Fic TWC de Khira
Capítulo 10
Llegaron al recinto al cabo de quince minutos de trayecto. Los cuatro integrantes del grupo se concentraron en una zona del backstage pocos minutos antes de comenzar el concierto, como era su costumbre.
Bill empezó a pasear por la habitación de arriba abajo.
—Todo va a salir genial —decía Tom desde el sofá donde estaba sentado—. Todo va a salir genial. ¿A que sí, Bill? —le preguntó de repente con una sonrisa.
En realidad Bill no las tenía todas consigo, pero no quería preocupar a su hermano.
—Sí —le dijo a la vez que le devolvía la sonrisa.
Vio como Tom se levantaba del sofá y se acercaba a él.
—¿Te pasa algo? —le preguntó en voz más alta de la que hubiera preferido. Pero Georg se había metido en el baño y Gustav llevaba puestos unos cascos de música, así que nadie le había escuchado.
—¿A mí? Nada —respondió Bill, aunque sabía que Tom era difícil de engañar—. Bueno, estoy un poco… nervioso.
—¿Nervioso? ¿Nervioso por qué?
—Por mi voz… —al ver el gesto de preocupación del guitarrista se apresuró a añadir—: No, no, mi voz está bien, pero es que… no consigo quitarme el temor a desafinar…
—Eso es psicológico, Bill… No tienes qué pensar así…
—Lo sé…
En ese momento entró David y supieron que había llegado la hora.
—Chicos, al escenario. Vuestras fans os esperan —dijo el productor—. ¿Y Georg?
—Estoy aquí —dijo el bajista saliendo del baño.
—Pues venga, a por ellas.
Los cuatro chicos fueron saliendo uno por uno de la estancia. David les dio una palmada en el hombro a cada uno. Mientras avanzaban hacia el escenario, Bill respiró hondo, y poco a poco se fue calmando. Y es que sobre el escenario, Bill Kaulitz conseguía olvidarse de todas sus preocupaciones.
&
Miércoles (cont.)
La mano áspera de Frank se deslizó varias veces por los cabellos de Bill, colocando de vez en cuando un par de mechones tras su oreja, hasta detenerse en su nuca.
Bill tenía los labios apretados y todos los músculos en tensión.
«Por favor, que no sea nada de eso… Por favor, por favor, por favor…», rogó mentalmente.
El simple hecho de tener a ese loco tan cerca le asqueaba profundamente. Posó su mirada en el vaso de zumo que Frank sostenía en su mano izquierda. Pero tenía tanta sed…
—Frank… Déjame beber algo… Por favor… —gimió.
—Lo haré… Pero ya te lo he dicho… Antes tienes que hacer algo por mí…
Bill tragó un poco de la escasa saliva que le quedaba en la garganta.
—¿El… el qué? —consiguió preguntar.
Frank acercó un poco más sus rostros. Ahora Bill miraba al suelo, pero podía sentir su aliento sobre su frente. Apretó fuertemente los puños.
—Quiero que… cantes para mí.
El cuerpo de Bill se relajó un poco.
—¿Cantar…? —repitió.
—Sí. Quiero oírte cantar para mí solo.
—Frank… No… no creo que pueda…
De pronto Frank le soltó y se apartó de él de forma algo brusca. El muchacho le miró a los ojos y vio una expresión que no le gustó un pelo.
—¿No quieres cantar para mí? —preguntó en un tono que a Bill se le antojó peligroso.
—¡No! No es… eso… —replicó angustiado—. Es que me duele… mucho… la garganta, Frank… Tengo mucha sed… Necesito… beber algo…
La expresión de Frank se relajó, pero siguió en sus trece.
—Te daré de beber, pero antes quiero que cantes algo. Aunque sea una estrofa.
«Maldita sea…»
—Está… Está bien…
Bill pensó rápidamente en alguna canción que no requiriera de demasiado esfuerzo en cuanto a la entonación. La primera que le vino a la mente fue «In Die Nacht». Decidió que esa misma estaba bien.
Se incorporó lo más que su entumecido cuerpo le permitió. Trató de carraspear, pero ni eso consiguió. Inspiró profundamente.
—In mir… wird es… langsam kalt…
Ni siquiera cuando lo del quiste su voz sonaba tan ronca como en ese momento. Aún así continuó.
—Wie lang… könn wir beide hier… noch… sein…
No podía. Tratar de entonar cualquier nota era un infierno. Empezó a sollozar.
—Frank… No puedo… Por favor…
Finalmente su carcelero se ablandó.
—Está bien…
Alzó el vaso de zumo y se lo entregó a Bill, quien lo recibió como oro en paño.
Con manos temblorosas, se acercó el preciado líquido a sus labios resecos y empezó a beber lo más despacio que pudo. Aún así, el zumo se terminó pronto, y Bill, aunque ya empezaba a sentirse algo mejor, seguía teniendo sed.
—¿Podrías… podrías traerme otro vaso… por favor…?
Frank se lo pensó unos segundos. Después se puso en pie.
—¿Zumo o agua?
—Mejor agua…
—Enseguida vuelvo.
