Todo lo que soy 21

Fic TWC de Khira

Capítulo Final

Domingo

Apenas entraron en la autopista, Bill bajó por completo la ventanilla, dejando que el fresco viento del atardecer le alborotara un poco el cabello. Después de casi una semana encerrado en un sótano, y un día retenido en la habitación de un hospital, quería sentir cuanto antes el aire chocar contra su cara. El cantante estaba sentado en el asiento trasero del Cadillac detrás de Tom, quien conducía, para así poder estirar la pierna derecha con su maltrecho y ahora escayolado tobillo; Simone y Gordon se habían ido con otro coche para que él pudiera estar así de amplio.

Al darse cuenta, Tom quitó el aire acondicionado, pues con una ventanilla abierta de poco servía, y también bajó la suya. Miró el rostro de su hermano a través del espejo retrovisor. Bill había cerrado los ojos y apoyado por completo la cabeza en el respaldo del asiento.

No le extrañaba que su hermano estuviera cansado. Aquel día en el hospital había sido estresante, especialmente por culpa de la policía, que le había interrogado nada más terminar las pruebas médicas.

Tom no sabía qué le había contado Bill a la policía, porque no le habían permitido estar presente durante el interrogatorio, ni a él ni a su madre, aunque por las caras de frustración de los agentes cuando salieron de la habitación, supuso que su hermano no había estado muy elocuente. Y en cuanto a él y a Simone, Bill tampoco les había contado gran cosa; suponía que no era nada fácil para el cantante hablar del tema.

De lo que sí se habían enterado ambos, por boca de uno de los médicos, era que Bill se había negado a someterse a una de las pruebas. Tom apretó los labios al recordarlo. Y encima Simone le había pedido, casi suplicado, que fuera él quien le preguntara los motivos, pensando que a Bill le sería menos incómodo.

Mientras tanto, Bill también pensaba en todo lo acontecido ese último día. Aparte de su madre y Tom, Gordon había sido el único a quien los médicos habían dejado pasar a la habitación; sabía que Georg, Gustav, David y Andreas también se habían pasado por el hospital, pero no había llegado a verlos. Ahora le estaban esperando en el piso de Berlín, e imaginar el reencuentro le ponía algo nervioso. ¿Qué les diría? ¿Qué le dirían ellos? Desde luego, no era una situación ni cómoda ni fácil.

También pensó en lo que le había contado su hermano sobre cómo habían engañado a la prensa. Por un lado, le daba rabia el que, después de todo lo que había sufrido, aparecer ahora en los medios como un excéntrico que había tenido el capricho de esfumarse unos días sin ni siquiera tener el detalle de avisar a su familia; pero por otro lado, prefería mil veces eso que el que todo el planeta se enterara de la verdad, y peor aún, que se hablara de ello por todos lados y se elucubrara sobre lo que hubiera podido padecer durante su cautiverio.

Y es que Bill había decidido no contar a nadie lo sucedido durante su penúltimo día de cautiverio. Estaba seguro de poder sobrellevar esa carga él solo, sobre todo sin que nadie le compadeciera por ello. A la policía sólo le había contado lo justo y necesario.

En cuanto a Frank, la policía le había contado que ya estaba en prisión preventiva, y sin fianza, pero al haberse demostrado que padecía trastornos psiquiátricos, era muy probable que no terminara en la cárcel sino en un psiquiátrico; aunque mientras le encerraran, a Bill le daba igual el lugar. También le habían dicho que él tendría que declarar en el juicio, aunque no en presencia de Frank si no quería, y menos mal, porque no quería volver a ver a ese desgraciado en su vida…

—Ya hemos llegado… —la voz de Tom le sacó de sus cavilaciones—. ¿Estás dormido?

El cantante abrió los ojos con pereza.

—No…

Tom aparcó el Cadillac en su plaza. Bajó el primero del coche y dio la vuelta para abrir a Bill por el lado donde tenía apoyado el tobillo. Cogió la muleta que estaba en el suelo del vehículo y aguardó a que Bill se colocara en el borde del asiento. Entonces le pasó la muleta y le ayudó a ponerse de pie.

Bill, agarrado a la muleta con el brazo derecho, empezó a andar, o mejor dicho a dar saltitos, en dirección al ascensor. Tom se colocó a su lado, atento por si en algún momento su hermano necesitaba ayuda. Pero el cantante parecía haberle pillado ya el tranquillo a la muleta y se movía con bastante destreza. Llegaron al ascensor y Tom apretó el botón de llamada. Inmediatamente después Bill le agarró la mano, casi sobresaltándolo, y empezó a mirarla con gesto de desagrado.

