Fic TOLL de Beth

Capítulo 25

Ese mismo día, esa misma noche, después de que Georg se llevara a los niños, la casa quedó en un silencio que me pesaba como plomo.

Me senté en el suelo de la sala, con la espalda apoyada contra el sofá, las luces apagadas y solo el leve resplandor de una lámpara lejana.

No tenía fuerzas para subir a mi habitación.

No tenía fuerzas para nada.

Llamé a Georg poco antes.

—Georg… por favor, llévate a los niños esta noche. No me encuentro bien… no quiero que me vean así.

Él no hizo preguntas.

Solo dijo que venía en camino. Cuando llegó, los abracé fuerte, inhalando su olor a infancia y crayolas, intentando no llorar frente a ellos.

—Mami está un poco enferma —les dije con una sonrisa que me costó todo el esfuerzo del mundo—Pero papi los va a cuidar muy bien. Los amo muchísimo.

Ariadne me abrazó fuerte.

—Te quiero, mami. Ponte bien pronto, ¿sí?

Andrew me besó la mejilla.

—Te vamos a extrañar.

Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, el silencio se volvió ensordecedor.

Mi mamá había tenido que viajar de urgencia a su pueblo por un problema familiar.

Me prometió volver lo antes posible, pero en ese momento yo solo quería estar sola.

Completamente sola en mi miseria.

Me abracé las rodillas y dejé que todo saliera.

Lloré como no lloraba desde hacía mucho tiempo.

Lloré por el bebé que perdí.

Lloré por este nuevo bebé que crecía dentro de mí y que no sabía si quería tener.

Lloré por Tom, por la forma en que me estaba afectando aunque me negara a reconocerlo.

Lloré por Nick, por el daño que nos habíamos hecho mutuamente.

Lloré por mí… por la mujer que había regresado con un propósito claro ,venganza y que ahora se sentía completamente perdida, atrapada en su propio laberinto.

No quería reconocer mis sentimientos.

Era imposible.

Yo había vuelto con un objetivo: destruirlo. Hacerle pagar cada lágrima, cada noche de dolor, cada pedazo de mí que rompió.

No había planeado enamorarme.

No había planeado quedar embarazada otra vez.

No había planeado que todo se me volteara en contra de esta forma.

Estaba completamente sola.

En mi casa vacía.

En mi caos.

En mi fracaso.

Me quedé ahí, en el suelo, abrazándome a mí misma hasta que el llanto se volvió sollozos secos y dolorosos.

No sé cuándo exactamente dejé de llorar.

En algún momento las lágrimas se secaron, pero el dolor no se fue.

Se quedó ahí, pesado, como una piedra dentro del pecho que me impedía respirar bien.

La casa estaba en silencio absoluto. Sin risas de Ariadne. Sin las explicaciones interminables de Andrew sobre dinosaurios o células. Sin mi mamá tarareando en la cocina. Solo yo, el frío del piso contra mi mejilla y el peso de todo lo que había hecho cayéndome encima como una avalancha.

Me toqué el vientre.

Todavía plano.

Todavía sin mostrar nada.

Pero ahí estaba.

Otra vida.

Otro ser inocente que no pidió nacer en medio de mi caos, de mi venganza, de mi rabia.

—¿Qué te estoy haciendo? —susurré, con la voz rota—¿Qué clase de madre voy a ser esta vez?

Las imágenes de Abdiel volvieron como siempre: su carita diminuta, sus manitas frías, el pitido plano del monitor. El vacío que dejó. El dolor que nunca se fue del todo, solo aprendí a cargar. Y ahora… ahora estaba repitiendo la historia.

Otro hijo.

Otro padre ausente.

Otra vez yo, sola, intentando sobrevivir.

Me levanté con dificultad y caminé hasta el espejo del pasillo.

Me miré.

Tenía los ojos hinchados, el pelo revuelto, la cara pálida. Parecía un fantasma. La misma Billie de dieciocho años que se quedó destrozada en aquel apartamento… pero con más años más de cicatrices.

