Todo lo que soy 16

Fic TWC de Khira

Capítulo 16

El ascensor estaba a punto de llegar a su planta, y Bill no podía quitarse esa sonrisa boba de la cara. Miró de reojo a Michael, de pie a su lado. El guardaespaldas le miró a su vez y le devolvió la sonrisa. Bill no pudo evitar sonrojarse.

«Pensará que soy idiota…», se recriminó.

Un sonido tintineante indicó que ya habían llegado. Las puertas correderas de metal se abrieron, mostrando un largo e iluminado pasillo.

—¿Quieres que te acompañe hasta la puerta? —preguntó Michael. Él tenía que subir un par de plantas más.

—No, no hace falta… —Bill dudó sobre lo que hacer a continuación. Al ver que no había ni un alma en los alrededores se decidió y le dio un corto beso en los labios al hombre—. Adiós…

—Adiós…

Bill salió del ascensor. Cuando se giró, las puertas ya se habían cerrado de nuevo. Suspiró y echó a andar por el pasillo.

Al llegar a la puerta de su suite se entretuvo un buen rato buscando la tarjeta que hacía de llave por entre su cartera. Al final la encontró y pudo abrir la puerta.

Entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí, dando sin querer un pequeño portazo. Inmediatamente se dirigió al baño, pero no llevaba ni un minuto allí cuando escuchó que alguien tocaba con los nudillos en la puerta.

Bill se apresuró a salir del baño y abrir de nuevo la puerta. Se sorprendió al ver a Tom allí, y además, con cara de cabreo.

—¿Qué quieres? —le preguntó—. Pensaba que estarías ya dormido…

—¿Y tú? —preguntó su hermano a su vez—. ¿No se supone que te habías mareado en la discoteca? ¡¿Cómo es que acabas de llegar?!

—¡Shhh, no hables tan alto! —exclamó. David tenía también la habitación por allí cerca, y si les descubría discutiendo en el pasillo a esas horas les caería una buena.

El cantante le hizo un gesto con la mano para que pasara al interior de la suite. Cerró la puerta.

—¿Y toda esa arena? —escuchó a sus espaldas.

Se dio la vuelta de inmediato. Genial, Tom se había dado cuenta… ¿Y ahora qué iba a decirle?

—Pues… Es que…

Vio como Tom se cruzaba de brazos, impaciente.

—Que sepas que no me iré de esta habitación hasta que me lo cuentes todo.

Bill suspiró.

—Vale, está bien…

El cantante pasó al interior de la suite seguido de su hermano. Decidió contarle algo que no fuera del todo mentira… pero tampoco toda la verdad.

—Estaba muy aburrido en la fiesta, así que le pedí a Michael que me sacara de allí. Hemos dado un paseo por una playa y luego me ha acompañado hasta aquí. Eso es todo.

Tom enarcó las cejas.

—¿Eso es todo? —repitió.

Dudó. Tom le conocía bien y seguro que se había dado cuenta de que le ocultaba algo… pero decidió mantener su versión.

—Sí… —murmuró.

—¡Bill, por dios, se nota a kilómetros que estás mintiendo! —el casi grito de su hermano le sobresaltó—. ¡¿Qué está pasando?!

Era evidente que no podía engañar a Tom.

—¡Vale, de acuerdo, te lo contaré! —exclamó Bill.

—Bien —dijo el guitarrista—. Soy todo oídos.

Bill pensó durante unos segundos cómo contarle a Tom todo lo que había pasado esa noche. Tenía mucho miedo de su reacción… pero era su hermano, seguro que terminaría comprendiéndole y apoyándole. Al final, se decidió por sintetizar e ir a lo importante. Luego, según su reacción, ya le explicaría con más detalle.

—Nos hemos enrollado.

El muchacho esperó a que su gemelo reaccionara.

—¿Qué?

—Que nos hemos enrollado —repitió—. Michael y yo. En la playa.

—Bill, ¿te estás quedando conmigo?

Bill negó lentamente con la cabeza. Observó como su gemelo se sentaba en la cama con el rostro descompuesto.

—No… No lo entiendo… —balbuceó Tom—. Tú siempre… Tú siempre lo habías negado…

Bill se arrodilló a sus pies, colocando las manos sobre sus muslos.

—Lo sé… Pero desde hace unos meses que he estado… confundido…

—No me habías dicho nada…

—Lo siento…

De pronto Tom se levantó, haciendo que Bill trastabillara hacia atrás. El guitarrista empezó a hacer aspavientos con las manos.

