Administración: Tenemos dos capítulos nuevos, así que disfruten del 27 y 28

Fic TOLL de Beth
Capítulo 27
BILLIE
Ya había pasado una semana desde que salí del hospital.
Una semana extraña, lenta y silenciosa.
Tom no se separó de mí ni un solo día.
Se había instalado en la habitación de invitados sin pedir permiso y sin que yo tuviera fuerzas para echarlo.
Por las mañanas se levantaba temprano, preparaba el desayuno, me obligaba a comer aunque no tuviera apetito, y luego se iba a su trabajo de medio tiempo en una cafetería cerca de la universidad para no descuidar sus estudios.
Regresaba lo más pronto posible, siempre con algo en las manos: té de jengibre para las náuseas, frutas frescas, o simplemente una manta cuando me veía con frío.
Era… muy atento.
Me preguntaba constantemente cómo me sentía, si necesitaba algo, si había dormido bien.
Me recordaba tomar las vitaminas, me acompañaba a las citas médicas ,aunque yo todavía no había decidido si quería seguir con el embarazo, y cuando me veía triste o callada, simplemente se sentaba a mi lado en silencio.
No intentaba nada físico.
Ni un roce más allá de lo necesario.
Solo estaba ahí.
Constante. Presente.
Yo no sabía cómo procesar eso.
Los niños seguían con Georg.
Habíamos acordado que se quedarían con él hasta que yo estuviera más estable.
Todos los días me llamaban por videollamada.
Ariadne me contaba con emoción todo lo que hacía en el colegio, Andrew me mostraba sus dibujos y me preguntaba cuándo volvería a casa.
Los extrañaba con todo mi ser. Cada vez que colgaba se me hacía un nudo en la garganta.
Pero sabía que era lo mejor.
No quería que me vieran así: débil, confundida, con un embarazo que todavía no sabía cómo manejar.
Quería estar bien por ellos.
Quería ser la mamá fuerte que merecían.
Esa tarde estaba sentada en el sofá, con una manta sobre las piernas, mirando por la ventana sin ver nada. Tom estaba en la cocina preparando algo de comer.
Lo escuchaba moverse, abrir cajones, tararear bajito alguna canción.
Me miró desde la cocina y sonrió suavemente.
—¿Quieres té de jengibre? Ayuda con las náuseas.
Asentí sin mucho entusiasmo.
—Gracias.
Se acercó unos minutos después con una taza humeante y se sentó en el sillón frente a mí.
Me observó en silencio durante un rato.
—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó con esa voz calmada que había adoptado últimamente.
—Igual —respondí, encogiéndome de hombros—Cansada. Confundida.
Él asintió, sin presionarme.
—Está bien sentirse así. No tienes que estar fuerte todo el tiempo.
Me quedé callada.
Por primera vez en mucho tiempo, no tenía una respuesta cortante ni una barrera que poner.
Tom se quedó mirándome un momento más, luego habló con suavidad:
—Quiero que sepas que no estoy aquí por obligación. Ni por lástima. Estoy aquí porque quiero estar. Porque aunque tú no me creas… yo sí me preocupo por ti. Y por el bebé.
Bajé la mirada hacia mi taza.
—No sé si estoy lista para esto, Tom.
—No tienes que estarlo ahora —respondió—Solo… déjame estar aquí. Sin presiones. Sin expectativas. Solo… acompañándote.
Asentí lentamente.
Y por primera vez en semanas, no me sentí completamente sola.
Aunque todavía tenía miedo.
Aunque todavía no sabía qué iba a hacer con mi vida, con este embarazo, con todo el desastre que había creado…
Por lo menos, en ese momento, tenía a alguien que no se iba.
Y eso, aunque pequeño, era algo.
Esa misma noche no pude dormir.
Estaba sentada en la orilla de la cama, con las luces apagadas y las manos sobre mi vientre todavía plano. Le daba vueltas y vueltas al mismo pensamiento:
¿Seguía con el embarazo o no?
Una parte de mí quería proteger a ese bebé con todo lo que tenía.
Otra parte… solo sentía miedo.
