Fic TWC de Khira
Capítulo 18
Bill no había conseguido conciliar el sueño en toda la noche, y las ojeras que adornaban su rostro daban fe de ello. Y esa misma mañana tenían una entrevista muy importante.
El muchacho suspiró y abrió su neceser. Al menos con el maquillaje no se le notarían demasiado.
Media hora después, subió a desayunar al comedor del hotel. Estaba un poco nervioso por encontrarse con su hermano después de la discusión, pero en la mesa sólo estaban Georg y Gustav.
—Buenos días —saludó mientras se sentaba frente a ellos.
—Buenos días —le saludaron los G’s a la vez.
—¿Y Tom? —preguntó Georg.
Bill se encogió de hombros. «Y yo qué coño sé», estuvo tentado de responder, pero se calló a tiempo. Normalmente él y su hermano siempre aparecían juntos, así que era normal que Georg preguntara por el Kaulitz que faltaba.
—Se le habrán pegado las sábanas… —murmuró finalmente.
—Después del pedazo concierto de ayer, no me extraña —comentó el bajista—. Fue espectacular.
Gustav asintió, mostrando su acuerdo con el comentario.
—¿Esto es café? —preguntó el cantante cogiendo una de las jarras que había sobre la mesa.
—Sí. Y aquí tienes la leche —dijo Gustav a la vez que le acercaba otra jarra que tenía a su lado.
—Gracias.
Después de prepararse su café con leche, Bill se levantó para ir a la zona de bufet para coger algo para comer. Regresó con unas cuantas tostadas y un par de magdalenas. Justo cuando se sentaba vio cómo Tom entraba en el comedor y se aproximaba a la mesa.
—Buenos días… —saludó el guitarrista mientras se sentaba a su lado.
—Buenos días —respondieron Georg y Gustav de nuevo a coro.
Bill continuó untando mantequilla en una tostada como si no se hubiera dado cuenta de que su hermano había llegado. En realidad, no tenía ánimos ni para darle los buenos días.
—Tienes ojeras —observó Gustav dirigiéndose al recién llegado.
—Ya… No he dormido muy bien esta noche —dijo Tom.
—¿Y eso? —inquirió Georg.
—No sé… Demasiado café, quizá.
Bill se dijo que quizá su hermano no había dormido bien por la misma razón que él y se relajó un poco.
—Ey, ¿me pasas el azúcar? —le preguntó de pronto Tom en tono tranquilo y amable.
El vocalista levantó una ceja, sorprendido, pero se apresuró en acercarle la azucarera. No se esperaba que Tom le hablara tan… normal. Y al principio no supo si eso era bueno o malo.
—Gracias —dijo Tom.
—De nada… —respondió Bill, aún sin saber muy bien qué pensar.
—Voy a por más croissants de estos… Están de muerte… —dijo Georg al mismo tiempo que se levantaba de la silla.
—Tráeme un par más para mí también —dijo Gustav.
—No creo que me quepan en el plato —rió el bajista.
—Está bien, ya voy yo —gruñó el otro.
Y se quedaron solos. Bill se quedó quieto, observando cómo Tom se preparaba el café añadiendo azúcar «hasta que formara isla», como él decía. Carraspeó suavemente, pero Tom no se inmutó.
—Pensaba que estabas enfadado… —soltó al fin.
Tom dejó la cucharilla en el plato bajo la taza y por fin le miró a los ojos.
—No, no estoy enfadado. Además, no tengo motivos para estarlo.
—Pero ayer… —empezó Bill.
—Ayer me pillaste descolocado. Pero ahora ya sé lo que hay, y si a ti te va bien así, pues a mí también.
—Pero Tom, yo quiero explicarte…
—Ahora no, Bill. Gus y Georg vienen para acá —le cortó de nuevo Tom.
Bill bufó, exasperado. Decidió que intentaría hablar con Tom más tarde.
Sin embargo, a partir de ese momento, le sería prácticamente imposible quedarse a solas con su hermano. Y poco a poco, sin que Bill pudiera hacer nada para evitarlo, la relación entre ellos se fue enfriando.
&
Viernes (cont.)
El muchacho seguía en la misma posición que horas atrás, tumbado en posición fetal en medio de la habitación. Tenía los ojos abiertos, aunque no miraba a ningún punto en particular. Cualquiera que le hubiera visto en ese estado y durante tanto tiempo habría pensado que tenía un shock o algo parecido, pero no era así.
Bill estaba muy consciente. Demasiado para su gusto, incluso. Simplemente, no tenía ganas de moverse, ni de pestañear siquiera.
Le costaba reconocerlo porque era duro, pero el chico sabía que se estaba rindiendo. A cada hora que pasaba, a cada minuto incluso, confiaba menos en la posibilidad de salir de allí con vida.
Frank ya se lo había follado, lo que seguramente había deseado desde que su enferma mente se obsesionara con el cantante de Tokio Hotel. Ahora era cuestión de tiempo que se deshiciera finalmente de él.
A Bill nunca le había dado miedo la muerte. Muy al contrario que a Tom, a quien el tema perturbaba de verdad. Pero Bill siempre había pensado que no tenía sentido tenerle miedo, ya que eso impedía disfrutar de la vida, y además, llegado el momento de morir, o mejor dicho, una vez muerto, ya no se sentía nada.