—¿Qué…? —comenzó Tom.

—¡Qué asco! —exclamó el cantante—. ¿Por qué te has mordido las uñas? —preguntó, mirándole ahora a él.

Tom soltó su mano de la de su hermano y se miró las uñas. Tardó un par de segundos en responder.

—Estaba tan histérico, que o me mordía las uñas o me arrancaba la piel a tiras con ellas.

Miró de reojo a Bill, quien no dijo nada. El ascensor llegó al aparcamiento y sus puertas metálicas se abrieron. Tom le hizo un gesto a Bill para que pasara primero. El cantante entró en la cabina seguido de su hermano, y le dio al botón correspondiente a su planta.

Bill seguía sin decir nada. Estaba pensativo. Tom miró la imagen de ambos en el espejo. Él se había arreglado las rastas por primera vez en una semana, aunque su rostro aún denotaba cansancio. Bill estaba pálido, y aún tenía marcas en el rostro. Llevaba el pelo liso, aunque no del todo lacio ya que en el hospital no había ni secador ni plancha de pelo, e iba vestido con una camiseta ceñida y unos pantalones de chándal. Con el tobillo enyesado, pasaría algo de tiempo hasta que pudiera volver a vestir sus habituales pantalones estrechos.

De pronto el cantante también le miró a través del espejo. Justo en ese momento el ascensor llegó a su planta.

—Vamos —dijo Tom haciendo un gesto para que pasara él delante.

Bill salió el primero al rellano, seguido de Tom. Se dirigieron a su piso. Cuando se detuvieron frente a la puerta, Bill exhaló un sonoro suspiro.

—¿Nervioso? —preguntó Tom mientras sacaba las llaves de uno de sus bolsillos.

—Un poco… —reconoció.

—No tienes por qué estarlo. Ellos no te van a interrogar. Sólo se mueren de ganas de verte y comprobar que estás bien.

Encajó la llave en la cerradura y la hizo rodar, abriendo la puerta. Inmediatamente escucharon pasos acercándose. Apenas Bill entró en el recibidor, se topó con Simone y Gordon.

—Hola, cariño… —saludó su madre a la vez que le daba un sonoro beso en la mejilla. Gordon le dio un apretón en el hombro.

—Hola…

Luego se hicieron a un lado para que Bill pudiera seguir hasta el salón. Allí se encontró a Georg, Gustav, Andreas y David que esperaban de pie. El primero en ir a su encuentro fue Andreas, quien sin mediar palabra le obsequió con un corto pero sincero abrazo. En cuanto se separó, se encontró con Gustav, quien también le abrazó, y luego Georg, que hizo lo mismo. El último fue David, aunque fue igual de efusivo.

Bill aguantó esas muestras de cariño lo más estoicamente que pudo. Las agradecía, claro, pero también estaba muerto de la vergüenza. Todos los que estaban allí sabían que había pasado una semana a merced de un loco, y podían ver las marcas de su cara. Seguro que sentían lástima por él pero también curiosidad… Sin embargo Tom estaba en lo cierto, nadie le preguntó nada sobre ese tema. Incluso se formó un tenso silencio después de la sesión de abrazos, que Georg se encargó de romper.

—¿Qué tal te manejas con la muleta? —preguntó el bajista mirando el tobillo escayolado de su amigo. Sólo sabían que había estado atado, pero no cómo se había lesionado.

—Bien… —murmuró Bill—. Aunque cansa mucho.

David, que se había quedado justo a su lado, le colocó una mano en el brazo.

—Bill, la entrevista con Viva que teníais que realizar al acabar las vacaciones está cancelada. Y sobre continuar la grabación del nuevo disco… tú mandas. Cuando te sientas con fuerzas, continuaremos.

Bill asintió, agradecido. Por el momento no se sentía con fuerzas para fingir delante de una cámara, ni tampoco para cantar de la manera que lo exigía la grabación de un disco.

Simone reapareció en medio del grupito.

—Bill, la cena está casi lista. Hemos preparado tu plato favorito: macarrones con la salsa especial de Tom.

Bill levantó una ceja.

—Pero si Tom ha vuelto conmigo… ¿Cuándo la ha preparado?

