Fic TOLL de Beth
Capítulo 22
NICK
Estaba sentado en el borde de la cama, con la camisa desabotonada y la cabeza baja, cuando Heidi entró a la habitación y cerró la puerta detrás de ella. Llevaba al bebé en brazos, recién dormido después de la toma de la noche. Lo acostó con cuidado en la cunita y se quedó de pie frente a mí, con los brazos cruzados.
Su mirada era de cansancio y dolor acumulado.
—Ya no me tocas —empezó, la voz baja pero firme—Hace meses que no me besas de verdad, que no me abrazas, que no me miras como antes. Llegas tarde, te bañas y te acuestas dándome la espalda. ¿Crees que no me doy cuenta?
Me quedé callado.
No tenía fuerzas para negarlo.
Ella soltó una risa amarga, llena de tristeza.
—Ni siquiera hablamos. Antes me contabas cómo te había ido el día, me preguntabas por los niños, por cómo me sentía después del parto… ahora apenas me dices “hola” y “buenas noches”. Los niños preguntan por ti. Tom casi no te dirige la palabra. Jannick te mira como a un extraño. Y yo… yo me siento como una desconocida en esta casa. Como si viviera con un hombre que ya no me conoce.
Dio un paso más cerca con los ojos brillosos.
—¿Qué te pasa? ¿Ya no me quieres? ¿O es que hay otra? ¿Otra vez, Nick? ¿Después de todo lo que hemos pasado?
El silencio que siguió fue insoportable.
Quise mentirle. Quise decirle que era estrés, que el trabajo me tenía agotado, que pronto todo volvería a la normalidad. Pero las palabras se me atoraron en la garganta.
Heidi negó con la cabeza, decepcionada y dolida.
—Dime algo. Lo que sea. Grita, enfádate, pero no te quedes callado como si yo no existiera. Porque yo sigo aquí. Sigo siendo tu esposa. Sigo criando a tus tres hijos. Y cada noche me acuesto preguntándome qué fue lo que hice mal para que ya ni siquiera me mires.
Se le quebró la voz al final.
—Antes me decías que era la mujer de tu vida. Que nadie más existía. ¿Dónde quedó eso? ¿Dónde quedé yo?
La miré.
Tenía ojeras, el pelo recogido de cualquier manera, el cuerpo todavía cambiado por el embarazo reciente.
Y aun así, seguía siendo hermosa.
Pero yo… yo solo podía pensar en Billie. En su olor, en su voz, en cómo me hacía sentir vivo de una forma que Heidi ya no lograba.
—Heidi… —intenté decir, pero la voz me salió rota.
Ella esperó.
Esperó una explicación, una disculpa, algo que le devolviera un poco de dignidad.
Y yo solo pude bajar la mirada.
Porque cualquier cosa que dijera iba a ser una traición más grande.
Heidi soltó un suspiro tembloroso y se dio la vuelta.
—Si no vas a decirme la verdad… al menos ten la decencia de no seguir fingiendo que somos una familia.
Salió de la habitación y cerró la puerta con suavidad.
Me quedé solo, con las manos temblando y un peso enorme en el pecho.
Billie me estaba consumiendo.
Y yo no tenía la fuerza para detenerlo.
&
Era un dia normal.
O al menos eso creía yo.
Estábamos desayunando en la cocina. Jannick jugaba con sus cereales, Tom comía en silencio mirando su teléfono, y Heidi servía el café con esa expresión cansada que ya se había vuelto habitual en ella desde el nacimiento del bebé. Yo leía las noticias en la tablet, intentando mantener la apariencia de normalidad.
De pronto, Heidi dejó la jarra de café sobre la mesa y se quedó de pie.
—Tengo que hablar con ustedes —dijo con voz baja pero firme.
Tom levantó la vista inmediatamente y dejó la cuchara en el plato.
Jannick solo la miró con curiosidad, todavía con la boca llena. Yo me quedé callado, con un mal presentimiento que me subió por la espalda.
Heidi respiró hondo, como si estuviera reuniendo fuerzas.
