
Fic TOLL de Beth
Capítulo 21
BILLIE
Llegué a casa pasadas las tres de la tarde, exhausta.
No era solo cansancio físico. Era un agotamiento que me calaba los huesos, una pesadez que llevaba semanas arrastrando y que cada día se hacía más difícil de ignorar.
Apenas abrí la puerta, escuché las risas de los niños desde la sala.
Hace días opte por darle una copia de las llaves a mis niños para cualquier cosa.
Georg los había traído hacía un rato. Últimamente se los llevaba casi todas las tardes después de la escuela. No me quejaba… ellos estaban felices. La idea de tener un hermanito o hermanita los tenía completamente ilusionados. Hablaban de ello todo el tiempo: nombres, cómo lo cargarían, qué juguetes le regalarían. Cada vez que los escuchaba, algo dentro de mí se apretaba.
Georg estaba en la cocina, guardando las loncheras.
—Hola —dijo con suavidad—Los traje un poco más temprano hoy. Estaban muy emocionados porque mañana van a ir a ver el ultrasonido con Susanne.
Asentí, forzando una sonrisa.
—Gracias por cuidarlos. De verdad.
—Sabes que no es problema —respondió, mirándome un segundo más de lo necesario—¿Estás bien? Te ves… cansada.
—Solo ha sido una semana larga —mentí—Puedes irte tranquilo. Yo me encargo.
Georg dudó, pero al final asintió.
—Avísame si necesitas cualquier cosa.
Cuando cerró la puerta, me quedé sola con los niños.
Ellos seguían hablando emocionados sobre el bebé, sobre cómo Ariadne quería que fuera niña para tener una hermana y Andrew quería que fuera niño para enseñarle a jugar fútbol.
Yo solo sonreía y asentía, pero por dentro me sentía cada vez más pequeña.
Esa noche, después de cenar, bañar y acostar a los gemelos, me quedé sentada en la orilla de mi cama durante mucho rato.
Tenía náuseas constantes desde hacía casi dos semanas.
Los senos me dolían.
Estaba más cansada de lo normal.
Y mi periodo… llevaba nueve días de retraso.
No quería ni pensarlo.
No podía ser.
No ahora.
No con todo lo que estaba pasando.
Pero el miedo ya estaba ahí, clavado en mi pecho.
Me puse una sudadera encima del pijama, agarré las llaves y salí de casa sin hacer ruido.
Conduje hasta la farmacia más cercana que estuviera abierta las 24 horas.
Compré la prueba más cara, la que decía “resultado claro en 3 minutos”.
Volví a casa con el corazón, latiéndome en la garganta.
Me encerré en el baño.
Oriné en el palito con manos temblorosas.
Lo dejé sobre el lavabo y salí del baño.
Caminé de un lado a otro del pasillo durante los tres minutos más largos de mi vida.
Cuando volví a entrar, tomé la prueba con dedos helados.
Dos rayas.
Clarísimas.
Positivo.
Me quedé mirando la prueba durante un tiempo que no supe medir.
El mundo se volvió borroso.
Las rodillas me fallaron y me senté en el borde de la bañera.
Embarazada.
Otra vez.
Después de todo lo que viví con Abdiel.
Después de jurarme que nunca más volvería a pasar por algo así.
Después de todo el control que creí tener sobre mi vida, sobre mi cuerpo, sobre mi venganza…
Estaba embarazada.
Y no sabía si era de Nick…
o de Tom.
Me tapé la boca con las dos manos para no hacer ruido y empecé a llorar en silencio, con el cuerpo temblando entero.
Esta vez no había escapatoria.
Las consecuencias de mis acciones acababan de golpearme de frente.
Y yo… yo ya no sabía si tenía fuerzas para enfrentarlas.
&
Los días siguieron pasando con una normalidad casi cruel.
Me levantaba temprano, preparaba el desayuno para los gemelos, los llevaba al colegio, iba a la universidad, daba mis clases, corregía exámenes, regresaba a casa, hacía la cena, los bañaba, les leía un cuento y los dormía.
La misma rutina de siempre.
Nadie sabía nada.
Ni mi mamá, que me llamaba cada tres o cuatro días con esa voz cálida y preocupada:
—¿Cómo estás, mi reina? ¿Los niños bien?
