Todo lo que soy 15

Fic TWC de Khira

Capítulo 15

Tom daba vueltas de un lado a otro de su suite, indignado. Eran casi las cinco de la madrugada y su hermano gemelo todavía no había regresado.

Por fin escuchó que alguien entraba en la suite de al lado. Sin pensárselo dos veces, el muchacho salió al pasillo y se colocó frente a la puerta contigua. Tocó con los nudillos en la madera de forma insistente.

Bill le abrió la puerta enseguida. Se mostró sorprendido al ver a Tom allí.

¿Qué quieres? Pensaba que estarías ya dormido…

¿Y tú? —preguntó Tom—. ¿No se supone que te habías mareado en la discoteca? ¡¿Cómo es que acabas de llegar?!

¡Shhh, no hables tan alto! —exclamó su hermano.

El cantante le hizo un gesto con la mano para que pasara al interior de la suite. Mientras cerraba la puerta, Tom se fijó en que tenía arena en la ropa, sobre todo en los pantalones.

¿Y toda esa arena?

Vio cómo su hermano se daba la vuelta de inmediato con gesto apurado.

Pues… Es que…

Tom se cruzó de brazos, esperando una explicación que parecía no iba a llegar nunca.

Que sepas que no me iré de esta habitación hasta que me lo cuentes todo.

Bill suspiró.

Vale, está bien…

El cantante pasó al interior de la suite seguido de su hermano.

Estaba muy aburrido en la fiesta, así que le pedí a Michael que me sacara de allí. Hemos dado un paseo por una playa y luego me ha acompañado hasta aquí. Eso es todo.

Tom enarcó las cejas.

¿Eso es todo? —repitió escéptico.

Vio que su hermano dudaba.

Sí… —murmuró.

A Tom le entraron ganas de estrangularle.

¡Bill, por dios, se nota a kilómetros que estás mintiendo! ¡¿Qué está pasando?! —casi gritó.

¡Vale, de acuerdo, te lo contaré! —exclamó Bill—. ¡Pero no grites!

Bien —dijo el guitarrista bajando el tono, satisfecho—. Soy todo oídos.

Pasaron varios segundos que a Tom se le hicieron eternos. Iba ya a insistir, cuando de pronto su hermano soltó la bomba.

Nos hemos enrollado.

Tom tardó unos instantes en reaccionar.

¿Qué?

Que nos hemos enrollado. Michael y yo. En la playa.

Parpadeó un par de veces.

Bill, ¿te estás quedando conmigo? —preguntó.

El otro negó lentamente con la cabeza. Estaba completamente serio.

Tom tuvo que sentarse en la cama.

No… No lo entiendo… —balbuceó—. Tú siempre… Tú siempre lo habías negado…

Bill se arrodilló a sus pies, colocando las manos sobre sus muslos.

Lo sé… Pero desde hace unos meses que he estado… confundido…

No me habías dicho nada…

Lo siento…

La confusión inicial dio paso de nuevo a la ira. Tom se levantó de golpe, haciendo que Bill trastabillara hacia atrás. El guitarrista empezó a hacer aspavientos con las manos de lo furioso que estaba.

¡¿Lo sientes?! ¡¿Es todo lo que vas a decirme?!

Bill se levantó.

¿Qué… qué más quieres que te diga?

Tom bufó. Cada vez se sentía más enfadado.

¡Nada! ¡Ahora ya es tarde! Deberías haberme hablado de esto antes… Soy tu hermano y podría haberte… ayudado, no sé. Pero ya veo que no confías tanto en mí como yo creía.

¡Sí que confío en ti!

¡Y una mierda!

Ambos se quedaron callados. Hacía mucho tiempo que no discutían de esa manera y a ninguno le apetecía seguir haciéndolo. Tom dejó caer las manos laxas a ambos lados de su cuerpo. Quería irse de allí cuanto antes, sin embargo, aún le rondaba una duda por la cabeza.

Tom, yo… —empezó Bill.

¿Y estáis saliendo? —le interrumpió.

