Fic hetero de Heiligtkt483
Capítulo 103
By Naia
Abrí los ojos desconcertada por el ruido de los pasajeros, que se encontraban en el autobús. Fijé mi vista nublada, para luego percatarme de que ya habíamos llegado a Hannover, una hora y media de viaje había llevado exactamente. Me levanté del asiento y empecé a caminar lentamente por el pequeño pasillo del autobús, mientras que la demás gente comenzaba a abandonar también sus asientos para bajarse del autobús. Yo hice lo mismo, bajé del vehículo, para después ir a coger mis maletas. Una vez que las cogí comencé a andar, no sabía cómo iba a llegar a casa de mi padre porque apenas tenía dinero para coger un taxi que me llevará hasta allí.
—Naia… —me giré cuando escuché su voz.
—Papá…
—Déjame que te ayude —agarró mis maletas para que yo no las cargara hasta su coche.
—Gracias… —musité.
—Tu madre me llamó ayer desesperada para decirme, que le habías dicho que te querías venir a vivir aquí conmigo —dijo mi padre de repente— Que ya no querías vivir más con ella… y que hizo todo lo posible para convencerte de que te quedarás en Hamburgo.
—¡¿Qué?! —pregunté asombrada y abriendo los ojos como platos. Yo no había dicho nada de eso… Mi madre era una hipócrita— Yo no le dije eso a mamá —dije apretando fuertemente mis dientes— Fue ella que hizo mis maletas cuando estaba en la escuela… —dije llena de rabia.
—¡¿No?! —me preguntó mi padre sorprendido.
—Ella me echo de su casa sin más… —sollocé— Sin darme ninguna explicación creíble…
—Naia creo que eres bastante mayorcita para andar mintiendo —dijo mi padre molesto.
—Papá te estoy diciendo la verdad —le dije con desesperación— Me ha echado porque Tom ha vuelto con su novia, y ahora ella ocupara mi habitación.
—Eso no tiene lógica Naia —me dijo mi padre alterado.
—¿No me crees verdad? —pregunté entre susurros a la vez que las lágrimas comenzaban a caer sobre mis mejillas.
—Estás acusando a tu madre —me respondió alzando un poco la voz— Eso es muy grave, Naia…
—Es igual… —susurré cansada— Piensa lo que quieras…
Sin más apuré mi paso dejando a mi padre detrás de mí. Si mi padre no me creía en lo que me había hecho mi madre, no tendría ningún apoyo de nadie cercano a mí. Bueno… tenía a Amy, pero ella vivía en Hamburgo, y eso quedaba a una hora y media de Hannover, pero no iba a venir cada dos por tres cuando tuviera una crisis de nervios…
—Espera Naia —me ordenó mi padre. Me quedé quieta en silencio— Ese es mi coche… —me señaló un coche de color negro.
Nos dirigimos hacia el coche, para luego abrir el maletero e introducir adentro de este las maletas. Después accedimos al interior del vehículo. Ocupé el asiento del copiloto, para luego ponerme el cinturón de seguridad. Me puse a ver por la ventanilla del automóvil de manera ausente. Papá me miraba con expresión confusa.
—Mira el lado positivo de todo… —me dijo mi padre en un intento de captar mi atención— Podremos recuperar el tiempo perdido hace años… —pero yo no quería recuperar el tiempo perdido con él, yo quería estar en Hamburgo junto con Tom. Poder sentirlo, tocarlo… pero ahora solo sería de Kelly, de esa zorra.
Tras media hora de viaje, por fin llegamos a su casa. Mi padre aparcó su coche en el interior del garaje, para luego salir del coche. Abrió el maletero y sacó mis maletas, las cuales llevó al interior de la casa. Le seguí en silencio, para luego entrar en el pequeño salón que poseía la pequeña casa de dos plantas. Se notaba que estaba bastante desordenado, eso quería decir que mi padre ya no estaba con Helen.
—Puedes ponerte cómoda —me sonrió mi padre— Iré a preparar algo para cenar. Debes de estar hambrienta… —y la verdad es que estaba súper hambrienta, no había probado bocado desde muy temprano por la mañana, pero ahora, aunque quisiera comer lo acabaría vomitando. Sentía un enorme nudo en mi estómago, y no creo que dejará pasar los alimentos a través de este.
