Fic TOLL de Unicornlitz

Capítulo 23

Estoy en la cama, envuelto en las sábanas. Muy calentito y cómodo, sin nada de ropa porque el sexy de mi tío Tom se coló en mi habitación anoche y me dejó hecho polvo.

Estos cuatro días, después de montar el árbol de navidad y aclarar las cosas, ha estado durmiendo en mi habitación por las noches y yo lo recibo encantado, por las mañanas se levanta y se va antes de que todo el mundo despierte, incluso yo. Como estoy de vacaciones porque es diciembre, no me preocupo por poner alarma para despertarme; quiero seguir durmiendo hasta el día siguiente si puedo, porque estoy agotado. Mi tío me ha dejado reventado, pero me ha encantado todo lo que hicimos. Me dijo que mi regalo de Navidad sería la caña con nuevas cositas por hacer; joder, ya quería que Papá Noel me trajera mi regalo.

Humm…

—Bill, cariño. Despierta— escucho la voz de mi madre mientras siento que sacude mi cuerpo. Yo no me muevo. Estoy tan cansado que no puedo abrir los ojos ni hablar. —Bill, necesito hablar contigo rápido. Es importante, despierta…

—Hugmm…— gimo frunciendo el ceño.

¿Por qué no me dejan dormir?

—Vendrán visitas en unas horas.

—¿Vi… sitasshh?— murmuro con la voz adormilada, intentando abrir los ojos sin éxito. Siento los párpados pesados. —Déjame dormiiirr— pido a gritos mientras intento cubrirme la cabeza con las mantas. Mi madre lo evita.

—Son las cuatro de la tarde— me dice y, joder, no recuerdo cuándo fue la última vez que dormí hasta esa hora, pero sí sé que fue por la misma razón que hoy. Por el buen polvo con mi tío; es que Dios, ese hombre es un salvaje en la cama. Cuando quiere puede dejarte tan cansado que no quieres levantarte de la cama por nada del mundo y obviamente con ese dolor en el trasero, prueba de que lo pasamos genial. —Bill, levántate.

—¿Para quéé?— gimo de nuevo.

—Ya te he dicho, vienen visitas.

—¿Y eso quéé?

Mamá suspira —Tus abuelos vienen, ¿lo olvidaste? Quedamos en que este año celebraríamos la Navidad en casa porque por problemas en la empresa de tu padre no podemos viajar al pueblo— dice mamá y yo hago una mueca con los labios; se suponía que era una sonrisa porque vendrían mis abuelos pero, como he dicho antes, estoy muy cansadito —Y tus tíos y primos también vendrán.

Entonces es cuando se me quitan todas las ganas de dormir. Mis ojos se abren de golpe y me siento en la cama, queriendo pensar que lo que acabo de escuchar es un sueño; no puede ser verdad. No ellos. No aquí.

—¡¿Qué?!

¿Por qué detesto a mis tíos y primos?

Desde que tengo memoria, la presencia de mis tíos y primos me resulta insoportable. No es solo que me caigan mal; es que no soporto tenerlos cerca, y mucho menos en mi casa.

Para empezar, ellos no son realmente mi familia. O sea, sí, están emparentados con mi abuelo Gordon, pero mi abuela Charlotte no es su madre. Ella solo los crió porque él decidió hacer una familia con otra mujer antes de casarse con mi abuela. Pero al final del día, yo soy su único nieto biológico. Soy el privilegiado. Lo sé, lo sienten y les corroe por dentro.

Siempre han querido hacerme sentir como un niño mimado, como si todo me lo hubieran dado en bandeja de plata. Cada vez que los veo, los comentarios son siempre los mismos:

—»Míralo, todo finito.»

—»Tan delicado que parece que si le hablas fuerte se quiebra.»

—»Ese sí que no tiene la madera de la familia.»

¿Madera de la familia? ¿Qué familia? ¿La suya? Porque de la mía, la verdadera, la que proviene de mis abuelos juntos, sí tengo. Y aunque ellos no lo quieran aceptar, eso me pone por encima de ellos.

