Todo lo que soy 4

Fic TWC de Khira

Capítulo 4

Lunes (cont.)

Bill seguía sin poder ni querer creerse que aquello estuviera pasando de verdad. No, tenía que ser una pesadilla, una horrible y cruel pesadilla.

—¿Frank? —preguntó con voz ahogada—. ¿Eres tú?

El hombre era alto y corpulento, vestido con un mono de trabajo gris oscuro, y tenía barba. Le dio a un interruptor que encendió el fluorescente que había en el techo y Bill pudo comprobar que efectivamente se trataba del encargado de mantenimiento de su urbanización. Avanzó un par de pasos hacia el muchacho.

—Por fin recuerdas mi nombre… —murmuró el hombre. Sus ojos eran pequeños e inquisitivos.

Bill sintió un nuevo ramalazo de temor. Su respiración se agitó; su pecho subía y bajaba visiblemente. Detrás del hombre y a través de la puerta entreabierta distinguió unas escaleras ascendentes. Aquello debía ser un semisótano.

—¿Qué… qué me has hecho…? ¿Por qué me has traído aquí…? —preguntó jadeante.

Frank se arrodilló justo frente a él. Inesperadamente alargó una mano hacia su frente. Bill se asustó y retrocedió de inmediato, chocándose contra la pared. Aún así el hombre terminó posando su mano en su sien izquierda.

—Lamento haberte hecho daño —se disculpó el hombre para su sorpresa—. ¿Te duele?

—Que lamentas… que tú… —Bill alucinaba. De pronto la ira se apoderó rápidamente de él—. ¡Mentira! ¡Si lo lamentaras, no me habrías traído aquí! ¡¿Pero qué coño te pasa?! ¡Déjame ir!

La mirada del hombre se oscureció, exactamente igual que había sucedido en el aparcamiento cuando se equivocó con su nombre. Bill se encogió, temiendo por un momento que le fuera a pegar, pero afortunadamente no fue así.

—No —dijo simplemente.

—¡¿»No», qué?! —exclamó el cantante.

—No te voy a dejar ir, Bill.

Era la primera vez que ese hombre le llamaba por el nombre de pila y no «señor Kaulitz». Bill tuvo un escalofrío que le recorrió por entero la columna.

—¿Por qué no…? —preguntó, temeroso de la respuesta.

—Porque quiero que te quedes aquí, conmigo. Te quiero; es más, te necesito.

Bill ignoró por completo la inesperada declaración.

—¡Pero yo no quiero quedarme! ¡Déjame ir, por favor!

—No.

Bill apretó los puños, con tanta fuerza que se clavó las uñas. ¿Por qué tenía que pasarle esto a él?

—¡¿Pero que no te das cuenta de que no puedes obligarme a quedarme aquí por la fuerza?! —estalló—. ¡Esto es un secuestro! ¡Y tú eres un delincuente! ¡Vas a ir a la cárcel!

Su captor se aproximó aún más a él, acercando sus rostros. Bill se apartó de nuevo, asqueado.

—Entiendo que ahora digas estas cosas, pero ya verás como dentro de poco cambiarás de opinión.

—¡No voy a cambiar de opinión! ¡¿Es que no ves cómo me tienes?! —Bill señaló las esposas que le mantenían sujeto por un tobillo a la pared—. ¡Me has secuestrado y me tienes esposado! ¡¿Cómo voy a cambiar de opinión?! ¡¿Estás loco?!

Entonces sí, Frank le golpeó. El sonido de la bofetada resonó en la pequeña habitación. Bill se quedó con la cara ladeada, aturdido ante lo que acababa de pasar.

—Yo NO estoy loco —dijo Frank entre dientes.

El muchacho se llevó una mano a la cara, aún sin mirarle. Sentía la mejilla arder. Se quedó en silencio.

Al cabo de unos segundos, el rostro de Frank se relajó, aunque Bill no lo vio. Sólo notó que una de las manos de aquel hombre se posaba sobre su cabello, acariciándoselo.

—Lo siento —se disculpó Frank—. Lo siento, Bill, siento haberte lastimado.

Bill siguió en silencio. Aún estaba demasiado aturdido para decir o hacer nada.

La mano de Frank se deslizó por sus cabellos, hasta posarse en su cuello. Le acarició suavemente la mandíbula con el pulgar.

Todos los músculos de Bill se tensaron. Se negó a pensar en lo que aquella caricia podía llegar a significar.

Pero la caricia no fue a más. Al cabo de unos minutos, Frank se levantó.

—Debes estar hambriento. Te traeré la cena.