—Gracias…
Bill se quedó solo de nuevo en la habitación. Le dio por pensar que hacía mucho tiempo que no era tan «educado». Con tanta gira y tanta atención recibida, se había mal acostumbrado a dar casi órdenes en lugar de pedir las cosas por favor. Pero era evidente que en la situación en la que se encontraba, actuar como una «diva», tal y como le habían acusado en alguna ocasión sus propios compañeros de banda, no era muy recomendable…
Lo mejor de momento era estar «a buenas» con Frank… De eso ya se había dado perfecta cuenta.
Al cabo de cinco minutos Frank regresó con una botella de agua de dos litros que dejó a su lado. El muchacho cogió la botella, la destapó, y se bebió casi la mitad sin respirar.
Cuando Frank fue a recogerla, Bill la agarró más fuerte.
—¿Podrías dejarla aquí…?
Frank retiró la mano.
—Está bien. Pero ahora tienes que cantar para mí.
Bill asintió, resignado. Aunque hubiera calmado su sed, no se sentía aún con fuerzas para entonar, pero sabía que debía hacerlo.
Empezó a cantar «In Die Nacht» desde el principio.
Frank se acomodó enfrente de él, escuchándole embelesado.
A medida que cantaba, Bill iba recordando el significado que esa canción tenía para él. Recordó incluso el momento en el que empezó a componerla, una noche tras un día de intenso trabajo en el estudio de grabación, durante el cual Tom había estado más atento con él de lo habitual, debido a que ese día Bill había acudido al estudio con fiebre. Su hermano no se había separado de él ni un momento, preguntándole cada dos por tres si se sentía bien o si quería que volvieran a casa.
Era una tontería, pero ese día Bill se había sentido importante al acaparar por completo la atención de su hermano.
Pocas veces sucedía eso…
Normalmente, Tom siempre estaba más pendiente de su aspecto, de sus guitarras o de sus groupies que de él. Bill ya se había acostumbrado… o lo intentaba.
La canción terminaba, y Bill no pudo evitar que los ojos se le anegaran en lágrimas.
«Tom… Tom, por favor… Sácame de aquí…»
Justo al pronunciar la última línea de la canción, una lágrima se escapó y rodó por su mejilla.
No se molestó en secársela. Pero Frank sí lo hizo, sobresaltándole. No pudo evitar apartarse de su contacto, asqueado.
Observó cómo el rostro de Frank se oscurecía de nuevo. Bill quiso decir algo para arreglarlo, pero su carcelero se le adelantó.
—Me voy a trabajar… —le informó.
—Vale… —murmuró Bill.
—Hasta luego.
—…
Bill observó como el hombre desaparecía otra vez por la puerta. Escuchó pasos que se alejaban escaleras arribas; y poco después el sonido del motor de un coche alejándose. Frank se había marchado.
La botella de agua seguía en sus manos. Bill la destapó otra vez y bebió un par de sorbos más. Luego la dejó a un lado, bien cerca.
Apoyó la espalda en la pared y estiró la pierna izquierda. La derecha no podía porque la tenía esposada. Bill se arremangó la pernera y examinó su tobillo. Como en las últimas horas había permanecido tan quieto, en algunas de las laceraciones habían empezado a formarse costras. Tendría que ir con más cuidado aún si no quería que el aro se las arrancara con el roce y que volvieran a sangrar y a doler.
Se quitó las deportivas para estar un poco más cómodo. Luego apoyó también la cabeza en la pared y así esperó a que las horas pasaran, atento a cualquier ruido que proviniera del exterior. Pero sólo se escuchaban pájaros y algún que otro insecto. Estaban en el campo, ya no tenía dudas.
El día pasó inexorablemente largo. Hacia el mediodía escuchó el ruido de un motor de coche, pero reconoció en seguida que era el mismo que había partido por la mañana, es decir, el de Frank.
Su carcelero le llevó la comida y otra botella más de agua, y luego se volvió a marchar en seguida.
Bill siguió en la misma posición que durante la mañana. De vez en cuando se levantaba para estirarse, pero no podía dar siquiera un paso, por lo que enseguida se volvía a sentar.
Se tocó varias veces el cabello, se lo notaba cada vez más grasiento… Luego se miró las manos, observando sus uñas, con cada vez más desconchados en la laca negra. Tanto su camiseta como sus vaqueros estaban manchados de sudor.
Debía tener un aspecto horroroso. Pero no podía hacer nada al respecto.
Durante un rato se entretuvo contando él mismo los segundos y minutos que iban pasando, pero se aburrió pronto de ello. Preferiría tener un reloj. Se preguntó qué habría sido de su teléfono móvil, y también de su cartera y sus gafas de sol. Supuso que los tendría Frank escondidos en algún sitio de aquella lúgubre casa.
Poco a poco la luz que se filtraba por el ventanuco fue menguando su intensidad.
Aquella sería su tercera noche allí dentro. Y Bill empezaba a temer que aún le quedaban muchas más.
Aunque por otro lado, en aquella situación, encerrado con un perturbado, cualquier noche podría ser la última…
Continúa…
Gracias por la visita. Espero dejes un comentario 😉