Fic TOLL de Beth

Capítulo 20

TOM

Salí del aula dando un portazo tan fuerte que el sonido retumbó por todo el pasillo.

Estaba furioso.

La rabia me quemaba la garganta, me apretaba el pecho, me nublaba la vista.

Billie acababa de tratarme como si fuera un puto juguete. Como si todo lo que había pasado entre nosotros no significara nada. Como si yo fuera solo un niño más al que podía usar y tirar.

Caminaba por el pasillo con los puños cerrados cuando la vi.

Valeria.

Estaba apoyada contra la pared, revisando su teléfono.

En cuanto levantó la mirada y sonrió con esa dulzura que siempre tenía.

Hacía unas semanas me había confesado que le gustaba. Mucho. Yo la rechacé con cuidado, le dije que era una chica increíble pero que no estaba en el momento para nada serio.

Ella lo tomó bien, aunque desde entonces seguía cerca, coqueteando suavemente, sin presionarme.

—Tom —dijo, acercándose—¿Todo bien? Tienes cara de querer matar a alguien.

Me detuve frente a ella.

La rabia seguía hirviendo dentro de mí. Y de pronto, una idea oscura y vengativa se me cruzó por la cabeza.

—¿Vas para tu casa? —le pregunté.

—Sí, ¿por?

—Sube. Te llevo.

Valeria parpadeó, sorprendida pero claramente feliz.

Sonrió ampliamente y caminó a mi lado hasta el estacionamiento.

Subimos al coche.

Al principio fuimos en silencio.

Yo manejaba con la mandíbula apretada, la mirada fija en la carretera.

Ella me miraba de reojo.

—¿Quieres hablar? —preguntó con suavidad.

No respondí con palabras.

Solo puse una mano en su muslo, subiendo lentamente por debajo de su falda.

Valeria contuvo la respiración, pero no me detuvo.

—Tom…

—Shh —susurré, apretando su muslo con más fuerza—Hoy no quiero hablar.

Ella se mordió el labio.

Su respiración se aceleró.

Puso su mano sobre la mía, guiándola más arriba.

Estacioné el coche en un lugar apartado, detrás de unos árboles cerca de su casa. Apenas apagué el motor, ella se lanzó sobre mí.

Nos besamos con desesperación.

Sus manos me quitaron la camiseta, las mías subieron su falda hasta la cintura. Le arranqué las bragas de un tirón y ella soltó un gemido cuando mis dedos la encontraron ya mojada.

—Tom… —jadeó contra mi boca—Te deseo tanto…

La subí a horcajadas sobre mí en el asiento del conductor.

Bajé mi cierre con prisa y me hundí en ella de un solo golpe.

—Joder… —gruñí, agarrándola de las caderas.

Ella empezó a moverse, cabalgándome con ganas, gimiendo mi nombre mientras sus senos rebotaban frente a mi cara.

Yo las agarré, las apreté, las chupé con fuerza.

Pero en mi cabeza… solo estaba Billie.

Imaginé que era ella la que me montaba. Que era su culo perfecto el que golpeaba contra mis muslos. Que era su voz la que gemía mi nombre. Que eran sus ojos los que me miraban mientras me follaba.

Apreté más las caderas de Valeria y empecé a embestirla desde abajo con fuerza, follándola como si quisiera castigarla.

—Más duro… —suplicó ella, clavándome las uñas en los hombros.

La follé más fuerte, más rápido, imaginando la cara de Billie, su boca entreabierta, sus gemidos cuando la hice correrse en el baño del club.

Imaginando cómo se vería si me viera ahora mismo follándome a otra.

Valeria se corrió primero, temblando encima de mí, apretándome con fuerza.

Yo la seguí segundos después, corriéndome dentro de ella con un gruñido ronco, mordiéndole el hombro para no gritar el nombre que realmente quería gritar.

Cuando terminamos, ella se dejó caer sobre mi pecho, respirando agitada, besándome el cuello con ternura.

—Tom… eso fue… increíble —susurró.

Yo no respondí.

Solo miré por la ventana, con la respiración todavía acelerada y el pecho lleno de rabia.

Porque aunque acababa de correrme dentro de Valeria…

solo podía pensar en Billie.

Y en cómo iba a hacer que pagara por humillarme.

.

Llegamos a la casa de Valeria casi sin hablar durante todo el camino.

Yo conducía con la mandíbula apretada, todavía con la imagen de Billie y ese maldito ramo de rosas azules clavada en la cabeza.

Valeria iba a mi lado, callada, pero de vez en cuando me lanzaba miradas de reojo, como si supiera que algo me pasaba pero no se atreviera a preguntar.

Cuando estacioné frente a su casa, ella se desabrochó el cinturón y sonrió.

—Gracias por traerme, Tom. La pasé muy bien hoy.

Antes de que pudiera abrir la puerta, le agarré la muñeca con fuerza, deteniéndola.

—Espera.

Ella me miró, sorprendida.

Sus ojos grandes y dulces se clavaron en los míos.

—¿Qué pasa?

No pensé.

No razoné.

Solo actué con la rabia que me quemaba por dentro.