—Todo bien, mamá —le respondía yo, intentando que mi voz sonara ligera y tranquila—Los niños están felices, comiendo bien, portándose como angelitos la mayoría del tiempo. No te preocupes.
Ella suspiraba aliviada y cambiaba de tema. Yo agradecía que no pudiera verme la cara a través del teléfono, porque estaba segura de que mis ojos me delatarían.
En la universidad todo seguía igual en apariencia.
Daba mis clases con la misma profesionalidad de siempre.
Sonreía cuando tenía que sonreír, respondía preguntas, explicaba con claridad.
Tom seguía asistiendo.
Ahora entraba al aula tomado de la mano de Valeria, quien lo miraba con esa adoración que solo tienen las chicas que creen haber ganado el premio mayor.
Él ya no se quedaba después de clase.
Pasaba frente a mi escritorio sin mirarme, como si yo nunca hubiera existido.
Y yo… hacía exactamente lo mismo.
Lo trataba como a cualquier otro alumno.
Ni una mirada extra.
Ni una sonrisa.
Ni una sola palabra que no fuera estrictamente académica.
Por dentro, sin embargo, todo era un caos.
Estaba embarazada.
Cada mañana, cuando me miraba al espejo, tocaba mi vientre todavía plano y sentía una mezcla abrumadora de terror, culpa y una extraña ternura que no quería permitirme.
No sabía de quién era.
Y esa incertidumbre me estaba comiendo viva.
A veces, en medio de una clase, me quedaba callada unos segundos, mirando al vacío, preguntándome si realmente quería seguir con todo esto.
La venganza que había planeado con tanto cuidado ahora se sentía pesada, peligrosa, casi infantil.
¿Valía la pena?
¿Valía la pena arriesgarme a traer otro hijo a este desastre solo para lastimar a Nick?
Por las noches, cuando los niños ya dormían, me quedaba sentada en la sala a oscuras, con una mano sobre mi vientre, pensando.
Con Nick llevaba dos semanas sin saber nada de él.
No me había escrito.
No me había llamado.
No había aparecido en la universidad con más flores ni mensajes.
Y aunque una parte de mí se sentía aliviada ,su intensidad me estaba ahogando, otra parte extraña extrañaba esa atención enfermiza que me daba.
Era como si, por primera vez en mucho tiempo, pudiera respirar.
Pero esa calma era frágil.
Sabía que tarde o temprano todo iba a explotar.
El embarazo no se iba a esconder para siempre.
Tom seguía mirándome cuando creía que no lo veía.
Nick estaba demasiado callado, y eso nunca era buena señal.
Por ahora, solo seguía mi rutina.
Sonreía cuando tenía que sonreír.
Cuidaba a mis hijos.
Daba mis clases.
Y por las noches, cuando estaba sola, me tocaba el vientre y susurraba:
—¿Qué voy a hacer contigo, pequeño?
Porque esta vez no era solo mi venganza.
Esta vez había una vida real creciendo dentro de mí.
Y por primera vez en mucho tiempo…
no tenía ni idea de cómo seguir adelante.
&
Al día siguiente organicé una clase extra con los dos grupos de primer ingreso juntos el 101 y el 105.
Quería que se conocieran, que compitieran sanamente y, sobre todo, seleccionar a los mejores para representar a la universidad en el Concurso Nacional de Ciencias Básicas que se acercaba.
El aula grande estaba casi llena.
Los alumnos charlaban entre ellos, emocionados por la actividad inusual. Yo estaba de pie frente al pizarrón, revisando mis notas, cuando miré el reloj: ya eran las 8:20 p.m. Faltaban solo unos pocos, entre ellos Tom.
“Seguramente no vendrá”, pensé. “Es muy tarde y debe estar con su novia.”
Decidí empezar.
—Bien, vamos a comenzar —dije con voz clara—Hoy vamos a…
La puerta del aula se abrió de golpe.
—Disculpe la tardanza —dijo Tom, entrando con la respiración un poco agitada—Se me hizo tarde.
Levanté la mirada automáticamente para responderle con mi tono profesional de siempre… y me quedé congelada.
Era él, pero no era él.
Las rastas rubias habían desaparecido por completo.
En su lugar llevaba trenzas africanas negras, bien hechas, pegadas al cuero cabelludo y cayendo ordenadas hasta un poco más abajo de los hombros.
El cambio era brutal. Se veía más maduro, más serio, más hombre.
