Fic hetero de Heiligtkt483

Capítulo 108

By Naia

Hoy es mi cumpleaños. Cumplo dieciocho años. Por fin la ansiada mayoría de edad, que celebro dentro de un centro de rehabilitación. Sí… mi padre me ha metido en un maldito centro para intentar desengancharme de la droga, y yo no quiero… No quiero porque es lo único que me hace olvidarme de él, pero ahora no puedo consumir desde hace varios días. Siento que voy a subir por las paredes, incluso a veces tengo espasmos hasta vomito. Nada me calma, excepto la medicación que me han pautado. Quiero salir de aquí y volver a irme con Ray, y sobre todo quitarme de una puta vez de la cabeza a mi hermano. Me siento demasiada desesperada. Me siento como un animal enjaulado, al quién controlan día y noche.

—¡Dios…! —suspiré desesperada tirando a mi paso, un par de libros que se encontraban descansando sobre la mesita que había en mi cuarto.

—Naia… —escuché la voz de una de los cuidadores del centro— Tienes una visita —añadió.

—¿Quién es? —pregunté esperanzada de que fuera Ray para traerme un poco de droga y así poder calmar mi mono.

—Tu padre —me respondió.

—Dile que no quiero verlo… —le dije automáticamente. Estaba demasiado enfada con él por haberme metido en el centro.

—Está bien… —asintió la cuidadora para luego irse.

Me tumbé en mi cama, para pasar un poco el rato. Cogí uno de los libros que estaban en el suelo y comencé a hojearlo. Minutos después lo volví a dejar encima de la mesa. Necesitaba desahogarme. Si tuviera un cigarrillo para fumar… Pero no tenía nada, me habían quitado todo. Mi móvil me lo había confiscado mi padre cuando me trajo al centro, para evitar que me comunicara con Ray. Y mis días se volvieron demasiados monótonos. Todos los días un timbre a primera hora de la mañana, anunciaba que era hora de levantarse. Después íbamos saliendo de nuestras habitaciones para irnos a las duchas que eran comunes, donde una celadora nos vigilaba. Me encuentro en el pabellón de las chicas, aunque en la hora del desayuno, comida y cena compartimos pabellón con los chicos, que se encuentran en la otra zona del centro de rehabilitación. Sobre las doce de la mañana nos sacaban a tomar el aire en el patio del centro, y después sobre las dos de la tarde nos dirigimos todos al pabellón donde sirven la comida. Después por la tarde de tres a cuatro tenemos hora de siesta, y más tarde sesiones de terapia. Las visitas suelen ser de mañana y de tarde, pero casi siempre que viene mi padre nunca quiero verlo. Estoy enfada con él y con todo el mundo.

El tiempo pasa tan despacio, que ya no sé lo que hacer. Me pongo a juguetear sobre mi brazo con mis uñas largas, con la cual, me araño haciendo que me salga un poquito de sangre. Solo es una herida superficial, pero el picor y escozor que causa sobre mi brazo me hace sentir bien. Es como si aliviará el dolor que siente mi corazón. Después de estar dos horas tumbada en mi cama, mirando para el aire sin hacer nada, de nuevo la puerta se abrió de nuevo para entrar la celadora que custodiaba el pasillo donde estaba mi habitación.

—Es la hora de tu sesión con la doctora Stuart —me dijo la celadora. Fruncí el ceño, no quería ir de nuevo a una nueva sesión de psicoanálisis.

—No necesito ninguna sesión —me quejé.

—Eso díselo a tu doctora, yo solo cumplo órdenes —me dijo de nuevo la celadora.

—Está bien —dije de forma cansina para luego levantarme de encima de la cama.

Comencé a arrastrar mis pies por el suelo de la habitación, hasta que finalmente llegué a donde se encontraba la celadora. Las dos salimos de mi habitación, la cual cerró de nuevo con llave. Me acompañó hasta la sala donde se encontraba la doctora para hacerme de nuevo otra sesión de esas. No entiendo porque tanto empeño en analizarme.

