Administración: Este es otro fic que le han eliminado a Beth, y aunque ella lo está rescatando en wattpad, lo vamos a archivar aquí, por seguridad y para su deleite 😉

Fic TOLL de Beth

Capítulo 1

«Que tu vida sea un eterno recordatorio de lo que me quitaste, y que cada aliento que tomes sepa a la hiel que me obligaste a tragar… porque yo volveré, y cuando lo haga, te arrancaré la sonrisa con mis propias manos.»

PASADO

BILLIE

Aquel día lloviznaba en la ciudad. Nick me esperaba en su camioneta negra a dos cuadras de la universidad, como siempre. Subí corriendo, empapada, y antes de cerrar la puerta ya nos estábamos besando como si lleváramos meses sin vernos en lugar de apenas cuatro días. Él olía a colonia cara y a peligro. Yo olía a juventud y a ganas de quemarme entera.

Conducía rápido, una mano en el volante, la otra apretándome el muslo por encima de la falda del uniforme. No hablamos. No hacía falta. Llegamos al apartamento del centro, el que pagaba con la excusa de “trabajo cerca de la oficina”.

Subimos en el ascensor mirándonos como animales. En cuanto la puerta se cerró detrás de nosotros, me empujó contra la pared.

Sus labios sabían a café y a deseo contenido. Me alzó con facilidad —yo apenas pesaba cuarenta y ocho kilos— y mis piernas se enredaron en su cintura por instinto. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando el sostén bajo la blusa sin siquiera verla. Lo tiré al suelo junto con la vergüenza.

—Billie… —susurró contra mi cuello, mordiendo suave—Eres lo más bonito que me ha pasado en la vida.

Mentía, claro.

Pero yo quería creerle.

Nos besamos hasta que nos faltó el aire. Me llevó en brazos al cuarto, me dejó caer sobre la cama y se quitó la camisa con esa urgencia que me volvía loca. Yo me quité todo lo demás sin prisa, sabiendo que a él le gustaba mirarme desnuda, como si fuera una obra de arte que solo él podía tocar.

Se quedó de pie un segundo, observándome. La luz de la tarde entraba por la ventana y dibujaba sombras en su pecho.

Tenía casi treinta años, el cuerpo de hombre que entrena por disciplina, no por moda. Yo, con casi 18, ya sabía exactamente cómo volverlo loco.

Me arrodillé en la cama y lo atraje hacia mí. Le bajé el cierre con los dientes —una de sus fantasías favoritas— y él soltó un gruñido bajo que me recorrió la columna.

—Despacio, mi amor —dijo, enredando los dedos en mi pelo negro—Quiero disfrutarte.

Pero ninguno de los dos era bueno siguiendo órdenes.

Lo tomé en mi boca sin preámbulos. Lo conocía de memoria: cada vena, cada suspiro, el punto exacto detrás de la cabeza que lo hacía cerrar los ojos y maldecir en voz baja. Subía y bajaba lento al principio, luego más rápido, usando la lengua como él me había enseñado. Sus caderas se movieron solas, buscando más profundidad.

—Dios, pequeña… así… justo así…

Me levantó de pronto, me giró boca abajo y entró en mí de una sola estocada.

Grité….de placer, de dolor, de todo junto.

Era grande, siempre lo había sido, y yo todavía me sorprendía de cómo mi cuerpo se abría para recibirlo entero. Me agarró las caderas y empezó a moverse con fuerza, sin contemplaciones.

El sonido de piel contra piel llenaba la habitación.

—Cambio —jadeó, saliendo de mí.

Me volteó de espaldas, me abrió las piernas y volvió a hundirse hasta el fondo. Lo abracé con piernas y brazos, clavándole las uñas en la espalda. Nos movimos como si el mundo se acabara esa tarde.

—Dime que eres mía —susurró contra mi boca, embistiendo más fuerte.

—Soy tuya… solo tuya…

Mentira también. Pero en ese momento lo creía.

Me puso encima. Cabalgué despacio al principio, girando las caderas en círculos que lo hacían apretar los dientes. Luego más rápido, apoyando las manos en su pecho, sintiendo cómo sus dedos se hundían en mis muslos. Bajé para besarlo y él tomó el control desde abajo, levantando las caderas con una fuerza que me arrancaba gemidos sin control.

—Quiero verte correrte —dijo, y metió la mano entre nosotros.

Dos círculos de su pulgar y exploté.

Me tembló todo el cuerpo, apreté los ojos y grité su nombre contra su cuello. Él siguió moviéndose, prolongando el orgasmo hasta que no pude más y me derrumbé sobre su pecho. Segundos después lo sentí tensarse, gruñir mi nombre y vaciarse dentro de mí con un último empujón profundo.

Nos quedamos así un rato, sudorosos, respirando agitado. Yo dibujaba círculos perezosos en su pecho. Él acariciaba mi pelo.

Y entonces todo cambió.

Se levantó de golpe, como si de pronto la cama quemara. Se puso los bóxers, los pantalones, la camisa. Ni siquiera me miró. Fue hasta la ventana, abrió las cortinas y encendió un cigarro.

