Fic hetero de Heiligtkt483
Capítulo 98
By Tom
Encendí la radio mientras conducía hacia mi apartamento. Notaba que mi hermana se estaba poniendo nerviosa, de no saber a donde la iba a llevar y eso me encantaba. Me encantaba hacerla desesperar, me encantaba verla como un animalillo asustado. Nos paramos en semáforo, y mientras no se ponía en verde me dediqué a ver a mi hermana como se estaba impacientando más.
—Deja de mirarme —dijo mi hermana cruzándose de brazos— Parezco una tonta con este pañuelo sobre mis ojos.
—Es una sorpresa —le respondí— Además no me cansaría de mirarte porque estás realmente hermosa.
—¿Queda mucho por llegar? —me preguntó con impaciencia.
—Ya lo sabrás cuando lleguemos.
El semáforo se puso en verde, y aceleré con mi coche. Comencé a meterme por otras calles para así poder despistar a mi hermana y no llegar tan pronto a mi apartamento. Veinte minutos después me encontraba accionando la puerta del garaje para luego meter el coche en su interior y aparcarlo en la plaza de garaje que tenía.
—¿Ya llegamos? —preguntó de nuevo Naia.
—Queda un poco —le respondí— Ahora agárrate bien a mí —le dije para evitar que se cayera de bruces sobre el suelo.
Comenzamos a andar hasta la zona de los ascensores, para luego llamar al ascensor. En unos pocos minutos, las puertas se abrieron y empujé a mi hermana hacia el interior de este. Noté como mi hermana se ponía más nerviosa de lo que estábamos.
—Oh Tom, venga no seas malo —se quejó bufando— Quítame de una vez el pañuelo para ver donde estamos.
—Todavía falta un poco para llegar —le dije. En ese momento se escuchó el timbre del ascensor anunciando que habíamos llegado al piso indicado.
—¿Estamos en un ascensor? —me preguntó de nuevo curiosa mi hermana.
—Sí, porque el restaurante tiene también entrada por ascensor, ya que accedimos al garaje privado que tienen —le respondí, sabiendo que era una pequeña mentirijilla, que espero que me sepa perdonar.
—Siempre haces que pierda la paciencia Tom Kaulitz —me dijo con enojo.
—No te enfades conmigo, después me lo agradecerás —le dije sonriendo, aunque sabía perfectamente que mi hermana no se iba a percatar de mi sonrisa.
Le agarré de la mano para hacer salir del ascensor. Comenzamos a caminar, pero antes de continuar caminando, me percaté que, si la llevaba hasta la puerta de este, y abrí la puerta con llave se iba a dar cuenta de que estábamos en mi apartamento así, que me paré en la zona donde todavía estaba el ascensor sin entrar llegar a sobrepasar la puerta que daba al pasillo donde estaban los apartamentos.
—Espera aquí un momento, vuelvo ahora —le dije para ir a abrir la puerta y así no se diera cuenta— Ni se te ocurra quitarte la venda —ella bufó. Sabía que mi hermanita era demasiado impaciente.
—Está bien…
Caminé con algo de rapidez hacia la puerta de mi apartamento para luego abrir la puerta con sumo cuidado de que mi hermana no lo escuchará. Aunque desde el sitio donde estaba, no creo que consiguiera escuchar de que abría la puerta. La dejé abierta de par en par para luego volver a buscar a mi hermana.
—Ya estoy aquí —le dije para luego agarrarle otra vez la mano para hacerle caminar.
—¿Dónde has ido? —me preguntó impaciente.
—Ya lo sabrás en un rato —le respondí intentando no romper el misterio en ningún momento.
Seguimos caminando hasta que llegamos a la puerta de mi apartamento. Le ayudé a atravesar la puerta, para luego dirigirla hacia el salón. Después tuve que cerrar la puerta de este y supongo que mi hermana ahí se daría cuenta de que no estábamos en un restaurante, aun así, encendí el reproductor musical, en el cual sonaba una melodía de violín muy romántica. Es que cuando me pongo en plan romanticón no hay quién me pare en los detalles.
—¿Dónde estamos, Tom? —me preguntó mi hermana de manera exigente al escuchar como cerraba la puerta de mi apartamento.
—En nuestro nidito de amor —le respondí.
—Me has mentido —dijo algo con enfado— Dijiste que iríamos a un restaurante.
—Tenía que darle emoción a la noche —le contesté de nuevo— A parte que me gusta hacerte perder los nervios.
—Eres muy malo, Tom Kaulitz —volvió a decir mientras se cruzaba de brazos haciéndome mostrar que estaba enojada— Descúbreme los ojos ahora mismo —me exigió.
