
Fic TOLL de Unicornlitz
Capítulo 25
Me quedo frente al espejo de mi tocador, con la toalla atada a la cintura y el pelo mojado, mirando mi reflejo. Suspiro, sin saber qué ponerme. Me acerco al armario y lo abro, buscando algo hasta que encuentro lo perfecto.
Es un conjunto negro, ajustado, con detalles sutiles de encaje. Lo saco con cuidado y dejo que la tela se deslice entre mis manos. Es suave, elegante. Me quito la toalla y me lo pongo, después de buscar unos calzoncillos y un par de medias, sintiendo cómo se adapta a mi cuerpo, resaltando la tersura de mi piel. Me giro un poco, mirándome desde diferentes ángulos. Se ve de puta madre. Me acerco al tocador y abro mi estuche de maquillaje. Paso los dedos por los productos hasta encontrar mis sombras negras. Con la brocha, aplico el pigmento en mis párpados, difuminándolo hasta lograr un efecto intenso y oscuro.
Luego delineo mis ojos con un trazo preciso y termino con un poco de máscara de pestañas. Mis labios… los quiero naturales, pero atractivos. Me paso un bálsamo con un ligero brillo y me miro en el espejo. La combinación del negro en mi piel, el maquillaje ahumado y mi expresión segura me hace sonreír.
Perfecto.
Aunque mi sonrisa se borra al recordar quiénes estarán aquí durante una semana entera. Joder. De verdad es complicado convivir con ellos.
Salgo de mi habitación a pasos lentos y me encuentro a una de las chicas de limpieza subiendo las escaleras; no sé cómo se llama, tampoco he preguntado los nombres a todas si son más de cinco. No recuerdo bien los nombres de mis compañeros de clase, menos los de ellas. —¿Puedes ordenar mi habitación, por favor?— le pregunto y ella asiente.
—Claro que sí, joven.
Sigo bajando las escaleras y me encuentro con una escena horrible ante mis ojos. La puerta está abierta de par en par, dejando entrar el frío del exterior junto con una avalancha de voces escandalosas, risas exageradas y comentarios que me hacen apretar los dientes y desear que Dios ya me mate.
—¡Ave María, primo! ¡Pero qué pedazo de casa! ¿Y aquí hay ascensor o qué?— escucho decir a Stuart.
—¡Y las escaleras son de mármol, primo, de mármol! Con razón este pelao’ se cree fino— comenta Álvaro. Están hablando de mí, malditos capullos.
Respiro hondo y me quedo en el último escalón, observando la escena con resignación. Mamá está abrazando a mis tíos como si no los hubiera visto en diez años, y mis primos están en la entrada con cara de asombro, mirando todo como si hubieran entrado en un palacio.
—¡Bill!— exclama mi abuela cuando me ve —¡Ven aquí, mi niño precioso!
Camino hacia ella porque es la única persona de esta tropa a la que realmente quiero ver: a ella y a mi abuelo. Se ve igual que siempre: bajita, con el pelo recogido en un moño, vestida con ropa sencilla pero elegante. Me abraza fuerte y yo le devuelvo el gesto con cariño. —Hola, abue…
—Mírate, cada vez más guapo— dice pellizcándome la mejilla.
Pongo los ojos en blanco pero sonrío y saludo también a mi abuelo Gordon. —¿Cómo has estado, muchacho?
—Bien, sobreviviendo pero bien— le respondo esbozando una gran sonrisa que desaparece en cuanto escucho a una de mis «tías» hablarme.
—Bueno, bueno, déjennos ver al niño bonito de la casa— dice mi tía Lilianne con tono burlón.
Aquí vamos.
—¿Qué pasa, Bill? ¿No vas a saludar a tus tíos y primos?— pregunta mi madre con una sonrisa que avisa. Su mirada lo dice todo, sé que tengo que comportarme y hacer lo que me dijo hace un rato. Si no lo hago, me quedo sin mi móvil y, como dije antes, yo adoro mi móvil, es mi vida. Finjo la mejor sonrisa que puedo y levanto la mano en un saludo vago.
—Hola— digo en un tono desganado.
Mi tía Lilianne se acerca a abrazarme y le correspondo, olvidando que mis expresiones vienen con subtítulos. Joder. Es que no soporto estar con ellos, de verdad. Mi prima más pesada, Nathalie, me da una palmada en la espalda tan fuerte que casi me hace tropezar. —¡Qué serio, hombre! No seas tan fifi— dice y yo aprieto los labios tratando de no hacer una mueca.
Estoy odiando esto y voy a anunciar que no habrá paz esta semana que estén aquí.
Mis puños se aprietan a los costados. —Solo soy educado. Algo que deberías intentar— le respondo enderezándome. Algunos de mis tíos sueltan risas ante mi respuesta, pero Nathalie solo me lanza una mirada burlona.
