Todo lo que soy 17

Fic TWC de Khira

Capítulo 17

Al día siguiente de la discusión, Tom decidió actuar como si no hubiera pasado nada. En realidad se había pasado toda la noche en vela consultando con la almohada, llegando a la conclusión de que se había portado muy mal con Bill, pero su orgullo no le permitía hacer nada al respecto más que disimular.

Eran las once de la mañana cuando subió a desayunar, pues el comedor estaba en el ático del hotel. En una de las mesas ya esperaban Bill, Georg y Gustav. Tom se sentó al lado de su hermano, quien le miró de soslayo pero no dijo nada.

Buenos días… —saludó.

Buenos días —respondieron Georg y Gustav a coro. Bill continuó untando mantequilla en una tostada.

Tienes ojeras —observó Gustav.

Ya… No he dormido muy bien esta noche —reconoció Tom.

¿Y eso? —inquirió Georg.

No sé… Demasiado café, quizá.

Gustav y Georg asintieron y continuaron dando buena cuenta de su desayuno. Ninguno de los dos parecía haberse dado cuenta aún del ambiente tenso entre los gemelos, y Tom decidió que no les iba a dar tiempo a sospechar.

Ey, ¿me pasas el azúcar? —preguntó en tono tranquilo y amable dirigiéndose claramente a Bill.

Vio como su hermano levantaba una ceja, sorprendido, pero no tardó en acercarle la azucarera.

Gracias —dijo Tom.

De nada…

Voy a por más croissants de estos… Están de muerte… —dijo Georg al mismo tiempo que se levantaba de la silla.

Tráeme un par más para mí también —dijo Gustav.

No creo que me quepan en el plato —rió el bajista.

Está bien, ya voy yo —gruñó el otro.

Y se quedaron solos. Mientras Tom se preparaba el café, Bill se quedó quieto. Le oyó carraspear suavemente.

Pensaba que estabas enfadado…

Tom dejó la cucharilla en el plato bajo la taza. Suspiró y miró a su hermano a los ojos.

No, no estoy enfadado. Además, no tengo motivos para estarlo.

Pero ayer…

Ayer me pillaste descolocado. Pero ahora ya sé lo que hay, y si a ti te va bien así, pues a mí también.

Pero Tom, yo quiero explicarte…

Ahora no, Bill. Gus y Georg vienen para acá.

Era cierto, pero aunque sus dos amigos aún estuvieran recogiendo croissants en el buffé, Tom habría encontrado alguna otra excusa para no seguir hablando de ese tema que le incomodaba.

&

Viernes (cont.)

Andreas tardó sólo un minuto en aparecer, pero Frank ya se había metido en su coche.

—Tom, ¿qué pasa? —preguntó el rubio.

El guitarrista le cogió de un brazo para esconderse ambos tras la caja de escalera.

—Vamos a seguir a ese tipo —le dijo señalando la furgoneta del encargado de mantenimiento—. En cuanto salga pillamos tu coche…

—¿Qué? —exclamó Andreas—. ¿Por qué?

—Te lo explico luego…

A Andreas no le quedó más remedio que obedecer. En cuanto la furgoneta de Frank salió al exterior, Tom tiró de su amigo para dirigirse ambos rápidamente hacia el coche. Andreas se metió en el asiento del piloto y Tom en el del copiloto. El rubio arrancó.

—Cuidado al salir, no sea que atropellemos a un periodista… —gruñó Tom.

Como la puerta del aparcamiento ya se había cerrado, tuvieron que esperar unos segundos a que volviera a abrirse. En cuanto tuvieron el camino libre, Andreas arrancó de nuevo y salió al exterior. La furgoneta de Frank ya había salido a la carretera por el lado derecho.

Efectivamente, docenas de periodistas prácticamente se abalanzaron sobre el coche. Los micrófonos se clavaban en las ventanillas, y a través de ellas, Tom pudo escuchar perfectamente algunas de las preguntas.

—Tom, ¿es cierto que tu hermano ha decidido tomarse unas vacaciones por su cuenta?

—¿Por qué no te avisó ni a ti ni a vuestra familia de que se marchaba?

—¿Por qué llamasteis tan pronto a la policía?

