Fic TWC de Khira
Capítulo 8
En el pasillo ya esperaban, además de Georg, David, Saki y Michael, Gustav y Klaus.
Klaus y Michael eran dos de los nuevos guardaespaldas con los que contaba el equipo. Debido a que los cuatro integrantes de Tokio Hotel se encontraban cada vez con más dificultades en sus desplazamientos, Saki, el jefe de seguridad, había decidido hacía unos meses incrementar el número de guardaespaldas a sus órdenes. Klaus era un hombre alto, corpulento, de unos treinta años, moreno, con los ojos de color miel. Michael era aún más alto, seguramente llegaba al metro noventa y cinco de estatura, de unos veinticinco años, era rubio y tenía los ojos de un bonito verde azulado.
—Por fin estamos todos —gruñó David, al que se le notaba cansado de esperar—. Venga, en marcha o llegaremos tarde.
Todos empezaron a caminar hacia los ascensores. Tom se colocó a su lado, empujándole levemente para que se diera más prisa. Bill no lo pudo evitar e instintivamente se apartó de su contacto. Al notar la mirada extrañada de su gemelo sobre él, disimuló colocándose la chaqueta.
Se dividieron en dos grupos para bajar en los ascensores. En el vestíbulo principal del hotel les esperaban el resto del staff y tres guardaespaldas más.
—Hay fans tanto en la entrada principal como en la posterior —informó uno de los guardaespaldas a Saki.
—¿Dónde hay menos? —preguntó el jefe de seguridad.
—Yo diría que en la principal.
—Pues salgamos por la principal. Avisa a los del hotel.
Mientras los dos guardaespaldas hablaban, Bill miró disimuladamente a Michael. El tipo era bastante atractivo, de esos que inevitablemente llamaban la atención. De hecho, parecía más un modelo que un guardaespaldas.
—¿Preparados? —preguntó Saki a los cuatro chicos, quienes asintieron.
Saki salió el primero, protegiendo a Georg, a quien le había visto la cara de estar preocupado también por su integridad. Luego salió Gustav, acompañado de Klaus. Entonces Michael se acercó a él y Bill se dio cuenta de que le había tocado a él.
—¿Listo, Kaulitz?
—Sí.
El robusto brazo del guardaespaldas le rodeó los hombros, y Bill, después de haber estado un momento atrás pensando en él y encima sobre su atractivo, no pudo evitar ruborizarse.
&
Martes (cont.)
Por la escasa luz que se filtraba a través del ventanuco, Bill supo que ya estaba anocheciendo.
Y eso significaba también que ya llevaba más de veinticuatro horas de encierro.
Frank no le había visitado en todo el día, ni siquiera para traerle la comida. Bill no sabía si para castigarle por el intento de fuga de aquella mañana, o porque le había pasado algo. Si era lo segundo, tenía un gran problema… pero no tenía fuerzas para inquietarse por eso. El muchacho había permanecido todo el día completamente inmóvil, tumbado de lado sobre la manta, pensando. Aparte de llorar y maldecir por su situación, era lo único que podía hacer en su situación.
Pensaba en el dolor de sus costillas, el cual aún no había remitido del todo. Por la mañana se había levantado un poco la camiseta y había comprobado asustado que tenía un enorme hematoma de un feo color verduzco. No podía verse la cara, pero a juzgar por la molestia que también sentía allí suponía que en la barbilla también debía tener una buena marca. También le dolía la cabeza de tanto llorar.
Pensaba en Simone y en Gordon. Se preguntaba si su madre y su padrastro estarían enterados ya de su desaparición, y si era así, se preguntaba qué estarían haciendo al respecto. ¿Habrían llamado a la policía? ¿Estaría enterada la prensa? ¿Y sus fans?
Por último, pensaba en Tom. Nunca había echado tanto de menos a su gemelo como en esos momentos. ¿Estaría él angustiado o sólo preocupado?
Estaba seguro que de haberse producido la situación inversa, Bill se habría desesperado, pero su hermano no era como él… Tom siempre había sido más «despegado» en cuanto a su relación de hermanos… Bill lo compartía todo con él, pero Tom siempre había tenido su propio grupo de amigos, sus propias aficiones…
Bill a veces se cuestionaba si lo que pasaba era que simplemente él quería más a Tom que lo que Tom le quería a él… Y ese pensamiento era mil veces más doloroso que cualquier golpe.
Pero así era, Bill necesitaba a su hermano como el respirar… o quizá incluso más. Y eso, sumado a su confusión acerca de su sexualidad de los últimos meses, le había llevado al punto de sentirse incómodo con un simple contacto físico con su gemelo. Y finalmente, todo había terminado de torcerse con aquella discusión durante la última gira. Desde entonces, estaba seguro de que ahora era Tom quien le evitaba aposta…
De pronto escuchó lo que para él ya eran unos pasos conocidos tras la puerta, que no tardó en abrirse. Frank llevaba una bandeja con su cena.
Pero Bill no se movió un ápice cuando su carcelero le dejó la bandeja frente a su rostro, cubierto por ambos brazos. El cantante se había colocado así aposta. Después de la paliza de aquella mañana, no le apetecía siquiera verle la cara a ese mal nacido. Si lo hubiera hecho, quizá habría notado que el hombre estaba algo nervioso.
—¿Sigues enfadado por lo de esta mañana? —escuchó que le preguntaba al cabo de unos minutos.
Bill no respondió.
