Fic hetero de Heiligtkt483
Capítulo 94
By Naia
Le respondí. Ahora me sentía nerviosa e inquieta. Aunque ya sabía el diagnóstico, ir a esa cita médica seria la confirmación total. Guardé mi móvil de nuevo en el interior del bolsillo de mi abrigo, y me puse a contemplar algunos chicos de mi clase que estaban jugando a fútbol. De repente, sin que me diera tiempo a reaccionar para apartarme, la pelota impacto fuertemente contra mi cara. Me eche rápidamente las manos a la cara. Me dolía un poco la nariz y pude notar como un líquido rojo se escurría por mis manos. “Genial me han roto la nariz”, pensé al instante. Las lágrimas querían escurrirse de mis ojos por el dolor que sentía.
—Lo siento se me desvió la pelota —escuche decir a uno de los chicos— Deberías de ir a la enfermería a que te miren eso —añadió para luego alejarse.
—¿Quieres que te acompañe a la enfermería? —escuché de nuevo una voz femenina. Separé mis manos de mi cara para observar a Amy, que me miraba con preocupación.
—No necesito tu ayuda —le respondí frunciendo el ceño para luego levantarme del banco y caminar hacia el interior de la escuela.
En los pasillos se escuchaba algún murmullo de otras aulas que tenían clase. En especial los cursos de primaria y secundaria que ya habían tenido sus recreos en otras horas diferentes. Subí las escaleras para luego llegar al segundo piso donde se encontraba la enfermería. Toque suavemente la puerta.
—Adelante —escuché la voz de la enfermera. Abrí la puerta— Eso tiene muy mala pinta —dijo la enfermera nada más verme— Acércate para hacerte la cura.
Caminé hacia donde estaba la enfermera y me senté en la camilla. Comenzó a limpiarme la herida, y sentía como me escocía. Minutos después ya tenía la cura completamente realizada.
—Has tenido suerte de que no ha sido una rotura, solo se te han roto unos vasos sanguíneos por el golpe —me explicó la enfermera— He conseguido cortarte la hemorragia, pero estate unos minutos con la cabeza hacia atrás para que no vuelvas a sangrar.
Pasados unos minutos salí de la enfermería. De nuevo caminé por los pasillos que estaban vacíos hasta que llegué de nuevo a mi aula. Toque la puerta para pedir permiso.
—Lo siento he tenido que ir a la enfermería —me disculpe con la profesora que me miraba con el ceño fruncido.
—Está bien —me respondió— Tome asiento.
Las siguientes horas pasaron con demasiada lentitud, y yo solo tenía ganas de que las clases acabasen e irme a casa y encerrarme en mi habitación toda la tarde, pero después me acordé que debería a la cita que había concertado mi hermano, y de nuevo los nervios se agolparon en mi estómago. Sentía mucho miedo de cómo reaccionaría mi madre ante la noticia de que sería abuela en los próximos meses. El timbre sonó considerablemente dando por finalizadas las clases. Metí todas mis cosas en mi mochila para luego ponerme mi abrigo y salir de aula. Los nervios en mi estómago todavía persistían, y no era para menos, el futuro que se me presentaba sería muy oscuro e incierto. Como explicarle a mi madre lo de mi embarazo y que su padre no estaría conmigo… No podía decirle de buenas a primeras que el padre de mi bebé era mi hermano Tom. Al final nos habíamos quemado demasiado e incluso podría significar el fin de la carrera de mi hermano Tom, si todo llegase salir a la luz. Seguí caminando pensativa por los pasillos de la escuela, sólo había algunos alumnos de otras clases que se habían quedado rezagados. Salí al exterior del edificio, para luego caminar por el patio exterior y acceder a la vía pública. No me llevo ni diez minutos llegar a casa. Supongo que mis hermanos ya llegarían del estudio de grabación y mi madre estaría acabando de hacer la comida. Abrí la puerta para entrar en el interior de mi casa.
—Ya he llegado —avisé a mi madre a la vez que me dirigía hacia las escaleras para ir a mi habitación a dejar mi mochila y ponerme una ropa más cómoda.
—No tardes en bajar, o la comida se enfriará —escuché decir a mi madre desde la cocina.
Subí las escaleras con lentitud, no era plan de caerme por las escaleras y pegarme un buen golpe. Ya mi madre pondría el grito en el cielo cuando viera el golpe que tenía en mi nariz. Entré en el interior de mi habitación para posar mi mochila en una esquina de esta. Me desnudé y me puse unos pantalones y una sudadera. Bajé de nuevo las escaleras para entrar en el interior de la cocina.
