Fic TOLL de Beth
Capítulo 4
El beso en la pista duró más de lo que había planeado. Mucho más. Cuando nos separamos, Georg me miró con los ojos vidriosos, la respiración acelerada, las manos todavía en mi cintura como si temiera que desapareciera.
—Vamos a mi apartamento —susurró contra mi boca—Por favor.
No lo pensé. Asentí.
Salimos del club casi corriendo, dejando a Nick perdido entre la multitud con la cara desencajada.
En el coche no hablamos; solo nos mirábamos de reojo, la tensión eléctrica llenando el espacio.
&
Llegamos a su departamento en menos de quince minutos.
Apenas cerró la puerta, me empujó contra ella y me besó con un hambre que no esperaba de él.
Era feroz, desesperado, como si llevara años conteniéndose.
Sus manos me recorrieron la espalda, bajaron hasta mi trasero, me apretaron con fuerza.
Yo respondí igual, mordiéndole el labio, enredando los dedos en su pelo.
Lo tomé de la mano y lo llevé al sofá sin encender las luces.
La ciudad entraba por la ventana, neón y sombras.
Lo empujé suave para que se sentara. Él obedeció, mirándome como si fuera un sueño del que no quería despertar.
Empecé a desvestirme despacio.
Primero el vestido negro, deslizándolo por los hombros, dejando que cayera al suelo como una promesa.
Quedé en lencería roja que había elegido esa misma tarde sin saber por qué.
Me quité el sostén con calma, dejando que mis pechos quedaran libres.
Georg tragó saliva audiblemente.
Sus ojos recorrieron cada centímetro de mi cuerpo como si lo memorizara.
Me acerqué, me senté a horcajadas sobre él sin tocarlo todavía.
—Quítate la camisa —susurré.
Obedeció al instante, tirándola a un lado. Lo besé de nuevo, profundo, lento, saboreando su sabor a Blue Motorcycle y a deseo contenido.
Al separarme, le mordí el labio inferior y tiré suave, mirándolo a los ojos.
Sus pupilas estaban dilatadas, fijas en mis pechos.
—¿Te gustan? —pregunté con voz ronca—El solo asintió, hipnotizado.
—Acércate entonces—se inclinó sin dudar y tomó un pezón en su boca. Succionó suave al principio, luego con más fuerza, alternando entre uno y otro, lamiendo, mordisqueando.
Gemí sin fingir; el placer me recorrió la columna como corriente eléctrica. Me arqueé hacia él, enredando los dedos en su pelo, empujándolo más contra mí.
—Así… justo así…
Cuando sentí que ya no podía más, lo aparté con suavidad y me arrodillé entre sus piernas.
Le bajé el pantalón y los bóxers de un tirón. Su erección saltó libre, dura, palpitante. La tomé con la mano y empecé a masturbarlo despacio, mirándolo a los ojos…
—Mierda, Billie… —gimió, echando la cabeza hacia atrás.
—Shhh… todavía no.
Me incliné y lo tomé en la boca de una vez, profundo, hasta el fondo.
Él soltó un gruñido animal.
Subí y bajé lento al principio, usando la lengua en la punta, luego más rápido, succionando fuerte.
Sus caderas se movieron solas, buscando más.
—Dios… eres increíble… me vas a matar…
Lo llevé al borde una, dos veces, y me detuve justo antes. Lo miré desde abajo, con él todavía en mi boca, y sonreí.
Esa noche Georg iba a aprender que el control también puede ser un regalo.
Y yo… yo iba a recordarme que todavía podía sentir algo más que dolor.
Lo llevé de la mano por el pasillo, sin encender luces, solo la claridad que entraba por la ventana del cuarto. Lo empujé suave sobre la cama y me acosté de espaldas, abriendo las piernas sin prisa, dejando que viera todo. Me quité las bragas rojas con calma y las tiré al piso.
Mis dedos bajaron directos, separando los labios ya hinchados y mojados. Empecé a tocarme despacio, círculos lentos sobre el clítoris, mirándolo fijo mientras él se quitaba lo que le quedaba de ropa.
Georg se quedó de pie al lado de la cama, el pene tieso en la mano, masturbándose con movimientos largos y lentos, los ojos clavados entre mis piernas.
—Habla, Georg —susurré, metiendo dos dedos dentro de mí y gimiendo bajito—Quiero que me digas todo lo que siempre quisiste hacerme.
Él tragó saliva, la voz ronca, casi temblando.
—Joder, Billie… siempre me imaginé follándote así, mirándote abrirte… estás empapada, ¿verdad? Mira cómo brillas.
Sonreí y abrí más las piernas, metiendo y sacando los dedos con un sonido húmedo que llenó el cuarto.
—Sigue… más sucio.