—Sé mi novia —solté de golpe con la voz ronca y urgente—Quiero que seas mi novia, Valeria.

Ella se quedó congelada un segundo, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.

Luego su cara se iluminó completamente.

Una sonrisa enorme, feliz, casi infantil, apareció en sus labios.

—¿En serio? —preguntó, con la voz temblando de emoción.

—Sí —respondí, sin soltarle la muñeca—Quiero que seas mía.

Ella soltó un chillido de alegría y se lanzó sobre mí, besándome con fuerza, feliz, llena de ilusión.

Sus manos me agarraron la cara mientras me daba besos cortos y emocionados.

—¡Sí! ¡Sí, claro que sí! —repetía entre beso y beso—No sabes cuánto tiempo esperaba esto…

La besé de vuelta, pero no con la misma emoción. Era más bien un beso mecánico, impulsado por la rabia y las ganas de venganza.

Ella no se dio cuenta.

Estaba demasiado feliz.

Se separó, todavía sonriendo como una niña, y me dio un último beso suave en los labios.

—Te veo mañana en la uni, novio —dijo, casi cantando la palabra.

Bajó del coche y caminó hacia su casa casi saltando.

Se giró una vez más para mandarme un beso con la mano antes de entrar.

Yo me quedé sentado ahí un momento, con las manos todavía apretadas en el volante.

No sentía nada.

Solo rabia. 

Arranqué el coche y manejé hacia mi casa con la mente hecha un lío.

Cuando entré, la casa estaba en silencio.

Escuché la voz de mi papá en la sala, hablando por teléfono, de espaldas a mí.

—…sí, mi amor. Ya estoy en casa. Te extraño mucho. No veo la hora de verte otra vez…

Se me heló la sangre.

“Mi amor.”

Mi papá nunca le decía “mi amor” a mi mamá.

Me quedé congelado en la entrada, con la mochila todavía en el hombro.

Él se dio cuenta de que alguien había entrado y se giró rápido.

Al verme, colgó la llamada inmediatamente, sin despedirse.

—Tom —dijo, forzando una sonrisa— ¿Qué tal, hijo? No te oí llegar.

Lo miré fijamente.

La rabia que traía acumulada desde la universidad explotó de golpe.

—¿Con quién hablabas? —pregunté, la voz temblando de furia.

Mi papá intentó reírse, pero salió forzado.

—Era un compañero de trabajo, nada impor…

—¡No me mientas! —grité, dando un paso hacia él—Te escuché! ¡Le dijiste “mi amor”! ¿Otra vez? ¿Otra vez estás haciendo lo mismo?

Mi papá levantó las manos, intentando calmarme.

—Tom, no es lo que piensas. Baja la voz, tu mamá está arriba con el bebé…

—¡Me importa una mierda! —le grité más fuerte—¿Cuántas veces vas a hacer esto? ¿Cuántas veces vas a humillar a mi mamá? ¡Ya tienes tres hijos con ella y sigues buscando por fuera como si nada!

Él se puso rojo con la mandíbula apretada.

—No te metas en mis asuntos, Tom. Eres un niño todavía…

—¡No soy un niño! —le espeté, acercándome más—¡Soy tu hijo! ¡Y estoy harto de verte destruir esta familia una y otra vez! ¿Sabes cuántas veces he visto a mamá llorando en silencio? ¿Sabes cuántas veces la he encontrado revisando tus cosas porque sospecha que la engañas? ¡Y tú sigues igual!

Mi papá dio un paso hacia mí, furioso.

—¡Ya basta! ¡No tienes derecho a hablarme así! ¡Soy tu padre!

—¡Un padre de mierda! —le grité a la cara.

En ese momento se escucharon pasos rápidos bajando las escaleras.

Mi madre apareció en la sala, con el bebé en brazos y la cara pálida.

—¡Ya basta los dos! —gritó, poniéndose entre nosotros— ¡Bajen la voz! ¡El bebé está aquí! Jannick está en su habitación!

Mi papá intentó hablar, pero ella lo cortó con una mirada que nunca le había visto.

—Nick cállate —le ordenó con voz fría—Tom, sube a tu cuarto. Ahora.

—Pero mamá…

—Ahora, Tom —repitió, sin dejar lugar a discusión.

La miré un segundo.

Tenía los ojos rojos, pero su postura era firme.

Subí las escaleras furioso, dando un portazo al entrar a mi cuarto.

Desde arriba escuché cómo mi mamá le hablaba a mi papá en voz baja pero cortante:

—Esta vez no, Nick Esta vez no voy a fingir que no pasa nada.

Me tiré en la cama, con el corazón latiéndome con fuerza y la cabeza hecha un caos.

Todo se estaba derrumbando.

Y yo ya no sabía de qué lado estaba.

Estaba tirado en mi cama, con la habitación a oscuras y solo la luz de la pantalla del celular iluminándome la cara.

Tenía el número de Billie abierto desde hacía más de veinte minutos.

El dedo me temblaba sobre el botón de llamar.

No sabía si quería hablar con ella para gritarle, para reclamarle, para suplicarle… o simplemente para escuchar su voz.

Al final, la rabia y el dolor ganaron.