La mandíbula se le marcaba más, los ojos marrón le resaltaban aún más contra el negro del cabello y la camiseta oscura que traía puesta le quedaba más ajustada de lo normal.
Por un segundo, el tiempo se detuvo.
Sentí un golpe seco en el estómago.
No era solo que se viera bien.
Es que se veía… peligroso.
Demasiado atractivo.
Demasiado diferente al chico que yo había estado manipulando.
Tom notó mi reacción.
Por una fracción de segundo, una sonrisa pequeña y satisfecha asomó en sus labios antes de desaparecer.
Me recompuse al instante, endureciendo la expresión.
—Llega tarde, Kaulitz —dije con frialdad—Tome asiento.
Él caminó hasta su lugar habitual sin dejar de mirarme. Se sentó, pero sus ojos siguieron clavados en mí durante toda la clase.
Respiré hondo y continué como si nada.
—Como les decía, hoy les tengo una propuesta importante. Ambos grupos van a participar en un proceso de selección para elegir a los representantes de la universidad en el Concurso Nacional de Ciencias Básicas. Serán evaluados por promedio, participación, trabajos y un examen final. Los que resulten seleccionados tendrán la oportunidad de competir a nivel nacional.
El salón estalló en murmullos emocionados. Algunos aplaudieron, otros se miraron entre sí con ilusión. Hasta Tom, a pesar de su cara seria, pareció interesado.
Pasé el resto de la clase explicando los detalles, las fechas y los temas que entrarían.
Los alumnos tomaban notas con entusiasmo.
Yo hablaba con la voz firme de siempre, pero por dentro seguía sintiendo ese golpe extraño que me había dado al verlo con ese nuevo look.
Cuando terminé, recogí mis cosas con calma.
—Pueden retirarse. Los que estén interesados en participar, pasen mañana a dejar su nombre en la lista.
Los estudiantes empezaron a salir.
Tom fue de los últimos.
Antes de cruzar la puerta, se giró y me miró una última vez.
No dijo nada.
Solo me sostuvo la mirada unos segundos, con una intensidad que me recorrió la espalda.
Luego salió.
Me quedé sola en el aula, apoyada en el escritorio, respirando profundo.
Ese cambio de look no era casual.
Lo había hecho a propósito.
Para mí.
Y lo peor de todo…
es que había funcionado.
Ya casi había terminado de guardar todo.
El aula estaba vacía, solo quedaba el eco de mis tacones mientras caminaba hacia la puerta con el maletín en la mano. Estaba exhausta, mental y físicamente, y lo único que quería era llegar a casa, darme un baño caliente y olvidar el día.
Pero entonces la puerta se abrió.
Tom entró, cerrándola detrás de él con un golpe suave pero definitivo.
Me detuve en seco.
—¿Qué haces aquí? —pregunté con la voz más cortante de lo que pretendía— La clase terminó hace rato.
Él no respondió de inmediato.
Caminó hacia mí con paso lento, seguro, esa nueva apariencia de trenzas negras haciéndolo ver más grande, más maduro, más peligroso. Se detuvo a solo un metro de distancia.
—Vine a inscribirme en el concurso —dijo, mirándome fijamente.
Lo observé un segundo, intentando mantener la compostura. Saqué el cuaderno de la lista de participantes del maletín y lo abrí sobre el escritorio.
—Firma—dije secamente.
Él se acercó más, tomó el cuaderno y la pluma de mi mano sin dejar de mirarme a los ojos.
Firmó despacio, con letra firme. Cuando terminó, en lugar de devolvérmelo, lo sostuvo un segundo más, sus dedos rozando los míos.
Le arranqué el cuaderno de las manos y lo metí de golpe en el maletín.
—Listo. Ya estás inscrito —dije, pasando por su lado para irme.
Pero antes de que pudiera dar dos pasos, su mano me agarró del brazo con fuerza, deteniéndome.
—Suéltame, Tom —le advertí, la voz baja y peligrosa.
Él no me soltó.
Al contrario, tiró de mí hacia atrás hasta que mi espalda chocó contra la pared. Me acorraló con su cuerpo, colocando una mano a cada lado de mi cabeza, encerrándome.
