Fic TOLL de Beth
Capítulo 26
TOM
Salí de esa habitación del hospital como si me persiguiera el diablo.
Billie gritaba mi nombre detrás de mí, su voz rota y desesperada, pero no me detuve. No podía. La rabia me quemaba por dentro como ácido. Sentía que si me quedaba un segundo más, iba a romper algo… o a romperme yo.
Bajé las escaleras del hospital casi corriendo, ignorando las miradas de las enfermeras.
Llegué al estacionamiento, subí al coche y arranqué con un chirrido de llantas que debió escucharse en todo el edificio.
Manejé como un loco.
A más de 140 km/h por avenidas donde el límite era 60.
Los semáforos en rojo los pasé sin pensarlo. Un par de autos me tocaron el claxon, pero ni los escuché.
Solo quería llegar a casa.
Quería gritar. Quería romper todo.
Llegué en menos de media hora.
Entré a la casa como un huracán.
La puerta casi se sale de sus bisagras.
Y ahí estaban.
Mi papá y mi mamá en la sala, sentados muy juntos en el sofá.
Él le tenía el brazo alrededor de los hombros, ella apoyada en su pecho, los dos hablando bajito, casi melosos, como si todo estuviera bien en el mundo.
Como si mi mamá no tuviera cáncer. Como si mi familia no se estuviera cayendo a pedazos.
Mi mamá fue la primera en verme.
Se levantó preocupada al notar que tenía la cara mojada de lágrimas.
—Tom, hijo… ¿qué pasa? ¿Por qué estás llorando?
No le respondí.
Fui directo hacia mi padre.
Lo agarré del cuello de la camisa con las dos manos y lo levanté del sofá con una fuerza que ni yo sabía que tenía.
Lo empujé contra la pared con tanta violencia que un cuadro se cayó al suelo.
—¡Eres una mierda! —le grité a la cara, con la voz rota de rabia y dolor—¡Te odio! ¡Te odio con toda mi alma, cabrón!
Mi papá abrió los ojos como platos, intentando soltarse.
—Tom… ¿qué te pasa? ¡Suéltame!
—¿Cómo pudiste? —seguí gritando, sacudiéndolo—¿Cómo pudiste dejar sola a una niña? ¿Cómo pudiste abandonarla embarazada y seguir con tu vida como si nada? ¡Eres un hijo de puta! ¡Un cobarde de mierda!
Mi papá me miraba sin entender, confundido, casi asustado.
—¿De qué estás hablando, hijo? ¿Qué niña? ¿De qué hablas?
En ese momento todo explotó dentro de mí.
—¡De Billie! —le grité, con la voz quebrada—¡De la profesora de Biología! ¡La que está embarazada de ti otra vez! ¡La misma a la que dejaste sola hace dieciocho años y que ahora está destruida por tu culpa!
Mi papá se quedó blanco.
Completamente pálido.
Como si le hubiera caído un rayo.
De pronto, algo cambió en su cara.
Se acordó. Se acordó de todo.
Lo vi en sus ojos.
Mi madre se levantó rápidamente del sofá, intentando separarnos.
—Tom, basta. Suéltalo. La única culpable aquí es esa zorra…
No la dejé terminar.
—¡Cállate! —le grité a mi mamá, volviéndome hacia ella con los ojos llenos de lágrimas de rabia—¡Tú también! ¡Tú siempre supiste que había alguien más y nunca hiciste nada! ¡Los dos son una mierda! ¡Los dos destruyeron todo!
Mi papá intentó hablar, todavía aturdido:
—Tom… yo… no sabía… cuando me lo dijo en el hospital…
—¡No me importa! —lo corté, empujándolo otra vez contra la pared—¡Tú la dejaste sola! ¡La dejaste embarazada y te fuiste! ¡Y ahora ella está rota por tu culpa! ¡Y yo… yo me enamoré de ella como un imbécil!
La pelea estalló de verdad.
Mi papá intentó defenderme, pero yo ya no escuchaba.
Le grité todo lo que llevaba guardado: que era un mal padre, que era un mal marido, que había destruido a nuestra familia una y otra vez.
Él me gritaba de vuelta, intentando justificarse, diciendo que no podía estar con ella por nosotros, que estaba asustado, que no sabía del primer bebé.