—Ay, no os enojéis, que Billito es más delicado que un vaso de porcelana— ¿Billito? ¡Mierda! Olvidé que suelen llamarme así. ¿Por qué no pueden decir mi nombre? Bill Niklas Wieger Kaulitz, carajo. Sí, no me gusta mi segundo nombre por eso lo tenía guardadito. Papá entra en la sala y ayuda a colocar las maletas de todos. Intento huir discretamente, pero la voz de mamá me atrapa antes de poder dar un paso.
—Bill, ¿por qué no le enseñas la casa a tus primos?
¡N. P. S!
Me giro lentamente —¿Qué?
—¡Sí, primo! ¡Muéstranos la mansión!— exclama Shermine con entusiasmo fingido.
Siento unas ganas enormes de gritar, fuerte, muy fuerte y enterrar mi cabeza en la tierra como haría un avestruz, aunque pensándolo bien, ¿cómo podrían enterrar sus cabezas? Si las enterraran de verdad, no les iría muy bien sobreviviendo, ¿verdad?
¡Ay mierda, sí! Imaginaos un avestruz en modo «¡Peligro!» y Zasss, cabeza bajo tierra, mientras el depredador lo mira como: ¿Bro?
Volviendo al infierno de mi vida, estoy a punto de negarme pero sé que eso no funcionaría porque Simone me obligaría sí o sí y prefiero evitar que me regañe delante de todos y me haga pasar vergüenza. Aunque no sería la primera vez.
—Vale, os enseñaré la casa— digo con resignación mientras empiezo a caminar por el pasillo principal —Pero solo porque si no lo hago, mi madre me castigará y no voy a perder mis privilegios por vosotros.
Los primos me siguen en tropel, como si fueran un rebaño de vacas entrando a un campo nuevo. Shermine camina a mi lado con las manos en los bolsillos de su jersey rosa, observando todo con una sonrisa divertida. A ver, os voy a explicar mejor por qué no los considero mi familia; aunque si tenéis problemas de comprensión, lo aviso de una buena vez: no es mi problema. Y la verdad es que me estreso muy rápido. Y cuando me estreso, me salen arrugas y no pienso permitirlo. Así que prestad atención, ¿vale?
Mi abuelo Gordon, antes de tener buen gusto y casarse con mi abuela Charlotte, tuvo un pequeño desliz con otra mujer. De esa relación nacieron tres desgracias… ¡Ops! Perdón, tres hijos: Lilianne, David y Sabine. ¿Hasta ahí bien? Vale.
Ahora, mi abuelo ha recapacitado y ha encontrado el amor de su vida (o sea, mi abuela, la reina absoluta de esta familia), y con ella sí tuvo hijos de verdad: Tamara, Nickole, Tom y mi madre, Simone. Y aquí estoy yo, Bill, el nieto legítimo, el único con sangre azul en esta historia. Pero claro, como Charlotte es un alma caritativa y no sabe decir que no, acabó criando a los hijos de la otra. O sea, los hijastros de mi abuelo. Y como si no fuera suficiente, esos tres también se pusieron a tener hijos.
Lilianne, mi tía (aunque no realmente porque no me cae bien y no me da confianza), tuvo tres crías: Chantelle, Ria y Stuart. No me caen ni bien ni mal, pero tampoco es que les hable mucho. David, el tío que piensa que es comediante cuando en realidad es un pesado, tuvo a Gustav y Shermine. Con él hablo, pero manteniendo distancia porque su sentido del humor no me hace gracia, me dan ganas de tirarme por la ventana. Y luego está Sabine, la reina de la amargura. No sé qué le han hecho en la vida (además de acabar en silla de ruedas por un fatídico accidente «que se note el sarcasmo») pero decidió que su misión es juzgarme. Y no solo eso, sino que encima tuvo a Eloy, Álvaro, Sarah y Nathalie. Un combo ganador.
Bien se dice que de tal palo, tal astilla. Bueno, la madre es un horror y los hijos no se quedan atrás.
Ahora viene la parte crucial. Prestad atención porque lo voy a decir una sola vez:
Mi abuela Charlotte, con su corazón de oro, ve a los hijos de sus hijastros como si fueran sus nietos. Pero NO LO SON. En cambio, yo sí. ¿Quién es el único con sangre directa de Charlotte y Gordon? Yo. ¿Quién es el único que cuenta realmente en esta historia? Yo. Así que sí, soy el privilegiado y no me importa si alguien llora por ello.
Si después de esto alguien sigue sin entenderlo, sinceramente, que se lo haga entender alguien más.
—¡Mira esto, Stuart!— grita Eloy señalando la lámpara de cristal que cuelga en el pasillo, sacándome así de mis pensamientos —¿Cuántas vacas venderían para comprar algo así?
