
Fic TOLL de Unicornlitz
Capítulo 34
Me quedé mirándolo un segundo. Parecía tan convencido de lo que decía que casi me hizo dudar. Pero no. No quería confiar en nadie. Mucho menos en alguien que me hacía sentir bien cuando ni siquiera estaba seguro de si me lo merecía.
Me levanté y sacudí las manos, haciendo como que el frío me afectaba. —Es tarde— dije, mirando a mi alrededor. El cielo empezaba a oscurecerse, los puestos de chuches, algodón de azúcar y helados ya no estaban y la gente se estaba yendo. Además, no quería hacer esperar más a Adrianne —Mejor me voy.
Evan también se levantó, sin discutir. —Te acompaño hasta donde te recojan.
—No hace falta.
—Lo sé, pero quiero hacerlo.
No discutí. Caminamos juntos hacia la entrada del parque, donde ya esperaba el coche de Adrianne. Justo antes de subirme, me giré para verlo una última vez. —Nos vemos, supongo.
—Cuando quieras— abrí la puerta, pero antes de meterme, Evan sonrió de lado y añadió: —Y si alguna vez vuelves a pensar en el beso… intenta recordar si te gustó.
No esperó mi respuesta. Solo me guiñó un ojo y se fue caminando tranquilamente por el parque. Yo sonreí negando con la cabeza y me metí en el coche, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. —¿Y bien?— preguntó Adrianne desde el asiento trasero, con una sonrisita curiosa —¿El mango está dulce o aún hay que dejarlo madurar un poco?
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír. —Cállate y dile a Julián que arranque.
—Ya oíste, Julián. Llevemos a Billie a casa— dijo mi amiga con una sonrisa amplia. El coche arrancó y, apenas doblamos la esquina, Adrianne se giró hacia mí con una expresión de puro chisme. —Bueno, escúpelo. ¿Qué tal fue?
Rodé los ojos, acomodándome en el asiento como si no tuviera prisa por responder. —Pff, nada del otro mundo. Caminamos, charlamos… ya sabes, cosas normales.
Adrianne entrecerró los ojos, sospechando. Me conoce demasiado bien la desgraciada —Ya, pero tú no eres normal. Así que suelta el salseo.
Sonreí con picardía y me acomodé un mechón detrás de la oreja, mirándola de reojo. —Digamos que el mango sigue firme, pero… tiene potencial para ponerse bien jugoso.
—¡Sabía que te iba a gustar ese cabrón!— exclamó, palmoteando las manos.
—No te emociones. Aún no lo he probado del todo.
Adrianne puso los ojos en blanco. —A ver, Bill, no es un puto bufet, aunque bueno…
—No lo es, pero si quiero repetir plato, que sea con ganas, ¿no?
Se tapó la cara riendo. —Dios, eres una perra.
Me reí con ella sintiéndome más ligero. Luego apoyé la cabeza en el asiento y solté un suspiro. —Me dijo que me esperará.
Adrianne me miró con curiosidad. Creo que a ella también le sorprendió eso; siempre he dicho que los chicos son inmaduros para tomarse una relación en serio y por eso no quería nada con nadie. Pero aparece Evan y es como si esa idea empezara a desvanecerse. —¿Y eso te gusta o te asusta?— me pregunta mi amiga.
Me quedé un segundo en silencio; necesitaba pensar bien la respuesta. ¿Qué pasaría si al gustarme Evan él terminara rompiéndome el corazón «literalmente»? Eso sería horrible. Además, está Tom; lo tengo presente todo el tiempo y no entiendo por qué. Siento esa obsesión de quererlo conmigo, deshacerme de la bruja Heidi y quedármelo solo para mí. Todo esto es tan confuso. —Un poco de ambas.
Ella asintió, como si lo entendiera perfectamente. —Bueno, te diré lo que haría en tu lugar.
—Sorpréndeme— suspiré.
Adrianne se inclinó hacia mí y sonrió con picardía. —Aprovecharía mientras el mango sigue ahí, bien fresco, antes de que otro lo arranque.
Me mordí el labio, divertido. —¿Tú crees?
—Cariño, si Tom sigue con la lechuga marchita, ¿por qué no te das un capricho con la fruta tropical?
Me solté a reír. —¡¿La lechuga marchita?! Adrianne, qué faena— comenté sin parar de reír. Y es que Heidi es un par de años mayor que mi tío, tres o cuatro años más grande. Ya se le ven las arruguitas; lo único que la salva es que es modelo y muy buena en eso. Su cuerpo sigue intacto y bonito, y eso lo odio. Ojalá envejezca más rápido…
—Heidi la lechuga marchita, ¿a que es genial?— señaló riendo también y yo asentí. —Pero en serio, piénsalo. Tom se irá en unos días y luego te quedarás solo.
Mi sonrisa se desvaneció un poco. —No estoy solo.