—No —susurró, tan cerca que sentí su aliento en mis labios— Ya no voy a seguir jugando a esto…¿crees que no me doy cuenta? ¿crees que no sé que me estás usando? Me calientas, me provocas, me haces creer que soy especial… y luego me tratas como mierda ¿sabes lo que se siente verte todos los días y no poder tocarte? ¿ver cómo te vistes para volverme loco y luego actuar como si yo no existiera?—Su voz bajó aún más, ronca, cargada de rabia y deseo—Quiero follarte aquí mismo, contra esta pared. Quiero subirte esa falda y metértela tan profundo que grites mi nombre hasta que te tiemblen las piernas. Quiero que me mires a los ojos mientras te corres y que admitas que tú también me deseas, aunque seas tan cobarde que no lo digas.
Mi respiración se aceleró.
Sentí el calor subiendo por mi cuerpo, la indignación mezclada con algo mucho más oscuro y peligroso.
Levanté la mano para cachetearlo.
Pero él fue más rápido.
Me agarró la muñeca en el aire, la presionó contra la pared por encima de mi cabeza y me besó.
Fuerte.
Hambriento.
Desesperado.
Su boca devoró la mía sin pedir permiso, lengua invadiendo, mordiendo mi labio inferior con fuerza. Gemí contra él, mitad rabia, mitad deseo, y le devolví el beso con la misma intensidad.
Mi mano libre se clavó en su nuca, tirando de su pelo, mientras él presionaba su cuerpo contra el mío, dejándome sentir lo duro que estaba.
El beso era brutal, salvaje, lleno de todo lo que habíamos estado conteniendo.
Sus manos bajaron por mi cintura, agarrándome el culo con fuerza, levantándome un poco contra la pared.
Yo le mordí el labio, él gruñó y me besó más profundo, como si quisiera castigarme y adorarme al mismo tiempo.
Cuando nos separamos, los dos jadeábamos.
Tenía los labios hinchados, los ojos oscuros de deseo y rabia.
—Dime que no me deseas —susurró contra mi boca, todavía pegado a mí—Dímelo mirándome a los ojos y te dejo en paz para siempre.
No pude decirlo.
Porque sería una mentira demasiado grande.
Tom me miraba con los ojos nublados de deseo y confusión, los labios hinchados por el beso.
Sin pensarlo dos veces, levanté la mano y le crucé la cara con una cachetada seca y fuerte.
El sonido resonó en el aula vacía.
—No vuelvas a tocarme —le dije con la voz temblando de rabia y algo más que no quería nombrar—Nunca más.
Tom se quedó quieto, con la mejilla enrojecida, mirándome como si le hubiera clavado un cuchillo.
Salí del aula sin mirar atrás, con el corazón latiéndome en los oídos y las piernas temblando.
Caminé rápido por el pasillo, casi corriendo, hasta que llegué al baño. Entré, cerré la puerta con pestillo y me apoyé contra el lavabo.
Respiraba con dificultad.
Me miré en el espejo.
Tenía los labios hinchados, el pelo revuelto, los ojos brillantes y las mejillas sonrojadas.
Parecía una mujer que acababa de ser besada con desesperación… y que había respondido con la misma desesperación.
Me asusté.
—¿Qué estás haciendo, Billie? —susurré a mi reflejo, con la voz rota.
Esto no era parte del plan.
Yo quería venganza.
Quería destruirlo.
Quería ver cómo Nick sufría al darse cuenta de que su propio hijo estaba obsesionado conmigo.
Quería control.
Quería poder.
Pero ahora… ahora sentía cosas que no quería sentir.
La forma en que Tom me miraba, la forma en que me besaba, la forma en que su cuerpo reaccionaba al mío… todo eso estaba empezando a afectarme.
Y eso me aterrorizaba.
Además… era solo un chico.
Tenía dieciocho años.
Podría ser mi hijo.
Al pensarlo, automáticamente bajé la mirada hacia mi vientre todavía plano y puse una mano sobre él.
Otro bebé.
Otro ser inocente creciendo dentro de mí, sin pedirlo, en medio de este desastre que yo misma había creado.
Cerré los ojos con fuerza y apoyé la frente contra el espejo frío.
—¿Qué estoy haciendo? —repetí en voz baja, casi suplicando—Esto ya no es solo venganza… me estoy perdiendo…no puedo enamorarme de él, no puedo…no de Tom…no del hijo de Nick.
Pero el beso todavía me quemaba en los labios.
Su olor seguía en mi piel.