—¡¿Lo sientes?! ¡¿Es todo lo que vas a decirme?!

Bill se levantó, aturdido. No se esperaba esa reacción tan negativa por parte de su hermano.

—¿Qué… qué más quieres que te diga? —preguntó.

—¡Nada! ¡Ahora ya es tarde! Deberías haberme hablado de esto antes… Soy tu hermano y podría haberte… ayudado, no sé… Pero ya veo que no confías tanto en mí como yo creía.

—¡Sí que confío en ti! —exclamó.

—¡Y una mierda!

Ambos se quedaron callados. Hacía mucho tiempo que no discutían de esa manera y a ninguno le apetecía seguir haciéndolo. Pero Bill no quería terminar la discusión así, no soportaba ese desprecio en la mirada y en las palabras de Tom. ¿Tan mal le había sentado que no se lo contara antes? Pero si ni él mismo estaba seguro de nada, tan sólo habría creado más confusión al involucrarle… Decidió explicarle eso.

—Tom, yo… —empezó.

—¿Y estáis saliendo? —le interrumpió Tom.

—¿Cómo? —se sorprendió Bill. No puedo evitar que una pequeña sonrisa apareciera en su rostro—. Qué va… Si sólo ha sido… Bueno, un…

—Un revolcón de una noche, ¿no? Tanto hablar de esperar al amor verdadero, ¿y ahora te quitas el calentón con el primero que pasa?

La sonrisa de Bill se esfumó. ¿Cómo había podido Tom decirle aquello… de esa manera? ¿Precisamente él, que contaba por decenas las groupies que se tiraba en cada gira?

—No estás siendo justo… —murmuró—. Yo sólo… por una noche…

—Mira, ¿sabes qué? —le interrumpió—. Que me da igual. Puedes hacer con tu vida lo que quieras. No tienes que darme ninguna explicación.

Tom dio media vuelta y empezó a andar hacia la puerta de la suite.

—Tom, por favor, espera… —le suplicó.

Pero su hermano no le hizo caso y salió de la suite dando un pequeño portazo. Bill se tapó la boca con una mano y ahogó un sollozo, desolado.

&

Viernes

Bill todavía temblaba.

No podía evitarlo. Colocó ambas manos delante de sus ojos, comprobando que era incapaz de mantener mínimamente el pulso. Sus dedos se convulsionaban como si tuviera Parkinson.

Apretó los puños y bajó los brazos, rodeándose con ellos el vientre. Le dolía el estómago a causa de los nervios. En realidad le dolía todo.

Apoyó de nuevo la espalda en la pared. Alzó un poco la mirada y contempló la marca en el cemento que había dejado la bala al impactar contra él, después de casi rozar su oreja izquierda.

Aún no entendía muy bien lo que había pasado. No sabía si Frank lo había hecho aposta para asustarle, o si había fallado y luego en lugar de probar por segunda vez se lo había pensado mejor…

Seguramente, nunca lo sabría.

Lo que sí sabía ahora, de lo que por primera vez era realmente consciente, era que podía morir allí dentro.

En cuanto se le cruzaran de nuevo los cables, Frank podría aparecer de nuevo con la pistola, o quizá directamente le estrangularía con sus propias manos, o le apuñalaría… Y luego seguramente le envolvería con la manta, o le cortaría a cachitos dentro de una bañera, y después enterraría su cadáver en algún lugar de aquella maldita granja…

Y nadie, nunca, sabría lo que le había sucedido a Bill Kaulitz, aquel cantante de una banda llamada Tokio Hotel que desapareció un lunes de septiembre de dos mil ocho…

Bill meneó la cabeza, intentando alejar aquellos terribles pensamientos de su mente. Volvió a fijar la mirada en la marca en el cemento.

Después de disparar al suelo y tras unos minutos de angustiosa espera, Frank le había arrastrado de nuevo hacia la pared y le había dejado allí, aún en estado de shock. Luego simplemente se había marchado, y desde entonces no le había vuelto a ver, ya que aquella mañana no le había visitado para traerle el desayuno.

Ahora debía ser más o menos el mediodía, y Bill, que ya no tenía reservas de agua, añadió otra posibilidad a la macabra lista: que su carcelero le dejara morir de sed…

Carraspeó. Otra vez sentía la garganta seca y adolorida.

Miró a su izquierda, hacia la fotografía donde aparecía la rasta de Tom.