—Hola Naia —me dijo la doctora desde la gran silla que estaba sentada. No respondí, solo entré en el interior de la sala. La celadora cerró la puerta de la habitación para dejarnos solas a la doctora y a mí— Toma asiento —la miré con una ceja alzada, para luego sentarme en la silla que estaba cercana a ella.

—No entiendo porque tengo que venir a estas sesiones —le dije con reproche.

—Porque todos queremos tu bien, Naia —dijo la doctora— Tu familia está preocupada por ti.

—Lo dudo mucho… —le dije de nuevo.

—Tu carácter hostil no ayuda nada, Naia —me dijo nuevamente.

—Yo no necesito ninguna estúpida terapia, me encuentro bien —le contesté.

—No estás bien, Naia —me replicó la doctora Stuart— Tienes una adicción y hay que superarla…

—Es mi vida y no la tuya.

—Eres demasiado joven para andar destruyéndote la vida de esa forma —me volvió a decir la doctora.

—Es lo que he elegido y no pienso rehabilitarme —le dije con vehemencia.

—Entonces no podrás salir de aquí nunca —la miré de reojo. Tenía que salir de aquí, no quería estar en este puto agujero toda la vida.

—Ya buscaré la forma de salir —le respondí con tono chulesco.

—¿Piensas escaparte? —indagó de nuevo la doctora.

—No, hay otras formas de salir de aquí —le respondí cruzándome de brazos.

—¿Desde cuándo consumes drogas? —volvió a preguntarme la doctora ignorando mi respuesta anterior.

—Eso no te importa…

—Claro que me importa —dijo mirándome con el ceño fruncido— Tu padre me contó que, tu comportamiento y forma de ser, cambiaron completamente de la noche a la mañana. Dijo que antes eras una niña dulce, responsable y educada. ¿Por qué ese cambio tan drástico, Naia?

—Porque no merece la pena seguir viviendo —le respondí alzando mis cejas— O será quizás porque me he dado cuenta que este mundo es una puta mierda, que es mejor no estar viviendo en este agujero podrido, rodeada de gente hipócrita que te miran con su mejor máscara.

—Te noto demasiado resentimiento —matizó la doctora Stuart— ¿Por qué tanto enfado con el mundo que te rodea?

—Porque solo sabe hacerme daño —respondí con rabia a la vez que fruncía el ceño.

—¿No es lo mismo lo que te estás haciendo tu misma consumiendo droga? —me preguntó retóricamente— ¿Por qué te haces daño a ti misma?

—Yo no me hago daño a mí misma, al contrario, eso me hace olvidarme de todo el daño que me han hecho —contesté.

—¿Quién te ha hecho daño? —siguió interrogándome y ciertamente no tenía ganas de hablar.

—Eso que importa ahora —le dije evadiendo su pregunta.

—Porque ese daño que has sufrido es la causa de tu adicción —me dijo de nuevo.

—No te voy a contar nada por más que insistas —le dije.

El resto de la sesión me la pasé en silencio, ignorando por completo los intentos de la doctora Stuart en sacarme información. Media hora después, salía de la sala y me dirigía hacia mi habitación acompañada de una de las cuidadoras del centro. Y los días y las semanas se hicieron interminables hasta que finalmente llegaron las navidades, y pude ser testigo de cómo algunos compañeros del centro se iban a casa a pasar esas fechas tan señaladas con sus familiares mientras yo me quedaba encerrada ahí. Me encontraba tumbada en mi cama pensando. Divagando entre mis recuerdos de las últimas navidades que habíamos pasado todos juntos, antes de que mi vida se hubiera convertido en un caos absoluto, antes de recibir una puñalada por la espalda de la persona que menos esperaba. Mi hermano Tom.

No puede evitar pensar que estaría haciendo ahora. Y las lágrimas asolaron mis ojos al darme cuenta de que él había rehecho su vida, pronto estaría casado y formaría una familia. Me sentí tan poquita cosa en ese momento, que no podía dejar de preguntarme en que había fallado para que ahora estuviéramos como estamos. Yo me había convertido en la oveja negra de la familia, en un ángel caído sin alas…

&

El año nuevo había comenzado y con ello el regreso de los demás compañeros del centro. Durante las vacaciones navideñas no tuve ninguna visita de nadie en especial. Parecía que todos se habían olvidado de mí, que ya no existía en sus vidas.