—Últimamente me he sentido muy mal. Cansada, con dolores fuertes, sin energía. Pensé que era por el posparto, pero… hace unas semanas fui a hacerme unos estudios. Ayer me dieron los resultados—El silencio que cayó sobre la mesa fue pesado, casi asfixiante—Me detectaron un tumor —continuó, con la voz temblando ligeramente—Es maligno.
Nadie dijo nada.
Sentí como si me hubieran dado un golpe en el pecho con un martillo.
El aire se me escapó de los pulmones.
El corazón me latió tan fuerte que lo sentí en los oídos.
Miré a Heidi, buscando en su cara alguna señal de que esto fuera una broma cruel, pero solo vi miedo y resignación.
Maligno.
La palabra se repitió en mi cabeza como un eco.
Heidi tragó saliva y siguió, con los ojos brillosos:
—Ahora más que nunca necesitamos estar unidos como familia. No sé qué tan avanzado esté, ni qué tratamiento me van a dar, pero… no quiero pasar por esto sola. Necesito que estemos juntos. Por los niños. Por nosotros.
En cuanto terminó de hablar, Tom se levantó de golpe y fue hacia ella.
La abrazó fuerte, escondiendo la cara en su hombro. Jannick, aunque más pequeño, también se levantó y se abrazó a su cintura.
Los dos la rodearon en silencio, como si quisieran protegerla.
Yo me quedé sentado.
Paralizado.
El golpe fue tan fuerte que no pude reaccionar. Solo podía pensar en una cosa:
Billie.
Otra vez.
Otra vez tenía que elegir.
Otra vez tenía que alejarme de ella.
El peso de la culpa me cayó encima como una losa. Recordé sus besos, su cuerpo, su voz susurrándome al oído. Recordé cómo me había sentido vivo por primera vez en años. Y ahora… ahora todo eso tenía que terminar. Otra vez.
Miré a Heidi, abrazada por nuestros hijos, con los ojos cerrados y una expresión de cansancio infinito.
Y sentí que me ahogaba.
Porque por mucho que quisiera seguir viéndola, por mucho que Billie se hubiera convertido en una adicción… no podía dejar a mi esposa enferma. No podía dejar a mis hijos sin su madre. No podía ser ese monstruo otra vez.
Tom me miró por encima del hombro de Heidi. Sus ojos estaban llenos de dolor, pero también de algo más… algo parecido a reproche.
Bajé la mirada hacia mi plato intacto.
No dije nada.
No podía decir nada.
Porque en ese momento, supe que mi vida volvía a partirse en dos.
Y esta vez, no sabía si iba a poder elegir correctamente.
&
Estaba de pie en medio de la sala de la casa nueva, mirando por el gran ventanal. Había comprado este lugar pensando en ella, en nosotros, en tener un espacio donde por fin pudiéramos estar sin escondernos. Pero ahora todo se sentía frío, vacío, equivocado.
Le había enviado un mensaje esa mañana: “Necesito verte. Es urgente. Ven a la casa nueva. Por favor.”
Sabía que no tenía clases ese día.
Diez minutos después de la hora acordada, escuché el coche detenerse afuera. El corazón me dio un vuelco doloroso.
Cuando abrí la puerta y la vi, el golpe fue más fuerte de lo que esperaba.
Billie estaba allí, hermosa como siempre, con el pelo suelto y esa mirada cautelosa que ya conocía tan bien. En cuanto la tuve enfrente, sentí un dolor profundo, casi físico, en el centro del pecho. Sin decir una sola palabra, di un paso adelante y la abracé con fuerza, hundiendo la cara en su cuello, respirando su olor como si fuera lo último que pudiera hacer en esta vida.
Ella se quedó quieta.
No me devolvió el abrazo.
Sus brazos permanecieron a los lados, rígidos, como si estuviera soportando mi peso sin quererlo.
La apreté más contra mí, cerrando los ojos, sintiendo cómo todo mi mundo se desmoronaba.
Después de un largo momento, me separé lo suficiente para mirarla a los ojos. Tenía los míos llenos de lágrimas que no quería soltar.
—Heidi tiene cáncer —dije por fin, con la voz rota—Es maligno. Se lo detectaron hace poco. No sé qué tan avanzado esté, pero… es grave.
Billie no dijo nada al principio.
Solo me miró, procesando.
