
Fic TOLL de Unicornlitz
Capítulo 36
Nos reímos bajo el sol, mientras mis «queridas» primas seguían gritando de fondo. Pero en ese momento, entre comentarios subidos de tono y chismes con Adrianne, no me importó nada más. Solo pasar un rato bueno con ella.
—Hazme una foto— le dije a Adrianne, estirando las piernas y ajustándome las gafas de sol —Pero que me vea sexy. Si me voy a ver bien, que sea con estilo.
Adrianne cogió su móvil como si fuera una fotógrafa profesional y se levantó de su tumbona. —Vale, vale, pero saca tripa que se note el desayuno continental.
—Cállate, perra— reí, apretando el abdomen y girándome un poco de lado —Hazme ver deseable, como si anoche me lo pasé pipa y hoy sigo brillando.
—Spoiler: lo estás— y empezó a hacer fotos como si estuviera en la Vogue —Mmm… esta… esta también… ¡Esta está para subirla a tus Close Friends!
Me incorporé para verlas y solté una risita. —Dios, sí. Esta dice «sí, soy sexy, sí, estoy pillado, pero tú puedes mirar.»
—O esta que grita: «al que no le guste, que no mire… o que se muera.»
Solté una carcajada y me tapé la boca para no gritar. —Pásamelas ya mismo. Sabes que necesito contenido caliente para sobrevivir en redes.
—Te las paso por AirDrop— mientras lo hacía, se volvió a sentar y me miró de reojo —¿Y si hacemos una juntos? Una bien atrevida.
—¡Obvio!— me deslicé hacia su tumbona y nos juntamos mejilla con mejilla —Pon el filtro que suaviza la piel, por si acaso. Aunque tú estás divina igual.
—Y tú estás para comerte.
Tomamos varias. Algunas sacando la lengua, otras haciendo duck face, y una en la que yo le estaba dando un beso en la mejilla y ella hacía como que se desmayaba de la pasión. Un caos precioso.
—Dime que no parecemos dos influencers con OnlyFans— comentó, mirando las fotos.
—No sé tú, pero yo sí parezco. Aunque aún no cobro.
—¿Deberíamos?
—Mira que no me tientes— dije entre risas —Si subo una foto en toalla, Evan y medio mundo se me lanzan.
—¿Y el limón?— me preguntó con tono travieso.
—El limón ya se exprimió, cariño— respondí mordiéndome el labio —Y me dejó como un batido detox: temblando pero revitalizado.
—¡Eres un desgraciado!— soltó la carcajada —A ti te deberían meter preso por estar tan bueno y tan zorro al mismo tiempo.
—Que me encierren, pero en su cama.
Los dos nos reímos fuerte y nos echamos hacia atrás en las tumbonas otra vez. De fondo, escuchábamos a las primas gritar tonterías, pero ya no nos afectaban.
—¿Crees que si subo una historia con una de estas fotos alguien se pondrá celoso?— pregunté con una sonrisita pícara.
—Depende. ¿Cuál alguien? ¿el mango o el limón?
—El que la vea primero— dije, guiñándole un ojo.
Tomé el móvil, elegí una foto en la que estaba mirando la cámara con el sol brillándome en la piel y la subí con un simple: «Mood: no me toques, pero mírame.»
Adrianne aplaudió con sarcasmo. —Estás insoportable. Te quiero.
—Lo sé.
Y así nos quedamos, como buenos mejores amigues: atrevidas, guapas y con el ego por las nubes mientras mis «por desgracia» primas seguían chapoteando al fondo como si el mundo no girara a nuestro alrededor. Pasaron un par de horas en las que seguimos en las tumbonas comiendo lo que las empleadas nos traían para picar. El sol me calentaba la piel, pero no más que el ego cuando abrí Instagram y vi la notificación: más de 700 likes en menos de quince minutos.
—Soy un maldito sol— murmuré para mí mismo, deslizando los comentarios.
«Wow»
«Dios griego»
«Qué pecado, eres como la manzana y yo Eva, bebé»
«Estoy babeando»
«¿Te casas conmigo o qué?»
—¡Pero qué hambre tiene la gente!— dije riéndome mientras le mostraba el móvil a Adrianne.
—Ay, pero mira este. Es de Evan— rápidamente tomé el móvil para leer. Un comentario entre todos los sedientos: Ev_Schulz: «Quién fuera sol para estar así de cerca.»
