Todo lo que soy 3

Notas: Este relato es un fanfic, y aunque está basado en personas reales, ninguna de las situaciones aquí descritas son verídicas. Yo soy fan de Tokio Hotel y también me gusta el yaoi, si a ti no te gusta alguna de estas dos cosas, ¿qué haces en esta sección de la web…?

Fic TWC de Khira

Capítulo 3

Lunes

A Tom le rugieron las tripas por tercera vez en diez minutos. Miró por enésima vez su reloj de pulsera. Hacía más de una hora que Bill debería haber vuelto de la terapia.

—Me muero de hambre… —se quejó Georg, tumbado boca arriba en el sofá con una pierna sobre el respaldo.

—Y yo —respondió Tom, mosqueado. Él estaba de pie frente al ventanal del salón—. ¿Dónde se habrá metido?

—¿Has probado a llamarle al móvil? —preguntó Gustav, apareciendo con una bolsa de patatillas en sus manos. Georg se levantó de inmediato para pillar unas cuantas.

—Sí, y lo tiene apagado —respondió el guitarrista—. Se habrá quedado sin batería…

—O quizá ha tenido que apagarlo por algo. ¿Por qué no pruebas otra vez?

—Bueno…

Tom sacó su teléfono móvil último modelo del bolsillo de sus enormes pantalones y tecleó con el marcado rápido el número de su gemelo. Se lo llevó al oído, y pocos segundos después escuchó de nuevo el mensaje de la teleoperadora que le informaba que el móvil al que llamaba estaba apagado o fuera de cobertura.

—Mierda… —gruñó. No lo iba a reconocer, pero se estaba empezando a preocupar.

—¿Apagado? —inquirió el batería.

—Sí.

—A ver si ha tenido un accidente… —intervino Georg.

—Joder, Hagen, no digas eso ni en broma… —saltó Tom, y para hacer una broma añadió—: Que se ha llevado mi Cadillac…

Georg sonrió, pero Gustav le miró de manera reprobatoria.

—Ahora en serio, no sé qué puede haber pasado —dijo Tom—. Que yo sepa no tenía que pararse en ningún sitio, sino venir aquí directamente… Y aunque le hubiera surgido algo, habría llamado para avisar…

—Pero tiene el móvil apagado… —puntualizó Georg.

—¿Y si llamas a la clínica? —propuso Gustav—. Quizá allí sepan algo.

—Buena idea —asintió Tom—. Voy a probar.

Sacó por segunda vez su teléfono móvil, pero no tenía el número de la clínica donde Bill acudía a terapia vocal, así que fue a buscarlo en la agenda que había sobre una de las mesitas del salón, junto al teléfono fijo.

—A ver… —Pasó las páginas hasta que lo encontró—. Este es…

Marcó y esperó a que diera tono. Pocos segundos después la voz de una chica le informaba de adonde había llamado y le preguntaba qué deseaba.

—Sí… hola… Soy Tom Kaulitz. ¿Podría hablar con el doctor Maier?

—Un momentito, le paso.

Empezó a sonar «Para Elisa» de Beethoven. Al poco se puso el doctor Maier.

—Buenas tardes, Tom —saludó el médico con voz amable.

—Hola, doctor Maier… Perdone que le moleste tan tarde, pero es que Bill aún no ha regresado a casa, y quería saber si había ocurrido algo en la clínica que hubiera podido retrasarle…

Se hizo un breve silencio. El doctor Maier volvió a hablar, pero esta vez su voz denotaba confusión.

—Me temo que no puedo ayudarte, Tom. Bill no ha venido esta tarde a la terapia.

Tom sintió la boca seca.

—¿Cómo?

—Que Bill no ha venido a la terapia —repitió el médico—. De hecho pensaba que llamabas para contarme qué había pasado para que se saltara la cita.

—No lo… entiendo… —balbuceó Tom. Trató de sobreponerse—. Está bien, gracias por la información.

—De acuerdo… Hasta luego, Tom.

Tom colgó. Estaba en blanco.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó Gustav, a su lado.

—Que Bill no ha ido esta tarde a la terapia… —murmuró.

—¿Qué? —exclamó Georg—. ¿Y entonces dónde narices ha ido?

«Eso me gustaría saber a mí…»

Sin darse cuenta realmente de lo que hacía, Tom se dirigió al recibidor. Sus ojos se posaron en la bandejita que había sobre el mueble junto a la puerta de entrada, donde deberían estar las llaves de su Cadillac.

—¿Y si de verdad ha tenido un accidente…? —preguntó más bien para sí mismo en un susurro. Se le habían quitado las ganas de bromear con el asunto.

—No nos pongamos en lo peor —dijo Gustav—. A ver, lo primero es comprobar que ha cogido el coche. El que se haya llevado las llaves no nos lo asegura.