—No tengo hambre… —musité. La verdad es que solo quería encerrarme en mi nuevo cuarto, y no salir nunca de allí. Dejarme consumir lentamente, hasta que finalmente perdiera las fuerzas y me muriera. Total, no le importaría a nadie, que me muriera. Sería un gran alivio para ellos— Me iré a mi habitación —le anuncié. No pretendía pasar ningún minuto más con él. Notaba que me miraba con pena y con una sonrisa irónica.
—Debes comer algo… —susurró mi padre apenado— No puedes estar sin comer nada.
—Te he dicho que no tengo hambre, coño… —le respondí de mal humor.
—Está bien… —suspiró mi padre resignado.
Agarré mis maletas escaleras arriba, para luego acceder a mi habitación. Era mucho más pequeña a mi antigua habitación en Hamburgo. El armario era pequeño, una cama pequeña y al lado de la ventana un pequeño escritorio. Cerré la puerta y suspiré. Me tumbé en la cama boca abajo, solo quería llorar. Me pase varias horas llorando sin cesar. Me sentía desdichada, traicionada… Simplemente no tenía ganas de seguir luchando, de seguir viviendo.
&
—Naia… —escuché la voz de mi padre a través de la puerta. Me había pasado encerrada en mi habitación, desde el viernes por la noche. Ahora estábamos a Domingo— Tienes visita…
—No quiero hablar con nadie… —susurré desde mi cama. Las sábanas me cubrían completamente mi cuerpo, no dejando ver ni siquiera mi cabeza. Allí me sentía protegida. Sentí como mi cama se hundía. Resoplé frustrada— He dicho que me dejes en paz, no quiero ver, ni hablar con nadie.
—Naia… —escuché una voz diferente a la de mi padre. Noté como la sábana que me cubría se iba deslizando hasta que finalmente dejó de cubrirme— ¿No quieres hablar conmigo? —me fijé en sus ojos. Mostraban tristeza…
—Bill… —musité con tristeza a la vez que el llanto se volvía a apropiar de mí.
—¿Cómo te sientes, princesa? —me preguntó cariñosamente.
—¿Me preguntas como siento? —pregunté de forma irónica a mi hermano mayor— ¿Cómo quieres que me sienta después de que tu madre me haya echado de casa?
—Naia cálmate —susurró mi hermano de forma tranquilizadora.
—¿Cómo quieres que me calme cuando mi puta vida se ha ido a la mierda? —le pregunté gritando.
—Chillándome no vas a conseguir nada, Naia —me dijo ahora mi hermano de forma seria y dura— He venido a verte, tan pronto como enteré de lo que hizo mamá, y por encima que me preocupo por ti, me gritas de esta forma —me dijo con enfado.
—Lo siento… —musité. Mi labio inferior comenzó a temblar, y las lágrimas comenzaron a salir otra vez de mis ojos. Llevaba dos días llorando sin parar.
—Papá me ha dicho que llevas dos días sin comer —siguió diciendo mi hermano— Tienes que comer, Naia. Te vas a enfermar como no comas nada…
—No tengo ganas de comer… —respondí perdiendo la paciencia— Solo tengo ganas de estar sola, sin que nadie esté cada dos por tres tocándome las narices.
—Te estás comportando como una niña malcriada —me dijo mi hermano mirándome con el ceño fruncido— Es que no te das cuenta que estoy súper preocupado por ti.
—No es justo que me hables así… —le dije con lágrimas en los ojos— No es justo que, de la noche a la mañana, tu madre me echará de casa sin ninguna explicación lógica, solo con la excusa de dejar mi habitación a Kelly, sabiendo que dormirá con Tom en su puta habitación —dije cerrando los ojos fuertemente a la vez que las lágrimas seguían cayendo. Me sentía tan impotente, de la forma que me habían sacado de casa, como si fuera un estorbo… Por un momento, pensé que mamá podría haberse dado cuenta de todo, pero Tom y yo siempre habíamos sido cuidadosos respeto a ese tema y no creo que mamá realmente lo supiera. La culpa la tenía esa zorra, que había embaucado a mi hermano otra vez y después a mi madre para que me echara de casa. A Kelly nunca le había caído bien desde que habíamos llegado a Los Ángeles, y ahora ella se había vengado de mí de la forma más cruel que se podía hacer a una mujer enamorada… Quitarle a su hombre.
—Naia… —me susurró mi hermano.
—Déjame Bill… —musité para luego meterme otra vez debajo de las sábanas, donde estaba protegida de la mirada de todos— Quiero estar sola…
No volví a escuchar ninguna palabra más. Supuse que mi hermano Bill se acabó yendo, cuando escuché como la puerta se cerraba con un ligero portazo. Me quedé de nuevo sola en mi habitación, llorando como un alma en pena, como una niña a la que le habían robado su caramelo preferido.