Vi cómo algo se quebraba en su expresión, pero se recompuso rápido.
Yo seguí, con la voz cada vez más temblorosa:
—No puedo seguir viéndote, Billie. No ahora. Ella me necesita. Los niños me necesitan. No puedo abandonarlos en esto… no otra vez.
El silencio que siguió fue brutal.
De pronto, Billie levantó la mano y me cruzó la cara con una bofetada tan fuerte que la cabeza se me giró hacia un lado.
—¡Hijo de puta! —gritó, con la voz quebrada de rabia y dolor— ¿Otra vez? ¿Otra vez me estás dejando como si yo fuera nada? ¡Hace años me botaste embarazada y destrozada, y ahora que tengo otro hijo tuyo dentro, me vuelves a mandar a la mierda porque tu esposa está enferma!
Me toqué la mejilla ardiente, aturdido.
—Billie… por favor…
—¡No! —me empujó con fuerza en el pecho, con lágrimas de furia corriendo por sus mejillas—¡No me nombres a tu esposa! ¡Tú me buscaste! ¡Tú me dijiste que no podías vivir sin mí! ¡Tú compraste esta maldita casa para nosotros! ¿Y ahora qué? ¿Ahora que las cosas se ponen feas de verdad, vuelves a correr como el cobarde que siempre has sido?
Intenté acercarme, pero ella me empujó otra vez, más fuerte.
—Estoy embarazada, Nick —dijo con la voz temblando—Otra vez. Y una vez más tengo que pasar por esto sola porque tú eliges tu vida perfecta en lugar de mí.
Me quedé helado.
El mundo se detuvo..
—¿Qué…? —susurré.
—¡Sí! ¡Estoy embarazada! ¡Y tú una vez más eliges huir!
Levantó la mano para darme otra cachetada. Esta vez no la detuve. Me golpeó de nuevo, con más rabia.
—¡Te odio! —gritó, con la voz rota— ¡Te odio por hacerme esto otra vez! ¡Por hacerme sentir que valgo algo y luego tirarme como basura!
Me empujó con todas sus fuerzas. Tropecé hacia atrás.
—Vete a la mierda, Nick. Vete con tu esposa enferma. Vete con tu familia perfecta. Pero esta vez no me busques más. Porque si vuelves… te juro que te voy a destruir de verdad.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.
—Billie… espera… por favor…
No se detuvo.
Abrió la puerta y salió sin mirar atrás.
Me quedé solo en medio de la sala vacía, con la mejilla ardiendo y el corazón hecho pedazos.
Me dejé caer de rodillas en el suelo, con las manos temblando.
Otra vez.
Otra vez la perdía.
Y esta vez, sabía que me lo merecía.
&
Llegué a casa pasadas las diez de la noche.
El silencio era absoluto.
No se escuchaban los niños, ni la televisión, ni los pasos de Heidi por el pasillo. Solo el leve zumbido del refrigerador y mi propia respiración, que sonaba demasiado fuerte en mis oídos.
Subí las escaleras lentamente, con el peso de todo lo que había pasado esa tarde todavía aplastándome el pecho. Billie me había gritado, me había golpeado, me había dicho que estaba embarazada otra vez… y yo no había podido hacer nada más que quedarme ahí, paralizado, viéndola irse.
Cuando entré a la habitación, Heidi estaba sentada frente al tocador, desmaquillándose.
Llevaba el camisón blanco que le gustaba usar últimamente y el pelo suelto.
La luz del espejo le iluminaba la cara con un tono frío.
Me miró a través del reflejo, pero no dijo nada.
Me quité la chaqueta y caminé hacia el baño, queriendo esconderme bajo el agua caliente, queriendo borrar el día entero.
—Nick.
Su voz me detuvo justo antes de cerrar la puerta del baño.
Me giré.
Heidi seguía sentada frente al espejo, mirándome fijamente a través del reflejo. Su expresión era extraña: tranquila, pero con algo roto debajo.
—¿Al menos fuiste feliz mientras duró? —preguntó con voz baja, casi suave.
La miré sin entender.
—¿Qué?
Ella soltó una risa corta, amarga, que me heló la sangre.
