Fic TWC de Khira
Capítulo 6
Desde el interior del hotel no dejaban de escucharse los gritos de las fans de Tokio Hotel que llevaban horas esperando fuera para verles.
Con una última mirada a su imagen en el espejo, Bill Kaulitz se cercioró de que la camiseta roja y los vaqueros con rayas del mismo color había sido una elección adecuada. Natalie, la estilista del grupo, había acudido una hora antes a su habitación y le había peinado con su típico y peculiar estilo leonado. El maquillaje ya se lo retocaría en el backstage. Sólo le faltaban un par de complementos más y estaría listo. Abrió el neceser donde guardaba sus joyas, y tras pensárselo unos minutos, terminó eligiendo unos cuantos anillos de plata y un colgante con forma de cuerno. Se colocó un par de anillos en los dedos corazón y anular de la mano izquierda, y en la mano derecha sólo se colocó uno en el dedo índice.
Estaba intentando anudarse la cadena con el colgante al cuello cuando tocaron a la puerta de la suite. Salió del baño, aún con las manos en la nuca, y se acercó a ella.
—¿Qué? —preguntó de forma seca.
—Soy yo. Nos están esperando —respondió una voz al otro lado.
Bill reconoció la voz de su hermano Tom. El cantante se sujetó el cierre de la cadena con una sola mano y con la otra abrió la puerta.
—¿Estás listo? —preguntó el guitarrista.
—Un momento… —masculló Bill, aún luchando con el cierre de la cadena, hasta que se rindió y le dio la espalda a Tom—. ¿Me ayudas con esto?
Volvió a sujetar el cierre con una sola mano y con la otra se retiró el pelo. Tom suspiró y se acercó para ayudarle.
Bill no pudo evitar sentir un escalofrío cuando sintió el roce de los dedos de su hermano sobre la piel de su nuca. Estuvo tentado de apartarse pero no lo hizo.
«Sólo es mi hermano…», se dijo mentalmente. «Estoy demasiado nervioso…»
—Ya está —dijo Tom apartando las manos de su cuello.
—Gracias —masculló—. Bien, pues ya estoy.
—Vámonos.
Tras recoger su chaqueta de encima de la cama, Bill echó un último vistazo a su suite y se apresuró a seguir a su hermano.
&
Martes
Entre el miedo, el calor y la incomodidad, Bill no había conseguido conciliar el sueño en toda la noche. Frank, o como él había empezado a llamarle en su mente, su «carcelero», le había proporcionado una manta y un cojín para que durmiera más cómodo, pero a pesar de eso al muchacho le había resultado imposible descansar, sobre todo a causa de las esposas que le mantenían atado el tobillo derecho, el cual tenía cada vez más lacerado.
Otro motivo por el que no había podido pegar ojo había sido el incesable cantar de los grillos que se escuchaba por el ventanuco. Además, ese ruido le hacía pensar que estaban en el campo, y al recordar las palabras de su carcelero, según el cual estaban «a salvo», Bill se temía que estaban en medio de la nada y que efectivamente nunca les encontrarían.
No tenía ni idea de qué hora era, pero a juzgar por los rayos de sol que se filtraban por el ventanuco, el sol ya estaba muy alto. Bill se sentó con la espalda apoyada en la pared. Frente a él, la puerta metálica por la que Frank llevaba horas sin aparecer. Y no sabía si eso era bueno o malo.
Se arremangó la pernera derecha de sus pantalones vaqueros. Los calcetines deportivos que portaba eran lamentablemente cortos y el aro de metal le rozaba la piel todo el rato. Las laceraciones de su tobillo eran cada vez más profundas y tenían peor pinta. Bill trataba de mover la pierna lo mínimo, pero incluso así la herida cada vez le dolía más. Quizá se le estaba infectando…
Se preguntó por qué su carcelero había decidido atarle de esa manera y no por las manos, con las que podría agredirle, pero en seguida supo la respuesta. Frank no temía que Bill le agrediera, porque en esa situación Bill dependía completamente de él. Sin poder salir del habitáculo, sus únicas esperanzas de sobrevivir pasaban porque aquel hombre continuara trayéndole agua y comida.
¿Qué debería hacer? Frank estaba muy loco, y si no les encontraba la policía, Bill se temía que aquella situación se alargara hasta el fin de sus días, o peor aún, hasta que ese hombre se «cansara» de él…
Tenía que hacer algo… pero no sabía el qué.
Entonces se fijó en la escupidera de metal que yacía un poco apartada de él, aunque estaba vacía. Frank se la había devuelto limpia la noche anterior, después de recoger los trastos de su cena.
Después se fijó en su tobillo. Y se le ocurrió algo. Aunque no estaba seguro de tener el valor suficiente para llevar a cabo esa idea…
Por si acaso, acercó un poco más la escupidera hacia él.
Por fin escuchó pasos tras la puerta, y al poco ésta se abrió. Frank apareció con la bandeja, esta vez con un vaso de leche y un paquete de galletas encima.
—Buenos días… —saludó al mismo tiempo que dejaba la bandeja cerca de Bill—. Siento haberte hecho esperar, pero la señora Pippert me ha llamado a primera hora… Estaba enfadada porque ayer no le arreglé la cisterna del inodoro…
Bill se mordió un labio. Le parecía increíble que mientras él estaba allí encerrado, aquel tipo siguiera haciendo vida normal, y para colmo, en su propio edificio. Seguro que Tom le había visto y no sospechaba nada….