¿Cómo? —se sorprendió Bill. Entonces una pequeña sonrisa afloró en su rostro—. Qué va… Si sólo ha sido… Bueno, un…

Un revolcón de una noche, ¿no? Tanto hablar de esperar a tu amor, ¿y ahora te quitas el calentón con el primero que pasa?

La sonrisa de Bill se esfumó. Tom sabía que se había pasado pero ya no podía dar marcha atrás.

No estás siendo justo… —murmuró—. Yo sólo… Por una noche…

Mira, ¿sabes qué? —le interrumpió—. Que me da igual. Puedes hacer con tu vida lo que quieras. No tienes que darme ninguna explicación.

Dio media vuelta y empezó a andar hacia la puerta de la suite.

Tom, por favor, espera… —escuchó a sus espaldas.

Pero no hizo caso y salió de la suite dando un pequeño portazo.

&

Viernes

Tom se despertó agitado y asustado. Había soñado algo, pero no podía recordar el qué. Sólo sabía que le había dejado una horrible y dolorosa opresión en el corazón.

Se llevó la mano al pecho. Su respiración era irregular. Empezó a recordar lo mal que lo había pasado el día anterior con su crisis de ansiedad, y se sintió empeorar.

Tenía que tranquilizarse. Un ex compañero de instituto padecía a menudo ese tipo de ataques, y sabía por él que lo más importante era no tenerle miedo a las propias crisis, porque era entonces cuando estas aparecían.

Cerró los ojos y contó lentamente hasta diez, tratando de inspirar y expirar al mismo ritmo. Lo consiguió y su respiración se normalizó.

Miró la hora en el reloj despertador que había sobre la mesilla. Eran apenas las siete y media de la mañana, pero estaba claro que ya no conseguiría dormirse de nuevo, así que se levantó.

Entró en el baño y se lavó la cara con agua fría. Luego se miró durante unos instantes en el espejo. Cada día que pasaba tenía peor aspecto: las ojeras aumentaban y el cansancio era notorio. Se pasó el dorso de la mano por una mejilla; él y Bill eran prácticamente imberbes, pero después de cuatro días sin afeitarse, la piel ya se notaba áspera. Le dio igual; en ese momento no le apetecía para nada acicalarse.

Salió al pasillo y empezó a bajar las escaleras. Escuchó ruidos desde la cocina y se dirigió hasta allí. Eran Simone y Gordon, quienes estaban desayunando de un simple café en la barra americana.

—Buenos días, cariño… —le saludó Simone sin apenas levantar la voz.

—Buenos días… —respondió Tom a la vez que se sentaba junto a Gordon.

—¿Quieres un café? —le ofreció su padrastro.

—Sí, por favor…

Simone le pasó un vaso limpio y Gordon lo rellenó con el caliente líquido. Tom empezó a beberlo a pequeños sorbos.

—¿Sabéis si han dicho algo nuevo en la televisión? —preguntó el muchacho tras unos minutos de silencio.

—Hemos puesto un rato la radio —contestó Gordon—. Algunas emisoras hablaban de la desaparición de Bill, pero al menos ya sin el tono alarmista de ayer. La mayoría se han creído el comunicado de prensa de David, pero otras no y se quejan de que la policía no les proporciona ninguna información…

—Como a nosotros… —murmuró Tom.

El silencio se adueñó nuevamente de la cocina.

&

Aunque al principio Tom se había alegrado del regreso de Georg y Gustav, el que hubiera tanta gente en el piso le agobiaba. Menos mal que su padre al menos había regresado a Hannover… Con él en la casa, la situación ya habría sido directamente insostenible.

—¿Dónde vas? —le preguntó Andreas al verle en el recibidor colocándose una gorra. Los demás estaban en el salón mirando la televisión, donde al igual que en la radio no dejaban de hablar de Bill y de su supuesta desaparición voluntaria.

—A dar una vuelta —respondió Tom, ya con la mano en el pomo de la puerta.

—Pero la urbanización está rodeada de periodistas…

—No voy a salir de la urbanización… Sólo quiero que me dé un poco el aire.

—Ah… ¿Quieres que te acompañe?

Tom se giró un momento para ver a su amigo.

