Todo lo que soy 2

Notas: Pues aquí atacando de nuevo con otro fic, el segundo que escribo de Tokio Hotel, el cual llevaba ya un tiempo dándole vueltas, hasta que al final he conseguido darle forma… Y de momento nada más, sólo que espero que os guste y que me dejeis muchos reviews xdd

Fic TWC de Khira

Capítulo 2

Tres horas antes

Bill se había arreglado en pocos minutos. En realidad simplemente se había vestido con unos vaqueros, una camiseta blanca con un serigrafiado en negro, y se había calzado unas deportivas. Total, para acudir a una sesión de terapia vocal, no necesitaba de mayor acicalamiento. Se pasó un par de veces los dedos por entre su cabello negro y lacio para peinarse, observando complacido en el espejo que incluso así le quedaba perfecto. A continuación cogió unas gafas de sol que se colocó a modo de diadema, su teléfono móvil, el cual metió en un bolsillo delantero de los vaqueros, su cartera, que metió en el otro bolsillo delantero, y salió de su habitación. Eran las cinco y media de la tarde.

El piso en el que vivían los cuatro componentes de Tokio Hotel estaba dividido en dos plantas; la inferior era tipo loft, con el salón, el comedor y la cocina, y en la superior estaban las habitaciones. Mientras bajaba por las escaleras escuchó risas y gritos provenientes del salón que había justo debajo. Se dirigió allí, encontrándose con la ya común estampa de Georg, Gustav y su hermano gemelo Tom desparramados por el sofá jugando a la videoconsola. Seguramente se pasarían allí toda la tarde, aunque también era muy probable que bajaran luego a la piscina. Según ellos, la mejor hora para bañarse era al atardecer, cuando el agua estaba templada por haber recibido sol todo el día.

Pero él no iría a la piscina. Ni tampoco se quedaría jugando a la videoconsola, aunque eso no lo haría ni aunque le pagaran… Jugar un rato estaba bien, pero tantas horas seguidas como sus compañeros de banda… no lo aguantaba.

Él tenía que ir a terapia vocal. Cada tarde, de lunes a viernes, y también algunos sábados por la mañana. Ahora que la gira post cancelaciones había terminado al fin, David había insistido en que Bill retomara la terapia para evitar futuros problemas en sus cuerdas vocales. Aunque eso significara quedarse sin vacaciones. En unos días, Tom y los demás se irían de viaje a Mallorca, y él se tendría que quedar en Berlín, solo.

No era la primera vez que todos tenían vacaciones menos él. El año anterior, cuando se decidió entre todos grabar un disco en inglés, en realidad fue solo él quien tuvo que pringar. Mientras que Tom, Georg y Gustav no tenían nada más que hacer que disfrutar de su tiempo libre, pues los instrumentos ya estaban grabados, a él le tocó ir cada día al estudio, primero para tomar clases de dicción en inglés, y luego para grabar las canciones en ese idioma. Y encima se habían reído a su costa por ese motivo.

Casi al igual que hacían ahora.

—Chicos, me voy… —anunció desde el pie de las escaleras, pero lo hizo en voz tan baja que nadie le escuchó—. ¡Que me voy! —dijo más alto.

—¿Qué? —Tom desvió la vista de la pantalla plana para mirarle un segundo—. Ah, vale. ¡Hasta luego!

—Que te vayan bien los gorgoritos —añadió Georg con una sonrisa pero sin mirarle.

Gustav simplemente levantó una mano a modo de despedida.

Bill bufó. No era justo.

—Tom, ¿puedes venir a la cocina un segundo? —le preguntó a su hermano.

—¿Eh? ¿Para qué? —preguntó a su vez el guitarrista.

—¡Ven! —dijo simplemente Bill mientras se marchaba.

—Joder, va… —Tom puso pausa en el juego a pesar de las protestas de Georg y Gustav—. En seguida vuelvo —les dijo a sus compañeros de batalla.

Salió del salón y se dirigió a la cocina, separada del salón y del comedor por una simple barra americana. Bill le esperaba apoyado en la encimera, bebiendo un vaso de agua.

—¿Qué quieres? —le preguntó impaciente.

Bill dejó el vaso en el fregadero y a continuación miró a su hermano con gesto suplicante.

—¿Me acompañas…? —pidió suavizando aposta el tono de su voz.

—¿Acompañarte a dónde?

El cantante volvió a su tono de voz normal, exasperado.

—¿A dónde coño va a ser? ¡A la terapia!

—¿A la terapia? —repitió Tom sorprendido—. Ni hablar. ¿Por qué?

—Porque es un puto aburrimiento, y si al menos estás tú…

Su hermano mayor no le dejó terminar.