—Lo sé. Pero te sientes solo, y eso es lo que me jode— me quedé en silencio. Adrianne no era de soltar comentarios tiernos, pero cuando lo hacía, daba en el clavo. —Solo piénsalo, Bill. No te digo que te cases con Evan ni que le dediques canciones empalagosas. Pero si puede hacerte pasar un buen rato y distraerte, ¿por qué no?
Miré por la ventana sintiendo el corazón latiéndome un poco más rápido de lo normal. —Quizás tengas razón.
—Siempre la tengo, cariño.
Nos reímos y seguimos hablando de tonterías hasta que el coche se detuvo frente a mi casa. Antes de bajarme, Adrianne me agarró la muñeca y me guiñó un ojo.
—Recuerda, querido: si el limón sigue con la lechuga marchita, la fruta tropical es una opción para ti.
Negué con la cabeza riendo mientras bajaba del coche con su risa siguiéndome. Entré en casa y todo estaba bastante tranquilo. Recordé que mamá dijo que saldría con toda la familia al parque de atracciones y también que mi tío se había quedado; ¿por qué no fue? Eso tenía que averiguarlo; la situación era perfecta: silencio, privacidad… y sexo con Tom. Aprovechar que no había nadie es genial.
Subí a mi habitación y, como si lo hubiera invocado, ahí estaba él: el limón, tumbado sin camiseta en mi cama con un pantalón chándal negro, viendo vídeos en el móvil como si esa habitación fuera suya.
—¿Te han dejado suavecito en el spa?— preguntó sin mirarme, con esa voz ronca que me derretía de forma increíblemente fantástica. Amo cómo mi piel se eriza solo por ese tono de voz sensual que usa.
—Tan suavecito que con un soplo me quiebro— le respondí mientras cerraba la puerta. —¿Qué haces aquí?
—Esperándote— dijo al fin levantando la mirada; me mira de pies a cabeza y luego sonríe ligeramente.
—¿Por qué no fuiste con los demás al parque?— pregunto mientras me acerco a la cama y me tumbo en ella, gateando hasta quedarme a un lado suyo.
—Porque odio los parques de atracciones— me responde, agarrándome de la cintura para hacer que me siente en su regazo. Yo le ayudo colocando mis piernas a cada lado de sus caderas. —¿Y tú por qué no te uniste?
—Aish, ya sabes que no los aguanto— le digo —Bastante tengo con tener que lidiar con ellos aquí y aguantar sus comentarios tontos.
—Ah, es verdad— dice riendo.
Deja el móvil a un lado y me agarra de las manos, tirando de mí para que caiga sobre él por completo y pueda besarme. Nuestros labios empiezan a moverse el uno contra el otro y me encanta; empieza ese cosquilleo en el estómago que me resulta raro, pero no le doy importancia porque son solo nervios por la conversación que tuve con Adrianne.
—No sabes lo que me haces— murmura, apoyando su frente contra la mía —No sé qué voy a hacer cuando tenga que irme.
—No digas eso— susurro —Solo… follemos, porque lo necesito y no hay nadie en casa. Podré gritar todo lo que quiera…
Sus labios chocan con los míos con urgencia. Nada de romanticismo. Solo hambre. Desesperación. De esas veces que uno se besa como si intentara arrancarse la piel a mordiscos. Me quita la camisa de un tirón, sus manos bajan por mi espalda y me aprieta contra él hasta sentir todo su calor penetrar en mí. Nos vamos desnudando con torpeza e impaciencia. Yo me siento sobre él, y su boca empieza a recorrer mi cuello, mis clavículas, como si quisiera memorizar cada centímetro antes de que se lo prohibieran.
—Te haré mío de una manera que vas a suplicarme que no pare.
—Cállate y hazlo, joder— dije entre dientes, sintiendo cómo todo mi cuerpo se encendía bajo su piel. Sus manos se posan en mis caderas y yo comienzo a frotarme sobre él, sintiendo su erección friccionándose con la mía y se sentía tan bien. Su miembro está caliente, la punta chorrea presemen y relamo mis labios conteniendo las ganas de hacerle una mamada.
Miro como nuestras virilidades se frotan entre sí gracias a mis movimientos y abro mi boca amando la sensación de excitación que estoy teniendo.
—Ponte en cuatro, ya— me ordena y yo obedezco rápidamente. Me bajo de su cuerpo y me acomodo en la cama en la posición que me pidió sintiéndome deseoso por más, por tenerlo dentro de mí, tengo que aprovechar ahora qué no hay nadie. Que estamos solos. —Me pone mal cada vez que me obedeces, ¿sabes, pequeño?— dice —No sé cómo me dejé enredar, pero ahora estoy aquí y siento que ya no habrá vuelta atrás.
