Fic TOLL de Unicornlitz

Capítulo 35

Bajé las escaleras despacio, con la toalla colgada al cuello, el pelo aún húmedo y suelto cayendo por la espalda. Mi camiseta blanca sin mangas se me pegaba un poco a la piel porque seguro no me sequé bien al salir de la ducha, con el hambre que tengo, y mis pantalones deportivos dejaban poco a la imaginación.

Esta mañana estrené la sala de ejercicios y, sinceramente, me sentía como un dios griego recién esculpido.

El aroma a pan recién horneado y café me recibió al llegar a la cocina. Entré como si nada y las miradas se alzaron. Todos estaban sentados alrededor de la enorme mesa del desayuno. —¡Buenos días!— dije, con una sonrisa relajada mientras iba directo a saludar a los importantes. A mi madre, a mi padre y a mis abuelos les di un beso en la mejilla porque amanecí feliz.

—Cariño, ¿has dormido bien?— me pregunta mamá mientras me acerco a mis tías gemelas para desearles buenos días también.

—Como un bebé— claro que no era por dormir, pero son detalles. La verdad es que esta es la única mañana en la que me desperté temprano no por alarma ni nada por el estilo, sino por mi propia cuenta, y creo que eso hay que celebrarlo porque nunca pasa. De verdad, puedo dormir todo el día si nadie me llama o si olvido la alarma.

—Hiciste ejercicio temprano hoy, ¿eh? Te vi desde la ventana— comentó papá con una sonrisa.

—Ya sabes, hay que mantenerse… en forma— le guiñé un ojo y él soltó una risa.

—Pues estás cada vez más guapo, cielo— me dice mi abuela con ese amor que nunca falta. Joder, es la mejor abuela del mundo. La adoro y más por crear junto a mi abuelo al sexy hombre que tienen por hijo, a mi tío Tom. A él lo hicieron con mucho amor, igual que a mí.

—Gracias, abue. Tú también estás hermosa hoy— le digo mientras me alejo de mis tías gemelas después de saludarlas y hago lo mismo con mi tío Tom, que estaba al lado de Sabine, aish.

—Ay, payasito— ríe mi abue.

Le sonrío a mi abuela y me inclino para dejarle un beso en la mejilla a mi tío, quien lo recibe encantado. No hago esto siempre, pero sí cuando estoy de muy buen humor. Le sonreí sutilmente, ese tipo de sonrisa que solo él entendía, y le planté otro beso rápido en la mejilla. —Buenos días, tío…

—Buenos días, Billie— respondió con una voz ronca. Aún me temblaban las piernas al recordarlo encima de mí la noche anterior. Fue increíble y pensar que antes de todo esto era un reto y lo había conseguido, joder.

Por último, giré hacia el resto de la mesa, donde estaban mis «adorados» tíos y primos. —Buenos días al resto— solté sin emoción, ni una sonrisa ni una mirada directa. Casi como quien saluda al aire.

—Ay, el niño bonito sí que ha madrugado— comentó Chantelle con ese tono de campo que me arañaba el oído.

—Sí, para verse mejor que tú sin intentarlo— solté con una sonrisa falsa mientras tomaba una taza de café.

La cocina quedó en un incómodo silencio momentáneo. Mamá me lanzó su típica mirada de «compórtate», pero fingí no verla. Me serví pan con mermelada mientras sentía los ojos de mi tío Tom clavados en mí. Me senté al lado de mi abuela y levanté una pierna sobre la otra como si estuviera en Vogue.

—¿Y cómo estuvo el parque?— pregunté con fingida curiosidad mordiendo mi pan, con la misma emoción que tendría al ver pintura secarse.

—Estuvo increíble, de verdad— dijo mi tía Nickole con una amplia sonrisa —Los niños se lo pasaron en grande.

—Sí— intervino mamá con una sonrisa agradable. Se lo habían pasado bien, supongo, y ahora que los veía mejor, estaban un poco quemados por el sol. —Todos salieron empapados en esa atracción del tronco, ¿cómo se llamaba…?

