
Fic TOLL de Beth
Capítulo 5
Semanas después, Georg empezó a comportarse raro: mensajes misteriosos, salidas “rápidas” que duraban horas, sonrisitas cuando creía que no lo veía. Yo fingía no darme cuenta, pero ya me imaginaba algo.
El viernes me recogió en casa a las siete en punto. Traía una bufanda de seda en la mano.
—Cierra los ojos —me dijo, con voz que temblaba un poquito de nervios.
Me vendó con cuidado, me tomó de la mano y me guió hasta el coche. Conducimos como cuarenta minutos; yo preguntaba y él solo reía y decía “paciencia, amor”.
Sentí que salíamos de la ciudad, el aire se volvió más fresco, olía a pino y a tierra húmeda.
Al final el coche se detuvo, me ayudó a bajar y seguimos caminando despacio por un sendero de grava que crujía bajo mis tacones.
—Unos pasos más… ya casi… —susurraba, abrazándome por la cintura para que no tropezara.
De pronto se detuvo. Sentí la brisa nocturna en la cara y escuché el canto lejano de grillos.
—Listo. Puedes quitarte la venda.
Me la quité… y se me cortó la respiración.
Estábamos en la azotea de una casa de campo que pertenecía a un tío suyo, pero él la había transformado por completo.
Una sola mesa redonda en el centro, cubierta de mantel blanco, rodeada de velas en frascos de vidrio que formaban un corazón gigante en el suelo.
Luces de hadas colgando de los árboles, la luna llena arriba como si la hubiera pedido prestada al cielo. Una mesa auxiliar con vino enfriándose, rosas rojas por todos lados y un camino de pétalos que llegaba hasta nosotros.
Me quedé con la boca abierta. Él me miraba mordiéndose el labio, nervioso.
—¿Te gusta?
Corrí y lo besé como si no hubiera un mañana, con lágrimas ya rodando.
—Idiota… claro que me gusta. Es lo más hermoso que han hecho por mí en la vida.
Cenamos bajo esa luna increíble: salmón que él mismo preparó, ensalada de pera y nuez, postre de tres leches que sabía a gloria. Hablamos de todo. De la casita que queríamos comprar en la colonia donde crecí. De los viajes que haríamos cuando tuviéramos vacaciones largas.
De cuántos perros adoptaríamos (él decía dos, yo decía cuatro).
De nombres para hijos que algún día quisiéramos tener, y cuando dije “Andrew” él me tomó la mano, me besó los nudillos y dijo que le parecía perfecto para un varón.
Estábamos recogiendo los platos cuando de pronto Georg se puso serio. Dejó la copa, respiró hondo y se levantó.
—Amor… ven.
Me tomó de la mano y me llevó al centro del corazón de velas.
La luna nos bañaba de plata. Se arrodilló despacio, sacó del bolsillo una cajita de terciopelo azul y la abrió.
Dentro había un anillo sencillo pero perfecto: oro blanco, un diamante pequeño en el centro y dos piedritas jade a los lados (verdes, como mis ojos cuando lloro, dijo después).
Me tapé la boca con las dos manos. Las lágrimas volvieron solas.
—Billie… desde el día que te encontré llorando en el baño de la facultad supe que quería pasar el resto de mi vida intentando hacerte sonreír. Has pasado por cosas que nadie debería, y aun así te levantas todos los días y haces el mundo más bonito para todos los que te rodeamos. Eres mi mejor amiga, mi compañera, mi todo. Quiero despertarme contigo cada mañana, quiero pelear por el control remoto, quiero envejecer viéndote corregir exámenes con el pelo recogido y esa cara de concentración que me mata. Quiero ser el hombre que te mereces… si tú me dejas—Hizo una pausa, la voz temblándole—Billie… ¿te quieres casar conmigo?
Yo ya estaba llorando a mares. Me agaché, lo tomé de la cara y lo besé antes de poder hablar.
—Sí… sí, sí, mil veces sí.
Me puso el anillo temblando.
Me quedaba perfecto, como si siempre hubiera estado ahí.
Nos abrazamos entre las velas, riendo y llorando al mismo tiempo.
Después bailamos descalzos una canción que puso en su celular (nuestra canción), con la luna como único testigo.
Esa noche, bajo ese cielo lleno de estrellas, le dije que sí a la vida otra vez.
Y esta vez nadie me la iba a quitar.
&
La boda fue un sábado cuando la ciudad huele a jacarandas moradas y el aire ya no quema ni hiela.
Decidimos casarnos en la misma casa de campo donde Georg me pidió matrimonio.
La azotea la convertimos en un jardín flotante: piso de madera clara, arcos llenos de bugambilias blancas y rosas, sillas vestidas de lino crudo, cientos de luces de papel que parecían luciérnagas atrapadas. No quisimos iglesia; quisimos cielo abierto y la luna como testigo otra vez.