Él apretó más fuerte su pene, acelerando el ritmo.
—Quiero meterte la lengua hasta que te corras en mi boca, tragarme todo ese juguito dulce que estás soltando ahora… luego te voy a abrir entera y te voy a clavar hasta el fondo, hasta que sientas mis testículos golpeándote el culo.
Gemí fuerte, arqueando la espalda, frotándome más rápido.
—Así… dime que soy tuya.
—Tú eres mia, Billie…mírate que perfecta con esa vagina que se muere por mi pene… mira cómo te abres para mí, cómo te tocas pensando en que te reviente… quiero que te corras gritando mi nombre mientras te miro esa carita de zorra que pones cuando estás a punto.
Metí un tercer dedo y grité bajito, los ojos en blanco.
—Más… no pares…
—Cuando te coja te voy a llenar tan profundo que vas a sentirme tres días… voy a hacer que te olvides de cualquier otro cabrón que te haya tocado, porque esta noche es mía, solo mía… córrete, mi amor… córrete mirándome el pene que te va a destrozar.
Y me corrí. Fuerte, temblando, con su nombre en la boca y sus palabras sucias retumbándome en la cabeza.
Él seguía pajeándose, cada vez más rápido, respirando como animal.
—Ahora ven aquí —le ordené, todavía palpitando—Porque la noche apenas empieza.
Me subí a el gateando, me coloqué encima de él a horcajadas y tomé su miembro con una mano. Estaba tan dura que palpitaba contra mi palma. Me elevé un poco, la apunté directo a mi entrada y bajé de golpe, empalándome hasta el fondo en una sola estocada.
Los dos gritamos al mismo tiempo.
—Joder, Georg… qué rica se siente —gemí, sintiendo cómo me llenaba por completo, estirándome deliciosamente.
Él agarró mis caderas con fuerza, los dedos hundiéndose en mi carne.
—Estás tan apret…ada… tan mojada… me vas a matar, Billie…
Empecé a moverme despacio, subiendo y bajando, sintiendo cada centímetro deslizándose dentro y fuera.
Luego aceleré.
Mis senos rebotaban con cada golpe, el sonido de piel contra piel llenaba el cuarto.
—Más fuerte —le ordené, clavándole las uñas en el pecho.
Georg obedeció al instante: levantó las caderas y empezó a follarme desde abajo con embestidas brutales, profundas, sin piedad. Cada vez que chocaba contra mí sentía que me partía en dos de la mejor forma posible.
—Así… rómpeme… dame todo lo que tienes… —jadeaba yo, echando la cabeza hacia atrás.
—Toma… toma toda mi leche cuando me corra dentro… te voy a inundar hasta que te chorree por las piernas…
Eso me prendió más.
Me incliné hacia adelante, apoyando las manos en su pecho, y empecé a cabalgar como poseída: rápido, duro, girando las caderas en círculos cada vez que llegaba al fondo.
Él gruñía como animal, sudado, los ojos en blanco.
—Me toca—dijo de pronto, y sin sacarla me levantó en peso, me dio la vuelta y me puso a cuatro patas.
Entró de nuevo de una sola estocada, agarrándome el pelo con una mano y la cadera con la otra.
Embestía como si quisiera atravesarme.
—Dime de quién eres —gruñó, dándome una nalgada que me dejó la piel ardiendo.
—Tuya… solo tuya esta noche… ¡fóllame más duro, joder!
Y me dio más duro.
Me clavaba hasta el fondo, salía casi por completo y volvía a entrar con violencia. Sentía que me iba a correr en cualquier momento.
—Voy a correrme… no pares… ¡no pares!
—Córrete en mi pene… apriétame… quiero sentir cómo te vienes…
Y me vine.
Fuerte, gritando, temblando entera, apretándolo tan fuerte que él soltó un rugido y se hundió hasta el fondo una última vez.
—Dentro… córrete dentro… —le supliqué en medio del orgasmo.
Y lo hizo. Sentí el chorro caliente inundándome, pulsación tras pulsación, mientras él se aferraba a mis caderas y gruñía mi nombre como una oración sucia.
Nos quedamos así unos segundos, jadeando, sudados, temblando.
Luego se salió despacio y me giré para besarlo, lento, profundo, saboreando lo que acabábamos de hacer.
Me acosté a su lado, la cabeza en su pecho, escuchando su corazón latiendo como loco.
Esa noche no sané nada.
Pero por primera vez en mucho tiempo, me sentí poderosa otra vez.
Después de aquel orgasmo que nos dejó temblando, nos quedamos en silencio un rato largo.
Solo se oía nuestra respiración calmándose y el tráfico lejano de la ciudad.