—La montaña del Río Salvaje— respondió mi tía Tamara, riéndose.

—¡Sí! Esa misma— añadió mi abuelo Gordon desde el fondo. —Lilianne se llevó el susto de su vida, ¿verdad, hija?

Lilianne soltó un resoplido divertido mientras rodaba los ojos. Ahora que me fijaba, podía notar que tenía unos rizos en el pelo que la hacían ver más ridícula, junto al poco de mascarilla negra que tenía en la nariz. —Fue culpa de Eloy, me empujó sin avisar y casi me voy de cara.

—¡Yo no hice nada!— protestó Eloy con la boca llena de pan.

—Claro que no…— Sabine lo fulminó con la mirada metiéndose en la conversación como siempre. Luego se giró hacia mí. —¿Y tú, Bill? ¿qué hiciste ayer que no te vimos por allí? ¿te dio miedo mojarte el pelo o simplemente no podías alejarte de los espejos?

Le dediqué una sonrisa dulce y venenosa. ¿Qué les pasaba con los espejos? No dejaban de molestarme con eso. —Estuve en el spa con Adrianne, mi mejor amiga. Ya sabes… masajes, faciales, exfoliación de pies. Cosas que no incluyen niños llorando ni empujones… ni troncos flotantes.

Los primos rieron entre dientes, y mi tía Nickole desvió la mirada para no soltar la carcajada. —Ah, claro. Muy tú. Supongo que esa es tu forma de «divertirte»— dijo Sabine, acomodando la manta que tenía sobre las piernas con fingida elegancia.

—Bueno, cada uno con sus estándares— dije mientras revolvía mi café. —A mí me gusta que me traten como a una persona. No como a un saco que suben a un vagón y mojan como si estuvieran regando ganado.

Los cuchillos flotaron en el aire, figuradamente hablando. Tamara y Nickole parpadearon entre incómodas y divertidas.

—Al menos yo no me paso la vida encerrada en salas llenas de vapor y mujeres siliconadas— musitó la bruja número 2 «porque la número 1 es Heidi», cruzando los brazos. —La vida también está fuera, ¿sabes?

—Y aun así, prefiero la compañía de una siliconada que de ciertas primas con lengua afilada y alma rural— respondí con una sonrisa angelical.

Mi tío Tom soltó un «cof» que claramente era una risa disimulada, y mamá me lanzó una mirada de advertencia. Todos ya sabían por dónde iba la cosa si la bruja número 2 seguía molestándome. Y es que estoy de tan buen humor que podría responderle sin inmutarme con lo que dijera sabiendo que a ella le afecta y a mí no. —¡Bueno!— interrumpió Charlotte alzando la voz con dulzura pero con firmeza en partes iguales. —Ya está bien. Desayuno en paz, por favor.

—Claro, abuela— respondí con voz melosa y le besé la mejilla.

Sabine apretó los labios como si su lengua se le quemara por no seguir la pelea. —¿Te sirvo más panecillos, cariño?— preguntó mi abuela intentando suavizar el ambiente.

—Sí, por favor. Están deliciosos.

Miré de reojo a Tom, que me observaba como si hubiera visto una función privada de teatro. Le guiñé un ojo con desparpajo antes de volver al pan. La paz había durado lo que tarda un café en enfriarse, pero al menos la guerra se había pospuesto hasta nuevo aviso.

&

El sol pegaba fuerte, pero yo estaba de lujo en mi tumbona blanca, con un short negro enano que apenas cubría lo justo y unas gafas de sol enormes que me hacían sentir como una celebrity huyendo de los paparazzis. A mi lado, Adrianne, en su típico modo diva tropical, se acomodaba en su tumbona roja con un bikini que gritaba «mírame», aunque no necesitaba ayuda.

Había venido a visitarme cuando le envié mensajes para hablar sobre el mango y el limón. Sí, de Evan y Tom porque necesito desahogarme. Ambos estábamos ahí, como dos diosas, hablando de lo único que merecía la pena.

