Fic TOLL de Beth

Capítulo 28

TOM

Salí del hospital como si el edificio se estuviera incendiando.

No miré atrás.

No respondí a los gritos de Billie.

Solo corrí. Bajé las escaleras de dos en dos, crucé el lobby, y cuando llegué al coche, arranqué con tanta fuerza que las llantas chirriaron contra el asfalto. Manejé sin destino, con las manos temblando en el volante y la visión borrosa por las lágrimas que no quería soltar.

Estaba furioso.

Estaba destrozado.

Estaba enamorado de una mujer que me había usado como un arma contra mi propio padre… y que ahora me miraba como si yo fuera el peor error de su vida.

Después de dar vueltas sin sentido durante casi una hora, terminé en un bar de mala muerte en las afueras. Entré, pedí un whisky doble, luego otro, luego otro.

Bebí sin parar durante tres largas horas.

Cada trago era un intento de apagar el fuego que me quemaba por dentro.

Pensaba en ella.

En Billie.

En cómo me había mirado la primera vez que me quedé después de clase.

En cómo su voz se volvía más baja y peligrosa cuando estábamos solos.

En cómo me besó en ese baño, cómo me montó, cómo me hizo sentir que era el único hombre del mundo… solo para luego decirme que todo era una mentira.

Que yo era solo un peón.

Bebí más.

Recordé sus gemidos.

Su forma de mirarme cuando me decía «aprende de todo».

La manera en que me hacía sentir vivo, deseado, importante… y luego me tiraba como basura.

Bebí hasta que el mundo empezó a girar.

Hasta que ya no sentía las manos. Hasta que el dolor se volvió un zumbido lejano.

Cuando salí del bar, apenas podía caminar derecho.

Conduje hasta su casa como un autómata, agradeciendo en mi borrachera que su madre aún no hubiera regresado, ya que había hablado con ella y llegaría en estos días.

No quería que nadie me viera así.

Entré usando la llave que ella me había dado semanas atrás.

La casa estaba oscura y en silencio. Subí las escaleras tropezando, con la maleta en la mano.

Solo quería recoger mis cosas e irme.

No quería perturbarla.

No quería que me viera así.

Entré a la habitación de invitados, empecé a meter ropa en la maleta de cualquier forma.

Camisetas, jeans, zapatos… todo revuelto.

Las manos me temblaban tanto que apenas podía cerrar la cremallera.

Fui al baño a buscar mi kit de afeitado.

Vi la cuchilla.

Me quedé mirándola un largo rato.

La idea cruzó mi mente como un relámpago negro:

«Si ella no me quiere… si nadie me quiere… ¿para qué seguir?»

La tomé entre los dedos.

La acerqué a mi muñeca izquierda.

El metal estaba frío.

Mi piel ardía.

Estaba a punto de presionar cuando el teléfono de la casa empezó a sonar abajo.

El sonido me sobresaltó tanto que solté la cuchilla.

Cayó al lavabo con un tintineo metálico.

Bajé las escaleras tambaleándome, casi cayéndome dos veces.

Contesté con la voz pastosa.

—¿Sí?

Era una voz de mujer, profesional pero urgente.

—¿Es usted familiar de Billie Wieger?

—Sí… soy… soy Tom. ¿Qué pasó?

Hubo un segundo de silencio.

—La paciente escapó del hospital hace unas horas. La encontramos hace poco… intentó quitarse la vida de nuevo. Está en estado crítico. No sabemos si va a sobrevivir esta vez. ¿Puede venir inmediatamente?

El mundo se detuvo.

El alcohol se me bajó de golpe.

Sentí como si me hubieran clavado un cuchillo en el estómago y lo hubieran girado.

—¿Qué…? —susurré, con la voz quebrada.

—La estamos estabilizando, pero perdió mucha sangre. Por favor, venga lo antes posible.

Colgué el teléfono sin decir nada más.

Me quedé parado en la oscuridad de la sala, con el auricular todavía en la mano, temblando entero.

Billie.

Mi Billie.

La mujer que me había mentido, que me había roto… estaba intentando quitarse la vida otra vez.

Y yo… yo estaba aquí, borracho, con una cuchilla en el baño, pensando en hacer lo mismo.

Me dejé caer de rodillas en el piso.

Lloré.

Lloré como un niño.

Lloré con sollozos que me desgarraban el pecho.

Yo la amaba.

La amaba tanto que dolía.

Y ahora podía perderla para siempre.