—¿Qué te ha pasado en la nariz? —preguntó mi madre de manera muy preocupada. Casi le faltaba el aire.
—He tenido un pequeño accidente en la hora del recreo —le respondí— Además he ido a la enfermería y me lo han curado. Ahora ya no me duele.
—Tienes que andar con cuidado —volvió a decirme mi madre.
—Ya ando con cuidado, pero no es mi culpa que unos compañeros de clase me hayan dado un balonazo en plena cara —le respondí molesta.
—Eso es uno de los motivos porque no quería que regresaras a la escuela —dijo mi madre— Siempre has sido tan frágil desde tu enfermedad.
—Ya no soy una niña, mamá —le dije molesta— Ya tengo diecisiete años.
—Para mí seguirás siendo mi bebé —respondió mi madre, haciendo que se encogiera mi estómago al escuchar la palabra “bebé”, la sangre comenzó a abandonar mi cara y me sentía sudorosa— Hija… ¿Te encuentras bien? —me preguntó preocupada de nuevo— Te has puesto pálida.
—Solo es debilidad porque tengo hambre —le dije rápidamente para luego sentarme a lado de mis hermanos que me miraban expectantes.
Mamá comenzó a servirnos la comida en cada uno de nuestros platos. Mis hermanos comenzaron a comer al instante, pero yo me sentía tan nerviosa que no creía que mi estómago pudiese contener toda la comida que había en mi plato. Me puse a juguetear con ella con el tenedor, mientras pensaba si probar o no probar bocado. Mis hermanos ya tenían medio plato vacío y yo seguía con mi plato completamente lleno.
—¿No decías que tenías hambre? —me preguntó de nuevo mi madre al ver que ni siquiera había probado bocado.
—Si tengo, pero está bastante caliente —le contesté excusándome.
—Fría no sabrá —me dijo.
A duras penas fui ingiriendo el contenido de mi plato. Temía que en cualquier momento lo fuera a vomitar, pero con suerte parecía que mi estómago parecía aceptar el alimento de momento. Cuando acabamos de comer, ayudé a mi madre con las tareas de la cocina y después subí a mi habitación. Tenía que pensar la manera para salir de casa sin que mamá se diera cuenta de que algo no iba bien conmigo. La puerta de mi habitación se abrió. Mi hermano Tom apareció tras ella para luego cerrarla. Me quedé mirándolo fijamente.
—A las cinco y media tienes cita con el ginecólogo —me dijo mi hermano— Esta es la dirección —me pasó un papel con la dirección anotada.
—¿No vendrás conmigo? —le pregunté con un nudo en la garganta.
—Lo siento, nena, pero Bill quiere que vaya al estudio con él para grabar unas canciones que se le ha ocurrido —una puta excusa más, bajé la cabeza cabizbaja, incluso los ojos se me habían humedecido.
—¿Son más importante unas canciones que tu hijo? —le pregunté enojada.
—Naia es mejor que vayas sola, si te acompañará a la cita podría levantar sospechas —me dijo nuevamente— Además eso es cosa de mujeres.
—Está bien —le dije guardando el papel en el bolsillo de mi pantalón.
—Dile a mamá que tienes que ir a la biblioteca a hacer un trabajo —me sugirió para luego salir de mi habitación.
Me quedé mirando a la nada mientras que unas tímidas y diminutas lágrimas comenzaron a escurrirse por mis mejillas. Mi hermano Tom podía ser atento conmigo y cariñoso, pero a veces se comportaba como un auténtico capullo. La forma en la que me había hablado, dando a entender que se desentendía del tema completamente, había hecho que mi corazón se desgarrará. Ahora me tocaría ir solo a un ginecólogo en el cual no tenía ninguna confianza, y sentía miedo, miedo de que al día siguiente en las portadas saliera mi embarazo y de que mi madre me encerrará en casa. Los minutos fueron pasando en mi despertador digital. Eran cerca de la cuatro y media, debería de coger un autobús que me llevará al centro de la ciudad. Cogí mi mochila de clase, y quité algunos libros para luego meter otros. Me puse una cazadora, que estaba forrada, para luego poner mi mochila sobre mis espaldas. Salí de mi habitación con paso lento, para luego bajar las escaleras. En el salón se encontraba mi madre mirando un programa de cotilleo. Caminé despacio y así no hacer ruido, para evitar que mi madre se diera cuenta de mi huida casi furtiva.
—¿A dónde vas? —preguntó mi madre cuando ya cerca de la puerta de casa.
—A la biblioteca —le respondí rápidamente— Tengo que ir a hacer un trabajo de investigación.
