Fic TOLL de Unicornlitz

Capítulo 33

Después de aquella noche increíble con mi tío, caí rendido en la cama y no fue hasta el día siguiente que conseguí reunir la energía suficiente para lavarme la cara y aprovechar para quedar con Adrianne e ir al spa, porque estoy hecho polvo mental y físicamente. Necesito un buen descanso y, ¿qué mejor que unos masajes?

Lo que me dijo Tom sobre darme el último regalo un día antes de irse me dejó dándole vueltas. No quiero que se vaya, joder, quiero que se quede. Que se olvide de la bruja de Heidi y se quede conmigo, que me elija a mí, pero sé que eso es muy poco probable; somos familia y quedaría fatal. Al menos él sí se preocuparía por lo que digan, porque a mí me importa una mierda lo que opine la familia: «esto es una aberración».

Estoy con mi mejor amiga en la sala VIP del spa, con una luz tan baja que parece sacada de un burdel de lujo. El vapor flota en el aire y huele a rosas y menta. Cada uno tiene un masajista guapísimo dándonos cariño en la espalda. El mío tiene manos grandes, firmes y lentas. Adrianne está dejándose hacer con los ojos cerrados y una sonrisa de «me lo merezco porque soy divina».

—Así que… el limón te dijo que te iba a dar su último jugo, ¿eh?— soltó de repente, en voz baja pero con ese típico tono de zorrilla sabia.

Tuve que toser para no atragantarme de risa. —Sí, lo exprimió bastante anoche, la verdad…— dije, con tono casual, como si no estuviera hablando del polvo más intenso de mi vida y con la persona más sexy del mundo delante de mis ojos. Tan sexy y prohibido.

Adrianne abre un ojo, divertida. —¿Y qué tal estaba el batido? ¿denso? ¿cremoso?

—Eres idiota— me reí —Pero sí, fue como… no sé, diferente. Como si el limón supiera que se iba a pudrir pronto y quería dar su mejor sabor antes de irse.

Ella se carcajeó y su masajista tuvo que decirle que se relajara. —Ay, cariño… eso es lo que pasa cuando uno juega con frutas prohibidas. Terminas enganchado a la ensalada.

—Y encima en la fiesta el mango… humm— suspiré, cruzando los brazos mientras el masajista me masajea el cuello —En plena fiesta. Jugoso, joven, todo dulce y encima se me lanzó a la boca. ¡Me besó, Adrie!

—¿Te lo comiste?— pregunta ella alzando las cejas, interesadísima.

—Un mordisquito. Pero nada más, no pasó del primer lametón— confieso —Aunque el limón se puso celoso. Por eso creo que exprimió con tanta rabia anoche y me encantó, eh. Joder, ¡casi me parte en dos!

Adrianne se llevó una mano al pecho fingiendo emoción —¡Ay, un limonsito posesivo! Por eso cobras, eh— burla y yo solo puedo sonreír —¿Ves? ¡eso no es solo fruta de temporada! Eso es una planta con raíces, mi amor.

—No digas eso— le advertí bajando la voz —Sabes que no quiero regar esa maceta. Solo quiero el sabor de vez en cuando, ¿vale?

Ella se incorpora un poco en la camilla y me mira muy seria. —Billie… cuando una fruta te hace pensar en sembrar, en guardar las semillas, en hacer mermelada… ya no es solo para satisfacer un antojo.

Me quedo en silencio apretando la toalla entre mis manos. —Joder, no me digas eso. No puedo estar… ¿cómo dirías tú? ¿Cocinando sentimientos?

Adrianne sonríe como una perra sabia y se echa de nuevo. —Cariño, tú ya tienes un huerto entero ahí dentro. Solo que aún no sabes si quieres comértelo… o quemarlo.

Joder…

&

Salimos del spa con la piel brillando, suave como el culito de un bebé y un aura de pecado recién pulido. El pelo oliendo a frutas exóticas y una energía digna de zorras renovadas.

Adrianne lleva sus gafas de sol enormes aunque ya está atardeciendo, y yo voy revisando el móvil con pereza, ya que mamá me había enviado un mensaje diciéndome que saldría con toda la familia a dar un paseo por el parque de atracciones, pero que mi tío Tom se quedó en casa. Le mando un mensaje diciéndole que está bien y suelto un suspiro. Estoy a punto de guardar el móvil cuando empieza a vibrar y veo en la pantalla aquella notificación de mensaje.

Es Evan y muerdo mi labio inferior mientras pincho en la notificación y se abre el chat con el mensaje.

«Hola princesito, ¿podemos vernos hoy?»

Suelto una carcajada y se lo muestro a Adrianne, quien al leer el mensaje sonríe y se ríe conmigo. —El mango quiere otra probadita— le digo.

Ella arquea una ceja, riendo. —Pues dile que se traiga el cuchillo, que tú estás bien madurito.

—¿Le acepto la salida?— le pregunto mientras nos subimos a su coche con el conductor esperándonos con la puerta abierta. Ella se encoge de hombros con picardía.

