Fic hetero de Heiligtkt483
Capítulo 74
By Tom
Nuestros labios se volvieron a juntar de manera tosca y desesperada. Me sentía muy excitado. Toda la excitación de verla bajar por aquellas escaleras, para luego hacer el casting. Su forma de andar contorneando sus caderas, hicieron que mi entrepierna se volviera a agitar, a ponerse dura. Mi propia hermana se había convertido en mi propia viagra. Quien me hubiera dicho a mí, hace años que no necesitaría de esas pastillitas azules para poder follar. El simple hecho de ver a mi hermana me ponía demasiado cachondo.
Nos separamos para coger aire. Los labios de mi hermana se habían vuelto rojos, y los míos estaban hinchados por la brusquedad con la que nos habíamos besado. Volví a atrapar otra vez sus labios, los cuales me tenían embriagados con su dulce miel. Sus manos se colocaron detrás de mí cuello, para profundizar mejor el beso a medida que con mis manos iba acariciando sus piernas, las cuales eran suaves como la seda. Comencé a acariciarle el culo por debajo de su corta falda. Esto se estaba poniendo muy caliente, no sabía si podría aguantar mis ganas de follármela.
—Ya estoy aquí —la voz de nuestro Bill inundó la estancia de la suite. Naia y yo nos separamos rápidamente. Ella aún seguía encima de mis piernas, así que en un movimiento brusco la separé de mí para evitar que nuestro hermano nos viera en una situación muy comprometedora, con tal mala suerte que Naia acabó cayendo al suelo.
—Imbécil… —escuché un leve quejido salir de su boca a la vez que se frotaba su culo, ya que había dado con él por completo en el suelo. Mi hermana se encontraba en el suelo con la ropa medio descolocada, su falda estaba un poco subida de más, ya que le había estado acariciando por su entrepierna. Su cabello estaba desordenado, y su camiseta se encontraba un poco desarreglada dejándome ver la tira de su sujetador.
—¿Qué haces en el suelo Naia? —preguntó nuestro hermano una vez que llegó a junto de nosotros.
—Nada… —respondió frunciendo el ceño— Tu hermano es un tonto. Me ha tirado del sofá.
—No le hagas caso, Bill —le dije a mi hermano gemelo para evitar que sospechará de algo— Solo que me quería quitar el mando a distancia para cambiar de canal.
—La televisión está apagada —dijo mi hermano.
—Bueno… es que quería encenderla y yo le dije que me dolía la cabeza —volví a inventar otra excusa convincente.
—Ah… —susurró nuestro hermano Bill. Al parecer se había tragado la pequeña mentira.
—¿Preguntaron por mí, Mateo y Dieter? —pregunté a mi gemelo.
—Se extrañaron que no bajaras a cenar —respondió nuestro hermano— Les dije que te dolía la cabeza. Vosotros ya habéis cenado por lo que he visto al entrar.
—Sí —asintió nuestra hermana— La cena estaba súper rica.
—Bueno será mejor que nos vayamos a descansar —dijo Bill— Mañana será un día muy duro. Naia duermes en mi habitación, y yo me quedó durmiendo aquí con Tom.
—No hace falta, Bill —respondió nuestra hermana— El sofá parece que es muy cómodo, así que puedo dormir aquí.
—De eso nada, enana —dijo Bill de nuevo— En mi cama estarás mejor, y yo me quedo aquí.
—Bill… —dijo mi hermana frunciendo el ceño— No querrás fomentar los rumores que tú y Tom tenéis una relación. He leído por ahí en internet, que muchas fans creen eso.
—No digas estupideces Naia —le dije a mi hermana.
—No son estupideces, lo llaman twincest —dijo nuestra hermana— Así que creo que debo dormir con Tom en esta habitación, tú te vas a la tuya y asunto resuelto —dijo Naia a la vez que iba empujando a nuestro hermano hacia la puerta de mi suite.
—Pero… —intentó decir mi hermano, pero en un segundo se encontraba fuera de mi estancia.
—No creo que nos venga a molestar más —dijo Naia a la vez que le ponía seguro a la puerta— ¿Por dónde íbamos? —preguntó para sí misma a la vez que se volví a acercar a mí. Me estaba dando miedo por primera vez en mi vida. Esta mocosa tenía oscuras intenciones— Creo que íbamos por esto… —me susurró al oído a la vez que se volvía a sentar a horcajas sobre mí. Sus labios comenzaron a acariciar la piel de mi cuello. Me estaba volviendo loco.