&
—Naia… —escuché decir a mi padre afuera de mi habitación— Tienes que ir al instituto —me dijo. Era verdad, se me había olvidado que hoy comenzaba en mi nuevo instituto. No tenía ganas de ir… Solamente quería quedarme en mi habitación. Ahí estaba mejor— Es una orden… —le escuché decir de nuevo. Suspiré molesta.
Me levanté con parsimonia de la cama, para luego caminar arrastrando mis pies por la habitación. Observé mi cara en el gran espejo, que había en una de las puertas de mi armario. Estaba ojerosa y pálida. Era una máquina de meter miedo, tranquilamente podría ganar un concurso de disfraces de Halloween. Rebusqué en mis maletas, todavía sin deshacer, algo de ropa. Ni me paré a ver si iría conjuntada. Total, ahora nada me importaba, nada tenía sentido en mi vida. Salí de mi habitación, por fin después de tres días, caminé por el pequeño pasillo hasta que finalmente me encontré con las pequeñas escaleras que daban al piso inferior de la casa de mi padre. Bajé las escaleras. Escuché ruido en la cocina.
—Te he preparado el desayuno —dijo mi padre tan pronto me vio entrar en la cocina. Sobre la pequeña mesa pude mirar un vaso lleno de zumo natural recién exprimido, un plato con tostadas recién hechas, mermelada, mantequilla… La verdad es que mi padre se había esforzado bastante.
—Gracias… Pero no tengo hambre —le respondí.
—Tienes que comer algo… —comenzó a decirme mi padre, pero le corté.
—O me enfermaré… —completé la frase— Siempre estás con el mismo rollo de siempre —le dije con cierta molestia— Comeré cuando me dé la gana —le respondí de manera brusca.
—A mí no me hables en ese tono Naia —me recriminó mi padre— A ver si se te bajan los humos un poco…
—Si como tú digas…
—Ahora siéntate y desayuna algo —me ordenó mi padre— Si no vas a desayunar, por educación, podías acompañarme mientras yo desayuno —resoplé molesta, para luego sentarme.
Me crucé de brazos a la vez que observaba como mi padre desayunaba. Seguí en mis trece de no probar bocado. Un cuarto de hora después, Jörg acabó de desayunar. Se levantó de su asiento y puso en el fregadero su taza del desayuno.
—Vámonos —me dijo a la vez que cogía las llaves de su coche de un pequeño mueble que se encontraba a la entrada— Te acercó al instituto —emití un ruidito, haciéndole ver que me sentía muy molesta. No quería ir al instituto, no quería volver a hacer amigos. No quería estar rodeada de gente, solo quería entrar encerrada en mi habitación consumiéndome lentamente— Está bien si no quieres ir al instituto, no te voy a obligar —me dijo molesto para luego salir de casa, dando un fuerte portazo.
Me quedé de pie mirando hacia la nada. Minutos después, volví a ingresar a mi habitación cobijándome de nuevo debajo de las mantas de mi cama. Las lágrimas comenzaron a salir nuevamente por mis ojos. Maldito, Tom. Malditas todas las promesas de amor que me había hecho. ¿Por qué no era capaz de quitármelo de la cabeza, después del daño que me hizo? ¿Por qué diablos seguía amándolo a pesar de sentir un dolor desgarrador en mi pecho? ¡Basta, Naia! No puedes seguir arrastrándote como un alma en pena y llorar por alguien que nunca te demostró realmente que te quería. A partir de ahora, tienes que mostrarte fuerte. No volver a dejar que te engañen y te hagan sufrir. En adelante serás tú la que haga sufrir a los hombres. Demostrarle a Tom, que tú también sabes jugar sucio…
Y mi alma se volvió oscura… Enterré para siempre a la dulce e inocente Naia. Nunca más volvería a ser esa chica angelical que todos conocieron, a partir de ahora me había convertido en un ángel negro. Maquillé mis párpados con una sombra negra. Mis ojos azules se intensificaron. Me había puesto una falda corta negra, con una camiseta negra, la cual tenía una calavera. Me puse unas botas negras y altas. Me miré al espejo, para luego pintarme los labios de carmín rojo. Había pasado un mes desde que me había prometido a mí misma, no volver a sufrir. Y para dar paso a la nueva Naia debía de romper con todo lo anterior. Tiré mi ropa antigua y compré ropa nueva. La más provocativa y sexy que pude encontrar. Como era habitual desde hacía un mes, salí de mi habitación lista para salir a divertirme, ni siquiera me había molestado en ir al instituto a pesar de las diversas que enviaba el director del instituto a mi padre por mis constantes y continuadas faltas de asistencia. Eran las diez de la noche. Mi padre ya había llegado de trabajar, hacía un buen rato. Seguro que en cuanto me viera pondría el grito en el cielo, pero no me importaba en absoluto lo que me dijera. Sus normas me las pasaba por mi culo.