—Sabes que yo no quiero hacerte daño, Bill… —siguió Frank—. Pero me mentiste, me prometiste que no harías nada, y luego intentaste escapar…
El muchacho siguió en silencio. Rogó por que Frank se marchara pronto y le dejara cenar en paz. Aunque en realidad no tenía mucho apetito, pero sí sed… Llevaba todo el día sin beber nada, y notaba la garganta seca y adolorida.
—¿No vas a decirme nada?
Silencio.
—Por favor, Bill, dime algo…
«Ni lo sueñes…»
Pasaron varios minutos más.
—Está bien… —suspiró Frank—. No te voy a insistir más…
Por fin Bill escuchó cómo Frank se levantaba y después la puerta al cerrarse. Sólo entonces se incorporó, con bastante dificultad, ya que tenía las extremidades dormidas.
Entonces se dio cuenta de que el muy cabrón se había llevado la bandeja con la comida y el agua.
«No, no, no…»
Gimió quedamente. ¿Por qué se había llevado la bandeja? Si se trataba de otro castigo por no hablarle, aquel era aún más cruel que la paliza.
Su garganta suplicaba por unas gotas de líquido. Nunca había tenido tanta sed como en esos momentos, y tenía la terrible sensación de que ésta iba aumentando con el paso de los segundos.
Estuvo tentado de llamar a Frank a gritos, pero su orgullo se lo impidió. Había comprendido que aquel hombre le había secuestrado para obtener su atención, y no hablarle era su mejor venganza. No iba a echarse atrás.
Sólo tenía que aguantar unas horas, hasta el desayuno de la mañana siguiente. Entonces cogería el vaso de agua o zumo o lo que fuera y bebería antes de que Frank se marchara. Así lo decidió.
Aquella fue la noche más larga de su vida.
&
Miércoles
Bill creía que se volvía loco. Si el día anterior lo había pasado pensando en sus seres queridos, aquella noche la había pasado por entero concentrado en la sed que sentía. Tenía la boca y la garganta completamente secas, además de un terrible dolor de cabeza.
No aguantaba más. Estaba a punto de considerar el llamar a gritos a Frank, cuando este abrió la puerta. Esta vez no había escuchado los pasos.
Aliviado, vio que su carcelero le traía el desayuno, que en esa ocasión consistía en un sandwitch y un zumo. Se arrodilló y le dejó la bandeja enfrente, aunque un poco más alejada de lo habitual.
—Buenos días —saludó el hombre—. ¿Qué tal te encuentras?
A Bill le dolían todos los músculos, por lo que tardó bastante en incorporarse hasta quedar sentado. Ignorando a Frank, se acomodó y estiró el brazo para acercarse la bandeja.
Al mismo tiempo, Frank la alejó de su alcance.
—No… —se le escapó a Bill en forma de quejido.
—¿Tienes sed?
Bill no respondió. Estaba más que sediento, pero también era muy testarudo.
—¿Sigues sin hablarme?
El muchacho apretó los puños. Siguió con la vista clavada en el vaso de zumo.
—Está bien, si quieres seguir en silencio, hablaré yo.
Para su desesperación, observó cómo Frank se acomodaba enfrente suyo, alejando de paso un poco más el preciado líquido.
—¿Sabes, Bill? Yo no nací en Alemania. De hecho, sólo llevo dos años viviendo aquí.
«¿Ahora se va a poner a contarme su vida…?»
—Me mudé a este país por ti. Me encanta tu voz. Llevo siguiendo tu carrera desde el principio, y quería conocerte en persona.
Por primera vez desde que Frank había entrado en la habitación, Bill le miró a los ojos. En el fondo, sentía curiosidad por el origen de su chifladura.
—Me he comprado todos tus discos y singles, he acudido a casi todos tus conciertos…
«No son mis discos, gilipollas… Ni mis conciertos… Somos un grupo…», alcanzó a pensar.
—He leído todas tus entrevistas, coleccionado todo tipo de material sobre ti… —continuó el hombre—. Pero aún así, no fue suficiente. Por eso me mudé a Alemania. Primero a Magdeburgo, y luego a Berlín. Quería estar cerca de ti.
»Pero llegó un momento en que eso tampoco era suficiente. Yo lo sabía todo sobre ti. Todo. Pero tú no sabías nada de mí, ni siquiera que yo existía. Y no podía soportarlo. Y decidí hacer algo.
»Tardé meses y moví cielo y tierra, pero al final conseguí el puesto de jefe de mantenimiento en vuestra urbanización. Por fin podría estar cerca de ti…
A esas alturas del relato, Bill empezaba a tener ganas de llorar. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que pasarle esto a él? ¿Por qué le había tocado el fan más perturbado del mundo?
La garganta ya le quemaba. Sus labios estaban resecos. Miró de nuevo hacia el zumo.
No aguantó más. Alargó de nuevo el brazo, aún sabiendo que no lo alcanzaba.
—Por favor… —gimió interrumpiéndole.
Frank le dedicó una sonrisa triunfal.
—¿Tienes sed? —preguntó.
Bill asintió, con los puños de nuevo apretados y el rostro contraído.
Frank cogió el vaso de zumo, pero no se lo ofreció. En lugar de eso, alargó el otro brazo y le acarició el cabello en un gesto que para desgracia de Bill se empezaba a hacer habitual.
—Está bien, Bill… Te daré lo que pides. Pero antes, tú tendrás que hacer algo por mí…
Continúa…
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