solté el maletín en la entrada y me quité los tacones con un suspiro de alivio.
La casa estaba en silencio, como siempre que los niños no estaban.
Apenas me había servido un vaso de agua cuando, minutos después, sonó el timbre.
Abrí la puerta y ahí estaban: Georg con una sonrisa cansada y los gemelos a cada lado, todavía con el uniforme del colegio.
—¡Mami! —gritaron los dos al unísono, lanzándose a abrazarme.
Los abracé fuerte, inhalando ese olor a crayolas, sudor infantil y colonia de escuela que tanto amaba.
—Hola, mis amores —murmuré, besándoles la cabeza—¿Cómo les fue hoy?
Georg se quedó en la puerta, con las manos en los bolsillos.
—Hola, Billie, estaban muy emocionados de verte.
—Gracias —respondí secamente, sin mirarlo mucho tiempo.
Los niños entraron corriendo, quitándose las mochilas por el camino. Georg se aclaró la garganta.
—Oye… el próximo fin de semana hay un evento en el colegio. Es una mañana de disfraces para las familias. Los niños están muy ilusionados. Pensé que… podríamos ir juntos. Por ellos.
Lo miré un segundo.
No tenía ganas de fingir ser una familia feliz, pero sabía que para Ariadne y Andrew era importante.
—Está bien —dije, asintiendo sin mucho entusiasmo—Iremos.
Georg pareció aliviado.
—Perfecto. Les diré. Gracias.
—No hay de qué. Es por los niños.
Hubo un silencio incómodo de dos segundos. Georg asintió y dio un paso atrás.
—Bueno… me voy. Cualquier cosa me avisas.
—Adiós, Georg.
Cerré la puerta sin esperar a que respondiera.
Los gemelos ya estaban subiendo las escaleras, peleando por quién iba primero.
—¡Yo primero! —gritaba Ariadne.
—¡No, yo soy más grande! —respondía Andrew.
—¡Ya, los dos! —les dije desde abajo— Suban a cambiarse el uniforme. Pónganse ropa cómoda y bajen a merendar.
—¡Sí, mami! —contestaron casi al unísono.
Los escuché correr por el pasillo hacia sus habitaciones, riendo y empujándose como siempre.
Me quedé un momento sola en la sala, apoyada contra la puerta cerrada, respirando profundo.
Otra vez el silencio.
Otra vez esa casa que se sentía demasiado grande sin ellos corriendo por todos lados.
Pero al menos los tenía a ellos.
Eso era lo único que importaba.
Estábamos los tres sentados a la mesa de la cocina, cenando.
Yo había preparado pollo al horno con papas y ensalada, pero apenas probaba bocado.
Los gemelos, en cambio, comían con hambre de todo el día y hablaban sin parar, como dos loritos que hubieran estado mudos durante horas.
—Mami, ¿sabías que en la clase de ciencias hoy vimos cómo nacen las mariposas? —empezó Ariadne, con la boca llena—La maestra dijo que primero son gusanos feos y luego se meten en un capullo y ¡pum! salen volando. ¿Yo también puedo meterme en un capullo para salir más bonita?
Andrew soltó una carcajada.
—¡Tú ya eres bonita, tonta! Pero yo quiero ser un dinosaurio. Un velociraptor. ¿Puedo, mami? ¿Puedo ser un dinosaurio cuando sea grande?
—Los dinosaurios ya no existen, tonto —le contestó Ariadne, rodando los ojos.
—¡Por eso quiero ser uno! ¡Sería el único!
Los escuchaba hablar, sonreía de vez en cuando, pero mi mente estaba en otro lado. Asentía, respondía con monosílabos, les servía más jugo. Hasta que…
—Mami —dijo Ariadne de pronto, con esa inocencia brutal que solo tienen los niños—Papi sí nos va a dar el hermanito que queríamos.
Me quedé congelada con el tenedor a medio camino de la boca.
El silencio que se hizo en la mesa fue tan repentino que hasta ellos se dieron cuenta.
Andrew asintió emocionado, sin notar mi expresión.
—Sí. La novia de papi, Susanne, nos dijo hoy que está embarazada. Ya no se porta mal con nosotros mamá, hasta nos dijo que la disculpáramos y también nos dijo que muy pronto vamos a ser hermanos mayores. ¡Y que vamos a tener un hermanito o hermanita!
Ariadne aplaudió, llena de alegría.
—Ella dijo que podemos elegir el nombre. Yo quiero que se llame como la princesa de Frozen. ¿Tú qué quieres, mami?
No pude hablar.
Sentí que algo se rompía dentro de mi pecho.