—¡Kaulitz! —escuché llamarme a una de las cuidadoras por una pequeña rendija de mi puerta.

—¿Qué pasa? —le pregunté en tono borde y pasota.

—El director de centro quiere hablar contigo —me respondió— Debes acompañarme.

Me arrastré hasta la puerta, para luego ser abierta por la cuidadora. Comenzamos a caminar por el largo pasillo hasta que finalmente salimos de la zona donde se encontraban las habitaciones de las chicas. Pasamos la zona común donde a veces los internos pasábamos nuestro tiempo libre, cuando no salíamos al patio en los días lluviosos. Finalmente llegamos a la zona donde se encontraba las oficinas de la dirección del centro. Caminamos hasta quedar en frente de la puerta del director del centro.

—Entra. Te está esperando —me dijo la cuidadora.

Rodé los ojos poniéndolos en blanco, para luego apoyar mi mano sobre el pomo de la puerta. Lo giré para luego entreabrir la puerta. Seguidamente me asomé tras la puerta. Un hombre de edad madura y pelo canoso me miraba de manera expectante.

—Señorita Kaulitz, siéntese —me ordenó. Entré por completo en el interior de la oficina para luego cerrar la puerta tras de mí. Caminé con paso lento hasta que finalmente alcancé la silla— Quería hablar con usted —añadió una vez que me senté y me crucé de brazos a la vez que alcé una de mis cejas. Sus palabras me habían causado mucha curiosidad— Verá me han pasado los informes médicos tanto de toxicología como psicológicos. Su adicción parece que está controlada y hace tiempo que no tienes crisis de ansiedad —lo miré atentamente. ¿Por qué me contaba todo esto? Total, estaría mucho tiempo aquí encerrada— He de decir que los informes de la doctora Stuart no son muy alentadores, ya que sus sesiones no han tenido mucho éxito.

—¿Por qué me cuenta todo esto? —le pregunté interrumpiendo su monólogo.

—Señorita Kaulitz estamos considerando dejarla salir del centro durante períodos cortos —me explicó finalmente el señor Graham— Para ser más exactos durante los fines de semana. Nos comunicaremos con su padre, ya que pasaras esos días con él.

—Prefiero quedarme en el centro —le respondí. No quería sociabilizar con nadie, ni siquiera con mi padre.

—Lo siento señorita Kaulitz pero salir del centro será parte de la segunda parte de su recuperación —me volvió a decir el señor Graham.

—Oye, yo prefiero quedarme aquí —le volví a insistir.

—Su primera salida será este fin de semana —concluyó finalmente el señor Graham. ¿Por qué diablos nadie me escuchaba a lo que decía? ¿Por qué me ignoraban?

Me levanté de la silla y no dije nada. Simplemente me encaminé hacia la puerta, para luego volver a dirigirme hacia mi habitación. ¿Por qué nadie entendía que me quería quedar en el centro? Así no podría volver a verle, y dejar de sufrir, aunque si salgo podría intentar localizar a Ray para que me diera algo que tomar, pero el fastidioso de mi padre estaría vigilándome cada dos por tres.

Los días fueron pasando y finalmente llegó el viernes. Supuestamente ese día mi padre vendría a buscarme para pasar el fin de semana con él. Ya estábamos a mediados de mes y con ello indicaba que poco a poco se iba acercando el día de la boda de mi hermano Tom. Abrí los ojos desmesuradamente al darme cuenta de que tendría que ir a presenciar su boda, ya que paradójicamente estaría fuera del centro. No quería ir, tenía que convencer a mi padre para que me dejara quedar en Hannover. No podía permitirme el lujo de sentirme humillada por Tom y Kelly. No podía permitir que mi corazón se rompiera en más pedazos de lo que estaba.