Mi mamá intentaba separarnos, llorando, pero yo ya no podía parar.
Todo salió.
Todo el dolor.
Toda la rabia.
Toda la traición.
Y en medio de esa pelea, mientras mi padre y yo nos gritábamos en la cara, solo podía pensar en una cosa:
Billie.
Subí las escaleras como un animal herido, con la rabia y el dolor quemándome por dentro.
Entré a mi habitación, abrí el clóset de golpe y saqué la maleta más grande que tenía.
Empecé a meter ropa sin orden ni cuidado: camisetas, jeans, sudaderas, todo lo que alcanzaba.
Las manos me temblaban.
No pensaba. Solo actuaba.
Heidi entró detrás de mí, todavía llorando, con la voz quebrada y desesperada.
—Tom, por favor… no te vayas. La culpa es de esa mujer. Ella es la que destruyó todo. Por eso hice que la echaran de la escuela. Ella es la zorra que…
Detuve mis movimientos de golpe.
Me giré lentamente y la miré.
Mi mamá se quedó callada un segundo al ver mi cara.
—No vuelvas a hablar de Billie así —le dije, con la voz baja pero cargada de rabia—No te atrevas. Tú no sabes nada de ella. Tú no sabes lo que mi papá le hizo. Tú no sabes cómo la dejó sola, embarazada, destruida. Tú solo te quedaste callada todos estos años, fingiendo que todo estaba bien mientras él te humillaba una y otra vez.
Ella empezó a llorar más fuerte.
—Tom… soy tu madre… no me hables así… yo solo quería proteger a mi familia…
—¿Proteger? —me reí con amargura, con los ojos llenos de lágrimas— ¿Protegiendo a un hombre que nunca te ha respetado? ¿Mandando despedir a una mujer inocente solo porque tu marido no puede mantener la verga dentro de los pantalones? Tú no protegiste nada. Solo te quedaste callada y sufriendo, y nos obligaste a todos a sufrir contigo.
Seguí metiendo ropa en la maleta, más rápido ahora, casi con violencia.
Heidi se acercó, intentando detenerme, con la voz rota.
—Esa mujer es una manipuladora… ella es la que sedujo a tu padre… ella es la culpable…
—¡Basta! —grité, volviéndome hacia ella con los ojos llenos de lágrimas de rabia—¡Deja de culparla a ella de todo! ¡Mi papá es el que la buscó! ¡Mi papá es el que la dejó embarazada dos veces! ¡Mi papá es el que destruyó esta familia una y otra vez! ¡Y tú… tú solo elegiste quedarte y hacernos creer que todo estaba bien! ¡Tú elegiste ser la víctima eterna en lugar de protegernos!
Mi madre se derrumbó, llorando con fuerza, con las manos temblando.
—Tom… por favor… no te vayas… eres mi hijo…
La miré una última vez, con el corazón hecho pedazos.
—Soy tu hijo… pero ya no quiero ser parte de esta mentira.
Cerré la maleta con fuerza, la levanté y salí de la habitación sin mirar atrás.
Bajé las escaleras, pasé por la sala donde mi padre todavía estaba de pie, aturdido, y abrí la puerta principal.
—Tom… —intentó decir mi papá.
No respondí.
Salí de esa casa que ya no sentía como mía, con la maleta en la mano y el corazón destrozado.
A pesar de todo el caos, de la rabia que me quemaba por dentro y de las lágrimas que todavía me corrían por la cara, di la vuelta en la siguiente calle y manejé de regreso al hospital.
No sabía qué estaba haciendo.
Solo sabía que no podía irme.
No podía dejarla sola después de lo que acababa de pasar.
Dejé la maleta en el asiento trasero del coche y entré al hospital casi corriendo.
En la recepción expliqué que era familiar cercano y que quería quedarme como responsable mientras la madre de Billie descansaba. Me miraron raro, pero después de mostrar mi identificación y explicar la situación, me dejaron pasar.
Subí a la habitación con el corazón latiéndome en la garganta.
Cuando abrí la puerta, Billie estaba dormida.
Pálida.
Con vendas en las muñecas.
Parecía tan frágil que me dolió el pecho.
Sentada a su lado, vigilándola, había una mujer que se parecía muchísimo a ella.
