Administración: A partir de ahora tendremos actualizaciones más constantes, así que a leer y a animar a la escritora con hermosos comentarios 😉

Fic TOLL de Beth

Capítulo 6

-ACTUALIDAD-

Hoy tengo casi 30 años y, como cada segundo y cuarto viernes, estoy corriendo por la casa con la precisión de un reloj suizo.

—Ariadne, quieta dos segundos, mi amor, que te enredo el pelo.

—¡Pero mamá, quiero la trenza de Elsa, no la de siempre! —protesta mi hija de 6 años mientras se mueve como un gusano en la silla.

Ariadne es Georg en versión niña: los mismos ojos verdes claros que hipnotizan, la misma naricita recta, hasta la misma forma de fruncir el ceño cuando algo no le gusta.

Cuando la miro de frente es como ver una foto de su papá a los 6 años, y eso todavía me aprieta algo en el pecho, aunque ya no me destroza como antes.

Andrew, en cambio, es mi clon con pantalones cortos. Pelo negro azabache, piel pálida que se quema con solo mirar el sol y unos ojos azules que parecen hechos para guardar secretos.

A sus 6 años ya mide casi lo mismo que su hermana y se pasa la vida protegiéndola, aunque peleen por el control remoto.

—Listo —le digo a Ariadne mientras ato la trenza con una liga rosa—Ya estás perfecta, princesa.

—Gracias, mami —me abraza por la cintura y me deja un beso pegajoso en la mejilla.

Andrew ya está en la puerta con su mochila de Spider-Man colgada al hombro.

—¿Falta mucho? Papá dijo que hoy nos va a llevar al parque de diversiones nuevo.

Suspiro, me agacho para acomodarle el cuello de la camiseta y le doy un beso en la frente.

—Cinco minutos y llega. Vayan por sus chamarras, hace frío.

Llevamos exactamente cinco meses separados. Cinco meses y nueve días, para ser exacta.

Georg me fue infiel con una maestra de su colegio, una chica de veintiocho que daba inglés en tercero de primaria.

Lo descubrí porque un día olvidó cerrar sesión en su laptop y ahí estaba todo: mensajes, fotos, planes de fin de semana que nunca me contó. Cuando lo enfrenté no lo negó. Lloró, se arrodilló, me rogó, dijo que había sido un error estúpido, que estaba estresado, que no sabía qué le pasó.

Yo solo le pedí que se fuera de la casa esa misma noche.

Los primeros dos meses fueron un infierno.

Lloraba en la ducha para que los niños no me oyeran.

Perdí cinco kilos.

No dormía.

Pero una mañana Ariadne entró a mi cuarto, se subió a la cama y me dijo: “Mami, ¿por qué estás triste todo el tiempo? ¿Ya no nos quieres?”.

Ahí decidí que no iba a permitir que mis hijos crecieran con una madre rota.

Me levanté, busqué terapia, empecé a correr por las mañanas, acepté el puesto de maestra suplente (por el momento) en la universidad y reconstruí mi vida ladrillo por ladrillo.

Georg sigue rogando. Cada vez que viene por los niños intenta hablar de más, me manda flores que tiro a la basura, me escribe cartas larguísimas que no contesto.

Yo mantengo la distancia cordial que los niños merecen: “hola”, “adiós”, “gracias”, “cuídalos bien”.

Nada más.

El dolor ya no me quema, pero tampoco se ha apagado del todo; es una brasa que guardo muy dentro y que solo avivo cuando estoy sola.

Suena el timbre.

Respiro hondo, me miro un segundo en el espejo del pasillo (pelo ahora rubio recogido en una coleta alta, jeans, suéter gris, cero maquillaje; ya no me arreglo para nadie) y abro la puerta.

Ahí está Georg, con esa sonrisa nerviosa que pone cada vez que me ve. Trae la camioneta limpia, los asientos de los niños ya puestos.

—Hola, Billie —dice bajito.

—Hola. Pasa —respondo, abriendo más la puerta.

Los niños corren hacia él gritando “¡papi!” y se le cuelgan como monos.

Él los alza a los dos al mismo tiempo, los besa, les hace cosquillas. Los miro y, por un segundo, recuerdo cuando esa escena era nuestra vida diaria. Sacudo la cabeza y me obligo a volver al presente.