—Humm…— suspiro —¿eso es bueno?— pregunto mientras ladeo la cabeza un poco para poder verlo aunque me era casi imposible por la posición en la que me encuentro.
Mi tío Tom sonríe —No lo sé— me responde —Solo sé que me encanta.
—¿Te encanta follar conmigo?
—Creo que eso ya es obvio, bebé— y es así, cuando sin previo aviso, su pene entra en mí de una sola estocada y yo abro mis ojos como platos al instante por la repentina intromisión qué logró dolerme un poco. Lo hizo sin preparación, a secas, sin siquiera usar la saliva o algo y eso además de dolerme me gustó demasiado. Comienza a penetrarme de forma ruda, amo como mi cuerpo se sacude por cada penetración que me da.
—Oh, mierda…— gimo ahogadamente, parpadeando aturdido sintiéndome incapaz de articular oraciones concretas sin titubear o farfullar —¡Mmm! ¡Oh, oh sí, joder!
Detrás de mí, Tom jadea roncamente mordiéndose el labio inferior mientras me toma de la cintura para dar estocadas certeras y poder llegar a mi punto dulce, maltratándolo y haciéndome ver las putas estrellas. Mis piernas tiemblan por los espasmos de placer que me invaden por completo cuando llega profundo. La forma en la que me tomó no fue tierno. Fue rudo, crudo. Como si le diera miedo el cariño. Como si necesitara que yo también lo odiara un poco, para que irse fuera más fácil.
Sus manos me recorrían como si quisiera dejarme marcado. Y lo hacía. Me follaba como si el mundo se acabara mañana. Como si yo fuera su droga.
Y en ese momento, lo era. Cuando cambiamos de posición dejándome boca arriba y él tumbado sobre mí aún hundiéndose dentro de mi culo, mi espalda chocaba contra el colchón una y otra vez mientras él me hacía suyo, y yo me aferraba a su cuello, a sus hombros, a su maldito cuerpo. Arañando su espalda, dejándole marcas que le hacían gruñir de placer. Quería que el tiempo se detuviera. Que no existiera Heidi. Que no existiera la familia. Que no existiera la puta realidad.
Solo nosotros dos. Mi puto tío. Y yo, más obsesionado, loco, y deseoso de sexo. Pero sexo con él.
—¡Ay, que rico joder!— exclamo perdido en el éxtasis —¡Ohgm!— jadeo, fundidos, exhaustos —¡Dios, sí! ¡Oh, puta! ¡Mmhm!
—Eres tan escandaloso, ¿sabes? Y me gusta— me dice con voz ronca.
No sé en qué momento sus labios cayeron sobre los míos, solo sé que lo sentí todo. Fue un beso sucio, desesperado… como si lleváramos horas aguantándonos las ganas. Me besó con hambre, y yo me dejé hacer como un idiota. Sentía su lengua invadiéndome la boca sin pedir permiso, empujando la mía con fuerza, como si quisiera dejarme sin aliento.
Gemí bajito, porque sí, me calentaba. Me mordió el labio inferior y me tiró de él con los dientes, como si supiera que eso me volvía loco. Me agarró del cuello con una mano, inclinándome hacia él, mientras la otra bajaba peligrosamente por mi espalda. No paraba de mover la boca, de arremeter contra mi, penetrándome deliciosamente, de meter y sacar la lengua, de lamerme como si su intención fuera devorarme entero. Me escurrí contra su cuerpo, pegado, sintiendo cada parte de él endurecerse contra la mía.
Ese beso no era romántico, era una puta declaración de guerra. Me besaba como si follar no fuera suficiente, como si necesitara meterse dentro de mí de todas las formas posibles. Y lo peor es que yo lo dejaba, con la lengua, con el cuerpo, con el alma… porque me encantaba.
Y justo cuando pensé que no podía más, que mi cuerpo iba a colapsar de tanto placer, él me miró a los ojos, jadeando, y me dijo mi nombre con esa voz ronca que me vuelve mierda. Me aferré a sus hombros, a su piel sudada, y me dejé ir.
—Aaah… joder, sí…— gemí contra su cuello, casi sin aire —No pares… Tom… Tom, me vengo…
Me corrí con un gemido roto, temblando, sintiendo cómo todo mi cuerpo se contraía y luego se rendía por completo.
—Ah… ahh… mierda… sí, sí…— salían de mis labios sin filtro, sin pensar. Solo instinto, solo placer puro.
Sentí cómo mi vientre se tensaba y explotaba en oleadas, como si me estuviera derritiendo por dentro. Mis piernas me temblaban, mis uñas se clavaban en su espalda y aún así quería más, porque ese orgasmo no fue solo físico… fue con él, y eso lo hizo mil veces peor. O mejor. No sé.
Me siento desgarrado, jadeando como si ese momento fuera a matarme, pero deseando que me matara así mil veces más.
Continúa…
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