Tom resopló y se hundió en su asiento. Estaba claro que la prensa no dejaría tan fácilmente el tema en paz. Andreas esquivó a los periodistas como pudo y salió a la carretera que rodeaba la urbanización.

—Por allí —dijo Tom señalando a la derecha—. Y date prisa, hay que alcanzarle.

—Vale… Oye, ¿me vas a decir por qué estamos persiguiendo a ese tipo?

—Es una corazonada…

—¿Pero… tiene algo que ver con Bill?

—Sí… Es que… no sé, me lo he cruzado y he tenido un mal presentimiento. Y luego me he acordado que el lunes por la tarde, que es cuando desapareció Bill, el tipo no se apareció por la urbanización.

—¿Y por qué no llamamos a la policía?

—¿Y qué le digo? ¿Que me he cruzado con el chico de mantenimiento y me ha dado mal rollo? Porque podría haber mil razones por las que no vino a trabajar el lunes por la tarde…

—Ya…

—Mira, ahí está.

Efectivamente, la furgoneta de Frank apareció tras adelantar a un autobús.

—No la pierdas, pero tampoco te pegues…

—Entendido…

Tom empezó a morderse las uñas, nervioso. Seguramente lo que estaban haciendo era una tontería… y todo motivado por una estúpida corazonada… pero estaba harto de no hacer nada para encontrar a su hermano y dejarlo todo en manos de la policía.

—Ha puesto el intermitente… Supongo que va a salir de la carretera por el siguiente desvío… —murmuró Andreas.

—Pues ya sabes…

—Sí…

El siguiente desvío les condujo a una rotonda. La furgoneta de Frank cogió la primera salida y ellos le imitaron. Al cabo de cinco minutos llegaron a Dabendorf, un pequeño pueblo por el que ninguno de los dos había pasado nunca antes. Se acercaban a un semáforo que estaba en rojo.

—Mierda… —murmuró Tom.

—¿Qué pasa? —preguntó Andreas.

—Si nos paramos justo detrás de él nos verá… —respondió el guitarrista.

—Pero él no conoce mi coche… —puntualizó su amigo.

—Pero a mí sí, puede verme por el retrovisor… —replicó.

—¿Pues a qué esperas para agacharte?

—Tienes razón…

Tom echó el asiento del copiloto lo más atrás que pudo y se metió en el hueco que quedaba entre éste y la guantera. Poco después el coche de Andreas se detenía justo detrás de la furgoneta de Frank.

—¿Crees que me ha visto? —preguntó Tom desde su incómoda posición.

—No, no lo creo… —le tranquilizó Andreas.

El semáforo se puso en verde y ambos coches arrancaron. Tom se asomó un poco.

—Yo de ti me quedaría así —sugirió Andreas—. Ahora no puedo poner más distancia entre ambos…

—Ya… Cuidado que gira…

—Sí… Y ahora no ha puesto el intermitente…

—Vuelve a girar…

—Joder… ¿Pero qué le cuesta poner el intermitente…? —se quejó el rubio.

—Esto va mal… —murmuró Tom—. Con tanto cambio de dirección se va a dar cuenta de que le estamos siguiendo…

—Si no lo ha hecho ya… ¡Joder!

Tom se incorporó del todo. Después del último cambio de dirección, se habían aparecido en una calle estrecha que desembocaba perpendicularmente en otra un poco más ancha. Al llegar a ella miraron a derecha e izquierda y comprobaron que habían perdido la furgoneta.

—¡Mierda, mierda, mierda! —exclamó Tom, golpeando la guantera con los puños.

—Puede que todavía la encontremos… Probaré por la derecha…

Pero no había ni rastro de la furgoneta. Tom se dejó caer en el asiento. Andreas siguió conduciendo por aquel pueblo que parecía haberse convertido en un laberinto, pero sólo porque no sabía qué más hacer.

—Lo siento… —murmuró al cabo de un rato.

Tom negó con la cabeza.

—No es culpa tuya… —musitó.

Se tapó la cara con las manos. Un sollozo alertó a Andreas, quien detuvo un momento el coche encima de un trozo de acera rebajada.

—Tom…

Depositó una mano en el hombro de su amigo y se lo apretó cariñosamente. Nunca antes le había visto llorar y no sabía muy bien cómo actuar.

—Volvamos a casa… —musitó Tom al cabo de unos minutos.