Además, su forma de hablar me exaspera. Esa manera arrastrada y burda de pronunciar las palabras como si se hubieran tragado las sílabas o estuvieran compitiendo por quién suena más rústico. No es lo mismo escucharlos en el pueblo donde nadie me conoce y puedo fingir que no los he visto a tenerlos aquí en casa donde cualquiera podría asociarme con ellos. Es vergonzoso. Y ni hablar de lo entrometidos que son. No puedo dar dos pasos sin que alguno de ellos suelte un comentario sobre mi ropa, mi pelo o cómo me expreso.

Siempre están con indirectas, como si estuvieran esperando a que yo estallara. Pero no les voy a dar ese gusto. Si quieren jugar a la pasivo-agresividad, pues que jueguen.

La peor es Sabine, mi tía, o así tengo que llamarla. Siempre con esa actitud amargada, con la necesidad de juzgar todo lo que hago. Me lanza miradas como si yo fuera el problema de su vida, ¡solo porque está en silla de ruedas!

Por eso me molesta tanto que vengan aquí. En el pueblo, al menos puedo ignorarlos y perderme en la multitud. Pero aquí, en mi casa, están invadiendo mi espacio, mi zona de confort. Y lo peor es que mis padres esperan que conviva con ellos como si nada. Como si tuviera que aceptar que estos intrusos se metan en mi vida solo porque compartimos un apellido.

Si algo tengo claro es que la familia no se elige, pero sí se puede decidir a quién consideras parte de ella. Y ellos, desde luego, no lo son.

Siempre se ha celebrado la Navidad en casa de la abuela, la madre de mi madre. Porque es grande, con muchas habitaciones y un patio enorme, casi como una finca situada en una parte del pueblo más o menos pasable; tiene una piscina preciosa con un chorro que parece un río; y todo lo demás. Me gusta esa casa porque parece un puto castillo por los pisos que tiene.

Pero esta vez mamá me sorprende con la noticia de que mis abuelos, tíos y primos vendrán a casa a pasar la Navidad porque ella los invitó. ¿Cuál se supone que debe ser mi reacción ante eso? Claro que por mis abuelos no me molesta, pero por mis tíos y primos ¡obviamente ninguna positiva! Poco los aguanto como para tenerlos aquí en casa la semana del 24 al 31 de diciembre. En casa de la abuela es diferente porque allí sé que mis primos saldrán con sus amigos todo el día a pasear por el campo y me dejan solo en esa casona; aquí no.

—¡No puede ser mamá!— trato de cubrirme el cuerpo para que no se dé cuenta de mi desnudez o hará preguntas —¡Yo creí que solo venían los abuelos, no todos ellos! ¡No los quiero aquí!

—Bill, no te comportes así— dice mi madre y yo niego con la cabeza —Son familia y no puedes guardarles rencor siempre. Además, vas a salir con tus primos a enseñarles lo que conoces de esta ciudad— yo abro los ojos horrorizado.

—¡Ni de coña!

—Por favor, así conviven más.

—No, no y no. No me interesa.

Mamá se cruza de brazos —Bill…

—Ay no, ya— la interrumpo rápidamente —Los detesto, ¿vale? Puedo soportar que estén aquí porque puedo pasar todo el día encerrado en mi habitación escuchando música a todo volumen con mis cascos, pero ¿llevarlos conmigo cuando salga bajo la excusa de mostrarles esta ciudad de mierda? ¡Ni de coña!— repito en una exclamación —No voy a pasar vergüenza.

Como dije, la casa de mi abuela está situada en el campo. Lejos de aquí. Por lo cual mis tíos y primos son del campo y sus actitudes son… raras. ¡Me humillarían con sus cosas! Somos ricos, sí, pero allí siguen sus tradiciones rurales.

—Imagina que cuando los saque a pasear digan algo como: «¡Ave María, primo! Pero esos coches van como alma que lleva el diablo. ¿Y aquí la gente no va en burro o qué?»— imito llevándome las manos a la cara como si quisiera desaparecer —¡Sería la desgracia de mi existencia! ¡Me cambiaría el nombre y haría pasar por huérfano!

Mi madre niega con la cabeza.