—Tienen sus mochilas con ropa para el fin de semana, el inhalador de Andrew por si acaso, la manta de Ariadne porque no duerme sin ella —enumero con voz neutra—El domingo a las seis los traes, por favor.

—Claro. Como siempre —contesta, y sus ojos buscan los míos un segundo de más.

Yo aparto la mirada.

—Pórtense bien —les digo a los niños, agachándome para abrazarlos fuerte—Los amo hasta la luna ida y vuelta.

—Y nosotros a ti hasta las estrellas y más allá —contestan los dos al unísono, como siempre.

Georg los sube a la camioneta. Cierro la puerta, me quedo parada en el marco viendo cómo se alejan.

Cuando la camioneta dobla la esquina, entro, cierro con llave y, solo entonces, me permito apoyar la frente en la puerta y cerrar los ojos un segundo.

Cinco meses.

Dos hijos hermosos.

Una vida que reconstruí yo sola.

Y aunque todavía duele, ya no me arrodillo.

Ya no.

Hoy tengo la casa en silencio absoluto, ese tipo de silencio que solo llega cuando los niños no están y el eco de sus risas todavía rebota en las paredes.

Ariadne y Andrew se fueron con Georg hace una hora, y aunque duele un poco cada vez que cierran la puerta, también me da espacio para respirar. Me sirvo un té de manzanilla —sin azúcar, como siempre— y me siento en la mesa de la cocina con la laptop abierta, rodeada de notas, libros de texto y un highlighter amarillo que ya está por acabarse.

Todo empezó hace dos semanas. Recibí el correo del decano de la facultad de Ciencias Biológicas: “Estimada Prof. Billie Wieger, nos complace ofrecerle el puesto de profesora titular para el curso introductorio de Biología en el primer semestre de la licenciatura. Su experiencia como adjunta y su tesis sobre desarrollo embrionario la convierten en la candidata ideal”.

Casi me caigo de la silla. Llevaba años esperando algo así, pero con el divorcio y los niños, había dejado de soñar en grande.

Acepté de inmediato, firmé el contrato virtual y ahora aquí estoy, con el corazón latiendo fuerte por los nervios.

El curso es para primer grado, o sea, los chavos de dieciocho que apenas salen del bachillerato y creen que la biología es solo diseccionar ranas.

Quiero hacerles ver que es más: que es vida en su forma más cruda y hermosa, que es entender por qué un corazón late o por qué un embrión se forma perfecto (o no).

Por eso estoy preparando mi primera clase con obsesión.

El tema inicial: “Introducción a la célula: la unidad básica de la vida”. Tengo diapositivas listas en PowerPoint —nada de texto denso, solo imágenes impactantes de microscopía electrónica, un video corto de mitosis en tiempo real y preguntas que los hagan pensar:

“¿Qué pasaría si una célula no se divide bien? ¿Cómo afecta eso a un ser vivo entero?”.

Marco un párrafo en mi libro de referencia sobre meiosis y anoto una idea para un ejercicio práctico: hacer que dibujen un ciclo celular en parejas. Miro el reloj: son las ocho de la noche, y en una semana exacta estaré frente a un auditorio lleno de caras nuevas, con mi bata blanca colgada en el perchero y el proyector encendido. Me tiemblan un poco las manos de emoción —y de miedo, para qué negarlo. ¿Y si no soy suficiente? ¿Y si me trabo al hablar de desarrollo fetal y pienso en mi hijo?

Pero sacudo la cabeza y sigo.

Por mis hijos.

Por la Billie de dieciocho que se enamoró mal y se rompió, pero se levantó.

Guardo el archivo, cierro la laptop por un rato y me estiro.

Mañana sigo.

Hoy, por primera vez en meses, me siento como si el futuro fuera mío otra vez.

Apago la lámpara de la cocina y me quedo un segundo en la oscuridad, disfrutando el silencio antes de que llegue la tormenta de la próxima semana.

Entonces veo el correo nuevo:

“Lista oficial de alumnos inscritos – Biología I, Grupo 101”.

Lo abro. Son 42 nombres. Empiezo a leerlos en voz baja, como siempre hago, para irme familiarizando:

Anderson Müller, Ethan

Becker Schmitt, Olivia

Coleman Wagner, Sophia

Donovan Klein, Mason

Everett Schneider, Ava

Fletcher Richter, Liam

Grayson Weber, Isabella

Harper Lehmann, Noah

Kaulitz Klum, Tom Nicholas

Lawson Fischer, Emma

Mitchell Krueger, Jackson

Parker Hoffmann, Mia

Russell Brandt, Lucas

Sullivan Meier, Charlotte

Thompson Koenig, Amelia

Walker Dietrich, Benjamin

Tom Nicholas KAULITZ Klum

Kaulitz

Kaulitz

KAULITZ!