—Sabes que tienes muy mal genio —le dije de manera divertida.
—No lo digo en broma, estúpido —me insultó mi hermana.
—Está bien, señorita cascarrabias —le dije a la vez que me acercaba a ella, desataba el pañuelo que cubría sus ojos.
—Oh Tomi… —dijo en un susurró al fijarse en la mesa, que había preparado con tanto detalle por la tarde— ¿Todo esto lo has hecho tú solo? —me preguntó de manera dudosa.
—Sí, acaso dudabas de mí —le dije mirándola fijamente.
—No, pero es que a veces no eres tan detallista —me dijo mi hermana.
—Pues si lo soy —le respondí algo ofendido.
—¿Qué has hecho para cenar? —me preguntó mi hermana divertida para luego dirigirse hacia la cocina, para curiosear sobre la cena.
—Ven aquí, es un secreto —le dije evitando que entrará en el interior de la cocina.
—Voy a pensar que me quieres envenenar —me dijo para luego arquear la cena.
—Solo quiero que la cena sea una sorpresa… —susurré.
Besé sus labios dulcemente, sintiendo como sus manos se apoyaban sobre mi cuello para poder así profundizar el beso. Llevábamos cerca de dos días sin poder darnos muestras de cariño porque nuestra madre siempre estaba rondando nuestro alrededor, y ahora esa noche podría poseer a mi hermana. Y hacerle las promesas de nuestro amor eterno. Nos separamos y cogimos aire. Descorché la botella de vino, para luego echar un poco del contenido de la botella en cada una de las copas que había dispuesto en la mesa. Bebimos un poco de la copa para mojar la garganta. Mi hermana me miraba con ojos brillantes y acaramelados. Me estaba derritiendo por dentro, por unos segundos pensé en pasar de la cena y llevármela directamente a la cama.
—Será mejor que traiga la cena —dije con voz ronca.
Me alejé de mi hermana para dirigirme a la cocina. Cogí una bandeja donde había unos canapés surtidos mientras que ponía en el horno una fuente con la lasaña vegetal que había comprado para calentarla mientras nos comíamos los entremeses. Fuimos desgastando los canapés mientras que la lasaña se calentaba. Le serví un poco más de vino en su copa. Sus mejillas estaban sonrosadas. Ella me miró traviesamente mientras daba un pequeño sorbo a la copa. Sus ojos estaban brillantes, no sé si a causa de la excitación que estaba sintiendo su cuerpo en ese momento o es que realmente se está poniendo algo borracha al no estar acostumbrada a tomar alcohol. Me levanté de mi silla para dirigirme a la cocina para controlar la lasaña. No era plan que se me quemará.
—¡Qué buena pinta tiene! —dijo de manera efusiva mi hermana cuando entré de nuevo en el salón. Observé que a la botella de vino le faltaba un poco de líquido.
—Naia Kaulitz por esta noche no vas a beber más vino —le dije de manera divertida, pero a la vez enserio al verla ya media borracha.
—La culpa es tuya por haber dejado la botella aquí sola conmigo —dijo mirándome.
—Será mejor que comamos esto, que si no se va a enfriar —le dije a la vez que apoyaba la bandeja sobre la mesa.
Servir una porción de lasaña a mi hermana, mientras que observaba como se servía un poco más de vino en la copa. Mi pequeña se había vuelto una viciosa del vino, y eso que no recuerdo que le gustase de antes. Sus mejillas estaban más sonrojadas que antes y sus ojos estaban brillosos. Comenzamos a cenar en silencio, aunque nuestras miradas hablaban por si solas. En ellas había mucha lujuria. El deseo de poder estar solo en cuerpo y alma con ella durante unas horas sin ser interrumpidos por nadie de nuestra familia. Definitivamente pasamos del postre una vez que acabamos de cenar. Nuestros cuerpos estaban tan deseosos de estar juntos, que no pudimos postergar el momento para más tarde. Naia se levantó de su silla, y se sentó sobre mis piernas. Juguetonamente sus brazos rodearon mi cuello mientras que me besaba los labios. Yo, sin embargo, posé mis manos sobre sus caderas a la vez que las acariciaba mientras nos recreábamos en el beso.
—Te quiero… —me susurró al oído una vez que sus labios dejaron de tener contacto con los míos. Su cálido aliento rozó la piel de mi cuello haciendo que se erizará por el deseo.
—Te deseo… —susurré con voz ronca al sentir como los labios de mi hermana succionaban una parte de mi cuello.