Me levanté como pude, agarré las llaves del coche y salí corriendo hacia el hospital, con el corazón en la garganta y el miedo más grande que había sentido en toda mi vida.

No podía perderla.

No ahora.

No así.

Llegué al hospital con el corazón en la garganta y las manos temblando tanto que apenas podía sostener las llaves del coche.

Corrí por el pasillo de urgencias, casi chocando con una enfermera.

—Billie Wieger —dije casi sin aliento—¿Dónde está? ¿Cómo está?

La enfermera me miró con esa expresión profesional pero triste que ya sabía lo que significaba.

—Lo siento, joven. No puede entrar a verla en este momento. Está en cuidados intensivos y su estado es muy delicado.

Sentí que el mundo se me caía encima.

—¿Qué…? Por favor… dígame algo más…

Ella suspiró suavemente.

—Es mejor que llame a sus familiares cercanos. El doctor dijo que es probable que no pase de las próximas 48 horas. Lo siento mucho.

48 horas.

Me quedé paralizado.

El aire se me escapó de los pulmones.

Sentí un golpe tan fuerte en el pecho que creí que me iba a desmayar ahí mismo.

Con las manos temblando violentamente, tomé el teléfono de la recepción.

Marqué el número de la mamá de Billie.

—Señora Greta… soy Tom…. Billie está muy mal. Está en el hospital. Dicen que… que quizás no pase de 48 horas. Por favor… venga rápido.

Colgué el teléfono sin esperar respuesta.

Me fui a la sala de espera y me dejé caer en una de las sillas de plástico duro.

Me abracé a mí mismo, encorvado, con la cabeza baja.

Y lloré.

Lloré en silencio, con lágrimas gruesas que caían sobre mis rodillas y se perdían en el piso frío.

No hacía ruido.

Solo temblaba.

No quería perderla.

La amaba demasiado.

La amaba con todo lo que tenía, aunque me hubiera mentido, aunque me hubiera dicho que yo no significaba nada.

La amaba tanto que el solo pensamiento de que se fuera me estaba matando por dentro.

Sin ella… yo no era nada.

Sin sus miradas, sin sus palabras hirientes, sin su forma de besarme como si me odiara y me deseara al mismo tiempo…

yo no tenía nada.

Me quedé ahí, abrazándome, llorando en silencio, rogando a quien fuera que la salvara.

Porque si Billie se iba…

yo no sabía cómo iba a seguir existiendo en este mundo.

Eran casi las cuatro de la madrugada cuando vi a la mamá de Billie entrar corriendo por el pasillo del hospital.

Greta llegó con el rostro desencajado, el cabello revuelto y los ojos ya hinchados de tanto llorar.

En cuanto me vio sentado en la sala de espera, se acercó rápidamente.

—Tom… ¿qué pasó? ¿Dónde está mi hija?

Me levanté con las piernas temblando.

Le expliqué todo de nuevo, con la voz rota y entrecortada: cómo Billie se había escapado del hospital, cómo la encontraron intentando quitarse la vida otra vez, cómo la habían estabilizado pero que su estado seguía siendo crítico.

Le conté que había perdido al bebé.

Que los médicos no sabían si iba a pasar de las próximas horas.

Greta se tapó la boca con ambas manos y se derrumbó.

Lloró con fuerza, con sollozos que le sacudían todo el cuerpo.

Me abrazó, buscando apoyo, y yo la abracé de vuelta, sintiendo cómo su dolor se mezclaba con el mío.

Nos quedamos así un rato, llorando en silencio en medio del pasillo frío del hospital.

Minutos después llegó Georg.

Entró casi corriendo, con la cara pálida y los ojos llenos de miedo. Cuando me vio, se detuvo un segundo.

—… ¿qué pasó? ¿Billie está bien?

Le expliqué todo por segunda vez. Cada palabra me dolía más que la anterior.

Le conté lo del escape, lo del intento de suicidio, la pérdida del bebé, el pronóstico reservado.

Georg se quedó callado un momento. Luego, su expresión cambió. La tristeza se transformó en furia.

—Todo esto es culpa de tu padre —escupió, mirándome con los ojos encendidos—Desde que Billie lo conoció, su vida ha sido un infierno. Él la destruyó. La dejó sola, embarazada, rota. Y ahora… ahora ella está aquí, luchando por su vida, porque ese maldito cobarde no ha hecho más que envenenarle la existencia.

Me quedé callado.