—O algo como: «¡Primo! ¿Y aquí dónde amarran las vacas?»— digo con voz de paleto y cara de sufrimiento —¡No, ya está! ¡Me retiro de la sociedad! ¡Me cambiaré el apellido y negaré toda relación familiar!

—Ellos son así, Bill— dice mi madre, seria —Es su manera de expresarse y la debes respetar.

Yo pongo los ojos en blanco —Mejor los mantengo ocultos, ¿qué será de mí si alguno de mis compañeros de clase los ve y me hace pasar vergüenza? ¡Me harían la vida imposible en el insti!

—Bueno Bill, no voy a discutir más. En una hora llegan y los vamos a recibir como ellos nos reciben a nosotros cada vez que vamos a casa de mi madre— dice mamá, y yo la miro mal —No puedes avergonzarte de tu propia familia, tú también hablabas así en su momento. Cuando nos quedamos casi un año allí, ¿no te acuerdas? Solo que parece que se te ha olvidado.

—Y menos mal, porque entonces sería un rarito más.

—Bill…— me recrimina mi madre.

Resoplo —Vale, los recibiremos como quieras y después yo me desaparezco— digo con fastidio, dándome la vuelta para tumbarme en la cama antes de que siga dándome la tabarra con el tema. Pero cuando intento hacerlo, mamá lo evita tomándome de la mano.

—No, señor— dice. Me quedo quieto, apretando los dientes. Respiro hondo antes de mirar hacia ella, porque ya sé lo que viene. Simone me mira con los brazos cruzados y el ceño fruncido, como si acabara de insultar a la Virgen.

—¿Perdón?— pregunto haciéndome el desentendido.

—No vas a desaparecerte en tu propia casa, Bill. Vas a recibir a tu familia con respeto y vas a ser un buen anfitrión— dice y yo contengo las ganas de reírme sin gracia, ¿ser un buen anfitrión? ¡Pero si ellos no lo son conmigo! Los únicos que me reciben bien son mis abuelos; el resto solo me juzga y se mete en mi vida, ¡¿cómo pretende que yo haga eso?!

—Mamá, por favor…— empiezo, pero ella me corta levantando la mano.

—Ni mamá ni nada— murmura —No quiero caras largas, ni malas contestaciones, ni que te encierres en tu cuarto como si aquí no hubiera nadie— maldita sea, ¿qué hice para merecer esto? Si hubiera sabido que esta sería mi vida, habría preferido no nacer. Además, estoy aquí contra mi voluntad. Mamá me tuvo por cesárea; eso significa que no quería nacer, no quería salir de su panza, uhg… ¡me sacaron contra mi voluntad!

—¡Pero es que yo no los invité! ¡Fuiste tú! ¿Por qué tengo que hacer todo este teatro si ni siquiera los aguanto?— pregunto cruzándome de brazos y haciendo un mohín con mis labios. Mamá suspira.

—Porque yo soy tu madre y en esta casa mandamos yo y tu padre— dice con firmeza —Y te advierto algo, Bill. Si veo que les haces mala cara, si noto que eres grosero o si te escaqueas cuando te necesiten, olvídate del móvil, del ordenador y de salir hasta nuevo aviso.

Abro la boca, pero no me sale ningún sonido. Todo estaba tan bien antes y hoy se ha estropeado. Ella lo está arruinando.

—No puedes hacerme esto— murmuro de mala gana.

—Claro que puedo. Y lo haré si es necesario— dice con toda tranquilidad.

Trago saliva y bufo, dando un golpe en la cama con frustración. —Vale, lo que tú digas— mascullo.

Simone entrecierra los ojos. —Lo que yo digo no. Lo que vas a hacer— aclara, señalándome con un dedo —Ve a arreglarte; en una hora llegan y quiero verte en la puerta con una sonrisa y saludándolos como es debido.

Me cuesta no hacer una mueca de asco ante la imagen mental. —Ajá…

—Bill.

—¡Sí, sí, está bien!— levanto las manos en señal de rendición, aunque por dentro quiero tirarme por un balcón.

Simone parece satisfecha y se gira para salir de mi habitación y seguir con sus cosas. Yo siento que acaban de dictarme cadena perpetua.

Continúa…

Gracias por leer. Te invitamos a comentar.

por unicornlitz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!