—Kaulitz, su padre ha venido a buscarla —me informó la cuidadora desde el pasillo.

—No quiero ir… —le dije.

—No tengo todo el tiempo de mundo para estar esperando —me dijo de forma molesta.

Me removí con enojo encima de la cama, para luego levantarme. Luego caminé hacia la puerta, la cual se abrió. La cuidadora me miró intensamente.

—¿No llevas nada? —me preguntó al darse cuenta que no llevaba ni siquiera una pequeña mochila con alguna ropa.

—No la necesitaré —le respondí para comenzar a andar. Sentí como comenzó a correr tras de mí para alcanzarme, siguiéndome los pasos.

Pasamos por todo el pabellón de las chicas, para luego dirigirnos hacia la zona de recepción donde los familiares recogían a los internos, cuando estos tenían que salir a pasar sus días fuera del centro. Había un par de familiares esperando por algunas personas que estaban en el centro, y a lo lejos pude ver a mi padre, que estaba esperándome de forma inquieta de pie.

—Naia… —le escuché decir entre susurros cuando me vio estar cerca de él apenas unos centímetros de distancia— Me alegro tanto de que por fin puedas empezar a salir de aquí —me dijo sonriente a la vez que atrapaba mi cuerpo entre sus brazos largos y fuertes. Ni siquiera me esforcé a corresponderle el abrazo— Te ves bien… —dijo finalmente al separarse de mí. Sus ojos azules claros se clavaron sobre los míos.

—Sí tú lo dices —le respondí sin mucha ansia. Comencé a caminar adelantando a mi padre, minutos después se puso a mi altura.

—¿No has traído tu mochila? —me preguntó de forma curiosa.

—No creo que me haga falta —le respondí— Estaré todo el fin de semana en casa así que no necesito llevar ropa.

—He hablado con tu madre —me informó en un susurro.

—¿Qué tal le va con su nueva hija adoptiva? —le pregunté irónicamente.

—Naia… —me dijo en forma de regañina. Su voz parecía cansada.

—¡¿Qué?! —dije molesta.

—No me gusta nada tu actitud —me miró a los ojos. Fruncí el ceño— ¿Por qué tanto odio a la novia de tu hermano?

—Porque me ha jodido la vida… —susurré.

—¿Por qué dices eso? —me volvió a preguntar.

—Me apartó de mi familia —le dije de nuevo.

—Ella no te apartó de tu familia, sigues teniendo una familia que se preocupa por ti —dijo de nuevo mi padre— Además te recuerdo que fuiste tú quien le dijiste a tu madre para venirte a vivir conmigo.

—Sigues pensando en lo mismo, ¿verdad? —le dije clavando mis ojos en los suyos. Sentí como me empezaban a escocer. Tenía ganas de llorar— Nunca me vas a creer…

—Es que lo que dices de tu madre es muy impropio de ella —me respondió— Ella siempre se preocupó por ti, por eso me cuesta creer lo que me dices.

—Pues lo hizo —le respondí frunciendo el ceño— ¿Vamos a quedarnos aquí? —le pregunté con enfado— Sino le digo a una cuidadora que me lleve para dentro otra vez.

—No —me respondió— Tengo el coche en el parking —me informó.

—Pues vámonos de una vez —le ordené.

Caminamos hacia la puerta que daba a la salida del centro. Salimos a la calle. Tengo que decir que cuando pisé la calle por primera vez, desde hace un mes, me sentí libre. Como un pajarillo al cual habían soltado de su jaula, pero sabía que esa libertad sería temporal, que al acabar el fin de semana volvería otra vez a mi prisión de cuatro paredes, donde me sentía a salvo, sin sentirme vulnerable, al notar la presencia de mi hermano. ¿Por qué no podía sacármelo de la cabeza? ¿Por qué dolía tanto el estar separada de él? ¿Por qué había elegido a Kelly en vez a mí? La última pregunta que me formule en mi cabeza si tenía una respuesta convincente. Yo nunca le importé, porque solo fui un juguete para él.

Continúa…

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por Heiligtkt483

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