
Fic TOLL de Beth
Capítulo 7
Primero ducha larga, agua casi hirviendo para despertarme la piel. Me depilé todo, aunque nadie lo iba a ver: ritual de guerra. Salí, me puse crema con olor a vainilla y coco, y me quedé frente al clóset más tiempo del necesario.
Quería verme intocable.
Elegí una falda lápiz negra hasta la rodilla, con una abertura sutil atrás que solo se nota al caminar.
Blusa de seda blanca, cuello alto pero ligeramente traslúcida en los hombros, metida por dentro para marcar cintura.
Blazer negro entallado, pero me lo quité y lo volví a poner tres veces: quería autoridad sin parecer armadura.
Al final lo dejé colgado en el respaldo de la silla; hoy iba a enseñar con las mangas arremangadas.
Tacones negros de punta fina, 8 cm: lo suficiente para que me vea alta y segura, pero no tanto como para no poder caminar todo el día.
Pelo suelto, lacio, con la raya al lado y un poco de volumen en las raíces.
Maquillaje “no makeup”: base ligera, corrector, pestañas marcadas, un toque de iluminador en los pómulos y labial rojo oscuro mate que dice “puedo sonreír o puedo destruirte, tú eliges”.
Me miré al espejo grande del pasillo, giré despacio y me gustó lo que vi: sexy pero recatada, profesora pero no monja, mujer que ya no pide permiso para ocupar espacio.
Preparé el maletín como si fuera al juicio final: laptop, apuntador láser, marcadores para pizarrón (negro, azul y rojo), 42 copias del sílabus dobladas perfectamente, una botella de agua, un caramelo de menta por si me da ansiedad y en el bolsillo interior.
Salí de casa a las 7:55, el aire fresco de enero me golpeó la cara y me hizo sentir viva.
Llegué a la universidad a las 8:25. El campus ya olía a café y nervios de primer día.
Subí al edificio de Ciencias, tacones resonando en el pasillo vacío, y entré al salón de profesores como si siempre hubiera pertenecido ahí.
La directora Elena, me estaba esperando con una sonrisa enorme.
—Profesora Wieger, bienvenida oficialmente. Vengan todos, les presento a Billie, nuestra nueva titular de Biología I.
Un círculo rápido de saludos: el Dr. Morales de Química que me dio la mano demasiado fuerte, la Profa. Guzmán de Genética que me abrazó como si nos conociéramos de años, el joven de Física que se quedó mirando dos segundos de más. Sonrisas, “mucho gusto”, “éxito en tu primera clase”, “nos vemos en la comida”.
Cada quien tomó su maletín y se dispersó hacia sus salones.
Yo llegué al aula 203 a las 8:42. Estaba vacío, luz fluorescente fría, 45 lugares con paleta, pizarrón limpio.
Dejé el maletín en el escritorio, abrí la laptop, conecté el proyector. Escribí en el pizarrón con letra grande y firme:
BIOLOGÍA I – GRUPO 101
Profesora. Billie Wieger
“La vida empieza con una sola célula… y a veces una sola decisión lo cambia todo”.
Encendí el proyector, puse la primera diapositiva: una micrografía preciosa de una célula en división.
Acomodé los sílabus en abanico perfecto sobre el escritorio. Respiré hondo.
8:58. Se empiezan a oír pasos en el pasillo, risas nerviosas, mochilas que chocan.
9:00 en punto.
Abro la puerta de golpe, me paro en el umbral con los brazos cruzados y una sonrisa que no llega a los ojos.
—Buenos días. Pasen y tomen asiento. Hoy empieza su primera clase de verdad
Entro, cierro la puerta con un golpe seco que hace que las últimas charlas se apaguen de golpe y camino hasta el centro del escritorio sin prisa.
Cuarenta y dos pares de ojos me siguen.
Algunos curiosos, otros desafiantes, la mayoría con esa mezcla de sueño y resaca de fin de semana largo.
Me apoyo en el borde del escritorio, cruzo los brazos y dejo que el silencio se haga incómodo diez segundos exactos.
—Buenos días —digo al fin, con voz clara, sin gritar—Soy su maestra Billie durante los próximos meses, voy a ser la persona que decida si entienden o no cómo funciona la vida. Literalmente—Se oyen un par de risitas nerviosas. Las corto con una mirada—Aquí no hay curva, no hay “profe buena onda” que regale puntos por asistencia ni por memes en el grupo de WhatsApp que, por cierto, no existe. Aquí se aprende o se reprobó. Simple.