—Y si estoy yo, ¿qué? ¿Qué quieres, que nos aburramos juntos? ¿Y que te escuche cantar «la, la, la» durante una hora y media? Que no, ni hablar. Es más, Bill, ya hablamos de esto, y quedamos en que a la terapia irías tú solito, que ya eres mayorcito.

Tom decía aquello porque hasta su chófer tenía vacaciones, por lo que Bill tenía que ir hasta la clínica, en el centro de la ciudad, él solo con el coche.

—Pero odio conducir —se quejó el vocalista—. Y más mi coche, que tiene marchas.

«¿Y por qué diablos no lo compraste automático entonces?», pensó Tom, aunque pasó de decirlo en voz alta.

—Está bien, pues coge el mío. En el recibidor están las llaves.

—Joder, Tom, con tal de no acompañarte, ¿me vas a dejar el Cadillac? —preguntó alucinado, pues su gemelo tenía muy celoso su coche.

—Me fío de ti —respondió Tom de forma algo irónica a la vez que se daba la vuelta para regresar al salón—. Que te diviertas.

—Gilipollas… —susurró Bill cuando Tom ya no podía oírle.

«Sólo quería estar un rato a solas contigo y hablar…», pensó. Pero Tom parecía no recordar que tenían una conversación pendiente.

Suspiró y salió de la cocina. En el recibidor recogió las llaves del Cadillac y se las metió en un bolsillo trasero de los vaqueros, con el llavero asomando. Era mentira que odiara conducir su coche, pero tenía ganas de fastidiar a Tom, y quizá volviera del «paseo» con alguna que otra rascadita en el flamante chasis del todoterreno.

Salió dando un portazo. Quiso coger el ascensor, pero estaban los dos ocupados, así que decidió bajar al aparcamiento por las escaleras.

En menos de un minuto llegó al vestíbulo del aparcamiento. Abrió la puerta cortafuegos de golpe, y se llevó un buen susto cuando tras ella apareció el encargado de mantenimiento de la urbanización.

—Ah, hola… —saludó a la vez que dejaba pasar al corpulento hombre al interior del vestíbulo.

—Gracias, señor Kaulitz.

Bill arrugó la frente. Se le hacía raro que un hombre que debía tener unos diez años más que él le llamara «señor». Aunque por otro lado, él y Tom siempre se referían a él como «el chico» de mantenimiento. Quizá se podría considerar que estaban empatados…

—¿Se va a dar una vuelta? —preguntó el hombre en lo que parecía un pequeño intento de iniciar una corta conversación.

—Eh, sí… —respondió Bill, sin ganas de dar más explicaciones—. Adiós.

Entró en el aparcamiento y miró en todas direcciones buscando el Cadillac. Lo localizó enseguida, pues el coche muy discreto no era, e iba a ir hacia él cuando la voz del hombre le detuvo.

—¡Señor Kaulitz!

Bill se giró y miró al hombre con desgana.

—¿Qué?

—¿Esto es suyo?

El encargado de mantenimiento se acercaba a él con un objeto en su mano derecha que Bill reconoció enseguida: las llaves del Cadillac. Seguramente se le habría enganchado el llavero con algo y se habían caído del bolsillo. Alargó la mano para recogerlas.

—Oh, sí, gracias… —dudó un momento— Franz…

Por un instante Bill tuvo la sensación de que el hombre no le dejaba coger las llaves, pero sólo fue un segundo. Le miró a los ojos y tuvo un escalofrío. La mirada de aquel hombre se había vuelto oscura.

—Es Frank… —susurró.

—Oh, perdón…

Así que era eso, que se había ofendido porque no recordaba bien su nombre… Bill se encogió de hombros y se dio media vuelta sin despedirse.

Llegó junto al Cadillac y apuntó con el mando de las llaves, pero el coche no se abrió. Debía haberse equivocado de botón. Iba a volver a intentarlo con otro cuando una figura se reflejó en el cristal de la ventanilla.

Bill sólo tuvo tiempo de darse la vuelta, asustado. Luego, oscuridad.

&

De pronto, escuchó pasos tras la puerta metálica.

Bill se dejó caer con la espalda apoyada en la pared, nervioso. A esas alturas ya había comprendido que alguien le había encerrado allí, y que quien iba a aparecer tras la puerta era su captor. Se preguntó si no sería mejor cerrar los ojos, o mejor, taparse la cara, y así no ver el rostro de aquel delincuente, porque de lo contrario, quizá no le dejaría escapar nunca…

Pero la curiosidad le pudo más que la sensatez. Con los ojos bien abiertos, observó cómo la puerta metálica se abría y un hombre corpulento entraba en el reducido y oscuro habitáculo.

Bill se quedó con la boca abierta de la sorpresa.

No podía ser.

—¿Frank…?

Continúa… 

Gracias por la visita. Espero dejes un comentario 😉

por Khira

Escritora del fandom

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