Estos días había echado de menos sus caricias, sus besos… porque mentirme a mí mismo. Atrapé sus labios de nuevo para besarla con intensidad, a la vez que mis manos intentaban tocar su cuerpo. No daba abasto, no sabía por dónde empezar a tocar. Le saqué la camiseta negra, para dejarla en sujetador. Un bonito sujetador de color negro, con fino encaje. ¿Cuándo se había comprado ese conjunto tan sugerente? ¡Dios mío! Creo que así volveré a caer muy pronto en la tentación. Tenía ganas de quitarle el sujetador a mordiscos, para así tener sus pechos a mi libre disposición y poder saborearlos. Su pelvis comenzó a balancearse sobre mí, sintiendo como mi pene se iba endureciendo.
—Creo que es mejor que no continuemos… —le susurré con voz medio rara. Sentía mi garganta demasiado seca.
—Tom… sé que me deseas —susurró contra mis labios.
—No, Nai… —le volví a decir. No estaba recuperada del todo, no podía arriesgarme a que la internarán de nuevo en el hospital.
—Hazme tuya de nuevo, Tom —me suplicó mi hermana de manera implorante— Quiero volver a sentirte.
—Sabes que no podemos —le dije poniendo cordura, dejando aparcado mi deseo de poseerla.
Sus labios volvieron a atrapar los míos, a la vez que sus manos se dirigían hacia la hebilla de mi cinturón. Comenzándola a desabrochar. Sus dedos hábiles y agiles comenzaron a deslizar la cremallera, pronto sentí como mi pene era liberado de su opresión. Se separó de mis labios, para mirarme traviesamente. Luego se agachó entre mis piernas.
—Naia… —susurré al sentir como sus labios rodeaban mi pene, y comenzaba a succionarlo. Cerré los ojos. ¡Oh dios! ¿Dónde había aprendido hacer eso? Joder… Gemí— Oh… —su lengua comenzó a acariciar mi miembro haciendo círculos con ella. Luego comenzó a moverse simulando una penetración con su boca, pude sentir como la punta de mi pene tocaba su campanilla. Eso hizo que me pusiera más duro todavía dentro de su boca.
Enredé mis dedos sobre su cabello dorado, para ayudarla en su movimiento. Se sentía tan bien. Mi respiración estaba agitada, y pequeños gemidos salían de mi garganta. Hasta que noté que finalmente el momento estaba llegando. Mecí mis caderas sobre la boca de ella, mientras seguía con su danza sobre mi pene hasta que me corrí. Se separó de mi miembro, para luego levantar la vista. Sonrió malévolamente para luego acercarse de nuevo a besarme. Mi saliva se mezcló con el sabor de mi semen. La levanté con mis brazos, y fuimos caminando a trompicones. Mis pantalones estaban caídos así que lo más probable es que nos cayéramos al suelo. Entré en la habitación, sin dejarla de besar con furia, hasta que llegué a la altura de la cama donde caímos juntos. Comenzamos a quitarnos la ropa con urgencia, nuestras pieles ardían del deseo de consumar nuestro amor. Le arranqué las bragas con desesperación, mientras que ella se desabrochaba el sujetador. No esperé más a abalanzarme sobre sus pechos para besarnos, mordisquearlos… Estaba muy cachondo.
La miré a los ojos. Ella me miró con ojos cargados de lujuria y de excitación. Sus mejillas sonrojadas la hacían más bella de lo que era. Me acerqué lentamente a ella para besar dulcemente sus labios, sin mostrar la misma desesperación de antes. Correspondió a mi beso, para luego intentarlo hacer más intenso. Nuestras lenguas desesperadas comenzaron a luchar entre ellas. Nos separados para coger aire.
—Te quiero… —susurré mirándola fijamente.
—Yo también te quiero… —me susurró.
Me concentré en su cuello, a la vez que con mi nariz comencé a hacerle unas cuantas cosquillas. Lo sé porque ella comenzó a reírse compulsivamente. Comencé a dejar un rastro de besos por toda su clavícula, hasta ir bajando por sus pechos para luego situarme a la altura de su ombligo. Mi lengua jugueteó con este, para luego bajar un poco más y situar mi cabeza entre sus piernas. Sentí como sus dedos comenzaron a agarrar mis pelos cuando introduje mi lengua en su interior. Simulé varias veces una penetración, sintiendo como cada vez mi hermanita se sentía más excitada.
—Tom por favor… —me suplicó con voz agonizante.
—No hay prisas… —le susurré contra los labios de su sexo— Disfruta del momento. Ahora que nadie puede molestarnos.