Yo llevaba un vestido sencillo, de seda ivory, sin tirantes, con una espalda descubierta que caía en uve hasta la cintura.
El pelo suelto, ondulado, con una sola flor de azahar detrás de la oreja.
Nada de velo largo; solo una mantilla corta de encaje de mi abuela que mamá guardaba desde hace treinta años.
En el cuello, el único detalle azul.
Georg… Dios. Cuando lo vi esperándome al final del pasillo de pétalos, casi me caigo. Traje azul medianoche hecho a medida, chaleco gris perla, nada de corbata. Estaba guapísimo, nervioso, con los ojos brillosos y esa sonrisa que solo me da a mí.
Sus papás lo acompañaban del brazo; los míos ya solo éramos mamá y yo, así que ella me llevó hasta la mitad del camino y ahí me soltó para que terminara sola los últimos pasos.
—Ya eres grande, mi reina— me susurró, y me dejó ir.
La ceremonia la ofició una jueza amiga de la familia de Georg, pero las palabras importantes las dijimos nosotros.
El primero, voz temblorosa pero firme:
—Billie, prometo amarte en los días buenos y cargar contigo en los días malos. Prometo recordar siempre que antes de ser mi esposa fuiste mi amiga, la que me enseñó que el amor también es quedarse cuando todo duele. Prometo ser el hombre que Abdiel hubiera querido para su mamá, y prometo que nunca, nunca, te voy a soltar.
Yo lloraba tanto que apenas podía hablar.
—Georg, llegaste cuando yo ya no creía en nada y me devolviste la fe a poquito. Prometo reír contigo todos los días que pueda, llorar contigo los que no alcance a evitar, y construir una vida donde quepamos los dos… y los tres, porque él siempre estará. Te escojo hoy, te escogeré mañana y te escogeré todos los días que me queden.
Nos pusimos los anillos: el mío con un diamante diminuto en el interior, grabado “B&G 17-05”; el de él con una coordenada minúscula: la latitud y longitud exacta a la de mi esposo.
Nos declararon esposos.
Nos besamos como si fuera la primera vez y la última a la vez.
La fiesta fue pura alegría contenida. Mesa larga bajo las luces, comida casera, barra libre pero responsable, y un grupo de cuerdas que tocaba desde boleros hasta Coldplay en versión acústica. Bailamos el primer vals con “Perfect” de Ed Sheeran porque Georg es cursi hasta el hueso.
Luego mamá me sacó a bailar “Bésame mucho” y terminamos las dos llorando en medio de la pista.
En un momento de la noche, cuando todos estaban distraídos, Georg me tomó de la mano y me llevó a un rincón oscuro del jardín. Sacó una velita pequeña, la prendió y la dejamos flotar en un frasco con agua.
—Para el pequeño Abdiel —susurró— Que sepa que hoy su mamá está feliz.
La velita se alejó, temblando sobre el agua, hasta perderse entre las luces.
Regresamos a la fiesta tomados de la mano. La luna estaba llena otra vez, como el día de la propuesta.
Bailamos hasta que me dolieron los pies, brindamos con tequila y con agua mineral, reímos hasta que nos dolieron las costillas.
A las tres de la mañana, cuando ya solo quedábamos los íntimos, Georg me cargó en brazos y me llevó al cuarto que habían preparado para nosotros: pétalos en la cama, velas, una botella de champaña helada y una nota que decía:
“Bienvenida a para siempre, señora de Georg.”
Cerramos la puerta.
Esa noche hicimos el amor como esposos por primera vez: lento, profundo, sin prisa, mirándonos a los ojos hasta que no pudimos más y nos perdimos el uno en el otro.
Al amanecer, con la cabeza en su pecho y el anillo brillando en mi dedo, pensé:
Sí, el dolor sigue ahí.
Pero ahora tengo un hogar entero para guardarlo, y alguien que me ayuda a llevarlo.
Y eso, por primera vez en meses , fue suficiente.
&
Tres meses después de la boda, era un martes cualquiera. Georg había salido temprano al colegio y yo tenía el día libre por junta cancelada.
Me desperté con náuseas que ya no podía culpar al pay de manzana de la suegra.
Hacía dos semanas que lo sospechaba, pero no me atrevía.
Compré la prueba en la farmacia de la esquina, escondida entre shampoo y toallas sanitarias para que nadie me viera.
Llegué a casa, cerré la puerta con doble vuelta y me encerré en el baño.
Oriné en el palito. Lo dejé sobre el lavabo. Me puse a caminar de un lado a otro del pasillo, contando los azulejos, contando los latidos, rezando en silencio a quienquiera que escuchara.
Tres minutos.
Los más largos de mi vida.
Tomé la prueba con manos temblorosas.
Dos rayas.
Rosadas.
Claras.
Inconfundibles.