—Bill, me tienes en ascuas desde que llegué aquí— dice mirándome con ansia —¿Cómo fue el encuentro con el limón?

Me bajé un poco las gafas solo para que pudiera ver mi sonrisa. Esa sonrisa. —Ay… delicioso— suspiré y hice una pausa, cruzando las piernas como toda una señorita bien —Lo hicimos en mi habitación aprovechando que no había nadie en casa. Y fue… ugh, fue tan bueno que me quedé sin piernas después. Estaba como una estrella de mar tirado en la cama.

Ella abrió los ojos como si le acabaran de decir que iban a prohibir el gloss. —¡Joder! ¿Así de bueno?

—Así de bueno. Me agarró como si fuera el último día del mundo. Salvaje. Apasionado. Pero al mismo tiempo… dulce. Como si me deseara de verdad, ¿sabes?

—Ay, por favor— gimió —No me digas eso que me va a dar un soponcio. ¿Y el mango qué?

Me reí bajito, mirándola por encima de las gafas. —Lo que te conté ayer, nena, salimos, caminamos, hablamos… fue bonito, fue tierno. Pero…— me encogí de hombros con desparpajo —El mango me quiere dar amor. El limón me lo arranca y me lo mete por todo el cuerpo. Y a mí eso me gusta.

Adrianne casi se tira al suelo.

—¡No me digas esas cosas! Me vas a hacer llorar. Mira que uno intenta no romantizar a los limones, pero tú estás… cariño, estás jodidamente enganchado.

—No estoy enganchado— y ahí venía ella con lo mismo, joder, cómo detesto que saque el tema cuando tantas veces le he dicho que no —Solo disfruto mucho de su… presencia. Eso es todo. Sin etiquetas.

—Ajá— dijo, burlona —Sin etiquetas, claro. Pero bien que te derrites en su cama. O mejor dicho, en tu cama. Qué nivel.

—¿Te imaginas que la familia hubiera regresado antes y nos pilla en plena escena porno…?— levanté una ceja.

—A tu abuela le da un infarto y tú heredas todo por compasión.

—Ay, pero mientras muera en la boca del limón, todo vale la pena.

Nos miramos y nos reímos como dos adolescentes traviesas. Justo en ese momento, las puertas de la terraza se abrieron y aparecieron las tres plagas del infierno: Shermine, Chantelle y Nathalie. Con sus bikinis color pastel, sus gafas de sol de fashion blogger del 2014 y ese aire de «somos mejores que tú» que no podía con él.

—Hola— saludó Shermine con una sonrisa falsa que olía a colonia de lo más cutre.

—Billie, mi tía Simone ha dicho que podemos meternos en la piscina. Espero que no haya problema— canturreó Chantelle, y por cómo me miró a mí y a Adrianne, me dieron ganas de tirarme a la piscina… con ella de lastre.

—¿No os bañáis o qué?— preguntó Nathalie mientras tiraba su toalla sobre una tumbona que no era ni suya.

—Lo estábamos considerando— respondí sin emoción, ajustándome las gafas otra vez.

Las tres se metieron en la piscina como si fueran parte de un videoclip que nadie había pedido ver. Risas suaves, miraditas entre ellas, y un exceso de postureo. Adrianne se inclinó hacia mí y murmuró: —Adiós a nuestra charla frutal. Han llegado las uvas pasas.

Contuve la risa, aunque me dio una carcajada interna que me iluminó la mañana. —Total. Las uvas pasas con aires de influencers. No sé cómo lo hacen, pero logran que sienta que la piscina es suya. Mi piscina.

—Porque se creen fabulosas por tener un buen filtro y una foto de hace diez años. A mí me bajan toda la vibra. No puedo hablar de mamadas frutales mientras ellas están aquí…— dice y yo sonrío burlona —¿Y si esta noche salimos?— preguntó de repente, moviendo su pajita dentro del vaso con un gesto dramático —Solo tú y yo, plan «mejores amigas», sin coros de focas en celo de fondo.