Seguí jugando con su sexo, sintiendo como el calor iba aglomerándose en mi miembro. Tenía unas ganas tremendas de hacer el amor con ella, pero tenía miedo de volver a hacerla daño. No quería de después de una calentón de una noche, mi hermanita tuviera que estar en el hospital otra vez internada. No quería hacerle daño. Noté como sus dedos comenzaron a jugar con los mechones de mi pelo que empezaron a caer desordenados por cada lado de mi cabeza, a la vez que suspiraba. El momento estaba llegando y la necesitaba con urgencia. Me dispuse a penetrarla, pero algo hizo que me paraba. Debe ser la culpa de no soportar de volver hacerle daño.
—Tomi, ¿Qué pasa? —me preguntó titubeando al ver que me quedé quieto.
—No quiero hacerte daño, mi princesa —le dije con ternura— Será mejor que seas tú la que lleves el ritmo.
—¡¿Qué?! —dijo abriendo los ojos desmesuradamente— No seré capaz, tú eres el que siempre llevas el ritmo, no yo…
—Esta noche serás tú —le dije sonriéndole— Te quiero —le susurré para luego darle un leve beso en los labios.
Me separé de mi hermana para luego tumbarme en la cama. Hice que ella se sentará sobre mí a horcajas, para que ella pudiera llevar mejor el ritmo. Me miró avergonzada completamente sonrojada, porque no sabía cómo llevar la situación. Yo sonreí divertidamente ante esa acción de mi hermana pequeña. Naia comenzó a reírse nerviosamente al ver que me quedaba mirando fijamente como se movía, hasta que finalmente puso sus piernas a cada lado de mis caderas. Enseguida noté como su vagina arropaba mi pene, cerré los ojos al sentir esa sensación tan placentera. Poco después se fue levemente moviendo sobre mí, a la vez que abrí mis ojos y nos miramos fijamente mientras que ella se balanceaba sobre mi miembro. Me incorporé un poco más, no aguantaba la posición en la que me encontraba. Necesitaba acariciarla. Mis manos se apoyaron sobre la suave piel de su espalda, la cual comencé a acariciar mientras que ella seguía moviéndose. Nos miramos a los ojos, ambos estábamos completamente excitados, cargados de lujuria, de deseo… La besé de nuevo.
—Te quiero… —volví a susurrar por enésima vez después de haberla besado. Su pequeño cuerpo abrazó el mío a la vez que aumentaba sus movimientos. Su cabeza se apoyó sobre mi hombro mientras que escuchaba sus gemidos sobre mi oído. Se sentía tan bien… como había podido ser tan estúpido para querer separarme de ella, de dejar de probar el dulce néctar de sus labios.
Se separó de mí y echó su cabeza hacia atrás haciendo que su cabello dorado cayera sobre su espalda a la vez que aumentaba los movimientos siendo más enérgicos. Sus pequeños pechos se movían al compás de sus caderas. Cerré los ojos suspirando, el gran momento llegaría. Una descarga eléctrica recorrió toda mi espina dorsal, para luego llegar a la punta de mi pene. Finalmente, el orgasmo llegó como una explosión de fuegos artificiales en los cuales gemimos al unísono.
Nos miramos con la respiración agitada. Nuestras caras estaban completamente sonrosadas por el esfuerzo físico que habíamos hecho ambos. Me acerqué a ella de nuevo, apoyando mis manos a cada lado de su cara, para comenzarla a besarla nuevamente, con delicadeza. Disfrutando de ese momento único entre los dos. Nos separamos para llenar nuestros pulmones de aire.
—Te quiero… —volví a susurrar con voz ronca— Recuérdalo, mi pequeña.
Se levantó de encima de mí, para tumbarse de nuevo sobre la cama. Nuestros cuerpos estaban completamente perlados. Cogí la sábana, y cubrí nuestros cuerpos desnudos, para abrigarnos. Nos quedamos en silencio durante varios minutos, mientras que intentábamos acompasar nuestra respiración. Mi hermana se acercó a mí, comenzando a acariciar mi pecho desnudo con el dedo índice provocándome cosquillas.
—Te he dicho ya, que te quiero… —me dijo con un brillo especial en sus ojos.
—Sí —asentí sonriendo tontamente.
—Te quiero… —volvió a susurrarme ahora contra mis labios para luego atraparlos. Sentí como su cuerpo se apoyaba completamente sobre mi cuerpo, y como sus manos comenzaban a acariciar mi cara.
—¿Qué voy a hacer contigo mocosa? —le pregunté una vez que nos separamos— Sabes que no deberíamos volver este tipo de encuentros. Lo sabes, ¿no?
—No lo sé Tom… —me respondió un poco molesta— ¿Por qué siempre tienes que joder los momentos especiales entre nosotros? —me preguntó resentida, para luego separarse bruscamente de mí y tumbarse de nuevo de espaldas en la cama. La expresión de su cara era de enfado.