—Está bien —respondió mi madre volviéndose a concentrar en la televisión. Ya estaba, ni siquiera me hizo falta repetírselo una vez más— No llegues tarde — dijo mi madre antes de que abriera la puerta de casa para salir a la calle.
Caminé por el camino de piedra que había en el jardín hasta que finalmente salí por completo de la propiedad de mis padres. Me incorporé a la calle, comencé a caminar hacia la parada de autobús. Una vez que llegué allí me puse a mirar los autobuses que me servían para llegar al ginecólogo y los horarios. En esa parada solo había uno que me servía. Después de diez minutos esperando en los cuales el nerviosismo estaba flor de piel, por fin llegó el autobús. Pagué el billete y me dirigí hacia unos asientos que estaban vacíos. Me senté en uno de ellos. Pasadas seis paradas, le tocaba mi turno para bajar del autobús. Apreté el botón de parada solicitada. Las puertas se abrieron y bajé del autobús. Saqué el papel, que mi hermano me había dado, para leer la dirección de la clínica. Según me iba acercando al lugar mi corazón empezaba a bombear más deprisa. Entré en el interior de la clínica. Me acerqué a la pequeña recepción.
—Buenas tardes… —susurré a la mujer que se encontraba detrás del mostrador— Yo tengo cita con el ginecólogo a las cinco —le dije avergonzada.
—Muy bien —me dijo la mujer— ¿Cuál es su nombre? —me preguntó cogiendo la agenda para comprobar la cita.
—Naia… —susurré.
—Vas a tener que esperar unos minutos —me volvió a decir la mujer— Puedes sentarte en la sala de espera.
—Vale —le respondí— Gracias…
Caminé hacia la sala de espera para luego sentarme en uno de los múltiples asientos vacíos, para mi suerte la sala estaba completamente vacía así menos vergüenza tendría que pasar. Dejé apoyada mi mochila encima de la silla que había al lado. Me quedé varios minutos mirando a la nada pensativa.
—¿Naia Kaulitz? —escuché una voz de mujer llamarme. Salí de mi ensueño.
—Si, soy yo… —musité.
—Acompáñame.
Me levanté de la silla, cogiendo mi mochila para luego caminar hacia el interior de la consulta. La mujer cerró la puerta tras de sí. Me quedé de pie sin saber qué hacer.
—Siéntate, Naia —me dijo la doctora señalándome una de las sillas que había delante de su escritorio— Soy la doctora Susan Stanton y tu hermano Tom me ha informado de que tienes un problema.
—Si… —susurré avergonzada a la vez que bajaba mi cabeza.
—¿Desde cuándo mantienes relaciones? —me preguntó directa.
—Desde hace unos meses —respondí cohibida.
—¿Con qué frecuencia tienes relaciones a la semana? —siguió con su cuestionario.
—La verdad es que las he contado pero una tres veces por semana, incluso más —le respondí con vergüenza.
—¿Tu actividad sexual es muy activa?
—Si… —susurré— ¿Esto no se lo contarás a mi madre? —pregunté con miedo.
—No, esto es confidencial —me contestó— Pero son datos que necesito saber.
—De acuerdo…
—¿Usáis algún método anticonceptivo? —preguntó de nuevo. Me quedé en silencio pensando la pregunta. Mi hermano y yo no solíamos utilizar preservativo. Era yo, la que tomaba las pastillas.
—Yo tomo pastillas… —respondí— Pero muchas veces cuando tenemos sexo no usamos preservativo. Mi novio me dice que así me puede sentir mejor…
—Eso es una tontería… —respondió la doctora— Siempre hay que usar protección eso os puede evitar el contagio de enfermedades de transmisión sexual y además que las pastillas a veces suelen fallar si te olvidas de tomarlas —bajé mi cabeza avergonzada. Si no me hubiera olvidado de tomarlas ahora no estaría en esta situación— Ahora explícame tu problema —me dijo mirándome fijamente. La hora de la verdad había llegado.
—Creo que estoy embarazada… —susurré— Me he hecho un test y ha dado positivo… Mi madre me va a matar…
—Entonces será mejor que vayamos a la sala de exploración —me dijo a la vez que me señala una puerta donde había una sala adjunta donde tenía todos los aparatos y materiales para poder explorarme. Me levanté de la silla y caminé hacia la sala— Túmbate en la camilla y descúbrete el vientre.
Hice lo que me mandó la doctora Stanton para luego subir mi camiseta hasta debajo de mis pechos, y bajé el pantalón hasta mostrar mi vientre. La doctora cogió el bote de gel para luego esparcirlo por mi vientre. Me contraje levemente al sentir el frío del gel. Colocó encima de mi vientre el sensor de ultrasonidos para comenzar a moverlo sobre este a la vez que observa el monitor. La miré fruncir el ceño a la vez que movía el sensor hacia otra parte de mi vientre buscando algo, que parecía no encontrar.