El estribillo de una de sus canciones le vino a la mente y lo tarareó en voz baja.

Komm und rette mich… (Ven y sálvame)

Desafinó como nunca, pero no le importó. Continuó tarareando al darse cuenta que escuchar ni que fuera su propia voz en aquella solitaria habitación le reconfortaba mínimamente.

Vielleicht hörst du irgendwo, mein s.o.s im radio… Hörst du mich? Hörst du mich nich’? (Puede que oigas en algún lado mi SOS en la radio… ¿Me oyes? ¿No me oyes?

Tuvo que parar de cantar al sentir un dolor punzante en el costado. Aunque habían pasado ya tres días, el golpe en sus costillas aún le hacía doblarse de dolor de vez en cuando.

Inspiró hondo y se acomodó lo mejor que pudo para que dejara de dolerle.

Recordó aquel concierto en el que antes de empezar a interpretar esa canción, “Rette mich”, había presentado a sus compañeros por primera vez de forma algo diferente. Llamó “Wolfang” a Gustav, “Hagen” a Georg… y a Tom lo presentó con un simple “und… Tom”. Las fans se rieron y Tom también, pero luego en el backstage su hermano se lo había recriminado, medio en serio medio en broma. Al final habían terminado haciendo el paripé y abrazándose entre risas. Al siguiente concierto, Bill lo volvió a hacer, y a partir de allí Tom ya se resignó a ser presentado de esa manera durante toda la gira.

También recordó cuando tuvieron que suspender esa misma gira por el quiste de sus cuerdas vocales… Tom había estado prácticamente en todo momento con él, tan sólo se separaron cuando él tuvo que regresar antes a Alemania y él tenía que pasar antes por Madrid, pero después de eso se convirtió en su sombra. Y teniendo en cuenta lo insoportable que había estado esos días a causa del nerviosismo y el miedo por la situación, a la que se sumó después la certeza de que tendría que ser operado, la paciencia que demostró Tom en todo momento tuvo mucho mérito.

Miró de nuevo hacia la fotografía. Con tanto recuerdo los ojos se le empezaban a aguar, pero ya ni fuerzas para llorar tenía.

«Quiero verte… Aunque sea una última vez… pero quiero verte…»

Después de unos minutos el dolor de sus costillas empezó a remitir, aunque no así el de su alma. Decidió continuar tarareando canciones en voz muy baja. También era una manera de entretenerse.

Por fin un tiempo indeterminado después escuchó los pasos de Frank bajar por las escaleras. El muchacho agachó la cabeza y se abrazó a sus rodillas, ya no sabía qué esperar…

La puerta se abrió y Frank entró en la habitación. Bill siguió con la cabeza gacha; el cabello lacio y grasiento le tapaba media cara. Sólo se atrevió a levantar la mirada cuando escuchó la voz pausada aunque algo intranquila de su carcelero.

—Bill…

El cantante clavó sus ojos castaños en los negros de Frank. Pero el temor que se mostraba en ellos debía resultar evidente, ya que el hombre se arrodilló de inmediato a su lado y le acarició el grasiento cabello con una mano.

Ahora que ya no estaba esposado, Frank siempre cerraba la puerta tras él… Pero Bill ni siquiera podía apoyar el pie derecho en el suelo, era absurdo pensar que podía echar a correr en ese estado…

—Bill… Lamento lo de ayer. No sé qué me pasó. Lo siento.

No le sorprendió del todo. Ya después de aquella paliza cuando intentó escapar al día siguiente de que le encerrara, el hombre le había pedido perdón. Pero la noche anterior había amenazado con matarle con una pistola… y ahora se disculpaba como si un “lo siento” fuera suficiente para hacer borrón y cuenta nueva.

Bill no sabía ya qué hacer ni cómo comportarse ante su carcelero. Permaneció quieto y mudo, simplemente a la espera.

—Te he traído la comida… —murmuró Frank al cabo de unos segundos, apartándose.

En la bandeja, dejada en el suelo en un lado, había esta vez un bistec de carne con patatas y una botella pequeña de agua. Bill alargó una mano y agarró la botella, situándola a su lado, casi detrás de la espalda. En un principio iba a esperar a que Frank se fuera para beber, pero tenía tanta sed que destapó la botella sin más y dio un largo sorbo. Luego, al retirar la boca de la botella de sus labios, un pequeño reguero se deslizó por su barbilla. Bill iba a secarse con una mano cuando Frank se le adelantó.