Y lo peor de todo… una parte de mí quería volver al aula y besarlo otra vez.
Me lavé la cara con agua fría, intentando borrar el rubor de mis mejillas y el deseo de mi cuerpo.
Me retoqué el labial con manos temblorosas y respiré hondo varias veces.
—Tú no sientes nada —me dije frente al espejo, como un mantra—solo estás jugando, solo es venganza, solo es control.
Salí del baño con la cabeza en alto, aunque por dentro todo estuviera temblando.
Tenía que recomponerme.
Tenía que volver a ser la Billie fría, calculadora y distante.
Porque si me permitía sentir…
todo se iba a derrumbar.
Y yo no podía permitírmelo.
Esa misma tarde estábamos los tres sentados a la mesa de la cocina, comiendo.
Yo había preparado arroz con pollo y ensalada, uno de los platos favoritos de los gemelos. Ariadne hablaba sin parar de su día en el colegio, contándome con emoción que había dibujado una familia de unicornios, mientras
Andrew le corregía los detalles con su seriedad habitual.
De pronto, el timbre de la puerta sonó.
Me levanté extrañada, porque no esperábamos a nadie.
Me limpié las manos en el delantal y caminé hacia la entrada.
Cuando abrí la puerta, se me iluminó la cara.
Era mi mamá.
— ¡Mamá! —exclamé, con una sonrisa enorme que me salió del alma.
Allí estaba ella, con su bolso colgando del brazo, una bolsa de tela con lo que parecía comida casera y esa sonrisa cálida y testaruda que tanto extrañaba. Llevaba un suéter color crema y el pelo recogido como siempre.
—Como tú no vas a verme, pues yo vine a verte a ti —dijo con fingido reproche, pero los ojos le brillaban de felicidad—¿O ya no se puede venir a visitar a mi hija y a mis nietos sin invitación?
Me lancé a abrazarla fuerte, hundiendo la cara en su cuello como cuando era niña.
Olía a su perfume de siempre, a jabón de lavanda y a hogar.
—Claro que se puede… te extrañaba tanto —murmuré contra su hombro.
Los gemelos escucharon mi voz y salieron corriendo de la cocina como dos cohetes.
—¡Abuelita! —gritaron al unísono.
Ariadne fue la primera en lanzarse a sus brazos, casi tirándola hacia atrás.
—¡Viniste! ¡Viniste! —repetía emocionada, abrazándola por la cintura.
Andrew, más contenido pero igual de feliz, se pegó a su lado y le dio un abrazo fuerte.
—Abuelita, te extrañamos mucho. ¿Nos trajiste pan de muerto? —preguntó con esa inocencia que me derretía.
Mi mamá se rió, agachándose un poco aunque le dolía la rodilla
para abrazarlos mejor.
—Claro que sí, mi vida. Les traje pan de muerto y también unos tamales que hice ayer. Y para mi Billie… mole de olla, porque sé que le encanta.
Los niños saltaban de emoción, tirando de ella hacia adentro.
—¡Ven, abuelita! ¡Ven a ver mi dibujo de unicornios! —decía Ariadne.
—¡Y yo te voy a enseñar mi nave espacial de Legos! —añadía Andrew.
Mi mamá me miró por encima de sus cabezas, con los ojos llenos de cariño.
—¿Ves? No puedo estar tanto tiempo sin venir. Estos dos me extrañan demasiado… y tú también, aunque no lo digas.
La abracé de nuevo, esta vez más largo, sintiendo cómo se me aflojaba algo en el pecho que llevaba días tenso.
—Gracias por venir, mamá. De verdad te necesitaba aquí.
Entramos los cuatro a la casa.
Los niños no paraban de hablar, contándole todo a su abuelita: del colegio, del bebé de la tía Vale, de que pronto serían hermanos mayores, de la clase de ciencias donde habían visto mariposas…
Yo solo los observaba desde la cocina, con una sonrisa suave mientras servía un plato para mi mamá.
Por un rato, la casa volvió a sentirse completa.
Con risas, con olor a comida casera, con mi mamá regañando cariñosamente a los niños por hablar con la boca llena.
Y aunque por dentro seguía cargando el peso enorme de mi secreto ,el embarazo, la venganza, todo el caos que había creado, en ese momento, solo por un rato… me permití sentirme en paz.