—Cariño, dile que sí. Además, tienes calzoncillos fáciles de quitar. No vas a querer perder tiempo desabrochando nada si la cosa se pone sabrosa. Total, ya probaste el limón… ¿qué te cuesta chupar mango?

Me río fuerte mientras respondo el mensaje con un simple «¿Dónde nos vemos?». Evan no tarda nada en contestar:

«En el parque central. ¿Quieres que pase por ti?»

«No te preocupes, estoy con Adrianne. Ella me llevará.»

«Oh, está bien, avísame cuando llegues, precioso.»

—Ay, creo que el mango no supera el mordisquito…

Ella se ríe otra vez. —Pues mira que los mangos suelen ser pegajosos… si no lo pelas bien, te dejan toda la mano pringada. Tienes que tener cuidado, Bill. No vaya a ser que el limón te huela el jugo tropical.

—Por favor— suelto, guardando el móvil —Si el limón fue quien me dejó la espalda marcada como si hubiera jugado al Twister desnudo con King Kong.

—¿Y tú crees que se va a ir sin darte el «último batido»?— me pregunta, burlona, mientras nos abrochamos los cinturones y el conductor se acomoda en su asiento.

—Eso es lo que me jode— digo mirando por la ventana —Que lo dice como si fuera una despedida, como si después de eso se acabara todo… y yo no quiero que se acabe.

Adrianne me mira de reojo. —Ay no, cariño, ya estás empezando a escribirle poemas a la fruta.

—¡Cállate!— protesto, sintiendo mis mejillas arder —Llévame al parque, por favor.

Mi mejor amiga sonríe juguetona y asiente —Julián, llevemos a Billie al parque central. El mango quiere jugar y él está en modo jugo fresco.

—Como ordene, señorita— responde Julián, su conductor, como si ya estuviera acostumbrado a nuestras tonterías. El coche arranca y me acomodo, sintiendo que mi cuerpo aún flota del masaje, pero mi mente va a mil.

—¿Crees que esto está bien?— pregunté mirando por la ventana. —Es que… no quiero jugar con Evan. Pero tampoco quiero quedarme esperando al limón si va a desaparecer, porque estoy seguro que faltara en navidad el próximo año— Adrianne me mira con esa expresión de hermana mayor satánica.

—Mira, cariño… si el limón va a estar ausente, al menos que el mango te mantenga entretenido. No te digo que lo ames, pero si te da besitos ricos y te lleva por ahí para que te olvides del dolor… pues, disfrútalo. Despacito. Y con ganas. Que si el limón vuelve, lo encuentre bien reemplazado.

—No quiero reemplazarlo— confieso en voz baja.

—Lo sé— dice más suave, estirando la mano para tomar la mía. —Pero no puedes quedarte esperando a alguien que no sabe si volverá por ti. Sal con el mango. Disfruta. Hazlo sufrir un poquito. Que aprenda que no se deja a una fruta como tú en espera— asiento, pero dentro de mí se arma el lío. Porque Tom me rompía el alma, y Evan… él solo quería endulzarme la boca. El coche se detuvo. —Llegamos, dulzura— Adrianne sonríe. —Pórtate mal y no me cuentes nada. O sí, cuéntame todo. Pero con detalles.

Niego con la cabeza divertido y bajo del coche; al instante, Adrianne baja la ventanilla y asoma la cabeza como si fuera una reina despidiendo a su prostituta favorita.

—¡Y no te comas todo el mango de una, deja un poquito para el desayuno, zorrita!— grita, soltando una carcajada escandalosa.

—¡Cállate, enferma!— le respondo muerto de risa, cerrando la puerta con una sonrisa. Adrianne es tan escandalosa, joder. No miento cuando digo que tenemos los mismos trastornos mentales. Saco el móvil del bolsillo de mi chaqueta y marco al número de Evan; él me atiende al instante.

—Ya estoy aquí. ¿Dónde estás tú?— le pregunto.

—Cerca de la fuente grande, justo al lado del puesto de los globos azules. Traje un suéter negro.

—Perfecto— murmuro, colgando y guardando el móvil mientras mis botas pisan el sendero empedrado. La brisa es suave y el parque está justo en ese punto entre lo romántico y lo sospechosamente frío para que no se te noten los pezones duros. Camino hacia la fuente, esquivando parejitas, algún vendedor de algodón de azúcar y un niño con globos que casi me explota uno en la cara.

Entonces lo vi. Evan estaba recostado casualmente contra el borde del puesto, las manos en los bolsillos y esa maldita sonrisa de galán que sabe usar muy bien. Me acerqué con calma, casi como si no me hubiera estado mordiendo las uñas segundos antes.

—Hey— dije, plantándome frente a él.

—Hey— respondió, bajando la mirada por un segundo antes de clavarla en la mía otra vez —Qué bueno que viniste.

—Bueno, tú me dijiste «nos vemos» y yo me vi guapo, así que no tenía excusa.