Miedo de traerlo a este mundo roto, miedo de no poder cuidarlo, miedo de repetir la historia de Abdiel.
Estaba tan perdida en mis pensamientos que casi no escuché el timbre..
Sonó una vez. Luego otra.
Era raro. Ya era más de medianoche y no esperaba a nadie.
Tom debía estar dormido en la habitación de invitados.
Bajé las escaleras descalza, con el corazón latiéndome fuerte.
Abrí la puerta.
Y me quedé helada.
Era Nick.
Antes de que pudiera cerrar, él metió el pie y empujó la puerta con fuerza, entrando a la casa.
—Nick, ¿qué haces aquí? —dije, retrocediendo—Vete. Ahora.
Él no se fue. Cerró la puerta detrás de él y me miró con una mezcla de furia y desesperación.
—¿Dónde está mi hijo? —preguntó,ñ con la voz temblando— ¿Dónde está Tom? ¡Quiero hablar con él!
Intenté mantener la calma, pero el miedo y la rabia empezaron a subir.
—No está aquí. Y aunque estuviera, no tienes derecho a venir a mi casa a estas horas. Vete.
Nick dio un paso hacia mí, con los ojos enloquecidos.
—Todo esto es tu culpa —escupió— Heidi está mal por tu culpa. Tom se ha alejado de nosotros por tu culpa. Le metiste ideas en la cabeza. Lo envenenaste contra su propia familia. ¡Tú destruiste todo!
La rabia me cegó.
—¿Mi culpa? —grité— ¡Tú eres el que me dejó embarazada y me abandonó! ¡Tú eres el que nunca ha sido capaz de hacerse cargo de nada! ¡Eres un cobarde, Nick! ¡Un maldito cobarde que solo sabe huir cuando las cosas se ponen feas!
Él se acercó más, agarrándome del brazo con fuerza.
—¡Cállate! ¡Tú eres la que lo arruinó todo! ¡Tú eres la que…
No pude escuchar más.
En ese momento Tom bajó las escaleras corriendo, alertado por los gritos.
Cuando vio a su padre agarrándome del brazo, su cara se transformó en pura furia.
—¡Suéltala! —rugió.
Se lanzó contra Nick como un animal. Lo empujó con tanta fuerza que ambos cayeron contra la mesa de la sala, tirando todo al suelo.
Empezaron a pelearse, gritando, golpeándose.
Tom le dio un puñetazo en la cara. Nick respondió agarrándolo del cuello.
—¡Basta! —grité, intentando separarlos— ¡Paren! ¡Por favor!
Eran demasiado fuertes. Demasiado grandes. No podía detenerlos. Intenté meterme entre ellos, pero solo logré que me empujaran sin querer.
Sentí un dolor agudo y profundo en el vientre.
Me doblé, llevándome las manos al abdomen.
Algo caliente y húmedo corría por mis piernas.
Sangre.
—Tom… —gemí, con la voz rota— Tom… llévame al hospital… estoy sangrando…
Él se congeló.
Vio la sangre en el piso y en mis piernas.
Su cara pasó de rabia a terror puro.
—Billie… ¡no!
Me cargó en brazos sin pensarlo dos veces y corrió hacia la puerta, dejando a su padre en el suelo, sangrando de la nariz.
Manejó como un loco hasta el hospital, gritando mi nombre, pidiéndome que aguantara.
Yo solo podía llorar en silencio, con las manos sobre mi vientre, sabiendo lo que estaba pasando.
En el hospital me atendieron de urgencia, me metieron a una habitación, me pusieron suero, me hicieron pruebas.
Una hora después entró el doctor.
Me miró.
Negó con la cabeza lentamente.
—Lo siento mucho, Billie….no pudimos hacer nada…..has perdido al bebé.
Cerré los ojos.
Otra vez.
Otra vez por culpa de Nick.
Otra vez por mi propia venganza que se había vuelto en mi contra.
Y esta vez… sentía que ya no me quedaba nada.
El doctor salió de la habitación y cerró la puerta con suavidad.
Me quedé sola con el silencio y el vacío.