—Naia… —susurré acercándome de nuevo a ella.
—Déjame en paz Tom —me dijo todavía con enfado.
—No te enfades, Naia —le dije de nuevo.
—¿Cómo quieres que no me enfade, cuando me dices que no debemos de estar juntos? —me preguntó con ojos llorosos— ¿Lo que ha ocurrido hace un momento solo ha sido un calentón? ¿Todos los te quieros que me has dicho no eran verdaderos?
—Lo son… —susurré— Pero bien sabes tú y yo que no debemos tener esta relación.
—No me vengas con tonterías, Tom —me miró con sus ojos azules como el zafiro. Con ojos enfadados— Tú mismo has empezado esto hace semanas… Ahora no me vengas a pedir que no volvamos a estar juntos, porque ya es demasiado tarde… Ahora ya no podré olvidarte más. Te has convertido en mi droga… Sin ti me moriría.
—Yo también me moriría sin ti —confesé— Pero tengo miedo… tengo miedo a que te separen de mí, si nos llegarán a descubrir.
—Nadie tiene porque saberlo —me susurró mi hermana mirándome fijamente a los ojos— Sabremos ocultarnos bien de las miradas indiscretas de nuestra familia.
—¿Y Bill? —pregunté intranquilo. Sabía que tarde o temprano se acabaría enterando de todo.
—Lo sabremos despistar —me respondió para luego darme un beso en los labios.
Me situé encima de ella, mientras que nos comíamos a besos. Disfrutábamos de ese momento tan especial para nosotros. Sus manos comenzaron a recorrer mi espalda desnuda, en forma de caricias placenteras. La deseaba tanto, que la excitación volvió otra vez a poseerme. Volvimos a ser uno nuevamente. Exhaustos, después de dejarnos llevar por la pasión nuevamente, caímos rendidos en la cama. Minutos después nos dejamos llevar por los brazos de Morfeo.
Abrí los ojos, y la luz cegadora de los rayos de sol hizo que los cerrará de golpe. Miré la hora en mi móvil y era las once de la mañana. Me giré en la cama, observando como mi hermana pequeña dormía plácidamente en la cama. Parecía un ángel caído del cielo. Me levanté de la cama, para luego ponerme mis bóxers. Sentía mi cuerpo entumecido. La noche anterior le había dado bastante caña a mi hermana, cosa a la que últimamente yo no estaba acostumbrado. Me acerqué a la ventana, para contemplar el día que hacía a la vez que encendía un porro que me había liado anteriormente. Enseguida mis músculos se empezaron a relajar, sentía que no pesaba. Desde la ventana seguí contemplando a mi hermana. Sus cabellos rubios desordenados caían juguetonamente por sus hombros desnudos. La sábana apenas le cubría hasta la mitad de la espalda. Me quedé anonadado mirándola.
—Buenos días —le susurré al darme cuenta que sus ojos azules me miraban fijamente— ¿Qué tal has dormido?
—Bien —sonrió tímidamente a la vez que se removía en la cama. Luego salió de la cama, mostrándome su perfecto cuerpo desnudo. Sus perfectas curvas. Se acercó de forma divertida a mí, para luego darme un pequeño beso en los labios y mirarme de una forma traviesa— La cama está fría sin ti —me dijo abrazándose a mi cuerpo. Se separó de mí para luego robarme el porro que posaba sobre mis labios. Le dio una pequeña calada, haciendo que poco después comenzará a toser.
—¡¿Qué haces loquilla?! —le pregunté de forma divertida. Al ver que le daba una calada a mi porro.
—No sé cómo puedes seguir fumando —me dijo mirándome— Sabe asqueroso…
—Trae para aquí —le quite el porro de la mano para luego darle otra calada. Ella me lo quitó de las manos para finalmente apagarlo en el cenicero.
—Ven a hacerme compañía —me agarró de mi brazo haciéndome caminar otra vez hacia la cama.
Los dos caímos de nuevo sobre la cama. Empezamos a besarnos de nuevo, como si fuera la última vez que estuviera juntos. Como si fuera nuestro último día en la tierra. Disfruté acariciando su suave piel con mis manos, memorizando cada rincón de su cuerpo. Ambos estábamos ensimismados en nosotros mismos. Pero siempre hay alguien que viene a fastidiar los momentos únicos.
—¡Tom abre la puerta! —escuchamos decir a nuestro hermano Bill, que como siempre tenía el don de la inoportunidad.
—¡Mierda! —siseé— Vístete rápido —le dije a la vez que me levantaba de encima de ella y me ponía mi camiseta y unos pantalones por encima.
Continúa…
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