
Fic TOLL de Unicornlitz
Capítulo 27
—Mamona, me encanta cuando te pones en modo diva. ¡Dales más!— me dice Adrianne entre risas, la malnacida parece que se va a atragantar con lo que sea que esté comiendo.
—En fin, qué pena que no pueda seguir iluminando sus vidas con mi gloriosa presencia, pero tengo cosas más importantes que hacer— anuncio con desinterés a la peña a mi alrededor, moviendo el móvil en el aire como si estuviera sosteniendo la solución a todos mis problemas.
—Sí, como mirarte en el espejo y decirte lo especial que eres— suelta Sabine, con una sonrisita altanera.
Le pongo mi mejor cara de póker. —Eso lo hago por las mañanas, tía. Por la noche me dedico a ignorar comentarios irrelevantes— le respondo con una sonrisa falsa, ganándome otra ronda de risas de mis tías gemelas.
Sabine revuelve los ojos, mientras que David vuelve a la carga. —De verdad, ¿cómo puedes vivir siendo tan, como he dicho antes, insufrible?
Yo me llevo una mano al pecho con falsa sorpresa —¿Vivir? ¿Dices vivir?— repito, dramático. —Oh, tío, yo no vivo. Yo existo en un plano superior al de vosotros. Es un sacrificio constante ser tan increíblemente fabuloso— mi tío Tom suelta una tos que claramente esconde una risa y mi madre me mira entrecerrando los ojos rabiosa.
Pero yo ya estoy en racha y no pienso parar ahora.
—Por cierto, Adrianne— digo en el móvil, ignorando completamente a los parientes que ahora me miran con exasperación —¿te he contado ya sobre la fiesta del 24? Porque, claro, mi madre aún no sabe que voy a escaparme.
—¡¿Bill, qué demonios?!— exclama mi madre, haciendo que todos en la sala se callen.
Yo parpadeo, llevándome una mano a la boca. —¿He dicho eso en voz alta? ¡Ups!— murmuro, intentando contener mi risa mientras Adrianne se ahoga de la suya al otro lado de la línea.
Mi madre suspira profundamente, claramente intentando no perder la paciencia. —Ni se te ocurra salir la noche del 24, la pasarás aquí con toda la familia.
Yo me llevo una mano al pecho, escandalizado —¡¿Cómo que no?! ¡Madre, me estás condenando a una Navidad con esta gente!— exclamo, señalando dramáticamente a mis primos.
—Sí, qué tragedia— murmura Sabine con sarcasmo.
—¡Lo es!— insisto, exagerando mi expresión de horror. —Pero no te preocupes, mamá, encontraré la forma. Como siempre lo hago.
Ella me apunta con el dedo —¡Bill!
Pero yo ya me he puesto de pie con mi café en mano, la barbilla en alto y mi dignidad intacta. —Mis queridos parientes, ha sido un placer soportaros— declaro, con una reverencia teatral. —Pero tengo asuntos importantes que atender, como idear mi gran escape navideño.
David bufa, Sabine revuelve los ojos otra vez y Tom simplemente sonríe mientras yo me alejo, con Adrianne aún riéndose en mi oído. —Bill, eres el puto amo— declara ella.
—Lo sé, querida. Lo sé.
Subo las escaleras con la gracia de una diva en su apogeo, ignorando olímpicamente las miradas de fastidio que mi familia me lanza desde la sala.
—¿Sabes?— digo por el móvil mientras entro en mi habitación —Creo que deberían darme un premio por sobrevivir a esto.
Adrianne suelta una risa. —Un trofeo, mínimo. «A Bill Kaulitz, por aguantar a su familia insufrible sin liarla parda».
—Exacto— respondo, cerrando la puerta de mi habitación con un golpe dramático. Me dejo caer en la cama y respiro hondo, disfrutando por fin de la paz que me negaban abajo. —Dios, creo que he perdido neuronas con esa conversación.
—¿Y qué esperabas? Son de pueblo— dice ella con ironía.
—No es su origen, es su forma de ser. Son como… no sé, personajes secundarios sin desarrollo, solo están para darme por saco.
—Como los vecinos cotillas en las novelas.
—¡Exacto!— exclamo, sintiéndome comprendido. —Deberían salir de mi historia y largarse a otra donde les den protagonismo.
Adrianne suelta otra risa. —Bueno, cambiando de tema, ¿qué es eso de que te piensas escapar el 24? ¿Tienes un plan o lo dijiste por dramatismo?
Sonrío con picardía, girándome en la cama para mirar el techo. —Por ahora es solo una idea. Pero cariño, tú me conoces, cuando se trata de salirme con la mía, soy un genio.
—Sí, claro, hasta que tu madre te encierre en casa y termines viendo especiales navideños con tu abuela.