Vaya que cosas de la vida.

El hijo de Nick.

Muy cerca de mi.

El karma tardó, pero llegó puntual a clases.

Y yo iba a ser la mejor maestra que ese muchacho jamás iba a tener.

&

La semana pasó como un suspiro nervioso.

Entre reuniones de planeación, ajustar el programa de la asignatura, imprimir sílabos y tratar de no obsesionarme con el nombre

“Kaulitz” cada vez que abría la lista de alumnos, los días se me fueron volando.

Por las noches me dormía repasando mentalmente mi primera clase, y me despertaba con el estómago revuelto de emoción y de miedo.

Hoy, lunes 19 de enero, es el gran día: mi debut como profesora titular y, al mismo tiempo, el primer día de Primer grado de primaria de los gemelos.

A las 6:15 a.m. ya estoy en modo comando.

Andrew está sentado en la orilla de su cama, muy serio, guardando sus cuadernos nuevos con la precisión de un adulto.

A su edad ya lee capítulos enteros solo y me corrige si digo mal alguna palabra en inglés.

Lo peino rapidito: el pelo negro lacio, partido de lado, como a él le gusta “para verme grande”.

—Listo, campeón. Te ves guapísimo.

—Gracias, mami —contesta sin levantar la vista de su mochila, donde está acomodando sus lápices de colores por orden cromático.

Luego viene Ariadne, la reina del drama capilar.

—¡Hoy quiero dos trenzas francesas invertidas con moños rosas y dorados que se crucen atrás como corona de princesa guerrera! —exclama antes de sentarse.

Suspiro, pero sonrío. Es idéntica a su papá en lo terca y creativa. Me lleva veinte minutos exactos domar su melena rubia ondulada (heredó el color de la familia de Georg) hasta dejarle el peinado más complicado del universo.

Cuando termino, se mira al espejo y chilla de emoción.

—¡Eres la mejor mamá del mundo mundial!

A las 7:00 ya están los dos uniformados, mochilas puestas, loncheras listas con sándwich de Nutella para ella y de jamón con queso para él.

7:20 en punto: suena el timbre.

Andrew sale disparado.

—¡Yo abro, yo abro!

Corre a la puerta, la abre y grita:

—¡Pasa, papi!

Segundos después, Georg entra con esa sonrisa nerviosa de los primeros días de clases.

Lleva una camisa negra que le queda demasiado bien y el perfume de siempre. Andrew se le lanza encima y Georg lo carga en brazos como si no pesara nada.

—Buenos días, hombrecito. ¿Listo para conquistar primer grado?

—¡Listísimo! —contesta Andrew, orgulloso.

Georg me mira un segundo de más.

—Buenos días, Billie.

—Buenos días —respondo seca, pero educada. Por los niños.

Entramos al cuarto de Ariadne.

Ella está de pie en la silla, admirándose en el espejo. Cuando ve a su papá, abre los brazos como estrella de cine.

—¡Papi, mira mi pelo! ¡Mami me hizo magia!

Georg se queda boquiabierto.

—Estás… ¡wow! Estás preciosa, mi princesa.

La baja de la silla, la abraza fuerte y después me mira por encima de su cabeza.

—Gracias —dice bajito— Se ve increíble.

—De nada —contesto, sin sonreír.

Tomo las mochilas, les pongo sus suéteres, les doy un beso a cada uno en la frente.

—Pórtense bien, hagan caso, coman todo y… diviértanse mucho, ¿ok?

—¡Sí, mami!

Georg carga a los dos al mismo tiempo (uno en cada brazo) y se dirige a la puerta.

—Los llevo y los entrego en el salón, no te preocupes. Te mando fotos cuando estén sentaditos.

—Perfecto.

Cierro la puerta detrás de ellos, me quedo un segundo apoyada en ella y respiro profundo.

Hoy mis gemelos empiezan su primer grado.

Y yo, en unas cuantas horas, tendré frente a mí al hijo del hombre que me rompió la vida.

Que empiece el juego.

Continúa…

Gracias por la visita. No olvides comentar 😉

por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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