Bajé mis manos hacia su culo para luego apretárselo con ganas a la vez que la atraía más hacía mí. Mi pequeño gran amigo estaba comenzando a tomar vida propia debajo de mis pantalones, y no creo que pudiera aguantar más tiempo sentado en esa silla. Finalmente la alcé entre mis brazos a la vez que volvíamos a devorar nuestros labios con desesperación. Fui caminando por el pasillo de mi apartamento, chocando de vez en cuando con alguna columna de la pared hasta que finalmente llegamos a mi dormitorio. Ni me molesté en encender las velas que había dejado esparcidas en el interior de la habitación para crear un ambiente más íntimo y más cálido. La luz de la luna se encargaba de iluminar mi cuarto dándole un aspecto más especial. Tumbé a mi hermana en la cama, acomodándome encima de ella mientras que nos besábamos con desesperación y sus manos comenzaban a meterse por debajo de mi camiseta haciéndome cosquillas de paso. Mis manos por puro instinto, como si supiera de memoria el recorrido que iban a hacer, se metieron por debajo de la camiseta de mi hermana y comencé a acariciar su piel hasta que llegué a la altura de sus pechos donde empecé a jugar con ellos. La temperatura fue subiendo en décimas de segundo y poco a poco nos fuimos despojando de la ropa que nos molestaba mientras que seguíamos acariciándonos y devorándonos a besos. Esa noche éramos ella y yo, simplemente, sin nadie que nos molestará que nos impidiera querernos. Besé sus labios mientras que mis caderas se ponían entre sus piernas. Finalmente, guié mi miembro hacia su interior y comencé a moverme con ligeros vaivenes, mientras que sentía como las manos de ella se apoyaban en mi espalda desnuda, notando como sus uñas se aferraban a mi piel cada vez que intensificaba las embestidas.
—¡Dios…! —de su boca salió un suspiró cuando la embestí de nuevo— ¡Ahh….!
Caí rendido a su lado una vez que ambos llegamos al orgasmo. Había sido la mejor noche de mi vida después de tanto. De poderla sentir de nuevo sin escondernos, porque en nuestro refugio estábamos protegidos, amparados.
—Te quiero… —susurró mi hermana a la vez que su respiración se iba volviendo más suavizada hasta que la sentí respirar profundamente. Se había quedado dormida.
—Ten dulces sueños, mi vida… —le susurré a la vez que la arropaba para que su cuerpo no se enfriará ya que estaba todavía perlado.
Los rayos del sol comenzaron a penetrar por la ventana de mi habitación. Abrí los ojos lentamente hasta que observé el reloj que había en la mesilla de mi lado de la cama. Era las dos de las tardes. Mi hermana seguía durmiendo plácidamente. Se le miraba relajada, sin tener que preocuparse por ningún problema. Me levanté de la cama y busqué mis boxérs. Me los puse para luego irme a la cocina para preparar algo de café y unas tostadas para desayunar.
—¿Por qué no me has despertado? —me preguntó mi hermana mientras me abrazaba por la cintura.
—Dormías tan plácidamente que quise dejarte dormir un ratito más —le respondí a la vez que me daba la vuelta y la abrazaba— ¿Has descansado bien?
—Sí —me sonrió— Y sobre todo sentir el calor de tu cuerpo por la noche. Ojalá que todas las noches de mi vida fueran así.
—Y lo serán, mi vida —le respondí— Te prometo que en cuanto cumplas los dieciocho años nos iremos juntos a vivir a otro sitio.
—Tengo miedo de que eso no se llegué a cumplir —dijo mi hermana con miedo— Tengo el presentimiento de algo malo acabará pasando para separarnos por siempre.
—No seas pesimista mi vida —le dije intentando calmarla— Ahora desayunemos tranquilamente antes de regresar a casa.
—No quiero regresar… quiero quedarme aquí en este apartamento contigo para siempre —se quejó mi hermana con una niña pequeña.
—Mamá se preocupará si no regresamos a casa —le dije.
—Lo sé… —susurró.
Se sentó en una de las sillas que estaba alrededor de la pequeña mesa que poseía la cocina. Serví en cada taza un poco de café para luego añadirle la leche. Las coloqué encima de la mesita para luego coger un plato con varias tostadas que acompañaríamos con mermelada y mantequilla. Mi hermana dio un sorbo a su café de manera pensativa. La observé detenidamente. Estaba demasiado hermosa, aunque tuviera el cabello todo alborotado y rímel medio corrido, a pesar de todo eso parecía una diosa bajada del olimpo de los dioses. Ella era mi diosa, mi todo.
Continúa…
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