—Me apunto— respondo al instante. Luego la miro con picardía —Pero nada de lloriqueos por Andreas, ¿eh?

—¿Llorar yo?— alzó una ceja, burlona —Por favor, nena, si yo a Andreas ya me lo he servido más veces que este zumo.

Me eché a reír. —Sí, pero ahora te gusta en serio. Y eso te pone tonta.

—Tonta no, más… atenta— me guiñó un ojo —A ver si repite y me dice que esta vez le gustó más que la anterior.

—Ay, por favor— resoplé con una sonrisa —Si ese hombre no se ha rendido a tus pies todavía, es que es idiota o está ciego.

—Es un idiota— aclara mi amiga al instante —Pero es sexy, me encanta, me fascina. Me siento tal cual tú con el limón, y en la cama es… uff… tiene mucha energía su amiguito.

Me mordí el labio, recordando a Tom y lo que hicimos la noche anterior. Solo con pensarlo, se me erizaba la piel. —Conmigo siempre es… brutal. Disfruto tanto, Adrianne. No sé si fue la adrenalina por tener la casa vacía o qué, pero… joder. Tom me tuvo gritando como si me estuviera exorcizando— le susurré.

—¡Basta!— soltó una risa fuerte —Qué envidia, mamona. ¿Tú sabes lo que daría yo por un polvo así ahora mismo?

—Sí, sí sabes. Te lo diste con Andreas.

—No es lo mismo, no tenía la casa sola. Tenía que hacerlo en silencio, casi muero ahogada en una almohada.

Reímos juntas, pero el momento de paz duró poco otra vez. —¡Nathalie, pásame la pelota, estúpida!— gritó Shermine desde la piscina.

—¡Cógela tú si puedes!— se burló Chantelle, chapoteando con fuerza.

Rodé los ojos. Otra vez.

—Genial— murmuró Adrianne con tono ácido —Se acabó el spa mental. Ya empezaron las batidoras humanas.

—Que alguien las desenchufe, por favor— susurré para mí misma frotándome la frente y cuando las oí gritar nuevamente actué rápido —¡Shermine!— grité alzando la voz sin perder la educación pero con mi mejor tono pasivo-agresivo —¿Podrías gritar un poquito más fuerte? Creo que los vecinos de la otra calle aún no te escuchan.

—Ay, perdón, Bill— replicó ella desde el agua —No sabía que estabas en modo diva sensible.

Me giré hacia ella, con la sonrisa más dulce y falsa del mundo. —No te preocupes, estoy bien. Aunque tú deberías preocuparte por tu tono, no vaya a ser que se te quiebre la voz… de tanto ladrar.

Nathalie soltó una risita tonta, y Chantelle murmuró algo que no entendí, pero está claro que era una chorrada. —Mira al príncipe de la piscina— bufó Shermine cruzándose de brazos —¿Te crees especial porque tienes la casa más grande?

—No. Me creo especial porque soy especial. La casa es solo un fondo bonito para mi existencia.

Silencio.

Las tres se quedaron sin respuesta. Adrianne y yo chocamos las manos sin decir nada más, mientras yo me acomodaba de nuevo en la tumbona con una sonrisa de satisfacción. Las cosas que ellas decían para defenderse de los hechos que yo les lanzaba eran tan absurdas e irrelevantes como su existencia. No saben pelear, joder. Bufé —Ahora sí, continuando con la conversación, enséñame otra vez la última foto de Andreas sin camiseta. Quiero recordarte por qué estás tan obsesionada.

—Ugh, Bill, es que esa espalda me tiene loca. ¿Crees que si le digo que quiero repetir me va a decir que sí?— pregunta mientras enciende el móvil y busca la foto para mostrármela después de verla y morderse el labio inferior.

—¿Tú? ¿rogando?— la miro alzando una ceja —No. Tú le mandas un mensaje y él se arrastra. Como debe ser.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Touch me 35»

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