Mi corazón dio un estúpido salto. Porque sí, era cursi. Pero era Evan. Y joder, cómo sabía jugar. —No. Puede. Ser— musité pausadamente, relamiéndome los labios.
—¡El mango ha dejado su marca!— dijo encantada —Este chico no se anda con rodeos. Y quién fuera sol, madre mía… qué creativo.
Me reí, negando con la cabeza. Justo cuando iba a bloquear el móvil, me apareció la notificación de un mensaje privado. Era Evan y, claro, lo leí al instante.
«Hey, vi tu foto. Estás… uff. No sé si ya tienes planes hoy, pero si quieres nos vemos otra vez. Sin presión, claro.»
Me quedé mirando la pantalla con una mezcla de emoción, duda y puro drama interno. —¿Y ahora qué?— preguntó Adrianne con mirada expectante.
—Me pidió vernos otra vez— le dije, mostrándole el mensaje.
—¿Y qué haces con esa cara de princesa de Disney dudando del amor? ¡Ve! ¡acepta! ¿sabes lo rico que es que te busquen dos hombres a la vez?
—Adrie…
—No no no, escúchame. No te estoy diciendo que te lances a por él— puso cara de santa —Solo que aproveches. El limón ya te exprimió, pero el mango todavía tiene juguito por dar. Y tú estás divino, radiante, hormonal y aburrido. ¡Dale el gusto, mamona!
—Eres una perra, lo sabes, ¿verdad?
—Y tú eres una zorrilla adorable. Así que responde con una sonrisita, ponte algo provocador y deja que la historia siga fluyendo. Tú sabrás hasta dónde.
Suspiré, vencido por su lógica y por mis ganas de seguir sintiéndome deseado. Volví al mensaje de Evan y escribí:
«Me encantaría. ¿Dónde y a qué hora?»
Adrianne aplaudió bajito y me tiró una uva a la cara —¡Eso! Ese es mi mejor amigo, un rompecorazones como yo. ¡Qué orgullosa me siento!
Me eché a reír y me tumbé otra vez, con el corazón un poco acelerado y la sonrisa escondida tras mis gafas de sol. Tal vez, solo tal vez… estaba empezando a disfrutar demasiado este jueguito.
&
Me miré en el espejo por última vez y terminé de retocar mi maquillaje. No era nada demasiado cargado, solo lo justo para resaltar mis ojos marrones «que con la luz adecuada se volvían color miel» y un poco de brillo en los labios para que se vieran besables… muy besables.
Me gustaba verme así, con ese aire entre dulce y pecaminoso. Esa dualidad que tanto me caracterizaba.
Llevaba una camisa de seda negra ajustada, con los primeros botones abiertos, lo justo para dejar ver mi clavícula y un poco de mi pecho. El pantalón, de cuero ceñido, resaltaba mis piernas delgadas y firmes, y las botas de tacón bajo me daban ese toque rebelde que tanto me molaba. Había dejado mi pelo suelto, recién alisado, cayendo en capas justo por debajo de mis hombros. Me encantaba cómo se movía.
—Estás que te follas al mundo— comentó Adrianne desde la cama, con la pierna cruzada y el móvil en la mano —¿Vas a una cita o a una sesión de fotos para una revista porno de lujo?
—¿Por qué no ambas?— le guiñé un ojo mientras sonreía de lado —Si el mango quiere verme, que lo haga bien servido.
Ella soltó una carcajada. —Dios, me encanta cuando te pones en modo zorrilla con estilo. Deberías patentar eso.
—Quizá lo haga— me eché el pelo hacia atrás con un movimiento dramático —Es que, sinceramente, ¿por qué no divertirme un poco? Tom no va a estar para siempre, y aunque esté… no es como si pudiera reclamar exclusividad.
Adrianne se enderezó un poco y me miró con una ceja alzada. —¿Aún sigues con eso de que no estás enganchado con el limón?
—No estoy— dije de inmediato, quizás demasiado rápido.
—Bill…
—¡Estoy cómodamente confundido!— me defendí con tono burlón —Pero eso no significa que esté enamorado. Puedo tener sexo apasionado, delicioso y emocionalmente intenso con alguien sin estar enamorado. ¿Vale?
Adrianne puso los ojos en blanco con una sonrisita divertida. —Claro, cariño. Y yo me tiro a Andreas solo porque me gusta su voz profunda y su gusto por los vinos caros.
—Exacto— dije sin pensarlo, y luego ambos rompimos en risa.