—¿A dónde vas? —me preguntó mi padre con las cejas arqueadas y los brazos cruzados.
—He quedado —le respondí— No me esperes despierto.
—No me gusta que salgas por ahí, hasta la madrugada —me volvió a decir mi padre— Después te pasas todo el día encerrada en tu habitación sin hacer nada de provecho, ni siquiera al ido al instituto desde que has llegado a Hannover.
—¡Ay papá no seas tan pedante sí…! —le dije.
—Jovencita no te consiento que me hables en ese tono —me retó de nuevo mi padre— Acaso crees que no leo las notas que envía el director del instituto comunicándome que no has acudido a clase desde que has llegado a Hannover.
—Y eso que importa ahora… —le dije con rabia— Quiero divertirme y punto.
—No me gusta nada como te estás comportando, ni tampoco que salgas hasta altas horas de la madrugada por semana —me recriminó de nuevo mi padre. Me reí en su cara, era tan patético. Pretendía darme el ejemplo de buen padre cuando él había sido el primer en no preocuparse por mis hermanos y por mi cuando nos abandonó hace años.
—No te queda bien el papel de padre preocupado —le recriminé.
—Pues, aunque pienses que todo es una farsa, realmente sí estoy preocupado por ti —me contestó mi padre— Así que te pido, por enésima vez que no salgas esta noche —me reía mientras que negaba con mi cabeza. Creo que no me había entendido bien, y a salir y punto y sus normas me las pasaba por el culo.
—Vamos papá… voy a salir esta noche y no me lo vas a impedir —le dije con voz melosa intentándole explicar de nuevo— Por encima que te dejo la casa libre para que puedas estar con Helen… —le dije sonriendo. Sí… mi padre seguía con Helen, pero no venía a casa estando yo— Así te evitarás irte a un motel —le guiñé el ojo para luego dirigirme a la puerta y salir de la casa.
El aire frío de la noche golpeó mi cara. Estábamos a mediados de noviembre, el tiempo empezaba a enfriar considerablemente. Saqué mi cajetilla de cigarros de mi pequeño bolso. La observé, solo me quedaban seis cigarrillos para pasar la noche, aunque dudaba que me hiciera mucha falta cuando Ray me diera mi raya de coca. Cogí un cigarrillo y volví a meter la cajetilla dentro del bolso. Lo encendí para luego dar una calada honda. Enseguida el sabor de la nicotina inundó mi boca, para luego el humo inundar mis pulmones. Fumar se había convertido en mi nuevo vicio, al igual que el sexo. Caminé durante unos veinte minutos hasta que llegué al pub donde me esperaba Ray con unos colegas. No es que fuera mi tipo de chico, pero había aparecido en el momento oportuno. Teníamos una relación muy liberal, él podía estar con otras chicas y yo podía estar con otros chicos. Sin ataduras. Tiré el cigarrillo consumido al suelo para luego pisarlo con mi pie. Entré en el interior del pub. Por el momento el ambiente estaba tranquilo, aunque la música sonaba un poco fuerte. Caminé hacia el fondo del local, donde se encontraba una sala apartada donde estaban los billares. Allí se encontraba Ray, con sus colegas, jugando una partida al billar.
—¡Hey preciosa! —me saludó Ray tan pronto me vio acércame a ellos.
—Hola Ray… —le saludé. Jugó su turno, y luego se acercó a mí mientras sus colegas jugaban su turno en la partida.
Me agarró de la cintura, a la vez que comenzaba a devorarme la boca sus labios. Sus besos eran frenéticos y desesperados. Posó sus manos sobre mi trasero y comenzó a estrujarlo. Noté una ligera excitación debajo de sus pantalones.
—Me has echado de menos, capullo —le dije separándome de él. Me puse a observar como jugaban sus colegas. Sentí de nuevo sus manos sobre cintura a la vez que sus labios se posaban sobre mi cuello— Ray tráeme una cerveza.
Continúa…
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