—¿Ocurre algo? —pregunté con temor.
—¿Estás segura de que estás embarazada? —me preguntó de nuevo.
—Tengo los síntomas… —susurré— Cansancio, náuseas… Este mes no me ha venido el período.
—Pues en la ecografía no sale nada —me dijo de nuevo— No hay nada.
—¿Cómo es eso posible? —le pregunté asustada. Igual había perdido a mí bebé y no me había dado cuenta.
—Puede que estés sufriendo los síntomas de un embarazo sicológico —me dijo la doctora Stanton.
—¿Cómo ha podido ocurrir eso? —le pregunté de nuevo.
—Generalmente se da en mujeres adultas que tienen un deseo muy grande de ser madres —comenzó a explicar— Pero en mujeres jóvenes también se puede dar el caso esto suele ocurrir en mujeres que tienen miedo a quedarse embarazadas, y por lo que veo tu novio y tú mantenéis relaciones sin protección, añadido el miedo a quedarte embarazada o que tu madre te diga algo, eso ha fomentado que los síntomas se agravarán.
—¿Cómo puedo hacer para que desaparezcan los síntomas? —le pregunté con preocupación.
—Los síntomas deberían de empezar a remitir en los próximos días, una vez que ya sabes que no estás embarazada tu cuerpo debería de dejar de mandar órdenes para que esta situación no continúe.
—De acuerdo… —dije susurrando.
—Si los síntomas persisten deberías de buscar asistencia psicológica —me dijo la doctora, y la verdad es que tenía razón, debería de ir al sicólogo porque acostarme con mi propio hermano no es lo más cuerdo del mundo— ¿Alguna duda que tengas más?
—No, me ha quedado todo claro —le respondí.
—Pues entonces ya puedes colocarte bien la ropa —me dijo— Te espero en mi despacho.
Acto seguido salió de la sala donde estábamos. Me levanté de la camilla y acomodé mi ropa. Luego me fui a su despacho. Me senté en la silla esperando a que de nuevo la doctora hablará.
—Si tienes cualquier duda no dudes en volver —me dijo de nuevo— Quizás será conveniente que te hagas una revisión próximamente, ya que tienes una vida sexual muy activa. Insístele a tu pareja de usar protección, te beneficias tú y se beneficia él. Además de evitar un posible embarazo.
—Lo intentaré —le contesté— Es muy cabezón en cuanto a hacerlo entrar en razón.
—Todos los hombres son demasiado cabezones cuando se trata del sexo —me dijo la doctora sonriendo mientras se levantaba de su asiento para acompañarme hasta la puerta.
—Muchas gracias por todo —le dije antes de salir de la consulta.
Salí de nuevo a la calle, comencé a caminar hasta que llegué a la parada de autobús. Me puse a esperar porque todavía quedaba varios minutos para que el autobús llegase. Mi móvil comenzó a vibrar en el bolsillo de mi pantalón. Mi hermano Tom me estaba llamando. Descolgué el teléfono.
—Dime —le dije.
—¿Ya saliste de la consulta? —me preguntó.
—Sí —le dije de forma seca.
—¿En dónde estás?
—En la parada de autobús que hay cerca de la clínica.
—Ahora te paso a recoger —me informó para luego dar por finalizada la llamada.
Metí de nuevo mi móvil en el bolsillo. Me puse a esperar de nuevo. Enseguida el coche de mi hermano apareció por la carretera. Menos mal que no había gente en la parada de autobús que pudiera reconocerle. Estacionó el coche cerca de donde estaba yo. Bajó la ventanilla del copiloto y me miró con intensidad.
—Sube —me ordenó. Lo miré con mala cara. Estaba un poco harta de todo, de su extraño comportamiento— ¡A qué esperas a subir! —me dijo de nuevo alzando un poco la voz, haciendo que saltará en mi sitio porque me asustó. Abrí la puerta del copiloto y me acomodé en el asiento. Cerré la puerta y me puse el cinturón de seguridad— ¿Qué te ha dicho el ginecólogo? —me preguntó nervioso— ¿Todo bien? —susurró.
—Hubieras venido para saberlo —le dije molesta.
—Naia no me toques los cojones —me dijo arqueando sus cejas— ¿Cómo está mi hijo?
—Ahora te preocupas de él, sin embargo, me dejaste sola en la cita de ginecólogo —le dije de nuevo.
—Ya te lo dije antes en casa… —dijo mi hermano exhalando profundamente. Estaba perdiendo la paciencia— A veces resultas demasiado cansina.