Me giré de nuevo al espejo y suspiré. —¿Y si Evan me está empezando a gustar?
—¿Lo dices en plan «me gusta» o en plan «quiero que me arranque la ropa contra una pared y me haga olvidar mi nombre»?
—…ambas.
—Eso pensé.
Nos miramos a través del reflejo y sonreímos, cómplices como siempre. —¿Crees que esté mal?— pregunté después de un momento —O sea… ¿estar con él mientras sigo teniendo cosas con Tom?
Adrianne se encogió de hombros. —¿Sabes qué pienso? Que mientras nadie pida exclusividad y tú tengas claro lo que quieres… no hay nada de malo en probar diferentes frutas. Aunque… no olvides que los mangos también pueden darte alergia si los comes muy rápido.
—Qué horror de analogía, tía— reí —Pero tienes razón.
—Siempre la tengo— me guiñó un ojo —Anda, vete a encantar a ese pobre mango. Dale una probadita del infierno delicioso que eres.
—No sé si quiero que me vea tan desesperado…
—No es desesperación si lo haces con elegancia. Y tú, mi amor, eres la definición de elegancia indecente.
Me acerqué a ella, le di un beso en la mejilla y me acomodé la chaqueta antes de salir. —Deséame suerte.
—No necesitas suerte, cariño. Tienes culo, carisma y una cara de pecado. Estás listo— sonreí negando con la cabeza y salí de la habitación contento, con las hormonas a mil. Ya le había dicho a mamá que saldría y ella no puso pegas, solo me pidió que no llegara tarde. Y por Tom… estaba hablando con mi abuela de cosas de mayores. Temas aburridos, seguramente.
Le pedí a Marlon, el conductor de la familia, que me llevara al restaurante. Evan me había pasado la dirección y así fue, me subí al coche y en menos de veinte minutos llegué al sitio donde Evan me esperaba fuera, apoyado contra su coche como si fuera una escena de película. Tenía ese aire de «he venido a robarte el aliento y quizá algo más». Chaqueta oscura, camisa blanca arremangada, pantalones perfectamente ajustados. Tenía clase, pero ese toque de chico malo que te da curiosidad aunque sepas que te va a estropear el maquillaje.
Que se note la diferencia de edad, joder.
Me bajé del coche tras avisar a Marlon que volviera a casa. Cuando él fijó su mirada en mí en el momento en que bajé del auto, juro que vi su mandíbula caer al suelo «literalmente». —Wow— dijo acercándose a mí —Pareces sacado de una fantasía sexual. De esas que no se cuentan ni en confesión.
—Y tú pareces salido de una sección de whisky caro— le respondí, sonriendo de lado —Uno de esos que bajan lento y queman riquísimo.
Nos reímos. Me abrió la puerta del restaurante como un caballero, y no sé si era por la luz tenue, la música jazz suave o por cómo me miraba cada vez que hablaba, pero me sentí como un postre demasiado caro para estar en esa vitrina. Nos sentamos en una mesa junto a una ventana con vista a la ciudad iluminada. Copas de vino, panecillos que no sabía cómo pronunciar, y él mirándome como si no quisiera que la noche terminara nunca.
—¿Siempre sales tan cargado de pecado?— me preguntó levantando una ceja —Digo, entre el gloss, esa camisa asesina y tu perfume… siento que estoy en peligro.
—Solo si te portas bien, cariño— le guiñé un ojo mientras tomaba un sorbo de vino —Si te portas mal, puede que te perdone. Pero no gratis.
La conversación fluyó como si nos conociéramos de toda la vida. Hablamos de música, películas, trabajo y lo mucho que odiábamos a la gente que habla en el cine. Tenía un humor ácido y eso me encantaba. No soportaba a los chicos demasiado buenos; me aburrían. Evan tenía ese toque de descaro sin ser un idiota. Un equilibrio muy atractivo.
—Tienes algo en los labios— dijo de repente inclinándose.
—¿Dónde?
—Aquí— tocó con su dedo el borde de mis labios —Ah, no. Espera… era tu brillo labial. Muy intencional, por cierto.
Me reí. —Tal vez quería dejar huella. Uno nunca sabe si esta es la última vez que ves a alguien.
—No digas eso, que tengo planes contigo para otras noches.
—¿Sí? ¿Y qué tipo de planes?
—Del tipo que requieren menos ropa y más confianza— me soltó sin titubear.
Continúa…
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