El mismo rostro, los mismos ojos… solo que con el cabello castaño con algunas canas y una expresión de cansancio y dolor que parecía llevar años acumulando.
La mujer me miró cuando entré. Frunció el ceño, claramente incómoda y alerta.
—¿Quién eres tú? —preguntó con voz baja pero firme.
Me quedé parado en la puerta, tragando saliva.
—Soy Tom… Tom Kaulitz.
Al oír el apellido, su expresión cambió por completo. Se puso rígida, los ojos se le llenaron de una mezcla de sorpresa y rechazo. Se notaba que sabía exactamente quién era mi padre.
Antes de que pudiera decir algo, di un paso adelante y hablé rápido, casi desesperado:
—No soy como él…se lo juro.
Mi padre y yo no somos la misma mierda…… yo amo demasiado a su hija. Aunque ella no me crea. Aunque me odie. Aunque todo esté destruido… yo la amo. Y no voy a dejarla sola ahora.
La mujer me miró durante un largo rato, evaluándome. Vi el conflicto en sus ojos: el rechazo natural hacia mi apellido contra la sinceridad que intentaba transmitirle.
Al final solo asintió, lentamente, sin decir una palabra.
Señaló la silla al otro lado de la cama.
Me senté en silencio.
Nos quedamos los dos velando el sueño de Billie.
Sin hablar.
Solo el sonido de los monitores y nuestra respiración.
Yo no podía dejar de mirarla.
Su cara pálida, las ojeras, las vendas en las muñecas.
Sentí un nudo en la garganta tan grande que casi no podía respirar.
Greta me miró de reojo una vez, pero no dijo nada.
Y yo… yo solo me quedé ahí, sentado en esa silla incómoda de hospital, con el corazón hecho pedazos y la certeza de que, aunque Billie me odiara, aunque todo estuviera destruido…
yo no iba a irme a ningún lado.
Al día siguiente desperté solo en la habitación del hospital.
La luz entraba suave por la ventana. La madre de Billie ya no estaba; probablemente había ido a descansar o a ver a los niños.
Solo quedábamos ella y yo.
Billie empezó a despertar lentamente. Sus ojos se abrieron poco a poco, todavía pesados por los medicamentos y el agotamiento. Cuando me vio sentado a su lado, se quedó quieta, mirándome.
Nos miramos en silencio durante unos segundos.
Me acerqué un poco más a la cama, con cuidado.
—¿Cómo te sientes? —pregunté con la voz ronca por la falta de sueño.
Ella tardó en responder.
—Mal —dijo al fin, con voz débil—. Pero eso no importa.
—Sí importa —respondí inmediatamente, con más firmeza de la que esperaba— Importa mucho.
Me quedé callado un momento, reuniendo valor.
Luego hablé, con la voz baja pero decidida:
—De ahora en adelante no vas a estar sola, voy a estar contigo.
Te voy a ayudar con el embarazo, con las citas prenatales, con los ultrasonidos… con absolutamente todo…voy a trabajar más, voy a conseguir lo que sea necesario.
No importa si no me quieres como pareja. No importa si solo me ves como un error….solo… no me dejes fuera del bebé. Al fin y al cabo lleva mi sangre, es mi her…
No me dejó terminar.
—Tom… —susurró, cerrando los ojos un segundo—El bebé es tuyo.
Me quedé congelado.
—¿Qué?
—Ayer me dejé llevar por la rabia —admitió, con la voz cansada—Te mentí. El bebé es tuyo….no de tu padre.
Me quedé mirándola en silencio durante varios segundos.
Luego, para mi propia sorpresa, sentí un alivio extraño, casi abrumador.
Era… liberación.
Se me iluminó la cara.
—Entonces con más razón —dije, tomándole la mano con cuidado— Voy a estar contigo. Por el bebé…
No te voy a dejar sola en esto, Billie. No como lo hizo mi padre.
Voy a estar aquí. Para ti. Para el bebé. Para lo que necesites.
Ella me miró, sin saber qué decir.
Yo solo apreté su mano un poco más, con los ojos brillantes y la voz temblorosa pero segura.
—No tienes que quererme. No tienes que perdonarme. Solo… déjame estar. Déjame ayudarte. Por favor.
Continúa…
Administración: Uff, que alivio, pensé que esto se volvería tragedia.
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