Andreas asintió como si hubiera recibido una orden, pero luego lo pensó mejor.

—Oye Tom… Ya que hemos salido, ¿te apetece que vayamos a comer a algún sitio? Así nos despejamos un poco…

Tom lo consideró durante unos segundos. Pensó que a Andreas le había pasado como él, que se había agobiado por estar tantos días encerrado en el piso.

—Me parece bien. Llamaré a mi madre para avisarla.

Andreas asintió complacido y puso de nuevo el coche en marcha.

&

Fueron a comer a un restaurante italiano en otro pueblo cercano.

Aunque en la comida hablaron de varias cosas, aunque todas triviales, durante todo el trayecto de vuelta al piso de Berlín, ni Tom ni Andreas dijeron una palabra. El primero porque estaba demasiado decepcionado por la infructuosa persecución, y el segundo porque se sentía culpable de haber perdido la pista a la furgoneta.

Tom miraba por la ventanilla con gesto ausente, pero no dejaba de pensar en alguna otra manera para averiguar si Frank había tenido algo que ver en la desaparición de Bill, aunque no se le ocurría nada.

—La madre que… —exclamó de pronto Andreas, sobresaltándolo.

—¿Qué? —preguntó Tom.

—Mírala.

Tom clavó la vista al frente y descubrió la furgoneta de Frank en la carretera, dos coches por delante de ellos.

—Pfff… —suspiró—. Pero ahora no nos sirve de nada. Son casi las cuatro, debe estar volviendo a la urbanización, como nosotros.

—Ya… —musitó Andreas.

Efectivamente, coincidieron con la furgoneta en la entrada de la urbanización. Vieron cómo el brazo de Frank sobresalía por la ventanilla para teclear el código que le daría acceso al aparcamiento. Un minuto después, Andreas hacía lo mismo.

Bajaron por la rampa, y nada más acceder al recinto, Andreas detuvo el coche de un frenazo, igual de sorprendido que Tom.

En medio del aparcamiento había dos coches rodeando la plaza de Frank, donde el hombre había recién aparcado su furgoneta. Frank estaba de pie junto a la puerta del conductor, y tres hombres estaban hablando con él. Tom no tardó en reconocer a dos de ellos: el agente Illgner y el agente Jansen. Entonces el muchacho comprendió que habían esperado al encargado de mantenimiento en el aparcamiento y ahora le estaban interrogando.

Sintió que la sangre le empezaba a hervir. Sin pensárselo dos veces, abrió la puerta y echó a correr hacia el grupo ante la atónita mirada de Andreas, quien no tardaría en seguirlo.

—¡CABRÓN! —gritó, llamando de inmediato la atención de los cuatro hombres—. ¡Sabía que eras tú! ¡Lo sabía! ¡¿Qué le has hecho a mi hermano?!

Pero antes de que pudiera abalanzarse sobre Frank, el agente Illgner le detuvo sujetándole por el pecho y la cintura, no sin cierta dificultad. El muchacho estaba fuera de sí.

—¡¡Responde!! ¡¿Qué le has hecho a mi hermano?! ¡¿Dónde está?!

—Tranquilízate, Kaulitz… —trató de calmarle el agente en vano.

Andreas llegó al lado de su amigo mientras el agente Illgner le arrastraba unos cuantos metros de Frank.

—Cálmate, Tom… —pidió Andreas.

Tom dejó de forcejear. Miró fijamente a Frank, quien le devolvió una mirada serena, pero vacía. Al muchacho le dio otro escalofrío.

—Ha sido él, ¿verdad? —murmuró.

—Sólo vamos a registrar su furgoneta —replicó el policía.

—Pero si van a hacer eso es por algo, ¿no? —insistió.

—Lo siento, pero no puedo darte más detalles. Y ahora será mejor que subas a casa. Chico, por favor, acompáñalo —dijo dirigiéndose a Andreas.

—De acuerdo…

Andreas agarró con cuidado del brazo a Tom, quien aunque al principio se resistió, al final accedió a seguirle. Eso sí, sin desviar la vista de Frank ni un segundo.

Si ese tipo le había hecho daño a su hermano… lo iba a pagar muy caro.

Continúa… 

Gracias por la visita. Espero dejes un comentario 😉

por Khira

Escritora del fandom

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