—Eres patética —le dije a mi reflejo, con la voz temblando—Planeaste destruirlo todo… y mírate ahora. Sin trabajo. Embarazada de quién sabe quién. Tus hijos con Georg porque no quieres que te vean así. Tu mamá lejos. Y tú… sola. Otra vez sola.

Me dejé caer contra la pared y me deslicé hasta el suelo.

Lloré de nuevo, pero esta vez era un llanto diferente.

Más profundo. Más oscuro.

Lloré por la chica de dieciocho que creyó que el amor podía con todo.

Lloré por la mujer que se convirtió en esto: una persona dispuesta a destruir a un chico de dieciocho años solo para herir a su padre.

Lloré por el bebé que perdí y por este que ahora crecía dentro de mí, sin saber que su madre estaba rota.

Lloré porque ya no sabía si quería venganza… o si solo quería que alguien me abrazara y me dijera que todo iba a estar bien, aunque fuera mentira.

Me abracé las rodillas y me mecí como cuando era niña y tenía miedo.

—No puedo más… —susurré entre sollozos—No quiero sentir esto. No quiero querer a Tom. No quiero extrañar a Nick. No quiero este bebé. No quiero nada… solo quiero que pare.

El dolor era tan grande que me sentía vacía y llena al mismo tiempo.

Vacía de esperanza.

Llena de culpa.

Me quedé ahí, en el piso del pasillo, hasta que el amanecer empezó a filtrarse por las ventanas.

No dormí. No comí. Solo me quedé abrazándome a mí misma, sintiendo cómo me hundía más y más en un pozo del que ya no sabía si quería salir.

Porque por primera vez en mucho tiempo…

No sé en qué momento exacto decidí que ya no quería seguir.

Tal vez fue cuando me miré al espejo esa noche y no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada.

Tal vez fue cuando me toqué el vientre y sentí que estaba trayendo otra vida a este desastre que yo misma había creado.

Tal vez fue cuando me di cuenta de que ya no tenía control sobre nada: ni sobre Tom, ni sobre Nick, ni sobre mí misma.

Me senté en el borde de la bañera con las luces apagadas.

Solo la luz fría del pasillo entraba por la puerta entreabierta.

Tenía una cuchilla nueva en la mano. La había sacado del kit de primeros auxilios que guardaba en el botiquín. La sostuve entre los dedos, sintiendo el metal frío.

No lloraba.

Ya no me quedaban lágrimas.

Solo sentía un vacío inmenso.

Un cansancio que me llegaba hasta los huesos.

Un peso que ya no podía seguir cargando.

Pensé de nuevo en Abdiel.

De nuevo en su carita diminuta.

En cómo lo sostuve mientras se iba. En cómo nunca pude protegerlo.

Pensé en este nuevo bebé.

En cómo tampoco podría protegerlo.

En cómo lo traía al mundo solo para que sufriera lo mismo que yo.

Pensé en Tom.

En cómo lo había usado.

En cómo lo había destruido sin darme cuenta de que yo también me estaba destruyendo.

Pensé en Nick.

En cómo lo había odiado tanto que me convertí en alguien que ya no reconocía.

Pensé en mis hijos.

En Ariadne y Andrew durmiendo en casa de Georg, felices, ajenos a todo el caos que su madre había creado.

Y me sentí… inútil.

Una madre rota. Una mujer rota. Una persona que solo sabía destruir.

Me subí la manga del pijama con dedos temblorosos.

Apoyé la cuchilla contra la muñeca izquierda.

La presioné.

El primer corte fue superficial.

Solo una línea fina que ardía.

El segundo fue más profundo.

La sangre brotó rápido, caliente, corriendo por mi brazo hasta gotear en el piso blanco de la bañera.

No dolió tanto como esperaba.

O tal vez el dolor emocional era tan grande que este ya no importaba.

Seguí cortando. Más profundo. Más largo.

La sangre corría ahora con más fuerza. Me manchaba el pijama, el piso, las manos.

Me recosté contra la pared de la bañera, mirando cómo la vida se me escapaba poco a poco.