Georg acariciaba mi espalda desnuda con la yema de los dedos, como si tuviera miedo de que me rompiera.
De pronto habló bajito, casi con vergüenza:
—Billie… ¿quieres ser mi novia? De verdad. No solo esta noche.
Lo miré a los ojos. Había miedo ahí, pero también una certeza que me calentó el pecho. Asentí despacio, sin palabras. Él sonrió como niño que le acaban de regalar el mundo y me besó la frente, las mejillas, la nariz, hasta que volvimos a reírnos como tontos.
Y así empezó lo nuestro, de verdad.
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Los meses siguientes fueron… luz.
Mamá lo adoraba desde antes, pero cuando le dije “es mi novio”, lloró de felicidad y lo abrazó como si fuera otro hijo.
Cada domingo lo invitaba a comer y le llenaba el plato “porque estás muy flaco, mijo”.
Georg se dejaba querer y le ayudaba a lavar los trastes sin que se lo pidieran. Una tarde lo encontré en la cocina con mi mamá viendo fotos viejas de mí de preescolar, los dos riéndose de mis moños gigantes.
Me quedé en la puerta mirando y sentí que, por primera vez, mi casa volvía a tener calor de hogar completo.
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Una navidad Georg me llevó a casa de sus papás. Yo ya los conocía de años, pero esa vez fue distinto: entró tomándome de la mano y dijo orgulloso “mamá, papá, hermanas… Billie ya es mi novia”.
Su mamá me abrazó tan fuerte que casi lloro. Su papá me dio un beso en la frente y dijo “ya era hora, hija”.
Sus hermanas chillaron y me hicieron mil preguntas.
Esa noche cenamos todos juntos y yo me sentí parte de algo grande y bueno.
Georg era un romántico empedernido.
Me dejaba notitas en los libros de la universidad: “te amo más que a la mitosis”.
Me llevaba desayunos sorpresa a la cama los domingos.
Reservaba mesas en restaurantes con vista solo para decirme que me veía bonita con la luz de las velas.
Cada 23 de mes (el día que nos hicimos novios) me daba una flor y una carta escrita a mano.
Guardé todas.
Pero también sabía cuándo callar y solo abrazarme.
Cada vez que podía, iba a la tumba de mi bebe.
Algunos domingos sola, otros con flores que compraba Georg.
Me sentaba en el pasto y hablaba con mi bebé hasta que me dolía la garganta. Y siempre, siempre, cuando ya no podía más y me derrumbaba llorando, Georg estaba ahí. Me abrazaba sin decir “ya no llores”, solo me mecía y me dejaba desmoronarme.
Después me ayudaba a levantarme, me limpiaba las lágrimas con su camisa y me llevaba a casa en silencio, con mi mano entre las suyas.
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Nuestra graduación.
Los dos con toga negra, los dos con medalla de excelencia académica, los dos mencionados en el discurso del rector como “los mejores promedios de la generación”.
Mamá lloró tanto que se le corrió el rímel.
La mamá de Georg también.
Nos tomamos mil fotos abrazados, con los diplomas en alto. Esa noche hicimos una fiesta en casa de sus papás y terminamos bailando hasta las cuatro de la mañana.
Los meses siguientes fueron de crecer juntos.
Primero las prácticas profesionales, luego las maestrías cortas, los cursos, las certificaciones.
Yo empecé a dar clases en una escuela pública como profesora adjunta; Georg entró a un colegio privado de mucho prestigio.
Cuando le dieron su primer contrato fijo, llegó a casa con una botella de champaña y una cara de felicidad que nunca le había visto.
—¡Lo logré, amor! ¡Soy maestro titular de tiempo completo!
Lo celebramos toda la noche, y de la forma más pícara posible.
Apenas cerró la puerta lo empujé contra la pared, le arranqué la camisa (literal, volaron botones) y me arrodillé.
—Hoy la profesora te va a dar clase a ti —le susurré antes de metérmelo hasta la garganta.
Terminamos en la sala, en la cocina, en la ducha y finalmente en la cama. Me hizo el amor lento, después duro, después tierno otra vez. Me susurraba entre embestidas:
—Esto es por mi novia la más inteligente, la más hermosa, la más rica del mundo…
Y yo me corría gritando su nombre, sintiéndome deseada, viva, valiosa.
Georg nunca borró mi dolor.
Abdiel, Nick siguen siendo unas heridas que nunca cerrarán del todo.
Pero el hizo que esas heridas dejen de sangrar todos los días.
Hizo que despertarme valiera la pena. Hizo que sonriera de verdad.
Y cada noche, cuando me dormía en su pecho escuchando su corazón, pensaba:
No cambiaste mi vida entera, Georg.
Pero la hiciste soportable.
Y después, hermosa otra vez.
Continúa…
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