—La ha preparado mamá. Le he dado la receta este mediodía —respondió Tom adelantándose a su madre.

La ceja de Bill se alzó un poco más.

—¿Esa salsa tiene receta…?

—Por supuesto.

Al ver el gesto tan serio de Tom, Bill no lo pudo evitar y sonrió. Notó que todos le miraban más relajados, especialmente su hermano.

—Gracias, pero… no tengo nada de hambre. Estoy algo cansado; prefiero irme ya a dormir.

—Pero… —empezó Simone con tono preocupado.

—Guárdame mi plato para mañana comer, ¿vale?

Simone suspiró, contrariada. Pero no quiso insistir.

—Está bien…

—Bueno, chicos… —comenzó Bill al mismo tiempo que se daba la vuelta para dirigirse hacia la escalera—. Yo me voy a la cama. Si eso hablamos mañana.

—Que descanses —dijo Gustav.

—Lo haré, gracias. Buenas noches a todos.

—Buenas noches, Bill —respondieron.

—Espera, que te ayudo a subir —dijo Tom yendo a su lado.

Bill se quedó mirando el primer escalón, elucubrando la manera de subir sin caerse y arrastrar consigo a su hermano. Pero Tom ya tenía la solución.

—Creo que será mejor que te sujete yo la muleta, y tú te sujetas por un lado a mi brazo y por el otro a la barandilla.

—Sí, será lo mejor.

Hicieron tal y como decía Tom y en un par de minutos alcanzaron el piso superior. Bill se soltó del brazo de su hermano, recuperó su muleta y se dirigió a su habitación. Nada más entrar se dio cuenta de que estaba mucho más arreglada de como la había dejado él el lunes. Seguro que había sido cosa de Simone.

Tom se quedó en el umbral de la puerta mientras observaba a Bill. Vaciló unos segundos.

—Bueno, te dejo descansar. Si necesitas algo…

Bill se giró hacia él y se le quedó mirando fijamente. Tom iba a seguir hablando cuando inesperadamente Bill dio un saltito hacia él y le abrazó con su único brazo libre. Al principio Tom se quedó un poco descolocado, pero tras unos segundos reaccionó y rodeó la cintura de Bill con ambos brazos, apretándole con cuidado. Ahora ya sabía que Bill tenía una pequeña fisura en una costilla y no quería hacerle daño.

—¿Estás bien…? —preguntó el guitarrista. El cabello de Bill le hacía cosquillas en la nariz, pero no se movió.

Bill asintió. Sólo había seguido un impulso. Aunque en realidad le habían dado ganas de abrazar a su hermano desde ese comentario que había hecho justo antes de entrar en el ascensor.

—Es que… te he echado tanto de menos…

Tom tuvo que contenerse las ganas de abrazarle con todas sus fuerzas.

—Yo también…

Lentamente Bill se separó de su hermano. Se miraron a los ojos.

—¿De verdad? —preguntó el cantante.

Tom frunció el ceño, un poco ofendido por su duda.

—Claro que sí.

—¿Estabas preocupado…?

—¿Que si estaba pre…? Joder, Bill, si casi me dio un soponcio de la angustia…

Bill sonrió levemente, al no conocer la verdad que encerraba el comentario de su hermano. Tom les había pedido a todos que no le contaran a Bill que había sufrido un ataque de ansiedad para no inquietarle.

El cantante se dio la vuelta y en un par de saltitos alcanzó su cama. Se sentó en ella y dejó la muleta a un lado, apoyada en la pared junto a la mesilla de noche.

—Si necesitas algo, me llamas —dijo Tom ya con una mano en el pomo de la puerta.

—Espera —le llamó Bill.

—¿Qué?

Bill dudó unos segundos.

—¿Te tumbas un rato conmigo?

La proposición le pilló por sorpresa, pero se repuso pronto. Sonrió y cerró la puerta tras él.

—Claro.

Con cuidado, Bill se hizo a un lado para hacerle sitio a su hermano. Ambos se tumbaron de lado, cara a cara.

—¿Estás cómodo? —preguntó Tom al ver que Bill movía un poco la pierna escayolada, como buscando otra posición para ella.

—Sí… —contestó Bill, aunque no muy convencido. El tener ese peso en el tobillo era muy molesto—. Sólo tengo que acostumbrarme…

El cantante cerró los ojos. En verdad estaba muy cansado. Pero Tom decidió cumplir con la misión que le había encomendado su madre antes de que su hermano se durmiera.