«Ya está», pensé.

«Por fin se acaba.»

Cerré los ojos.

El mundo empezó a girar más lento.

La cabeza me pesaba.

Sentí frío. Mucho frío.

Y entonces, en medio de esa bruma, vi sus caras.

Ariadne riendo mientras me abrazaba.

Andrew explicándome algo con esa seriedad que me derretía.

Mi mamá diciéndome «no estás sola».

Los niños preguntándome por qué mami estaba triste.

Abrí los ojos de golpe.

El pánico me golpeó como un rayo.

«¿Qué estoy haciendo?»

Intenté levantarme, pero las piernas no me respondían.

La sangre seguía saliendo, formando un charco rojo en el piso de la bañera.

Me arrastré como pude hasta la puerta, dejando un rastro rojo detrás de mí.

Con la mano temblorosa alcancé el teléfono que había dejado en el lavabo.

Marqué el número de emergencias con dedos resbaladizos por la sangre.

—Ayuda… por favor… —susurré cuando contestaron—Me corté… no quiero morir… por favor…

No recuerdo mucho más.

Solo el sonido de mi propia voz, débil y rota, repitiendo:

—No quiero morir…

No quiero morir…

Y el frío.

Y la sangre.

Y el arrepentimiento que me golpeó demasiado tarde.

&

Me desperté en una cama de hospital horas después, con vendas en ambas muñecas y un monitor pitando a mi lado.

Mi mamá estaba sentada junto a la cama, con los ojos hinchados de tanto llorar.

Georg estaba de pie en la puerta, con cara de haber visto un fantasma.

Y yo…

Yo solo podía mirar el techo blanco y sentir que había tocado fondo.

Que había estado a punto de dejar a mis hijos sin madre.

Que había estado a punto de repetir el ciclo de dolor que tanto odiaba.

Y que, aunque seguía viva…

ya no sabía cómo seguir viviendo conmigo misma.

Desperté lentamente, como si estuviera saliendo de un pozo muy profundo y oscuro.

Lo primero que sentí fue el dolor sordo en las muñecas, envueltas en vendas blancas.

Luego, el pitido constante del monitor.

El olor a hospital.

La luz blanca y fría del techo.

Intenté moverme, pero una mano suave me detuvo.

—Shhh… tranquila, mi niña. Ya estás aquí. Ya estás conmigo.

Era mi mamá.

Se inclinó sobre mí y me abrazó con fuerza, como si temiera que me fuera a escapar otra vez. Sentí sus lágrimas calientes cayendo sobre mi mejilla, mezclándose con las mías. Lloramos juntas, en silencio, solo con el sonido de nuestros sollozos entrecortados. Ella me acariciaba el pelo, me besaba la frente, me repetía una y otra vez:

—Estás viva… estás viva… gracias a Dios estás viva…

Georg estaba de pie al lado de la cama, con los ojos rojos y la cara demacrada.

Cuando vio que abría los ojos, soltó un suspiro largo y tembloroso, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante horas.

—Billie… —murmuró, con la voz quebrada—Pensé que te perdíamos…

No supe qué decir.

Solo los miré, sintiendo un vacío inmenso dentro de mí.

No sentía alivio.

No sentía culpa.

No sentía casi nada. Solo un cansancio profundo, como si mi alma estuviera exhausta de existir.

Entró el doctor.

Me revisó las vendas, chequeó los signos vitales y me habló con voz calmada pero seria:

—Logramos detener la hemorragia a tiempo. Estás estable, pero perdiste bastante sangre. Tendrás que quedarte en observación al menos 48 horas. También te recomiendo encarecidamente una evaluación psiquiátrica y terapia. Esto no fue un accidente, Billie. Necesitas ayuda profesional.

Solo asentí.

No tenía fuerzas para discutir.

Cuando el doctor salió, me quedé a solas con mi mamá y Georg.

Les tomé las manos.

—Por favor… vayan a comer algo. Y Georg, ve con los niños. No quiero que me vean así. Diles que mamá tuvo un accidente pequeño pero que ya está bien. Prométanme que van a descansar.