Ríe suavemente. —¿Caminamos un poco?

—Claro— dije, metiendo las manos en los bolsillos de mi abrigo.

Nos alejamos de la fuente sin prisas y sin tocar el tema del beso. Sin tocar nada, de hecho. Al menos todavía. Solo dos chicos paseando por un parque bajo las luces navideñas, con muchas cosas por decir y una tensión deliciosa colgando en el aire.

Caminamos bordeando el parque en silencio durante unos segundos; pero no uno incómodo… más bien de esos donde sientes el ambiente, como si el viento tuviera algo que decirte. Las luces de los faroles juegan con nuestras sombras sobre el sendero. —¿Te gusta salir así?— pregunta Evan, con las manos en los bolsillos de su chaqueta negra —O sea, lugares tranquilos, nada de ruido, nada de fiestas…

—Depende— le respondo encogiéndome de hombros —A veces me mola el caos. Otras veces prefiero esto. Creo que depende de cómo me sienta… o con quién esté.

Él sonríe sin mirarme, como si ese «con quién esté» le hubiera hecho gracia. —Me alegra que estés conmigo, entonces.

Yo solo desvío la mirada al cielo. Es tan típico que dijera algo así. Tan cliché. Pero tan bonito. Y me jode que me guste. —¿Y tú?— le suelto— ¿Siempre tan caballero, o solo cuando crees que tienes que compensar algo?

—Touché— ríe —No siempre. Pero contigo… no sé. Me sale solo. Como si tuviera que ganarme cada palabra que me das.

—Eso fue muy cursi, ¿lo sabes?

—Y sin embargo sonreíste— dice, mirándome de reojo.

Niego, divertido, bajando la mirada. Caminamos un poco más hasta que pasamos cerca de una pequeña zona de esculturas, donde la luz es más tenue. Me siento en el borde de uno de los bancos y él se queda de pie, frente a mí.

—Sobre lo de la otra noche…— dice, con un tono más serio.

—¿Qué de la otra noche?

—El beso. En la fiesta. Sé que no fue gran cosa, pero… no sé, quería asegurarme de que estuvieras bien con eso. No quiero que pienses que me aproveché.

—No me aparté, Evan.

—No. Pero eso no significa que estuvieras cómodo. O que quisieras que pasara.

Lo miro un momento, jugando con el borde de mi abrigo. —No lo pensé tanto. Fue rápido. Me dejé llevar. Supongo que no estuvo mal.

—¿Supones que no estuvo mal?— repite en tono divertido —Vaya, qué honor más alto el mío.

Suelto una risita. —No lo tomes así. Solo… No estoy buscando complicarme. Es todo.

—No te estoy pidiendo que lo hagas. Solo que me dejes mostrarte que no todo tiene que doler para sentirse bien.

Lo miro de nuevo. Sus ojos son sinceros. Y eso es lo peor porque la sinceridad es mi debilidad, y yo ya tengo demasiadas batallas abiertas como para iniciar otra con alguien que, tal vez, realmente quería hacerme bien. —Eres raro— murmuro.

—¿Raro mal o raro interesante?

—Raro «aún no lo decido».

Se ríe, y luego se sienta a mi lado, sin decir nada más. Solo compartiendo el silencio como si ya lo hubiéramos hecho antes. Y por un momento, me sentí tranquilo pero justo por eso también me sentí en peligro. El silencio entre nosotros no duró mucho. Evan inclinó la cabeza hacia atrás, observando el cielo que comenzaba a oscurecer.

—No sé por qué, pero contigo me pasa algo curioso.

—¿Ah, sí?— respondí mirándolo de reojo —A ver, sorpréndeme.

—Normalmente, cuando quiero algo, voy a por ello sin dudarlo. Pero contigo…— hizo una pausa y luego sonrió —Contigo quiero ir a tu ritmo.

No supe qué responderle. A la mierda, esa frase me hizo sentir algo raro en el estómago. No como un nudo, sino como cuando te tiras de una altura y sientes el vacío. Me lamí los labios y desvié la mirada —Tampoco es que me quede quieto— bromeé intentando aligerar el ambiente.

Evan soltó una risa corta.—No lo decía por eso. Lo que quiero decir es que no me importa esperar.

—¿Esperar qué?

—A que quieras algo más.

Lo miré con las cejas levemente fruncidas.—No asumas que quiero algo más.

—No lo asumo— dijo encogiéndose de hombros —Solo digo que si llega a pasar, estaré aquí.

Su tranquilidad me descolocaba. No insistía ni presionaba, pero dejaba claro su punto. Eso me desconcertaba porque… ¿quién demonios hace eso? ¿Quién no se aburre de esperar a alguien que ni siquiera sabe qué siente? —¿Te han dicho que eres muy terco?

—Sí— sonrió —Pero también que vale la pena confiar en mí.

Continúa…

Gracias por leer. No te vayas sin dejar un comentario 😉

por unicornlitz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!