Bill sólo alzó la vista cuando escuchó el sonido de la puerta metálica al cerrarse.

Giró la cabeza y observó más detenidamente las esposas que le mantenían atado a la pared del fondo de la habitación. Ésta, recubierta de fotografías igual que las otras tres, era de hormigón armado, pero tenía desconchados, y en uno de ellos sobresalía una barra de acero corrugado; allí estaba enganchado el aro contrario al de su tobillo. Bill tiró del él por tirar; era imposible que pudiera romper una barra de acero y menos sacarla del hormigón donde estaba embutida.

En ese momento era incapaz de pensar con claridad. Sólo atinó a maldecir porque entre todos los encargados de mantenimiento del mundo, a ellos les había tocado el más chiflado.

Ellos…

Por primera vez desde que había despertado en aquella habitación, Bill recordó a su hermano y a Georg y Gustav. Los tres estarían en esos momentos en el piso de Berlín, preguntándose por qué estaba tardando tanto en regresar. Seguro que se preocupaban y que terminarían llamando a la policía.

Eso era, la policía le iba a encontrar. Sólo tenía que aguantar hasta entonces. Unas horas, un día, quizá dos.

Se fijó de nuevo en las fotografías. La mayoría estaban tomadas en su propia urbanización, saliendo o entrando en el portal de su edificio, en algunas estaba en la piscina, y en otras en el balcón de su piso. También había muchas de conciertos. De los primeros que realizaron incluso, cuando él apenas tenía quince años. Algunas estaban tomadas de muy lejos y otras eran planos cortos. Unas eran en color y otras en blanco y negro. Pero en todas, absolutamente en todas, él era el único protagonista.

«Chiflado… Está completamente chiflado…»

De pronto cayó en la cuenta de algo. Si había fotografías suyas de cuando tenía quince años, y Frank hacía menos de tres meses que trabajaba en su urbanización… Eso significaba que aquel hombre ya había solicitado ese trabajo con la intención de estar más cerca de él, quién sabe si ya con la intención de secuestrarle.

Él había oído hablar en alguna ocasión de supuestos «fans» que se obsesionaban hasta tal punto con sus artistas favoritos, que toda su vida giraba en torno a ellos. Pero… ¿hasta el punto de secuestrarlos? Creía que eso sólo pasaba en las series de televisión…

Empezaba a sentir náuseas…

Escuchó pasos y al momento la puerta metálica se abrió. Frank entró en la habitación con una bandeja sobre la que reposaba un tazón de caldo humeante, un vaso de agua y una cuchara. Avanzó unos pasos hacia él, se agachó y dejó la bandeja en el suelo.

—Seguro que te gusta. Es caldo de…

—Frank, tienes que dejarme ir —le interrumpió Bill, intentado sonar seguro de sí mismo—. A estas horas ya deben estar buscándome, quizá incluso la policía. Terminarán encontrándome, y entonces a ti te meterán en la cárcel. ¿No lo entiendes?

Su captor sonrió. Bill tuvo otro escalofrío.

—No te preocupes por eso, Bill. Aquí estamos a salvo. Nadie nos va a encontrar.

Bill sintió que un nudo se formaba en su garganta.

—¿Dónde… dónde estamos? —consiguió articular.

—Te lo he dicho, Bill, a salvo.

Dicho esto Frank se incorporó y salió de la habitación, para volver a entrar al cabo de pocos segundos. Traía una especie de escupidera de metal consigo, la cual dejó también en el suelo, un poco apartada pero lo suficientemente cerca de Bill para que éste pudiera alcanzarla.

El cantante se le quedó mirando.

—¿Pretendes que…? —pero la pregunta murió en sus labios. Era evidente que sí.

—En fin, puedes empezar a cenar si quieres, antes de que el caldo se enfría. Volveré dentro de un rato para recoger los trastos.

Y se marchó, no sin cerrar a consciencia la puerta del habitáculo. Bill escuchó perfectamente el sonido de una llave al rodar una cerradura.

Estaba encerrado.

Bill miró su tobillo, que cada vez notaba lacerarse más a cada pequeño movimiento que realizaba. Intentó meter la pernera de los vaqueros entre el aro y su piel, pero el primero estaba tan apretado que sólo consiguió deslizar un trozo de tela.

Luego miró su cena, pensando en si no estaría envenenada, pero si Frank hubiera querido matarle, ya lo habría hecho.

Finalmente, miró la escupidera.

En ese momento, Bill rompió a llorar.

Continúa… 

Gracias por la visita. Espero dejes un comentario 😉

por Khira

Escritora del fandom

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