—Bill… —le llamó en voz baja. El cantante abrió de nuevo los ojos—. Hay algo que necesito preguntarte…

Bill arrugó la frente. Intuyó qué era lo que le quería preguntar su hermano, y aunque no tenía ganas de tener esa conversación, lo mejor era quitársela de encima cuanto antes.

—Adelante…

Tom cogió aire y luego soltó la pregunta del tirón.

—¿Por qué te has negado a someterte al test de agresión sexual?

El rostro de Bill permaneció impasible. Siempre que mentía, su hermano se lo notaba enseguida. Esa vez tenía que representar a la perfección el papel y se esforzó al máximo para conseguirlo.

—Porque no era necesario. No pasó nada de eso.

Tom escrutó el rostro de su hermano, pero no halló nada contradictorio. Aun así no pudo evitar tratar de asegurarse.

—¿De verdad?

—Sí.

Un suspiro escapó de los labios de Tom.

—Gracias a Dios… —murmuró de forma casi inaudible.

Bill cerró de nuevo los ojos antes de que se le cayera la máscara. A los pocos segundos escuchó de nuevo su nombre de los labios de Tom.

—Bill…

Abrió por segunda vez los ojos, preguntándose qué querría su hermano ahora.

—Siento mucho cómo me he comportado estas últimas semanas.

Bill alzó una ceja, sorprendido. Eso no se lo esperaba. Tras unos instantes de duda, decidió aprovechar la oportunidad de continuar esa conversación que para él fue cortada antes de tiempo.

—¿Y por qué te has comportado así? —preguntó.

Tom se rascó un brazo, incómodo.

—La verdad es que no lo sé. Lo he estado pensando, y creo que en el fondo seguía dolido porque no me hubieras confiado algo así antes. Me dio la sensación de que si no te hubiera abordado esa noche, nunca me lo habrías contado.

—Claro que te lo habría contado —replicó Bill—. Y además el primero. Sólo necesitaba un poco más de tiempo… Además, lo de Michael surgió de improviso… y fue mi primera vez. Antes de eso no había mucho que contar.

Tom abrió mucho los ojos. Abrió la boca para decir algo pero no encontró las palabras.

—Creía que sólo os habíais besado… —dijo al fin.

—Te lo iba a contar… pero reaccionaste tan mal que no me atreví. Lo siento.

Tras unos segundos de asimilación, Tom negó con la cabeza.

—No, soy yo el que lo siente. Me porté como un energúmeno. ¿Me perdonas?

Aliviado, Bill sonrió levemente y se acercó un poco más a Tom.

—Te perdono… si me dejas dormir de una vez. Estoy rendido.

El cantante cerró los ojos mientras ahogaba un bostezo y Tom también sonrió.

—Trato hecho.

Tom se quedó observando a su hermano. De pronto escuchó unos pequeños toques en la puerta. Giró la cabeza en esa dirección y vio a su madre asomarse.

—Sólo quería saber por qué no bajabas… —dijo en un susurro al ver que Bill quizás ya dormía.

—En cuanto Bill se duerma bajaré —respondió Tom.

—Ok…

—Ah, mamá… Ven.

Aunque lo mejor habría sido esperar a estar a solas, Tom no podía aguantar sin tranquilizar a su madre sobre el tema que había preocupado a ambos.

Simone entró en la habitación y se dirigió al lado de la cama en el que estaba Tom. El muchacho se incorporó un poco y le susurró a su madre al oído unas palabras. A la mujer se le humedecieron los ojos del alivio. Rodeó la cama y se inclinó sobre Bill. Le dio un beso en la mejilla.

—Buenas noches, cariño.

Bill respondió sin molestarse en abrir los ojos, ajeno a esa pequeña conversación secreta. El sueño ya empezaba a apoderarse de él.

—Buenas noches, mamá.

Simone rodeó de nuevo la cama y regresó junto a Tom. También le besó sonoramente en la mejilla.

—¡Mamá! —se quejó el guitarrista—. ¡Nos somos dos niños pequeños!

—Para mí siempre lo seréis —replicó Simone, divertida.

Bill sonrió al escucharles, lo último que hizo antes de sumirse en un profundo y reparador sueño.

Continúa… 

Gracias por la visita. Nos queda el epílogo, no te lo puedes perder 😉

por Khira

Escritora del fandom

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