Enciendo el proyector.
Aparece la primera diapositiva: una micrografía en blanco y negro de una sola célula en división.
—Esta es una célula humana en metafase. Hace dieciocho años, cada uno de ustedes era exactamente esto: una bola microscópica de ADN que ni siquiera sabía que iba a existir. Y hoy están aquí, respirando, pensando que son invencibles… porque un montón de células decidieron hacer su trabajo bien.
Hago una pausa.
Recorro el salón con la mirada, fila por fila, hasta que encuentro lo que busco.
Primera fila, asiento del pasillo: un chico alto, pelo en rastas en una coleta alta, ojos marrón que me miran con una mezcla de curiosidad y algo más… algo que me revuelve las entrañas.
Tom Nicholas Kaulitz.
Es idéntico a su padre.
La misma mandíbula, la misma forma de ladear la cabeza, hasta la misma maldita media sonrisa de quien sabe que es guapo y lo usa como arma.
Nuestras miradas se cruzan dos segundos.
Él no sabe quién soy.
Yo sí sé quién es él.
Y por dentro sonrío con hielo.
—Bienvenidos a Biología I —continúo, sin apartar los ojos de él un segundo más—Hoy vamos a hablar de cómo una sola decisión celular puede crear vida… o destruirla por completo.
Doy un clic.
La siguiente diapositiva: un cigoto humano de cuatro células.
Y empiezo la clase.
Las siguientes dos horas pasan volando… y, para mi sorpresa, vuelan bien.
Empiezo con la diapositiva de la célula en división.
—Miren esto. Hace menos de dos décadas, cada uno de ustedes era exactamente esto: una célula. Una sola. Ni corazón, ni cerebro, ni ojos. Solo una bolsita de membrana con ADN dentro. Y sin embargo, aquí están, con audífonos de 20 mil pesos, pensando en la fiesta del viernes y preguntándose si van a reprobar mi materia.
Se oyen risas suaves, de las buenas.
El hielo se rompe.
Explico la teoría celular con un lenguaje que no suena a libro de texto del siglo pasado: comparo la membrana plasmática con la seguridad de un antro (“solo entra lo que tiene VIP en la molécula”), el núcleo con el DJ que controla toda la música (el ADN), y las mitocondrias con las baterías externas que todos llevan en la mochila.
Uso analogías que ellos entienden: TikTok, Netflix, Uber Eats. Se ríen, toman notas, algunos graban fragmentos con el celular (les permito, siempre y cuando no me suban a TikTok sin mi permiso).
Cuando paso a la mitosis, proyecto un video en time-lapse real de una célula dividiéndose.
El aula se queda en silencio absoluto; solo se oye el “ooh” colectivo cuando los cromosomas se alinean perfecto en la placa metafásica.
—Esto pasa millones de veces por segundo en su cuerpo ahora mismo— digo—Y si una sola vez falla… puede ser cáncer. O puede ser nada. La vida es así de frágil y así de precisa al mismo tiempo.
Levanto la mano para frenar preguntas y, para mi sorpresa, varias manos se alzan solas.
Una chica de la tercera fila, Olivia Becker Schmitt, pregunta:
—Miss, ¿entonces el cáncer es solo un error de copia del ADN?
—Exacto. Un error que el cuerpo no corrige. Pero también hay mecanismos de reparación brutales. En la siguiente unidad vemos p53, la proteína que básicamente es el superhéroe que decide si la célula vive o se suicida por el bien del organismo.
Otro chico, Liam Fletcher Richter, del fondo:
—¿Y por qué algunas células se siguen dividiendo aunque ya no deberían? ¿Como las de cáncer cuando hacen metástasis?
Sonrío de verdad por primera vez en el día.
—Excelente pregunta. Eso se llama pérdida del control del ciclo celular. Hay oncogenes que se prenden cuando no deben y genes supresores que se apagan. Piensen en los frenos y el acelerador de un coche: si quitas los frenos y pisas a fondo… adiós.
Tom Kaulitz no ha hablado todavía. Está en la fila, tomando notas con letra grande y desordenada, pero atento.
Cada vez que paso cerca de su asiento siento su mirada siguiéndome, curiosa.
Yo finjo que no lo noto.
Cerca del final, proyecto una imagen de un embrión humano de 4 días: una mórula perfecta.
—Este es el día 4 después de la fecundación. Todavía no tiene forma humana, pero ya tiene destino: aquí se decide si va a ser una persona o si algo falla y no sigue. La biología no perdona errores… pero tampoco los juzga.