Los demás ríen y yo me quiero morir. —Por favor, no toquéis nada— digo con voz tensa —En serio, ni siquiera respiréis fuerte.
—¿Y este piso es de mármol también?— pregunta Nathalie agachándose a tocarlo —¡Madre mía, primo! ¡Este lujo no es normal!
Ruedo los ojos y seguimos caminando; cuando llegamos al salón, Chantelle y Ria corren hacia el gran ventanal que da al jardín. —¡Dios! ¡Qué vista!— exclama Ria.
—¡Y hay una piscina!— grita Chantelle.—Bill, ¿podemos bañarnos?
—No.
—¿Pero por qué?
—Porque no.
—Tacaño— murmura Sarah.
Le lanzo una mirada de advertencia, pero entonces escucho la voz de Gustav detrás de mí. —¿Y el baño? Me estoy meando.
Pongo los ojos en blanco y señalo el pasillo. —Allí. Pero cuidado con la alfombra; vale más que tú— le aclaro rápidamente. Gustav es el mayor con dieciocho años y los demás tenemos dieciséis; menos Shermine que acaba de cumplir diecisiete. —Sigamos con el recorrido— digo caminando sin mirar atrás.
—Vamos a ver si su habitación también es tan espectacular— le susurra Stuart a Álvaro hablando no tan alto pero sí lo suficiente como para yo poder escucharlo así que al asimilar sus palabras y sus intenciones abro los ojos con horror y corro detrás de ellos.
—¡Ni se os ocurra entrar en mi habitación!
Pero es demasiado tarde.
Los primos entran de golpe y se quedan parados al ver mi habitación, que está perfectamente ordenada y decorada con un estilo moderno. —¡Madre mía, primo, pero qué habitación es esta!— exclama Eloy.
—Yo pensaba que dormías en una cama normal, no en esta cosa que parece sacada de una peli— dice Ria, tocando mi cabecera.
«Y las cosas que he hecho ahí con Tom.»
—¡Dios, qué suaves son las sábanas!— grita Chantelle, tirándose en mi cama.
—¡Eh! ¡Fuera de ahí!— grito.
Pero nadie me hace caso.
Siento que voy a explotar, pero entonces veo cómo mi tío Tom entra en la habitación, da un paso adelante y aplaude fuerte. —Venga, todos fuera— ordena con una sonrisa, pero con un tono que no deja lugar a quejas. —Bill no es un guía turístico y su habitación es privada. Vamos, que todavía no os ha enseñado la cocina.
Ay, joder.
Los primos protestan, pero acaban saliendo a regañadientes. Cuando todos finalmente están fuera, mi tío Tom me cierra la puerta en las narices y me sonríe. —¿A qué me debes este favor?— pregunta divertido.
Le lanzo una mirada de súplica. —Tío, mátame.
Él suelta una carcajada y se deja caer en mi cama. —Mejor ven y bésame para que mis besitos te calmen un poco, pero rápido antes de que se les ocurra entrar otra vez.
Asiento lentamente, fingiendo interés, pero en vez de responder, inclino la cabeza y rozo mis labios con los suyos. El contacto me desarma por completo. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente y me acerco instintivamente, hundiendo los dedos en su camiseta. Su beso es lento, como si quisiera prolongarlo, como si disfrutara de la idea de que me rindo tan fácilmente ante él.
Pero el sonido de algo pesado cayendo nos obliga a separarnos. —¿Qué demonios fue eso?— pregunta mi tío con el ceño fruncido.
—No lo sé, pero no me gusta nada.
Salimos de la habitación y bajamos las escaleras, encontrándonos con una escena que confirma mis peores sospechas: mis primos han tomado la cocina como si fuera su territorio.
Chantelle está sentada sobre la encimera con una copa de vino en la mano, como si fuera la dueña de la casa. Ria y Sarah están rebuscando en la nevera, sacando cosas sin ton ni son. Stuart y Eloy están jugando con cuchillos, desafiándose con miradas competitivas. Shermine y Álvaro han encontrado la cafetera y están intentando hacer espresso, pero han derramado café por toda la encimera. Nathalie simplemente observa con cara de fastidio mientras Gustav bebe directamente de una botella de whisky con total tranquilidad.
Las cocineras están ahí, mirando todo con una mueca de horror, ¿que si mis primos se comportan así en el campo? Sí. ¿Que si les importa ensuciar o poner todo de cabeza? No. ¿Y yo estoy sintiéndome avergonzado? Más que nunca en mi jodida vida.
—No puede ser…— mascullo, pasándome una mano por la cara.
Continúa…
Gracias por leer. Te invitamos a comentar.
Jajajaja 😂