—Dime la verdad. ¿Fue serio? ¿O solo era sexo? porque si era solo sexo… al menos podría entenderlo. Pero si era serio… entonces explícame por qué elegiste a la maestra de tu propio hijo.
El mundo se me vino encima.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
El aire se me escapó de los pulmones.
El corazón me dio un golpe tan fuerte que creí que se me iba a salir del pecho.
—¿Cómo… cómo lo supiste? —logré preguntar, con la voz rota.
Heidi se giró lentamente en la silla para mirarme de frente.
Tenía los ojos rojos, pero no estaba llorando. Su mirada era fría, cansada, llena de un dolor que llevaba años acumulando.
—Te conozco, Nick. Mejor de lo que crees, primero fueron las ausencias. Luego el olor a perfume que no era mío. Después las compras que nunca me regalaste. Y finalmente… el detective privado—se levantó despacio, cruzándose de brazos sobre su pecho—Billie Wieger. La profesora de Biología de Tom. ¿En serio, Nick? ¿Después de todo este tiempo…?
Me quedé paralizado.
No podía moverme.
No podía hablar.
Solo sentía que todo se derrumbaba a mi alrededor.
Ella dio un paso hacia mí, con la voz temblando de rabia contenida.
—Mientras yo estaba aquí, criando a tus hijos, pasando noches en vela con el bebé, luchando contra el cáncer que me acaban de diagnosticar… tú estabas con ella. En hoteles. ¿Sabes cómo me siento? Como una idiota. Como la esposa que nunca fue suficiente.
Las lágrimas me empezaron a caer sin control.
—Heidi… yo… lo siento. No quería hacerte daño. Yo…
—¡No! —me cortó, levantando la voz por primera vez—No te atrevas a decir que no querías hacerme daño. Lo hiciste. Otra vez. Y esta vez, mientras estoy enferma. Mientras lucho por mi vida.
Se acercó más, con los ojos llenos de lágrimas y furia.
—Dime una cosa… ¿valió la pena? ¿Valió la pena destruir lo poco que quedaba de esta familia?
No supe qué responder.
Solo me quedé ahí, destruido, viendo cómo la mujer con la que había compartido casi veinte años de vida me miraba como si yo fuera un extraño.
Y en ese momento, por primera vez, entendí realmente el tamaño del daño que había causado.
Me quedé mirándola, con el pecho apretado y las lágrimas corriendo por mi cara sin control.
Heidi estaba ahí, de pie frente a mí, con los ojos rojos pero la postura firme, a pesar de todo el dolor que le había causado.
No lo pensé dos veces.
Me arrodillé frente a ella.
Literalmente caí de rodillas en el piso de la habitación, agarrando sus manos con las mías temblorosas.
—Heidi… —mi voz se quebró desde la primera palabra—Perdóname.
Esta es la última vez. Te lo juro por nuestros hijos, por todo lo que hemos construido. Esta es la última vez que te fallo. De ahora en adelante solo estaré para ti. Para ti y para nuestros hijos. No te voy a dejar sola. No voy a desaparecer. No voy a buscar nada fuera de esta casa. Te lo juro. Por favor… perdóname.
Las lágrimas me caían sin parar.
No podía mirarla a los ojos de la vergüenza que sentía.
Heidi se quedó callada un largo momento.
Luego soltó un suspiro tembloroso y me acarició el pelo con suavidad, casi con ternura.
—Levántate, Nick.
Me levanté despacio, todavía con la cabeza baja. Ella me tomó la cara con ambas manos y me obligó a mirarla.
—Te creo —dijo en voz baja—A pesar de todo… a pesar de todo el daño que me has hecho… todavía te amo. Eres el padre de mis hijos. Eres el hombre con el que he pasado casi veinte años de mi vida. Y aunque me has roto el corazón muchas veces… sigo eligiendo creer en ti una vez más.
Se le escapó una lágrima, pero sonrió con tristeza.
—Vamos a volver a ser una familia. De verdad esta vez. Pero si vuelves a fallarme, Nick… si vuelves a buscar a otra mujer… te juro que esta vez no habrá más oportunidades. Me llevaré a los niños y no volverás a vernos.
Asentí, con la garganta cerrada.
—No va a pasar. Te lo juro.