Me quedé mirando tanto tiempo que se me nubló la vista. Luego vinieron las lágrimas, todas juntas: de alegría pura, de terror absoluto. Me tiré al piso del baño y lloré abrazándome las rodillas, gritando entre sollozos:
—¡Es positivo! ¡Voy a ser mamá otra vez!
Pero después vino el miedo, negro y helado: ¿y si pasa lo mismo? ¿Y si me lo quitan otra vez? ¿Y si no lo merezco?
Lloré hasta que no quedó nada.
Me lavé la cara, guardé la prueba en una bolsita de terciopelo y esperé a Georg sentada en el sofá, con la bolsita en las manos como si fuera una bomba.
Cuando abrió la puerta con su
—Amor, ya llegué!—me levanté de un brinco.
—Tengo algo que enseñarte.
Se quedó helado al ver mi cara hinchada.
Le di la bolsita.
La abrió.
Miró la prueba.
Miró la cajita.
Volvió a mirar la prueba.
Y entonces gritó como niño, me cargó en brazos y empezó a dar vueltas por la sala hasta que los dos nos mareamos de risa y de llanto.
—¡Vamos a ser papás! ¡Vamos a ser papás de verdad!
Me besó la panza, me besó la cara, me besó las lágrimas.
Esa noche dormimos abrazados a la prueba positiva, como si temiéramos que desapareciera.
&
Los meses pasaron volando y arrastrándose al mismo tiempo.
Ecografías, vitaminas, nombres, miedos, ilusiones. Todo el tiempo con la mano de Georg sobre mi pancita, hablando con el bebé como si ya lo conociera. Yo me repetía cada noche: “Esta vez sí. Esta vez sí”.
El 17 de agosto, a las 38 semanas justas, empecé con contracciones en casa mientras corregía exámenes.
Al principio creí que eran leves otra vez, pero cuando rompí fuente en la cocina supe que ya era.
&
Llegamos al hospital corriendo. Georg estaba más nervioso que yo: se equivocó de piso dos veces, olvidó el bolso del bebé, me apretaba la mano tan fuerte que me dolía más que las contracciones.
—Amor, voy respirar… no, no mejor respira tú… ¿quieres agua? ¿hielo? ¿te abanico? ¿te canto?
—Georg, cállate y solo abrázame, ¡me estás poniendo más nerviosa!
El doctor llegó, me revisó y sonrió grande:
—Ocho centímetros, Billie. Es hora de ir a la sala de partos.
Me pasaron en silla de ruedas.
Georg se puso el pijama quirúrgico al revés y una enfermera tuvo que ayudarlo. Yo ya estaba en otro mundo: el dolor era inmenso pero diferente, esta vez era un dolor con propósito.
Me subieron a la camilla.
Me explicaron cómo pujar.
Georg a mi lado, pálido pero firme.
—Cuando sientas la contracción, pujas con todo, ¿ok? —dijo la doctora.
La primera contracción fuerte vino y pujé con el alma.
Apreté la mano de Georg tan fuerte que después le quedaron moretones.
—Otra vez, Billie, ya se ve la cabecita.
Pujé. Grité. Lloré.
Georg me secaba el sudor y me decía “eres la mujer más fuerte del mundo”.
Un pujo más, uno enorme, y de pronto… un llanto. Suave, fuerte, perfecto.
—¡Es niña! —gritó la doctora.
Me la pusieron en el pecho, mojada, rosada, llorando. La miré y el mundo se detuvo. Tenía el pelo negro como yo y la naricita de Georg.
La besé entre lágrimas.
—Hola, mi amor… hola, Ariadne…
Y entonces sentí otro dolor brutal, diferente.
La doctora se quedó seria.
—Billie… espera… hay otro latido. ¡Viene otro bebé!
Georg y yo nos miramos boquiabiertos.
—¿Qué? ¡Si solo veíamos uno!
—Era gemelar oculto. El segundo estaba escondido detrás del primero. ¡Puja otra vez, ya viene!
No lo podía creer. Tomé aire, tomé fuerza de donde ya no tenía, y pujé otra vez.
Minutos después, otro llanto, más grave, más fuerte.
—¡Varón!
Me lo pusieron al lado de su hermana. Dos bebés perfectos, sanos, llorando al unísono.
Georg estaba llorando como niño, besando mi frente, las cabecitas de los bebés, mis manos.
—Amor… tenemos dos… ¡dos!
Ariadne y Andrew
La niña abrió los ojos primero y me miró como diciendo “ya llegué, mamá”.
El niño apretó mi dedo con una fuerza que me rompió el corazón de felicidad.
Los tuve en el pecho los dos juntos, piel con piel, mientras Georg nos abrazaba a los tres, temblando de emoción.
Esta vez no me quitaron nada.
Esta vez me dieron todo de una vez.
Y en ese instante, con mis dos bebés vivos sobre mí, supe que la vida, al fin, me había devuelto lo que me debía.
Continúa…
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