El muchacho se quedó paralizado mientras Frank aprovechaba para acariciarle la barbilla con el pulgar. Después de unos segundos que se le hicieron eternos, pasó a acariciarle la mejilla, ya rasposa tras tantos días sin afeitarse, pero al hombre no pareció importarle.

Poco a poco, Frank acercó su rostro. Bill ya sabía lo que eso suponía. Iba a besarle. ¿Es que ya no iba a darle ni un día de tregua? Cerró los ojos con fuerza mientras sentía los labios de aquel hombre posarse sobre los suyos.

Inmediatamente las ganas de llorar regresaron. Los ojos se le aguaron rápidamente y las lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas, mojando de paso las de Frank, quien sin embargo, esta vez no parecía dispuesto a detenerse.

El muchacho empezó a llorar más audiblemente, aunque le doliera el pecho al hacerlo. No podía hacer más al respecto. Pero definitivamente su llanto ya no afectaba a Frank, quien ahora le besaba el cuello mientras le mantenía retirado el cabello con una mano.

Un par de minutos después, la mano de Frank bajó hasta introducirse por debajo de la parte inferior de su camiseta, acariciándole suavemente el bajo vientre.

Pero en ese momento, Bill no aguantó más. Se había dicho a sí mismo que mejor ser sodomizado que asesinado, y que si se estaba quieto quizá no dolería tanto… pero su orgullo pudo más que su sensatez. Instintivamente cogió la muñeca de Frank y la apartó con decisión.

La reacción de Frank no se hizo esperar. El hombre alzó de nuevo la mano y le agarró con fuerza del cuello. Bill ahogó un quejido. Por un instante temió que fuera a estrangularle, pero en lugar de eso el hombre le empujó sin miramientos hacia un lado, haciendo que cayera primero de costado en el suelo, y luego le hizo girar hasta que quedó boca abajo.

Bill trató de resistirse para no quedarse en esa posición en la que le sería más fácil a Frank dominarle, pero fue inútil; Frank no sólo era mucho más fuerte físicamente sino que además él estaba lesionado, adolorido por golpes anteriores y medio deshidratado.

Con una sola mano Frank le mantenía las muñecas inmovilizadas, mientras que con la otra ya se estaba bajando los pantalones. Bill lo supo por el sonido de la cremallera.

El pánico empezó a apoderarse de él. Se revolvió con todas sus fuerzas. Frank apretó más sus muñecas contra el suelo.

—Bill, estate quieto, no quiero hacerte daño… —jadeó Frank.

—¡Pues tendrás que hacérmelo! —replicó Bill con voz ronca—. ¿O te crees que voy a dejar que me violes sin más?

Frank no respondió. Ahora le estaba bajando los pantalones a él.

Bill chilló de la rabia y la impotencia con un sonido gutural que incluso le dañó la garganta. Los brazos le dolían de tanto hacer fuerza para tratar de levantarlos; trató de hacer fuerza también con la pierna izquierda, ya que con la derecha no podía a causa del tobillo, pero Frank ya estaba tumbado completamente sobre él.

No tardó en notar una dolorosa presión en su entrada. Por supuesto el muy cabrón ni siquiera se había molestado en prepararle. Bill se mordió su propio brazo para no gritar de dolor mientras seguía intentando soltarse. Pero cuando las embestidas comenzaron, Bill supo que ya no había escapatoria, así que relajó su cuerpo y se limitó a rogar por que todo terminara rápido.

Afortunadamente para él, así fue. Frank no tardó en acabar, y lo hizo fuera de su cuerpo, aunque eso no consoló demasiado a Bill. Se quedó unos segundos más encima del muchacho, hasta que se levantó y empezó a colocarse la ropa con parsimonia.

Bill se acurrucó en el suelo en posición fetal, sin fuerzas siquiera para subirse los pantalones, mirando a un punto indefinido de la pared.

Frank se agachó un momento y lo hizo por él. Luego se le quedó contemplando unos minutos, hasta que finalmente dio media vuelta y se dirigió a la puerta.

Antes de desaparecer tras ella, su carcelero le dijo algo que ya se esperaba.

—Lo siento, Bill…

Bill no se molestó en contestarle.

Aunque si Bill hubiera sabido que esa sería la última vez que vería a Frank, no se habría quedado callado…

Continúa… 

Gracias por la visita. Espero dejes un comentario 😉

por Khira

Escritora del fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!