—No, gracias. En seguida vuelvo.

—Ok…

El guitarrista salió del piso y cerró la puerta sin hacer ruido. Se dirigió a los ascensores, pero estaban ambos ocupados así que bajó por las escaleras.

Al llegar al vestíbulo de la planta baja se detuvo un momento para ponerse las gafas de sol y luego salió al exterior. Eran casi las doce del mediodía y, aunque ya estaban en septiembre, a esas horas hacía mucho calor.

La urbanización donde vivían, situada al sur de Berlín, estaba formada por ocho bloques de viviendas que formaban un cuadrado perfecto. En el centro, en medio de una gran pista de césped, estaba la piscina, de generosas dimensiones. Una valla de seguridad, con entradas separadas para personas y vehículos, rodeaba la urbanización. Tanto para entrar a pie como en coche, era necesario un código de seguridad.

Tom caminó hacia la piscina y se detuvo en el borde. Sólo había una pareja bañándose a la que ni siquiera se molestó en saludar. No podía olvidar que seguramente había sido alguien de la urbanización quien había filtrado la noticia a la prensa.

Se quitó las deportivas y se sentó, metiendo los pies desnudos en el agua.

Aparte de algún chapoteo por parte de la pareja de bañistas, no se oía nada más en el lugar. En uno de los bloques de enfrente, en la terraza de la planta baja, la señora Pippert dormitaba en un balancín. Sólo si se concentraba, Tom podía escuchar a lo lejos un murmullo lejano perteneciente a la jauría de periodistas que estaba acampados en la entrada de la urbanización.

De pronto un ruido alteró la tranquilidad. Tom giró la cabeza a su izquierda y descubrió al encargado de mantenimiento entrando en la caseta de madera que había al fondo del jardín, en el lado contrario al de la entrada. El hombre trabajaba a jornada partida, así que supuso que estaría a punto de marcharse a comer a su casa.

Tom se levantó y se calzó las deportivas de nuevo. Al pensar en comida le había entrado algo de hambre; lógico pues esa mañana había desayunado muy temprano y sólo de un café.

Echó a andar hacia la entrada de su bloque. En ese momento el encargado regresaba de la caseta y se cruzó con él a medio camino.

Y en ese momento, sucedió algo muy extraño. Tom tuvo un escalofrío que le recorrió la columna vertebral de arriba abajo, muy desagradable, como si aquel hombre desprendiera unas malas vibraciones que él había captado en toda su amplitud.

El muchacho se quedó completamente paralizado. Sólo se movió un poco para darse la vuelta y contemplar al hombre recoger unas herramientas que había dejado junto al cuarto de máquinas de la piscina.

Aunque el escalofrío ya había pasado, Tom seguía con esa mala sensación en su interior. Se dijo a sí mismo que era una tontería, que sólo se trataba del chico de mantenimiento… Le veía todos los días, trabajando sin descanso, era un tipo serio y eficiente…

¿Todos los días…?

Ahora que lo pensaba, el lunes por la tarde, que era el día que le interesaba, no le había visto el pelo. Al día siguiente sí, desde la ventana, discutiendo con la señora Pippert en el jardín… Y aunque es ese momento no le había importado, de pronto tenía curiosidad por conocer el motivo…

Miró al frente, a la terraza donde la anciana seguía dormitando en su balancín.

Sí, quizá era una tontería… pero igualmente, echó a andar hacia allí.

Se detuvo al llegar al pretil que separaba la terraza del jardín comunitario. La señora Pippert estaba en realidad despierta, por lo que se le quedó mirando extrañada.

—¿Querías algo? —le preguntó.

Tom apoyó los codos en el pretil. No tenía ni idea de cómo empezar una conversación con aquella señora con la que apenas había cruzado tres palabras en seis meses, así que optó por ir al grano.

—Sí, eh… Sólo quería saber… Señora Pippert, ¿discutió usted con el chico de mantenimiento el martes por la mañana?

La anciana enarcó las cejas.

—¿Con Frank? —La mujer trató de hacer memoria—. Ah, sí. El chico me prometió que me arreglaría la cisterna el lunes por la tarde, pero no se apareció. Por eso le llamé el martes temprano para que viniera.