—Eso, vayamos a comprobarlo —dijo Georg.

Tom asintió, y los tres salieron del piso. Pillaron el ascensor que estaba detenido en su planta y con él bajaron hasta el aparcamiento.

Una dolorosa punzada sacudió el pecho de Tom en cuanto localizó enseguida a su Cadillac en su plaza correspondiente, entre un Chevrolet y un Saab.

Sin decirse una palabra, los tres chicos caminaros hasta quedar frente al ostentoso vehículo. Un par de plazas a la derecha, estaba el coche de Bill, así que ese tampoco se lo había llevado.

Se quedaron en silencio varios segundos más, hasta que Tom estalló.

—¡¿Pero dónde coño ha ido?! —gritó—. ¡¿Por qué se ha ido a pie?! ¡¿Por qué mierda no ha avisado?

—Tranquilízate, Tom… —pidió Gustav, aunque él también empezaba a ponerse nervioso.

—¡No puedo tranquilizarme! —replicó Tom—. ¡Mi hermano ha desaparecido! ¡¿Y si…?!

Pero se interrumpió antes de formular la hipótesis que acababa de proponer su mente.

Georg y Gustav le miraron. A ellos también se les había ocurrido.

—¿Y si alguien se lo ha llevado…? —musitó finalmente Tom.

—¿Pero quién querría llevarse a Bill? —preguntó Georg—. ¿Y para qué?

—No lo sé… Pero yo voy a llamar a la policía.

Y antes de que sus amigos asimilaran sus palabras, Tom ya se dirigía de nuevo hacia el vestíbulo.

—¡Espera! —exclamaron Georg y Gustav a la vez que se apresuraban a alcanzarle.

—¿En serio vas a llamar a la policía? —preguntó Georg—. ¿Tan pronto?

—Por supuesto que sí. No es normal en Bill desaparecerse de esta manera. Alguien se lo ha llevado. Es la única explicación.

Se metieron de nuevo los tres en el ascensor.

—¿Pero qué les vas a decir? ¿Que tu hermano mayor de edad lleva cuatro horas fuera de casa y tiene el móvil apagado? ¡No te harán caso!

—Me lo harán —replicó Tom intentando sonar convincente, aunque le temblaba la voz—. Estamos hablando de Bill Kaulitz. Tienen que hacérmelo.

Entraron en el piso, y al poco ya estaba Tom de nuevo con el teléfono en la oreja.

Sin embargo, Gustav tenía razón. La agente de policía que le atendió le explicó amablemente que no podían hacer nada hasta que hubieran pasado un mínimo de horas desde la desaparición de una persona mayor de edad, por muy famosa que fuera. De la impotencia, Tom colgó sin más y lanzó su teléfono móvil sobre el sofá.

—¡Mierda, mierda, mierda! —gritó.

Georg y Gustav se miraron entre ellos, sin saber qué hacer para tranquilizar al mayor de los Kaulitz.

De pronto, sonó el teléfono fijo del piso. Tom se abalanzó sobre él.

—¿Diga? —preguntó con un jadeo nada más descolgar.

¡Hola, Tom!

Escuchar la voz de Simone fue como un jarro de agua fría.

—Hola, mamá… —musitó decepcionado a la par que nervioso.

¿Qué tal estás?

—Bien…

¿Seguro? Te noto un poco raro…

—No, no, estoy bien…

De acuerdo… ¿Y Bill?

Tom tragó saliva. No podía preocupar aún a su madre, quizá su hermano estaba a punto de aparecer por la puerta con una explicación razonable… que aún así no le iba a librar de la bronca. Tenía que esperar.

—Aún no ha vuelto de la terapia vocal…

No era del todo una mentira. Pero aquello también preocupó a Simone.

¿Tan tarde y aún no ha vuelto?

—Se habrá entretenido yendo de compras… Si eso le digo que más tarde o mañana te llame él, ¿vale?

Bueno…

—Te dejo, mamá, que me muero de hambre y vamos a cenar.

¿Eh? Vale, vale…

—Adiós, mamá.

Adiós, cariño.

Y Tom colgó. En esos momento no podía hablar con su madre más tiempo, o ella habría notado que algo no iba bien… Siempre lo hacía… Por algo era su madre.

En el piso se formó un denso silencio.

—¿Y ahora qué hacemos? —se atrevió finalmente Georg a preguntar.

—Esperar… —respondió Gustav por Tom—. No nos queda otra…

Tom miró a Gustav y luego a Georg, y luego bajó la cabeza. Tenía un mal presentimiento, pero por mucho que le desesperara era cierto, en esos momentos no podían hacer más que esperar…

Continúa… 

Gracias por la visita. Espero dejes un comentario 😉

por Khira

Escritora del fandom

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