Porque era verdad.

Todo era verdad.

Cada palabra que Georg decía era como un cuchillo clavándose más profundo.

Mi padre había sido el origen de todo el dolor de Billie. Y yo… yo era su hijo. Parte de esa misma maldición.

Greta se acercó a Georg y le puso una mano en el brazo, intentando calmarlo.

—Georg, por favor… ahora no es el momento. Billie nos necesita unidos, no peleando. Déjalo para después.

Georg respiró hondo, intentando controlarse, pero la rabia seguía ahí, latiendo bajo la superficie.

Me miró una última vez, con una mezcla de lástima y resentimiento, y luego se sentó en una de las sillas, con la cabeza entre las manos.

Yo me quedé de pie, apoyado contra la pared, sintiendo que el mundo se me caía encima.

Mi padre había destruido a Billie.

Y yo, sin quererlo, había contribuido a seguir rompiéndola.

Y ahora… ahora podía perderla para siempre.

Me deslicé por la pared hasta quedar sentado en el piso, abrazándome las rodillas, llorando en silencio mientras esperaba.

Esperando un milagro que ya no sabía si merecíamos.

&

Ya había pasado un mes.

Un mes en el que la vida de Billie se había alargado, pero ella seguía atrapada en ese sueño profundo del que no despertaba.

Los médicos decían que su cuerpo se recuperaba lentamente, que las heridas físicas estaban sanando, pero que su mente seguía en un coma inducido por el trauma, la pérdida y el agotamiento emocional.

Cada día era una espera angustiante.

Cada noche me acostaba preguntándome si ese sería el día en que abriría los ojos.

Me mudé definitivamente a su casa…no era mi casa, pero era el lugar donde Billie se sentía más segura.

Greta y yo nos rotábamos para cuidar de los niños.

Georg se los llevaba casi todos los días, pero venían a casa por las tardes y fines de semana.

Descubrí que Ariadne y Andrew eran unos niños preciosos, super bien educados, curiosos, cariñosos y protectores como mamá.

Al principio no me tenían confianza. Me miraban como a un extraño que de pronto vivía en su casa.

Pero Greta les explicó con esa paciencia infinita que tiene:

—Tom es un buen amigo de su mamá. La quiere mucho y quiere ayudarla a cuidarlos. Es una buena persona.

Eso bastó.

Los niños son así de puros.

Una explicación sincera y su corazón se abre.

Ahora desayunábamos juntos casi todas las mañanas.

Esa mañana estábamos los tres en la cocina.

Greta se había ido muy temprano para cuidar de Billie y dejar que Georg descansara. Yo había preparado huevos, frutas y pan tostado.

Ariadne balanceaba las piernas bajo la silla, comiendo su cereal con frutas.

—Tom… ya falta poquito para que nazca nuestro hermanito —dijo con esa vocecita dulce y emocionada—Sussi dice que va a ser una niña. Yo quiero que se llame como la princesa de Frozen, pero Andrew dice que mejor como una guerrera.

Andrew, con la boca llena de pan, asintió con seriedad.

—Sí. Tiene que ser fuerte. Como su mami. Porque Sussi es la más fuerte del mundo. ¿Verdad, Tom?

Los miré a los dos.

Ariadne con esa alegría desbordante y Andrew con esa seriedad tierna que me derretía.

Sonreí, con una sonrisa suave y sincera.

—Sí —respondí, con la voz cálida— ella es una persona fuerte y su hermanita va a ser igual de fuerte. Va a tener los mejores hermanos mayores del mundo.

Ariadne sonrió feliz y siguió comiendo.

Andrew me miró un segundo más, como evaluándome, y luego asintió satisfecho.

Yo los observaba mientras comían, sintiendo algo extraño en el pecho.

No era amor paternal, no todavía.

Pero era cariño.

Un cariño profundo y protector.

Estos niños eran parte de Billie.

Y por eso, también eran importantes para mí.

Sonreí mientras Ariadne me contaba con emoción cómo quería decorar la habitación de la bebé y Andrew me explicaba por qué los dinosaurios eran los mejores hermanos mayores.

Y por primera vez en mucho tiempo…

sentí que no estaba completamente perdido.

Aunque Billie siguiera dormida.

Aunque siguiera atrapada en ese sueño del que no despertaba.

Yo seguiría aquí.

Esperando.

Cuidando.

Amando.

Hasta que ella volviera.

O hasta que ya no pudiera más.

Continúa…

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por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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