Un dolor sordo, profundo, que me subió hasta la garganta y me cerró la boca.
Georg… con Susanne… embarazada.
Los mismos niños que yo cargué, que yo parí, que yo crie… ahora iban a tener un hermanito con la mujer que me reemplazó.
Tragué saliva. Intenté sonreír, pero solo conseguí una mueca.
—Qué… qué bonito —logré decir, con la voz ronca.
Ariadne siguió hablando, ajena a todo:
—Susanne nos enseñó una foto de la ecografía. Se ve chiquitito, como un frijol. Dijo que ya tiene manitas. ¿Tú crees que nos va a querer, mami?
Andrew me miró con ojitos brillantes.
—¿Podemos ir a visitarlo cuando nazca? Papi dijo que sí.
Dejé el tenedor en el plato con cuidado.
Sentí que si lo soltaba de golpe, se iba a romper todo.
—Claro que sí, mis amores —respondí, forzando una sonrisa que me dolía en la cara— Van a ser unos hermanos mayores excelentes.
Ariadne sonrió feliz y siguió comiendo.
Andrew empezó a contarme cómo quería enseñarle a su hermanito a jugar fútbol.
Yo solo asentía.
Por dentro, sentía que me estaba ahogando.
Georg iba a tener otro hijo.
Con ella.
Y mis niños… mis niños ya estaban ilusionados con su nuevo hermanito.
Terminé de cenar en silencio, sonriendo cuando ellos me miraban, respondiendo con monosílabos.
Cuando terminaron, los mandé a lavarse los dientes y a ponerse el pijama.
Me quedé sola en la cocina, mirando el plato casi intacto.
Y por primera vez en mucho tiempo… sentí que el dolor que creí haber enterrado hacía años, volvía con más fuerza que nunca.
&
El lunes llegó como si nada hubiera pasado.
Me desperté temprano, preparé el desayuno para los gemelos, los llevé al colegio y regresé a casa a cambiarme.
Abrí el clóset y, sin pensarlo demasiado, saqué uno de los vestidos que Nick me había regalado hace unas semanas: un vestido negro, elegante, ajustado en la cintura y con un escote sutil pero peligroso en la espalda. Era caro, sofisticado y me quedaba como un guante.
Me lo puse, me miré al espejo y sonreí con frialdad.
“Perfecto.”
Llegué a la universidad a las 8:40.
Caminé por los pasillos con los tacones resonando, sintiendo las miradas de algunos profesores y alumnos. Entré primero a la dirección para dejar unos documentos que Elena me había pedido.
Y ahí estaba.
Heidi.
Sentada frente al escritorio de la directora, en cuanto me vio entrar, se quedó congelada. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo: el vestido, los tacones, el pelo suelto, el maquillaje. Vi cómo su expresión cambiaba de sorpresa a algo más… evaluativo.
—Billie—dijo Elena con una sonrisa— Justo a tiempo. La señora Kaulitz vino a preguntar por el rendimiento de Tom.
Heidi se levantó con dificultad por el embarazo y me extendió la mano con una sonrisa tensa pero cortés.
—Profesora… qué gusto verla. Ese vestido le queda espectacular. Muy elegante.
Le estreché la mano, manteniendo una sonrisa profesional.
—Gracias, señora Kaulitz. Es muy amable.
Ella me miró un segundo más de lo necesario, como si estuviera intentando leer algo en mi cara. Luego volvió a sentarse y fue directo al grano, casi como si quisiera terminar rápido:
—Vine porque quería saber cómo va Tom en su clase. Ha estado muy aplicado últimamente y quería saber si usted ha notado alguna mejora.
Me tomé unos segundos antes de responder. Me senté en la silla que Elena me señaló y crucé las piernas con calma.
—Tom ha mejorado notablemente —dije con sinceridad—Al principio tenía algunas dificultades con los temas de meiosis y regulación celular, pero en las últimas semanas ha subido mucho su promedio. Sus exámenes son de los mejores del grupo y participa activamente. Es un joven muy inteligente, solo necesitaba un poco más de enfoque y disciplina.
Heidi escuchaba con atención, asintiendo. Por un momento pareció genuinamente orgullosa.
—Me alegra mucho oír eso —dijo— Hemos tenido algunas… conversaciones en casa sobre la importancia de sus estudios. Me da gusto que esté rindiendo bien.
Hubo un silencio breve. Elena nos miró a las dos, sintiendo claramente la tensión extraña en el ambiente.
—Bueno —dijo la directora rompiendo el hielo—me parece excelente que ambos estén al tanto del progreso de Tom. Si necesitan cualquier otra cosa, estoy a su disposición.