Pero desde que Frank había entrado en la habitación el día anterior con una pistola, todos sus esquemas se habían venido abajo.
Porque una cosa era no temer a una muerte inesperada, y la otra aguardarla en una habitación.
Sí, ahora sí que la temía. Más bien, le producía un pánico atroz.
Si hubiera sido creyente, quizá habría tenido algún consuelo. Pero no lo era. Él sabía que después de la muerte no había nada. La mente se desvanece y el cuerpo se pudre. No hay más.
Se preguntó cómo lo sobrellevaban las personas enfermas terminales. Recordó haber oído alguna vez sobre las cinco fases de la reacción humana ante la noticia de la muerte: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.
Él había saltado directamente a la cuarta, aunque era otra situación. Y tal como estaban sus ánimos en ese momento, no tardaría en llegar a la quinta.
Parpadeó. No, no podía rendirse así… pero tampoco sabía qué otra cosa podía hacer.
Miró hacia el ventanuco. Ya era noche cerrada, y Frank no se había aparecido para traerle la cena. No es que le extrañara demasiado, ya se había acostumbrado a que su carcelero se saltara comidas de vez en cuando.
Fijó la mirada en la pequeña botella de agua que había en el rincón. Todavía estaba a la mitad, y decidió que siguiera así hasta que le resultara imprescindible beber. No sabía cuánto tardaría Frank en regresar esta vez y tenía que racionarla.
Empezó a entrarle sueño. Decidió tumbarse en la manta e intentar dormir; al menos mientras estaba en los brazos de Morfeo no tenía que soportar esa situación.
Apoyó los codos en el duro cemento y se levantó con cuidado. Un pinchazo en su trasero le hizo apretar los dientes de la rabia. Al menos no era virgen en el momento de la agresión, pero aunque lo hubiera sido, dudaba que le hubiera dolido menos.
A la pata coja, pues no se atrevía siquiera a apoyar el pie derecho en el suelo, Bill regresó a su manta. Se tumbó de costado y cerró los ojos.
Decidió pensar en algo agradable para variar.
Recordó su primera vez, con Michael, en la playa. A Tom sólo le había contado que se habían enrollado, pero lo cierto era que habían llegado hasta el final.
Aún a veces cuando lo recordaba, se ruborizaba. Nunca pensó que se atrevería a hacerlo en un lugar público como una playa aunque en ese momento estuviera desierta, pero lo cierto es que el escenario no pudo ser mejor. Michael tuvo mucho cuidado y a él no le costó relajarse, por lo que todo lo demás también fue perfecto.
Poco a poco, mientras rememoraba su primera vez, fue quedándose dormido.
&
Sábado
No se preocupó demasiado cuando aquella mañana Frank no se apareció para traerle el desayuno. Pensó que, una de dos, o Frank se había enfadado por su poca «colaboración» el día anterior, o todo lo contrario, que se sentía culpable por la agresión y no se atrevía a enfrentarlo.
En la botella de agua sólo quedaba una cuarta parte de líquido. Y él empezaba a sentir mucha sed, pero quería seguir reservándola para cuando no pudiera aguantar más.
Y eso sucedió al mediodía. Frank tampoco acudió a traerle la comida, y Bill tuvo que conformarse con un par de sorbos. Dejó apenas un dedo de agua en la botella, al no atreverse a terminársela, pero insuficiente igualmente para calmar la terrible sed que le acuciaría las horas siguientes. Empezó a inquietarse.
Cuando por la noche Frank tampoco apareció, Bill ya se desesperó completamente. Se convenció de que algo le había pasado a su carcelero, y de que ya no iba a regresar. Quizás había tenido un accidente, o quizás se había producido el milagro y la policía le había detenido como sospechoso. Si era el primer caso, estaba perdido. Si era el segundo, aún le quedaba la esperanza de que la policía le sonsacara algo y le encontrara.
Tenía que aguantar. Pero el calor, el hambre y, sobre todo, la sed, minaban sus fuerzas al punto de que ya apenas conseguía moverse.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, impulsado por la desesperación de no poder hacer nada más, Bill empezó a gritar hacia el ventanuco con la vana esperanza de que alguien se acercara de nuevo lo suficiente a aquella granja perdida en medio de la nada como para oírle.
No fue el caso. Y cuando la voz también le abandonó, quedando en su lugar sólo una penosa ronquera, Bill intentó otra cosa. A la pata coja, se acercó a la puerta metálica, y empezó a forcejear con ella en un vano y desesperado intento de que cediera.
La puerta, por supuesto, no cedió ni un milímetro.
Bill se quedó sentado de rodillas, con la frente apoyada en la fría superficie de metal, con las lágrimas agolpándose en sus ojos.
¿Eso era todo? ¿Era así cómo iba a acabar? ¿Muerto de hambre y sed en aquel zulo, sin que nadie encontrara jamás siquiera su cadáver?
Una vez más, rompió a llorar, aunque las lágrimas eran escasas. Él no lo sabía, pero eso era a causa de la deshidratación.
—Mamá… Tom… —susurró entre sollozos.
Abatido, empezó a arrastrarse para regresar a la manta. Intentaría dormir, al menos así las horas pasarían más deprisa. Pero no llegó a la manta. Se desmayó antes.
Continúa…
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