Se hace un silencio denso.
Nadie tose, nadie revisa el celular.
Y entonces, por primera vez en toda la clase, Tom Kaulitz levanta la mano.
Me detengo. Lo miro directo a los ojos (los mismos ojos miel de su padre) y le doy la palabra con voz neutra.
—¿Sí?
Él carraspea un poco.
—¿Y… qué pasa cuando algo falla muy temprano? ¿El cuerpo simplemente… lo descarta?
El corazón me late tan fuerte que creo que se oye en el aula.
Sonrío, lenta, fría.
—Exacto. A veces el cuerpo sabe antes que nosotros que algo no va a funcionar. Y toma la decisión por su cuenta. Es cruel… pero es biología.
Bajo la mano. Nadie más pregunta.
Apago el proyector.
—Para la próxima clase lean el capítulo 3 de su libro y traigan una pregunta escrita que no esté en el libro. Se vale Google, se vale ChatGPT… pero quiero que piensen.
Nos vemos el miércoles.
Recogen sus cosas en silencio, algunos se acercan a saludar, a decir “estuvo increíble, profe”, a pedirme mi correo por si tienen dudas.
Tom Kaulitz es el último en levantarse.
Pasa junto al escritorio, duda un segundo, y finalmente dice bajito:
—Gracias, maestra. Estuvo… intensa la clase.
Le sonrío con los labios, no con los ojos.
—De nada. Nos vemos el miércoles.
Cierra la puerta.
Me quedo sola en el aula vacía, respirando por primera vez en dos horas.
Primer round: ganado.
&
Llevo ya casi una semana dando clases a los de nuevo ingreso y, por primera vez en mucho tiempo, llego a casa con la sensación de que controlo algo en mi vida. Son las 2:00 p.m., dejo las llaves en el bowl de la entrada, me quito los tacones y le mando mensaje a Georg:
Billie (14:07)
Ya estoy en casa. ¿Me los traes, por favor?
Georg (14:08)
Salimos ya. En 25-30 min estamos ahí.
Me cambio a pants y sudadera, preparo jugo de mango y pongo galletas en un plato. A las 2:37 suena el timbre.
Abro y ahí están mis dos soles. Ariadne y Andrew se lanzan sobre mí como si llevaran semanas sin verme en vez de dos días.
—¡Mami! —gritan al unísono y me llenan de abrazos, besos y olor a sol y crayolas.
Los aprieto fuerte, huelo sus cabecitas y siento que el día ya vale la pena.
Cuando nos separamos, Andrew, con esa sinceridad brutal de los 6 años, suelta:
—Mami, hoy papi y la profe Susanne se dieron un beso en los labios.
En cuanto termina la frase se tapa la boca con las dos manos, los ojos como platos, dándose cuenta de lo que acaba de decir. Ariadne lo mira horrorizada.
—¡Andrew! ¡Eres un chismoso! —le regaña, y lo jala del brazo hacia las escaleras—¡Vamos a tu cuarto ya!
Los dos suben corriendo, Ariadne reprendiendo en voz baja y Andrew murmurando “pero es verdad…”.
Yo me quedo parada en el marco de la puerta, con el corazón latiéndome en la garganta.
Miro a Georg.
Él está pálido, con la mochila de los niños todavía colgada al hombro.
—Billie… —empieza, dando un paso hacia dentro.
Levanto la mano para detenerlo.
—No —digo con voz baja pero firme—No hace falta que expliques nada. Solo… por favor, no hagas esas cosas delante de ellos. Son niños. No tienen por qué ver eso.
Intenta acercarse otra vez, la voz temblorosa.
—No fue nada, te lo juro, solo fue un beso de despedida, ella…
—Georg —lo corto, mirándolo a los ojos—Vete.
No grito.
No lloro.
Solo cierro la puerta despacio, echo el pestillo y me quedo apoyada en ella un segundo, respirando profundo.
Desde arriba se oye a Ariadne regañando a su hermano y a Andrew defendiendo su “verdad”.
Subo las escaleras, me seco la lágrima que se me escapó sin permiso y entro al cuarto.
—Ven aquí, mis amores —les digo abriendo los brazos—Vamos a merendar y me cuentan cómo les fue en la escuela… todo lo que quieran contarme.
Los abrazo fuerte otra vez.
Y aunque por dentro algo se quiebra de nuevo, afuera soy la mamá que ellos necesitan: entera, fuerte y con galletas recién horneadas.
Porque por ellos, siempre.
Continúa…
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