—Pues que sepas que no tendrás que hacerte responsable del bebé, puedes quedarte tranquilo —le dije a mi hermano.
—¿Qué ha pasado? —preguntó alarmado— ¿Has perdido al bebé? ¿No has sido capaz de protegerlo, que lo has tenido que perder?
—No tienes derecho a reclamarme nada —le dije dolida— No tienes ni idea en la situación de nervios que he vivido estos días, todo por culpa tuya. Si no tuvieras la afición de meterte entre mis piernas cada dos por tres, está situación no hubiera ocurrido.
—Vamos, no me vengas de que ahora eres una niña dulce y casta —me dijo mi hermano con ironía— Si bien que disfrutaste cuando te la metí. En ningún momento me dijiste que parará, siempre me decías que querías más.
—Vete a la mierda…
—¿Me vas a decir de una vez como está mi hijo?
—No hay bebé… —susurré a la vez que mi hermano tensaba su mandíbula— Nunca lo hubo… —volví a decir— Todo fue sicológico.
—¿Es una broma? —me preguntó incrédulo. Moví mi cabeza en modo de negación— La hostia… No me jodas que has tenido un embarazo psicológico.
—No te rías de mí, capullo —lo miré con enfado—La doctora me dijo que a veces sucede en mujeres jóvenes al sentir temor de quedarse embarazadas.
—¿Te ha recetado algo? —me preguntó mi hermano de nuevo.
—No… —susurré— Ha dicho que los síntomas irán desapareciendo.
—Las mujeres sois demasiado complicadas —me dijo otra vez— Os estresáis por todo.
—Eres un insensible —le dije molesta— A partir de ahora si quieres estar conmigo tendrás que usar protección.
—¿Lo dices enserio? —me preguntó molesto.
—O eso, o no me abro de piernas más contigo —le dije tajantemente— No quiero correr el riesgo de una nueva falsa alarma.
—Como tú digas —me dijo mi hermano de manera calmada— De todas formas, siempre seré capaz de hacerte caer de nuevo en la tentación —no respondí a lo que me dijo mi hermano, pero mentalmente lo insulté de todas formas posibles que conocía. Era un capullo, pero el hijo de puta sabía muy bien que volvería a caer en sus redes de seducción y pasaríamos por alto cualquiera protección y volvería a estar de nuevo en esta situación.
—Será mejor que regresemos a casa…
Mi hermano accionó la llave, que había en el contacto del coche para luego arrancar. Fue conduciendo por las calles que, a esas horas, estaban repletas de coches. Al ser un viernes, la gente aprovechaba para desplazarse al centro para ir a cenar y salir de copas. Durante todo el trayecto no dije nada. Lo único que sentía era un gran alivio interior al saber que no tendría que escuchar a mi madre por estar embarazada. Ahora podría dormir tranquila, en estos días apenas descansaba bien por el nerviosismo que sentía. El coche de mi hermano se paró en un semáforo. Noté su mirada sobre mí. Minutos después ya estaba metiendo el coche en el interior del garaje de la casa de nuestros padres. Desabroché el cinturón de seguridad y me dispuse a salir de coche, para luego coger mi mochila y dirigirme a las escaleras que comunicaba el garaje con la casa. Mi hermano me imitó una vez que cerró su coche.
—Hola mamá —saludé a mi madre que se encontraba viendo la televisión.
—Hola hija, ¿Cómo es que venís juntos? —preguntó al ver a mi hermano Tom— ¿Hoy no te quedabas en el estudio de grabación hasta tarde? —le preguntó ahora a mi hermano confundida.
—No, hoy no me quedaba —respondió mi hermano— Cuando venía hacia casa me encontré con Naia, aproveché y la traje en coche.
—Oh vale… —dijo nuestra madre— Pensé que si te quedabas hoy…
—Voy a dejar mi mochila en mi habitación —le informé a mi madre.
Dejé a mi hermano y a mi madre hablando mientras que desaparecía escaleras arriba. Caminé por el amplio pasillo, hasta que finalmente entré en el interior de mi habitación. Cerré la puerta y apoyé mi mochila en el suelo. Tengo que reconocer que me sentía muy aliviada al saber que no estaba embarazada, soy muy joven y tengo sueños que cumplir. Ser madre destrozaría en este momento mis sueños. Ahora tendría que procurar no olvidarme de tomar las pastillas e intentar que Tom usará preservativo. Pero me sentía un poco molesta con mi hermano así que le haría sufrir durante unas semanas. No siempre va a conseguir lo que quiere.
Continúa…
Gracias por la visita. Cuéntanos qué te pareció.