Tom… ¿Estaría preocupado por él? Seguro que sí… Pero no sabía si lo suficiente como para remover cielo y tierra para encontrarle. Al fin y al cabo, no había pasado ni un día desde su desaparición…
—¿Te encuentras bien, Bill? —preguntó Frank sacándole de sus pensamientos.
«Definitivamente, está loco. ¡No, no estoy bien! ¡¿Cómo coño voy a estar bien?!»
Miró al frente. La puerta metálica estaba abierta. Frank sólo la cerraba cuando le dejaba solo.
Decidió llevar a cabo su pequeño plan.
—En realidad… —empezó con voz lastimera, lo que no le resultó en absoluto difícil—. Es que me duele mucho el tobillo, Frank… —le llamó claramente por su nombre aposta.
—¿El tobillo? Ya…
Frank se arrodilló para inspeccionar de cerca el tobillo del cantante. En efecto, aquello parecía doloroso. Pero él no podía hacer nada.
—Lo siento, Bill, pero tendrás que aguantar. Necesito que te quedes conmigo…
—Ya… —Bill siguió con su plan—. ¿Pero no podrías al menos cambiarme el aro de tobillo? ¿O ponérmelo un rato en una muñeca? Me duele mucho, Frank…
El hombre pareció dudar.
—¡Por favor! —insistió el muchacho—. Entiendo que no me vas a soltar, pero al menos dame un respiro… Me duele mucho, de verdad… Cámbiamelo de lugar, por favor… Te prometo que no haré nada… —suplicó.
—¿Me lo prometes? —preguntó Frank, aún vacilante.
—Sí, te lo prometo…
—Está bien… —accedió—. Ahora vuelvo…
Frank se levantó y salió de la habitación, cerrando como siempre la puerta tras de sí; Bill supuso que había ido a buscar las llaves de las esposas. Acercó la escupidera de metal un poco más hacia él.
Sintió que el corazón se le desbocaba. Pero tenía que hacerlo, tenía que intentar salir de allí por sus propios medios.
Un minuto después Frank regresó. Dejó la puerta entreabierta y se agachó de nuevo junto a Bill.
—Recuerda que me lo has prometido… —le recordó antes de sacar una pequeña llave metálica de su bolsillo.
Bill asintió. El corazón latía fuertemente contra su pecho.
Frank metió la pequeña llave en la cerradura de las esposas. La hizo rodar y se escuchó un pequeño click. El aro se abrió, liberando el lastimado tobillo.
En ese preciso momento, Bill agarró la escupidera con la mano derecha y a continuación la estampó con todas sus fuerzas contra el cráneo de su secuestrador.
—¡Argh! —gritó Frank tambaleándose hasta caer de lado, pero Bill no se detuvo a escucharlo.
El muchacho se levantó rápidamente y, tras un leve traspiés, pues no se había movido en horas y tenía las piernas entumecidas, echó a correr hacia la puerta. La abrió del todo de golpe y continuó escaleras arriba.
Llegó a lo que supuso era la planta baja de la vivienda, encontrándose en una especia de sala multiusos llena de muebles viejos, como un par de sofás raídos, estanterías más llenas de polvo que de libros y sillas rotas. Las ventanas estaban muy sucias y por eso la estancia permanecía algo oscura. Bill paseó rápidamente la mirada hasta encontrar lo que parecía la puerta principal, y entonces se abalanzó sobre ella, sorteando multitud de enseres que había esparcidos por el mugriento suelo.
Pero la puerta estaba candada. Bill se quedó lívido. Se abalanzó entonces hacia la ventana más cercana, pero grande fue su sorpresa y también su terror cuando vio que también estaba candada.
De pronto sintió pasos tras él. No tuvo tiempo de reaccionar. Un fuerte brazo le agarró y le obligó a girarse, y al momento siguiente recibió un puñetazo en la mandíbula que le tiró al suelo.
—¡Me lo habías prometido! —rugió Frank.
El sabor metálico de su propia sangre inundó su boca. A continuación, una tremenda y dolorosa patada en las costillas le dejó sin aire. Bill cerró los ojos y se encogió sobre sí mismo, aterrado ante la idea de recibir otro golpe similar. Pero Frank consideró que había sido suficiente.
Le agarró de un brazo, y medio arrastrándole, le obligó a regresar al sótano. No pudo hacer nada para impedirlo.
Bill gimió cuando sintió que de nuevo el aro de metal rozando de nuevo la piel de su tobillo derecho. Entendió que a partir de ese momento, Frank ya no volvería a tener ninguna consideración para con él.
Todavía sin abrir los ojos, Bill permaneció completamente quieto. Sólo movió los labios para escupir un poco de sangre. El costillar le dolía horrores, tanto que temía tener alguna fractura.
Podía oír la respiración agitada de Frank sobre él, que poco a poco se fue calmando. Luego sintió también sus manos, acariciándole el cabello casi con ternura.
—Lo siento, Bill… —escuchó decir a su carcelero—. Yo no quería hacerte daño. ¿Por qué has tenido que portarte así…?
Bill no respondió. Se quedó allí tumbado en el suelo, encogido sobre sí mismo, sin decir una sola palabra, concentrado únicamente en su dolor.
Continúa…
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