Mi mamá negó con la cabeza, con lágrimas frescas.

—No quiero dejarte sola…

—Mamá, por favor. Necesito estar sola un rato. Estaré bien. Te lo prometo.

Georg me miró con preocupación, pero asintió.

—Está bien. Pero cualquier cosa, me llamas. De día o de noche.

Se fueron los dos, no sin antes abrazarme una vez más.

Y entonces sí… me quedé completamente sola.

El silencio de la habitación era ensordecedor. Solo el pitido del monitor y mi propia respiración.

Me quedé mirando el techo blanco, sintiendo el peso de todo lo que había hecho caer sobre mí como una losa.

No pasó mucho tiempo.

La puerta se abrió de golpe.

Tom entró casi corriendo, con la cara pálida y los ojos enrojecidos.

Apenas me vio, se lanzó hacia la cama y me abrazó con fuerza, como si temiera que me desvaneciera.

—Billie… Dios mío… Billie… —repetía, con la voz rota, casi llorando—No vuelvas a hacer eso… por favor… no vuelvas a hacerme esto…

Me besó la frente, las mejillas, las manos vendadas, desesperado.

—Piensa en el bebé… por favor… no lo hagas… no nos hagas esto…

Lo miré sin entender.

—¿Qué haces aquí, Tom? —pregunté, la voz débil—¿Cómo supiste…?

Él no me soltó. Se aferró a mí aún más fuerte.

—No me importa. No me importa nada. No me importa si no me amas. No me importa si esto es solo un juego para ti. Me voy a quedar aquí. No te voy a dejar sola.

Intenté apartarlo, pero no tenía fuerzas.

—Tom… vete. Por favor. Esto no es tu problema.

Él negó con la cabeza, con lágrimas cayéndole por las mejillas.

—No. No me voy a ir. Este bebé también es mío. Y yo… yo te quiero. Aunque tú no me quieras. Aunque me uses. Aunque me odies. Me voy a quedar.

La pelea empezó ahí.

—Tom, por favor… vete —le dije, intentando sonar firme, pero la voz me temblaba—No quiero que estés aquí. No quiero nada de esto.

Él se enojó.

Se separó un poco, pero sin soltarme las manos.

—¿Por qué? ¿Por qué no me dejas estar? ¿Por qué no puedes aceptar que yo también siento algo por ti? ¡Este bebé es mío también! ¡No puedes decidirlo tú sola!

La rabia y el dolor explotaron dentro de mí. Ya no pude más.

—¿Tu bebé? —le grité, con la voz rota—¿Crees que esto es tu bebé? ¿Crees que tú puedes con esto? ¡Eres un niño, Tom! ¡Un maldito niño jugando a ser hombre! ¿De verdad crees que puedes ser padre? ¿Tú, que apenas sabes lo que es la vida? ¿Tú, que solo sirves para follar en baños y celarme como un adolescente?

Él se quedó pálido, pero no se movió.

—Billie…

—¡No! —grité, con lágrimas de rabia—¡Esto no es tu bebé! ¡Esto es un error! ¡Otro error más en mi vida! ¡Y tú no tienes derecho a pedirme nada! ¡Tú solo eres el hijo del hombre que me destruyó! ¡El hijo del hombre que me dejó embarazada y me abandonó a los dieciocho años!

Tom se quedó congelado.

Yo ya no podía parar.

—Tu padre, Tom. Nick Kaulitz. Él es el padre de este bebé. Y también fue el padre del que perdí a mis dieciocho años. Yo volví para destruirlo. Para vengarme. Y tú… tú solo fuiste un peón en todo esto. Un medio para llegar a él.

El silencio que siguió fue devastador.

Tom me miró como si le hubiera clavado un cuchillo en el pecho.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, de dolor, de traición.

Y yo… yo solo pude cerrar los ojos, exhausta, sabiendo que acababa de romperlo todo.

Continúa…

Administración: OMG (se cae muerta) Gracias por la visita. No olvides comentar 😉

por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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