El humo subió lento hacia el techo.

Yo me quedé enredada en las sábanas, desnuda y confundida.

—¿Qué pasa? —pregunté con voz pequeña.

Él dio una calada larga. La ciudad brillaba abajo, indiferente.

—Esto tiene que terminar, Billie.

Silencio. Solo el latido de mi corazón retumbando en los oídos.

—¿Por qué ahora? —logré articular.

—Heidi sospecha. Ya no son solo celos. Encontró mensajes… un recibo del hotel la semana pasada. No puedo arriesgar a mi familia.

Me senté en la cama, aferrando la sábana al pecho.

—Podemos vernos menos. Dos veces al mes. Una. Lo que tú digas. Pero no me dejes, por favor…

Se giró un poco, lo justo para verme de reojo.

—No funciona así, pequeña. Tú lo sabías desde el principio.

Me levanté, la sábana arrastrándose detrás de mí como una novia abandonada. Lo abracé por la espalda, apoyé la mejilla entre sus omóplatos.

—Dime qué tengo que hacer y lo hago. Me conformo con migajas si es contigo.

Él apagó el cigarro a medias, se soltó con suavidad pero firme.

—No hay migajas que alcancen, Billie.

Y entonces soltó la bomba—Heidi está embarazada. De cuatro meses.

El aire se me escapó de los pulmones. Sentí que me ahogaba de pie.

—Tú… tú me dijiste que ya no la tocabas. Que te daba asco después del primer hijo. Que solo era por el niño que seguías ahí…

—Mentí —dijo sin más, sin disculparse— Tuvimos una pelea fuerte y… pasó. Una vez. Pero pasó.

El mundo se volvió rojo.

Empecé a golpearle el pecho con los puños cerrados, como niña en pataleta.

—¡Mentiroso! ¡Me juraste que eras solo mío! ¡Me hiciste creer que esto era real!

Él me tomó las muñecas con facilidad, apretando hasta que dolía.

—¡Basta! ¡Tú sabías perfectamente que estaba casado! ¡Que tenía un hijo! ¡Esto nunca iba a ser una maldita novela, Billie!

Intenté soltarme, furiosa, y le escupí en la cara.

Se quedó quieto un segundo.

Vi la saliva resbalar por su mejilla. Respiró hondo, cerró los ojos, contó hasta tres mentalmente.

Luego me empujó hacia la cama con tanta fuerza que caí de espaldas.

Se subió encima, inmovilizándome con su peso.

—Escúchame bien —dijo bajo, peligroso—Te di más de lo que cualquier hombre en su sano juicio le daría a una niña como tu. Te di tiempo, dinero, orgasmos que ni siquiera sabías que existían. Pero se acabó. No me busques más. No llames, no escribas, no aparezcas. ¿Entendiste?

Me soltó. Se levantó. Tomó las llaves, la cartera, el celular.

En la puerta se detuvo un segundo sin voltear.

—Cuídate, Billie.

Y cerró de un portazo.

Me quedé mirando el techo.

El olor a sexo y a cigarro todavía flotaba en el aire.

Me abracé las rodillas y empecé a temblar.

Primero fue un sollozo pequeño, casi un hipido. Luego otro. Y de pronto estaba gritando, gritando como si me arrancaran las entrañas.

Golpeé la almohada hasta que se rompió la funda y salieron plumas por todos lados.

Me arañé los brazos, el cuello, el pecho, queriendo sacar el dolor por algún lado.

Me metí a la regadera y abrí el agua helada. Me quedé ahí hasta que los dientes me castañeteaban y la piel se me puso morada. Me froté con furia entre las piernas, como si pudiera borrar lo que acababa de pasar adentro de mí.

Salí, me vestí con la ropa tirada en el suelo y me miré al espejo.

Tenía los ojos hinchados, el rímel corrido, el pelo hecho un desastre. Parecía una loca.

Y en ese momento, con el corazón hecho trizas y el cuerpo todavía palpitando por él, juré dos cosas:

Primera: que algún día me las iba a cobrar.

Segunda: que nunca más volvería a rogarle a nadie.

Tomé mi mochila, salí del apartamento y cerré la puerta sin mirar atrás.

&

Llegué a casa cuando ya era de noche.

Caminé las últimas cuadras como sonámbula, con la mochila colgando de un solo hombro y los ojos tan hinchados que apenas veía por dónde iba.

Abrí la puerta con cuidado, pensando que mamá ya estaría dormida.

Error.

Ella estaba sentada en la sala, con la lámpara de lectura encendida y un té que ya se había enfriado en la mesa.

En cuanto me vio, dejó el libro y se levantó de un brinco.

—¿Billie? Hija, ¿qué te pasó?

No pude contestar. Solo corrí y me estrellé contra su pecho como cuando tenía cinco años y me caía de la bicicleta. Me abrazó fuerte, con esa fuerza callada que solo tienen las madres que han criado solas.