Heidi me abrazó.
Fuerte.
Como si quisiera pegarme a ella para siempre.
Yo la abracé aún más fuerte, hundiendo la cara en su cuello, sintiendo su olor familiar, el calor de su cuerpo, el latido de su corazón. Lloré contra su hombro como un niño, con sollozos que me sacudían el cuerpo entero.
—Lo siento… lo siento tanto… —repetía una y otra vez.
Ella me acariciaba la espalda, llorando también en silencio.
—Vamos a salir de esto juntos —susurró—Por nuestros hijos. Por nosotros.
Nos quedamos abrazados un rato largo, en medio de la habitación, con el bebé durmiendo plácidamente en su cunita.
Y aunque por dentro todavía sentía el peso enorme de lo que había hecho, y aunque una parte de mí sabía que Billie no iba a desaparecer tan fácilmente de mi cabeza… en ese momento solo quería creer que podíamos salvar lo que quedaba.
Que podíamos volver a ser una familia.
&
Los días siguientes pasaron con una extraña calma.
Era como si después de la tormenta que habíamos vivido, hubiéramos entrado en una especie de tregua silenciosa.
La casa se sentía diferente: más ordenada, más unida, más….
Heidi y yo no volvimos a pelear.
No volví a llegar tarde.
No volví a mentirle.
Por las mañanas desayunábamos los cinco juntos. Jannick hablaba sin parar de sus dinosaurios, Tom estaba más callado pero ya no evitaba mirarme, y Heidi… Heidi sonreía más. No era la sonrisa radiante de antes, pero era real.
Me tomaba de la mano por encima de la mesa, me besaba la mejilla cuando me iba al trabajo, me abrazaba por la espalda mientras yo lavaba los platos.
No habíamos vuelto a estar íntimos.
Ni una sola vez.
Ella no me presionaba.
Yo tampoco intentaba nada.
Nos conformábamos con besos largos, con abrazos apretados antes de dormir, con dormir abrazados como si tuviéramos miedo de que el otro desapareciera durante la noche.
Y Heidi parecía… conformarse.
Decía que con tenerme cerca, con saber que estaba ahí, era suficiente por ahora.
Los niños se veían felices, pero también preocupados.
Tom observaba a su madre todo el tiempo, como si quisiera protegerla de algo invisible.
Jannick le preguntaba constantemente si le dolía la cabeza o si estaba cansada. A veces los encontraba abrazándola más fuerte de lo normal, como si intuyeran que algo no estaba bien.
—Papi, ¿mamá va a estar bien? —me preguntó Jannick una noche mientras lo arropaba.
—Sí, hijo —le respondí, acariciándole el pelo—Mamá es muy fuerte. Vamos a cuidarla todos juntos.
Heidi se veía bien.
Tranquila.
Más serena de lo que la había visto en años.
Iba a sus quimioterapias sin quejarse, descansaba cuando el cuerpo se lo pedía, y cuando estaba con nosotros sonreía y nos trataba con una dulzura que me rompía el corazón.
Y eso… eso me tranquilizaba.
Verla así, calmada, rodeada de sus hijos, me hacía sentir que tal vez sí podíamos salir de esto.
Que tal vez sí podíamos reconstruir lo que yo había estado a punto de destruir.
Por las noches, cuando ya todos dormían, me quedaba mirándola mientras descansaba.
Le acariciaba el pelo con cuidado, le besaba la frente y le susurraba al oído cosas que no me atrevía a decirle de día:
—Perdóname… voy a estar aquí. No voy a ir a ningún lado. Te lo juro.
Ella no sabía que cada noche, antes de dormirme, tenía que luchar contra el impulso de escribirle a Billie.
Que todavía pensaba en ella.
Que todavía la deseaba.
Que todavía sentía su ausencia como un hueco en el pecho.
Pero lo reprimía.
Lo enterraba.
Porque ahora, más que nunca, tenía que elegir a mi familia.
Y aunque una parte de mí seguía sangrando por Billie, otra parte la que miraba a Heidi dormir, la que veía a mis hijos felices estaba decidida a quedarse.
Por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba haciendo lo correcto.
Aunque doliera.
Aunque doliera como el infierno.
Continúa…
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