Pongo cara de horror. —Adrianne, no invoques tragedias, por favor.
—Pues empieza a pensar en un plan de verdad.
Suspiro, estirándome perezosamente. —Mañana lo haré, ahora solo quiero disfrutar el hecho de que estoy lejos de ellos.
—¿Tan insoportables fueron?
—Cariño, si hubieras estado aquí, habrías querido prenderles fuego.
Ella resopla. —Bueno, ánimo, mamona, te mando fuerzas para sobrevivir lo que queda de la semana.
—Lo necesito. Y tequila también.
—Eso después de la fiesta.
—Trato hecho.
Me despido con una sonrisa y cuelgo, dejando el móvil sobre la almohada. Luego cierro los ojos y disfruto del silencio, la única compañía que realmente soporto en esta casa.
&
Son alrededor de las siete. Si no fuera porque mi madre subió a interrumpirme cuando estaba escuchando música para decirme que ya todos estaban en la mesa esperando a cenar, me habría olvidado de que tengo que comer. No he probado bocado en todo el día, joder.
Bajo las escaleras como si estuviese a punto de ser sentenciado a muerte. En la mesa ya están todos charlando animadamente sobre quién sabe qué mientras las sirvientas terminan de servir la comida. Mi madre me lanza una mirada que claramente significa «Compórtate, por favor», pero ambos sabemos que es una causa perdida. Me siento en mi sitio, mirando mi plato. No han pasado ni dos minutos cuando la tranquilidad se ve interrumpida.
—Mira quién ha decidido unirse a la familia— dice David con su tono habitual, ese que me dan ganas de servirle una cucharada de sopa caliente directamente en la cara.
—Sí, increíble, ¿eh? Pensé que estaba demasiado ocupado en su reino de cristal como para compartir con los mortales— añade Sabine, removiendo su puré de patatas con una sonrisita de suficiencia.
Yo suspiro y bebo un trago de agua, mentalmente preparándome. —Bill, cariño, ¿por qué nunca participas en nuestras reuniones?— pregunta mi tía Lilianne con falsa preocupación.
—Oh, no lo sé, tal vez porque cada vez que abro la boca acabamos en esta misma conversación— respondo con fingida inocencia.
Los primos se ríen bajito, pero David decide insistir. —Dime una cosa, ¿qué haces todo el día encerrado? ¿Te miras en el espejo y te aplaudes a ti mismo?— pregunta divertido, pero con esa maldita condescendencia que me pone de los nervios.
Muerdo un trozo de pan y finjo pensarlo. —No, en realidad no— hago una pausa teatral —Aunque ahora que lo mencionas, podría probarlo. Seguro que es más entretenido que escuchar estas preguntas cada Navidad.
Mi madre se tensa a mi lado y mi padre mastica despacio al oír mi respuesta. Es que es verdad, siempre pasa lo mismo en las cenas de Navidad en casa de mi abuela. —Eres un engreído, ¿lo sabías?— suelta Sabine con burla.
Me cruzo de brazos y la miro fijamente. —Lo sé. También sé que soy guapo, talentoso y que tengo un gusto impecable, pero gracias por recordármelo.
—No entiendo cómo puedes ser así con tu familia— dice Lilianne, esta vez con un tono de irritación genuina.
—Oh, ¿quieres que haga una lista? Porque tengo varias razones y créeme, no acabaríamos esta cena.
Se hace un silencio incómodo. Mamá me mira de reojo y todos se ponen rígidos. Siempre es lo mismo; claramente no me voy a dejar intimidar por ellos, nunca lo he hecho. Y nunca lo haré. —Mírate, tan delicado, tan… raro— dice de repente Chantelle con una mueca.
Oh no. Aquí vamos.
—Sí, como si fueras de porcelana— añade Shermine con una risa maliciosa.
—Oye, Bill, ¿nunca has pensado en hacer algo más masculino?— pregunta Stuart —No sé, salir a cazar, levantar pesas o algo que no sea estar todo el día frente al espejo.
Levanto la mirada lentamente y suelto un suspiro. —Ajá, claro, porque el concepto de masculinidad en esta familia es andar oliendo a sudor, usando la misma camisa tres días seguidos y gritando como cavernícolas en los partidos de fútbol. No gracias.
Las risitas de mis primos y las tías gemelas resuenan en la mesa. David y Sabine fruncen el ceño.
—Ves, eso es lo que digo. Eres un arrogante; te crees superior a todos— espeta David con frustración.
Dejo mi tenedor con calma y me inclino ligeramente hacia adelante. —No es que me crea superior; es que simplemente lo soy. ¿O prefieres que mienta y diga que no? Porque francamente el nivel de conversación aquí no es precisamente intelectual.
—Bill…— advierte mamá.