—Muchas gracias, profesora, de verdad aprecio su dedicación con mi hijo.
—De nada —respondí, manteniendo la sonrisa educada—Es mi trabajo.
Ella me miró una última vez, como si quisiera decir algo más, pero al final solo asintió y salió de la oficina.
Me quedé sentada un momento más, respirando hondo.
Elena me miró con curiosidad.
—¿Todo bien, Billie?
—Todo perfecto —respondí, levantándome.
Salí de la dirección con la cabeza en alto.
Pero por dentro, sonreí.
Heidi acababa de verme con uno de los vestidos que su marido me regaló.
Y no tenía ni idea.
El juego seguía avanzando…
y cada vez se ponía más interesante.
.
Estaba en medio de la clase del grupo 101, explicando el proceso de mitosis con un video en time-lapse, cuando la puerta del aula se abrió.
Un señor de mediana edad, uniformado con el logo de una florería, entró cargando un precioso ramo de rosas azules.
Eran intensas, casi iridiscentes, perfectamente envueltas.
—¿Disculpe? —dijo, mirando hacia el frente—¿Es usted la profesora Billie?
Todo el salón se quedó en silencio.
—Sí, soy yo —respondí, manteniendo la voz profesional.
El hombre sonrió y se acercó al escritorio.
—Le enviaron estas flores. ¿Me podría firmar aquí, por favor?
El aula explotó en murmullos y silbidos emocionados.
— ¡Oooh, profe!
— ¡Alguien está enamorado!
— ¡Qué bonitas!
Sonreí con calma, firmé el papel de entrega y tomé el ramo.
Eran hermosas, pesadas, con un aroma dulce y fresco.
En medio había una pequeña tarjeta blanca, pero no la abrí. La dejé sobre el escritorio junto al ramo.
—Gracias —le dije al repartidor.
Él se retiró y yo volví al frente del aula como si nada hubiera pasado.
—Bien, ¿dónde nos quedamos? Ah, sí… la profase. Presten atención.
Continué la clase con total naturalidad, explicando cada etapa con claridad. Pero sentía su mirada.
Tom.
Estaba sentado en su lugar de siempre, con los brazos cruzados y una expresión oscura. No había aplaudido. No había sonreído. Solo me miraba con cara de pocos amigos, la mandíbula tensa, los ojos clavados en las rosas azules que ahora adornaban mi escritorio.
Lo ignoré.
Seguí dando la clase como si el ramo no existiera, como si no sintiera sus ojos quemándome la piel cada vez que pasaba cerca de su fila.
Cuando finalmente sonó la campana, el salón se vació poco a poco. Algunos alumnos me felicitaron por las flores al salir. Yo solo sonreía.
Tom se quedó hasta el final, como siempre.
Cuando el aula quedó casi vacía, se levantó y caminó directo hacia mi escritorio. Su cara era una mezcla de rabia y dolor.
—¿De quién son las flores? —preguntó sin rodeos con la voz baja pero cargada.
Lo miré con calma, guardando mi laptop sin prisa.
—Eso no es de tu incumbencia, Tom.
Él apretó los puños a los lados.
—Claro que es de mi incumbencia. Después de todo lo que ha pasado entre nosotros… ¿ahora recibes flores de otro? ¿En plena clase?
Sonreí con frialdad y me crucé de brazos.
—¿Y quién te crees tú para reclamarme algo, Tom? tú y yo no somos nada…no eres mi novio…no eres mi pareja, eres solo un alumno que se queda después de clase porque quiere meterse entre mis piernas. Nada más.
Sus ojos se oscurecieron. Dio un paso más cerca.
—No digas eso…
—¿Por qué no? —continué, cruelmente suave—¿Te duele? ¿Te molesta que otro hombre me regale flores? Qué curioso… porque yo no te debo ninguna explicación. Ni a ti ni a nadie.
Tom se quedó callado un segundo, respirando agitado. Luego soltó una risa sarcástica, amarga, que no llegó a sus ojos.
—Entiendo —dijo, asintiendo lentamente—Perfecto.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de salir, la cerró con un portazo tan fuerte que retumbó en todo el aula.
Me quedé sola, mirando el ramo de rosas azules sobre mi escritorio.
Sonreí.
Lento.
Frío.
Satisfecho.
Todo estaba saliendo exactamente como lo había planeado.
Tom ya no solo me deseaba.
Estaba empezando a odiarme también.
Y eso… era aún mejor.
Continúa…
Gracias por la visita. No olvides comentar 😉