Olía a la crema que se ponía en las manos todas las noches.

—Shhh, mi niña… ya estás en casa… ya estás en casa…

No le pregunté cómo sabía que algo andaba mal. Las madres simplemente saben.

Me llevó al sofá, me sentó en su regazo aunque yo ya era más alta que ella, y me dejó llorar hasta que la blusa le quedó empapada. Me acariciaba el pelo, me besaba la frente, me mecía como si todavía pudiera cargarme en brazos.

—No tienes que decir nada ahora —susurraba—Solo respira, mi amor. Respira conmigo.

Y yo respiraba entre hipidos, aferrada a su cintura como si fuera lo único que me mantenía viva.

Esa noche dormí con ella. Me metí en su cama como cuando era niña y tenía pesadillas.

Me abrazó por detrás, cucharita, y me cantó bajito una canción que ya ni recordaba.

Dormí llorando y desperté llorando.

Los días siguientes fueron un borrón gris.

Seguía yendo a la universidad porque mamá no me dejaba faltar, pero era como si mi cuerpo asistiera a clases y mi alma se hubiera quedado en aquel apartamento. Tomaba apuntes sin ver lo que escribía. Contestaba monosílabos.

Mis amigas me mandaban mensajes que leía y no respondía.

Dejé de maquillarme, de peinarme, de importarme.

Mis calificaciones cayeron en picada.

La Billie que sacaba dieces en todo se volvió una alumna promedio que entregaba tareas a medias y se sentaba hasta atrás.

Solo Georg se quedó.

Georg, mi mejor amigo desde la secundaria, el castaño desgarbado que siempre olía a libros y café.

Él no preguntaba. Solo aparecía.

Cuando me daba un ataque de ansiedad en el baño de la facultad ,esas olas que me ahogaban de repente, el corazón a mil, las manos temblando, sintiendo que me moría, él entraba sin importar si era baño de mujeres, me sentaba en el suelo y me obligaba a respirar dentro de una bolsa de papel.

—Cuatro segundos inhalando… siete reteniendo… ocho exhalando… otra vez… vamos hazlo conmigo.

No sabía nada de Nick. Nadie sabía.

Pero Georg estaba ahí cada vez que me rompía.

Mamá me cuidaba como si yo tuviera diez años menos.

Me preparaba el desayuno aunque yo no tuviera hambre.

Me revisaba la temperatura aunque no tenía fiebre.

Me obligaba a comer aunque fuera tres cucharadas de sopa.

Por las noches entraba a mi cuarto para ver si respiraba.

—Tu papá se fue cuando tenías seis años —me dijo una vez, mientras me cepillaba el pelo como cuando era pequeña— Y juré que nadie más te iba a romper el corazón mientras yo estuviera viva.

No le dije que ya era tarde para eso.

Me recetaron ansiolíticos.

Pequeñas pastillas blancas que me dejaban la boca seca y el cerebro envuelto en algodón.

Las tomaba sin chistar porque al menos así dormía cuatro horas seguidas sin soñar con él.

Me volví un fantasma de mí misma. Pelo negro opaco, ojeras permanentes, ropa ancha que ocultaba el cuerpo que antes presumía.

Dejé de escuchar música.

Dejé de reírme.

Dejé de ser Billie.

Solo existía para sobrevivir al siguiente minuto sin derrumbarme.

Georg se volvió mi sombra buena.

Venía a casa los fines de semana con películas que no veíamos porque yo me dormía a los diez minutos. Me traía helado de chocolate aunque supiera que no lo tocaría. Se quedaba callado horas conmigo en el sofá, leyendo mientras yo miraba la pared.

Una noche, después de un ataque especialmente feo donde creí que me moría, juro que creí que me moría, desperté en el hospital.

Mamá dormía en la silla de al lado, con la mano todavía agarrando la mía.

Georg estaba en el pasillo, con la cabeza entre las manos.

Cuando me dieron de alta, él me acompañó a casa en silencio.

En la puerta me abrazó fuerte, como si temiera que me desarmara.

—No tienes que contarme nada nunca —dijo contra mi pelo—Pero tampoco tienes que pasar por esto sola.

Y yo, por primera vez en semanas, lloré sin sentir que me ahogaba.

Pasaron meses así.

Lentos, pesados, llenos de pastillas y noches sin dormir.

Mamá dejó de trabajar medio tiempo para estar más conmigo.

Georg dejó de salir con sus otros amigos para no dejarme sola.

Y un día, sin darme cuenta cómo, dejé de despertarme queriendo morirme.

No fue mágico.

No fue de repente.

Fue un martes cualquiera en que me lavé el pelo y me miré al espejo sin odiar a la chica que me devolvía la mirada.

Seguía doliendo.

Dios, cómo dolía.

Pero ya no me mataba.

Y en algún rincón oscuro de mi pecho, muy muy adentro, empezó a crecer algo nuevo.

No era perdón.

Era odio frío, calculado, paciente.

Continúa…

Gracias por la visita. No olvides comentar 😉

por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!