Segundos después, Tom entró.
Tenía la cara pálida, los ojos rojos y la expresión destrozada.
Caminó hacia mí con los brazos abiertos, como si quisiera abrazarme, como si quisiera protegerme de todo esto.
No lo dejé.
—¡No! —grité, con la voz rota y llena de rabia—¡No te acerques! ¡No me toques!
Tom se detuvo en seco, herido.
—Billie… por favor… déjame estar contigo…Te amo…. No
—¡Lárgate! —le grité, con lágrimas de furia y dolor corriendo por mi cara— ¡Todo esto es culpa tuya! ¡De tu familia! ¡Tu familia solo ha estado para maldecirme! ¡Tu padre me destruyó hace años y ahora tú… tú solo has sido otro error más en mi vida!
Tom dio un paso atrás, como si le hubiera dado una bofetada.
—Billie… no digas eso…
—¡Sí lo digo! —grité más fuerte, con la voz quebrada—¡Tu familia es una maldición! ¡Tu padre me dejó sola con un bebé que murió! ¡Tú me usaste para sentirte hombre! ¡Los dos solo saben destruir todo lo que tocan! ¡Vete! ¡Vete y no vuelvas nunca más! ¡No quiero verte! ¡No quiero nada de ti ni de tu maldita familia!
Tom se quedó parado ahí, con los ojos llenos de lágrimas y el rostro completamente descompuesto.
Vi cómo mis palabras lo golpeaban una tras otra, cómo lo lastimaban de verdad.
—Billie… yo te quiero… yo solo quería ayudarte…
—¡No quiero tu ayuda! —le grité, con la voz rota—¡Solo quiero que desaparezcas de mi vida! ¡Vete!
Él intentó acercarse una vez más, pero yo me encogí en la cama, abrazándome a mí misma.
—¡Vete! ¡Por favor… solo vete!
Tom se quedó mirándome un segundo más, con el corazón hecho pedazos en la mirada.
Luego, sin decir una palabra, se dio la vuelta y salió de la habitación.
La puerta se cerró detrás de él.
Y yo me quedé sola.
Completamente sola.
Con las manos sobre mi vientre vacío y el alma hecha trizas.
Otra vez había perdido todo.
Y esta vez… sentía que ya no había nada que salvar.
&
No sé cómo lo hice, pero escapé del hospital.
Me puse la bata sobre la ropa que tenía, salí por una puerta de servicio que alguien había dejado entreabierta y caminé sin rumbo fijo, como un alma en pena.
Las calles estaban casi vacías.
Solo el sonido de mis pasos descalzos y el viento frío de la madrugada.
Lloraba en silencio.
Las lágrimas caían sin ruido, una tras otra, mientras todo lo que había vivido desde que conocí a Nick pasaba por mi cabeza como una película cruel.
Recordé la primera vez que me miró.
La primera vez que me besó.
Las promesas que nunca cumplió.
El día que me dejó sola en ese apartamento, embarazada y destrozada.
El día que sostuve a mi bebe mientras se iba.
Los años de dolor, de reconstrucción, de intentar ser fuerte por mis hijos.
Y ahora… otro bebé que no pedí.
Otro dolor que no elegí.
Todo se sentía demasiado.
Demasiado pesado.
Demasiado roto.
Caminé sin saber hacia dónde iba, hasta que llegué a un puente viejo sobre el río.
Estaba oscuro, solitario.
Solo el sonido del agua abajo y el viento.
Me acerqué a la barandilla.
Pasé los barrotes con dificultad, temblando.
Me quedé de pie en el borde, mirando hacia abajo.
El agua negra parecía tranquila.
Profunda.
Cerré los ojos.
Respiré hondo.
—Ya todo terminó… —susurré para mí misma, con la voz rota— Por fin… estaré con mis bebés.
Con Abdiel…ya no voy a hacer más daño… ya no voy a sufrir más.
El viento me azotaba la cara.
Las lágrimas seguían cayendo.
Abrí los brazos lentamente.
Y por un segundo…
sentí paz.
Continúa…
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