Después de la cena, los niños se fueron a jugar un rato a sus cuartos, todavía emocionados por la visita sorpresa de su abuelita.
Mi mamá y yo nos quedamos en la cocina, recogiendo los platos y preparando café.
Ella insistió en ayudarme, como siempre, aunque yo le dijera que se sentara.
—Déjame, mamá. Tú eres la visita —le dije.
—Visita nada —respondió con esa terquedad cariñosa que tanto extrañaba—Una madre nunca es visita en la casa de su hija.
Nos sentamos frente a frente con dos tazas de café humeante.
Ella me miró en silencio durante unos segundos, de esa forma que siempre me había puesto nerviosa desde niña. Mi mamá, Greta, siempre había tenido esa capacidad de leerme como un libro abierto.
—¿Cómo has estado realmente, mi vida? —preguntó con suavidad, removiendo su café—No me digas “bien”, porque te conozco demasiado.
Sonreí, intentando sonar natural.
—He estado bien, mamá. Un poco ocupada con el trabajo, los niños… ya sabes.
Ella me miró fijamente, inclinando la cabeza. Sus ojos, del mismo color que los míos, se entrecerraron ligeramente.
—Billie… mírame.
Lo hice. Y en cuanto nuestras miradas se encontraron, supe que ya lo había notado.
—Tienes ojeras —dijo bajito—Has bajado un poco de peso, pero tu cara se ve… más llena. Y esa forma de tocarte el vientre sin darte cuenta cuando crees que nadie te ve…
Se quedó callada un momento, estudiándome.
—¿Estás embarazada?
El corazón me dio un vuelco tan fuerte que casi se me cae la taza.
Sentí que la sangre se me subía a la cara y las manos empezaron a temblarme.
Intenté disimularlo, pero era inútil.
Mi mamá me conocía mejor que nadie.
—Yo… —empecé, pero la voz se me quebró.
Mi mamá dejó su taza en la mesa con cuidado y extendió la mano para tomar la mía. Su mirada era una mezcla de preocupación, amor y esa sabiduría tranquila que siempre había tenido.
—No me mientas, hija. Te conozco desde que estabas en mi vientre. Ese nerviosismo, esa forma de evitar mis ojos… ya lo he visto antes. ¿Estás embarazada?
Bajé la mirada hacia mi taza. Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. No podía mentirle. No a ella.
—Sí —susurré, casi sin voz—Estoy embarazada.
Mi mamá soltó un suspiro largo, pero no de sorpresa, sino de confirmación. Me apretó la mano con fuerza.
—¿De cuánto estás?
—Creo que de unas seis semanas… más o menos. Todavía no he ido al médico.
Se quedó callada un momento, procesando. Luego me acarició la mejilla con ternura.
—¿Es de Georg?
Negué con la cabeza lentamente.
No podía mirarla a los ojos.
—No.
Ella no preguntó más.
Solo suspiró otra vez, más profundo.
—Ay, mi Billie… —murmuró con tristeza—¿Qué estás haciendo, hija mía?
Las lágrimas que había estado conteniendo se me escaparon.
Me cubrí la cara con las manos.
—No lo sé, mamá… ya no sé nada. Todo se me fue de las manos. Pensé que podía controlarlo, que podía… vengarme. Pero ahora hay otro bebé y yo… yo tengo miedo.
Ella se levantó, rodeó la mesa y me abrazó fuerte, como cuando era niña y tenía pesadillas. Me acarició el pelo mientras yo lloraba contra su pecho.
—Shhh… tranquila, mi niña. Respira.
No estás sola. Aunque hayas hecho un desastre, no estás sola.
Me separó un poco para mirarme a los ojos, limpiándome las lágrimas con los pulgares.
—Ahora dime la verdad… ¿quieres tener este bebé?
Me quedé callada un largo rato, con la mano inconscientemente sobre mi vientre.
—No lo sé… —susurré al final— Pero ya está aquí. Y no sé si tengo fuerzas para pasar por esto otra vez.
Mi mamá me abrazó de nuevo, más fuerte.
—Sea lo que sea que decidas… yo voy a estar aquí. Pero por favor, hija… no te destruyas en el camino. Ya perdiste un hijo.
Me quedé llorando en sus brazos, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que alguien realmente me veía.
Que alguien realmente me conocía.
Y aunque el miedo seguía ahí, por un rato… no me sentí tan sola.
Continúa…
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