—¿Qué? Solo digo la verdad. Y con todo el respeto del mundo— pauso dramáticamente otra vez, con una sonrisa falsa —si les molesta pueden devolverme el regalo de Navidad que les compré. Oh esperen… es cierto, no les compré nada.
Mi tío Tom suelta una risa ahogada, pero intenta disimularlo. La cena sigue, pero el ambiente ya está tenso. Yo, mientras tanto, disfruto de mi comida como si nada, porque al fin y al cabo, no soy yo el que tiene problemas con ser quien soy. Sabine me observa con los ojos entrecerrados y una sonrisa burlona. —Qué triste debe ser vivir en tu mundo, Bill. Un mundo donde nadie es suficiente para ti y donde crees que el sol brilla solo para complacerte.
¿Y la mentira? Aunque no es triste, es maravilloso.
Yo le devuelvo la sonrisa con la misma amabilidad falsa. —No es mi culpa que mi mundo sea más bonito que el vuestro.
Algunas risitas ahogadas se oyen en la mesa. Sabine no se inmuta, parece incluso más entretenida con la conversación. —Bueno, al menos nosotros tenemos los pies en la tierra. No todos pueden vivir flotando en una nube de superficialidad y arrogancia.
—Sabine…— reprocha mi abuelo Gordon.
Levanto una ceja y suelto una risa baja. —Tienes razón, tía, yo siempre ando por las nubes… en cambio tú, siempre con los pies en el suelo. Bien plantados… demasiado, diría yo…
El silencio que sigue es tan denso que podría cortarse con un cuchillo. Las risas se apagan, las miradas se desvían y hasta el sonido de los cubiertos cesa. Sabine frunce el ceño y su expresión se transforma en una mezcla de furia y humillación; un golpe seco resuena en la mesa.
—¡Bill Niklas Wieger Kaulitz!— el grito de mi madre me hiela la sangre. Levanto la vista y la veo de pie, su rostro rojo de ira, sus ojos encendidos con un fuego que rara vez dirige hacia mí. —¡¿Cómo te atreves a hablarle así a tu tía?! ¡¿Qué demonios te pasa?!
Me echo hacia atrás en la silla con una expresión aburrida. —Oh, por favor, mamá, ¿quieres que le pida disculpas cuando ella me lleva atacando toda la noche?
—¡Eso no justifica lo que dijiste!
—¿Ah, no? Pero sí justifica que ellos me traten como la oveja negra de la familia, ¿verdad?— espeto, sintiendo cómo la furia comienza a arder en mi interior.
—¡Deja de hacerte la víctima! ¡Si la familia no te soporta es porque tú mismo los alejas con tu actitud de mierda!
Me levanto bruscamente, sintiendo la sangre hervir en mis venas. —¡Sí, porque todos son unos hipócritas que se creen con el derecho de juzgarme solo porque soy diferente a vosotros!
—¡Porque te comportas como un malcriado insoportable!
—¡Y tú como una madre de mierda!
El golpe llega antes de que pueda reaccionar.
Una bofetada seca y fuerte me hace girar el rostro. Un ardor inmediato se extiende por mi mejilla, y en la mesa, todo el mundo contiene la respiración. Mis abuelos se levantan de golpe, con las manos temblorosas. Mis tías gemelas sueltan los tenedores; mis primos me miran impresionados por lo que acaba de pasar. Mi padre mira a mi madre con los ojos muy abiertos. Y mi tío Tom está igual de impresionado que el resto por el nuevo arrebato de su hermana.
—¡Simone!— grita mi abuela, su voz es un susurro ahogado cargado de incredulidad —¿Qué has hecho?
Yo me quedo inmóvil por un segundo, sintiendo el ardor latente en mi piel. Mis ojos se encuentran con los de mi madre; están llenos de ira, pero también de algo más… quizás culpa. Pero ya es demasiado tarde. Sin decir nada, doy un paso atrás; mi garganta se cierra y mis ojos se llenan de lágrimas que me niego a derramar frente a todos. —Te odio— murmuro con la voz rota, apenas audible.
Y sin esperar respuesta, doy media vuelta y salgo corriendo de la sala. No escucho si alguien me llama; no me importa. Subo las escaleras de dos en dos, entro a mi habitación y cierro la puerta de un portazo. Mi pecho sube y baja rápidamente. Me miro en el espejo del tocador y veo la marca roja en mi mejilla. Aprieto los puños con fuerza.
La familia nunca ha sido un lugar seguro para mí… pero esta noche me lo han dejado más claro que nunca.
Continúa…
Gracias por leer. Te invitamos a comentar.
Momento así es donde decides si irte de casa o no, por eso aveces uno quiere crecer y largarse rapido para ser independiente, aunque luego te das cuenta que la vida de adulto apesta pero por lo menos ya no estás aguantando mierd* 🥹