Tom apretó los puños. Que él no hubiera visto a Frank en todo el lunes no significaba nada, pero si el tipo se había comprometido con la señora Pippert y no había acudido a la cita… eso ya era algo más sospechoso.

La voz de la anciana interrumpió sus cavilaciones.

—Chico… ¿Qué tal tu hermano? ¿Aún no ha regresado?

Tom estuvo a punto de responder con una evasiva, pero recordó que la policía les había insistido en no hablar más con ningún vecino del asunto, ni una palabra.

—Me tengo que ir —dijo para escabullirse—. Gracias por atenderme.

Y antes de que la señora Pippert pudiera insistirle, Tom se marchó casi corriendo.

De lejos vio cómo el encargado de mantenimiento se metía por la puerta de acceso al aparcamiento. Miró su reloj de pulsera. Eran las doce, su jornada matutina acababa de terminar.

Tom se echó la mano al bolsillo y sacó su teléfono móvil. No tenía tiempo para pensar, si quería hacer algo tenía que hacerlo ya. Marcó el número de Andreas.

¿Sí?

—Andreas, viniste con tu coche, ¿verdad?

Sí, lo tengo en vuestro aparcamiento. ¿Por qué?

—Baja ahora mismo con las llaves. Nos vemos en el vestíbulo.

¿Eh? ¿A qué?

—¡Hazlo!

Y colgó al mismo tiempo que echaba a correr en dirección al aparcamiento.

&

Con un vaso de café en la mano y un cigarro en los labios, el comisario Schneider repasaba por segunda vez el expediente médico que les había llegado hacía un par de horas desde un psiquiátrico de Viena.

Después de interrogar a todos y a cada uno de los vecinos de los Kaulitz, habían empezado las investigaciones. La urbanización contaba con buenas medidas de seguridad, nadie que no viviera allí podría entrar sin conocer el código de seguridad de las puertas de entradas, y les constaba que aquel lunes por la tarde sólo un vecino sesentón había recibido la visita de su hija.

Por lo tanto, era muy probable que quien se hubiera llevado a Kaulitz viviera o trabajara en esa urbanización.

Y ahora por fin tenía aquel expediente en sus manos…

Era su hombre, estaba seguro. Pero necesitaba pruebas, y aún no las tenía.

—¿Se puede? —una voz masculina interrumpió sus pensamientos.

—Pase.

El agente Illgner entró en el pequeño despacho. Llevaba una cinta de vídeo en la mano, la cual agitaba con vehemencia.

—Creo que tengo algo.

Metió la cinta en el reproductor situado bajo el pequeño televisor con el que contaba el despacho. El vídeo era de una cámara de seguridad de una gasolinera. El comisario Schneider entrecerró los ojos para observar mejor.

—Ahí, mire.

Una furgoneta de color blanco se había detenido en el primer surtidor, y un hombre al que reconoció en seguida se bajó del vehículo.

—Es Frank Koller… —dijo el comisario sin demasiada sorpresa—. Y parece que tiene prisa…

—Exacto —dijo el agente Illgner—. Y mire la hora del vídeo. Sólo quince minutos después de la hora a la que se vio por última vez a Kaulitz. Y su jornada laboral termina a las ocho.

—¿Dónde está esa gasolinera?

—Lamentablemente, justo al lado de la urbanización. No nos da demasiadas pistas sobre su destino.

El comisario miró más fijamente la imagen del vídeo.

—Nadie le acompaña en los asientos. Si el chico estaba en esa furgoneta, sería en el maletero.

—Podemos pedir una orden de registro para la furgoneta y lo comprobamos.

—Hazlo ahora mismo.

El agente Illgner asintió y se despidió. El comisario Schneider rebobinó el vídeo y volvió a mirarlo. Luego echó un último vistazo al expediente.

Si ese hombre tenía a Bill… el chico estaba en serio peligro. Si no estaba muerto ya.

Continúa… 

Gracias por la visita. Espero dejes un comentario 😉

por Khira

Escritora del fandom

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