Marqué.

Sonó tres veces antes de que contestara.

Silencio.

No dijo nada.

Solo se escuchaba su respiración calmada al otro lado de la línea.

Me quedé callado un segundo también, con el corazón golpeándome el pecho.

Luego solté todo, con la voz cargada de veneno:

—Acabo de follarme a Valeria —dije sin preámbulos—En el coche, después de salir de la universidad.

La monté como un animal. Se corrió gritando mi nombre. Y yo me corrí dentro de ella pensando en ti… solo para darme cuenta de que ni siquiera eso me importa….quería lastimarte. quería que supieras que no eres la única que puede jugar.

Esperé.

Esperé su reacción.

Que se enojara.

Que se pusiera celosa.

Que me gritara.

Que me dijera algo… cualquier cosa.

Pero ella no dijo nada.

Solo se quedó en silencio durante varios segundos eternos.

Luego, con una voz fría, cortante y llena de desprecio, habló:

—Vete a la mierda, Tom.

Y colgó.

Me quedé mirando la pantalla como un idiota, con el “llamada finalizada” brillando en negro.

No gritó.

No lloró.

No me insultó.

Solo me mandó a la mierda… como si yo no valiera ni el esfuerzo de una pelea.

Tiró el teléfono contra la pared con fuerza. Se estrelló y cayó al suelo.

Me pasé las manos por la cara, respirando agitado, con una mezcla de rabia, humillación y un dolor que no quería reconocer.

Ella ni siquiera se inmutó.

Y eso… eso me dolió más que cualquier cosa que pudiera haberme dicho.

Me quedé ahí, sentado en la oscuridad de mi cuarto, con el corazón hecho pedazos y la certeza de que Billie Wieger no solo me había roto…

sino que lo había hecho sin siquiera esforzarse.

Y yo seguía queriéndola igual.

&

Los días pasaron.

Y con ellos, la noticia se extendió como fuego en pasto seco.

Para el miércoles siguiente, toda la universidad ya sabía que Valeria y yo éramos novios.

No era cualquier chisme: Valeria era una de las chicas más populares del campus. Bonita, extrovertida, con cuerpo de modelo y una sonrisa que desarmaba a cualquiera. Yo ya tenía lo mío: guapo, con mis rastas rubias, buen estudiante cuando me daba la gana y con esa fama de problemático que a la gente le encanta mirar.

Ahora éramos la pareja del momento.

En los pasillos no paraban los susurros:

—Qué bonitos se ven juntos…

—Ella siempre quiso estar con él.

—Pobrecita la que se ilusionó con Tom…

—Valeria se lo sacó en la loteria.

Algunas chicas nos miraban con envidia descarada.

Otras con esa tristeza que intentaban esconder. Un par hasta dejaron de saludarme. Valeria, en cambio, iba agarrada de mi brazo como si acabara de ganarme en una rifa, sonriéndole a todo el mundo con esa felicidad que solo tienen las que por fin consiguen al tipo que querían.

Yo sonreía cuando tocaba.

Le daba besos en la mejilla cuando me los pedía.

Le pasaba el brazo por los hombros.

Pero por dentro estaba vacío.

Y Billie.

Billie seguía igual.

Fría.

Profesional.

Intocable.

En clase ya no me miraba más de lo necesario.

Cuando levantaba la mano para preguntar algo, respondía con esa voz neutra, sin la chispa peligrosa que antes me guardaba solo a mí.

Después de clase ya no se quedaba.

Si intentaba acercarme con cualquier excusa, simplemente recogía sus cosas y soltaba:

—Hoy no tengo tiempo, Kaulitz. Consulta el material en el aula virtual.

Y se iba.

Sin una mirada extra.

Sin una sonrisa secreta.

Sin nada.

Eso era lo que más me jodía.

Cada vez que la veía en el pasillo hablando con otro profesor, riendo de algo que no era conmigo, sentía un pinchazo en el pecho.

Cada vez que pasaba a mi lado sin siquiera mirarme, era como si me clavaran un cuchillo despacio.

Una tarde, después de clase, me quedé esperándola en el pasillo.

Cuando salió, intenté hablarle:

—Billie…

Ni siquiera frenó el paso.

—Profesora Wieger —me corrigió sin mirarme, y siguió caminando.

Me quedé ahí parado, con los puños cerrados y un nudo en la garganta.

Valeria me esperaba al final del pasillo, sonriendo como siempre.

Corrió hacia mí y me dio un beso en la mejilla.

—¿Vamos por un café, amor?

Asentí, forzando una sonrisa.

—Claro.

Mientras caminaba con Valeria de la mano, no podía dejar de pensar en Billie.

En cómo me había usado.

En cómo me había hecho sentir especial.

En cómo ahora me trataba como a cualquier otro alumno.

Y dolía.

Dolía más de lo que quería admitir.

Porque aunque ahora tenía novia, aunque toda la escuela me envidiaba…

yo solo podía pensar en la mujer que me ignoraba como si nunca hubiera existido entre sus piernas, en su boca, en su mente.

Y eso me estaba matando lentamente.

Continúa…

Gracias por la visita. No olvides comentar 😉

por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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