
Fic TOLL de Unicornlitz
Capítulo 37
Están pasando tantas cosas en mi vida últimamente que, sinceramente, ya no sé si estoy viviendo una telenovela o una película porno de las buenas.
Ahora estoy en mis días de paz, por así decirlo, ahora que la loca de Jackeline no está encima mío intentando arruinarme la existencia como si su vida patética dependiera de eso. Esa mujer no está bien de la cabeza, lo juro. Pero ni sé por qué pienso en ella ahora, si tengo a Evan a mi lado, calentándome solo con existir… y más después de lo que me dijo. ¿Qué se supone que hago?, ¿le salto encima?, ¿me hago el interesante?, ¿o me quito la ropa ya? Porque esas malditas palabras no me las saco de la cabeza:
¡Por Dios! Esas palabras me hicieron cortocircuito directo entre las piernas. Como si necesitara más motivos para portarme mal…
Me mordí el labio al recordarlo, sintiendo cómo una sonrisita se me escapaba sin querer. Ese tipo tiene algo… algo que me pone en modo «quítamelo todo», pero con estilo. Y yo, que soy experto en jugar a la zorra elegante, no puedo evitar querer más. Más de sus miradas, más de sus provocaciones, más de lo que sea que me haga olvidarme del limón… aunque sea por un rato.
Lo miré de reojo, entrecerrando los ojos mientras me mordía el labio con descaro. Cínico, atrevido… y jodidamente sexy. Ese tipo de hombre que lanza bombas verbales como si nada y se queda tan tranquilo viéndote arder por dentro.
—¿Menos ropa y más confianza, eh?— solté, con una sonrisa pícara, ladeando la cabeza —Suena tentador, aunque yo suelo hacer las cosas al revés… me quito la ropa cuando ya hay confianza.
Le guiñé un ojo y volví a mi copa de vino, como si no acabara de insinuar lo que insinué. Evan solo sonrió; cuando llegó el postre, lo compartimos. Bueno, lo compartió él. Yo solo estaba divirtiéndome con el juego. Le robé una cucharada solo para llevársela a los labios, lento, como si se la ofreciera en una misa pagana. Spoiler: no se ruborizó. El muy descarado me mantuvo la mirada, me guiñó un ojo y murmuró: —Me encanta el chocolate. Pero empiezo a tener ganas de algo más…
Y mientras me lanzaba esa sonrisa ladeada, tan segura, tan de «te tengo donde quiero», lo único que cruzaba por mi cabeza era: maldito seas, Tom Kaulitz, por seguir viviendo en mi mente como si pagaras renta. Porque Evan tenía todo lo que me enciende: esa voz grave, esa mirada desarmante, ese cuerpo de pecado… tenía todo menos lo más importante: no era él. No era Tom.
Suspiré bajito, como intentando exhalarlo, borrarlo. Spoiler: no funcionó.
Me puse en pie para ir al baño, contoneándome un poco «como a mí me gusta, sabiendo lo que provoco» y sentí su mirada quemándome la espalda… y el culo. Confirmado en cuanto lo escuché decir con ese tono ronco: —Ese pantalón debería ser ilegal.
Me giré apenas, con una ceja alzada y una sonrisa pícara sobre el hombro.
—Y tú deberías estar en la cárcel por mirarme así— solté, con un guiño lento —El delito sería: pensamientos impuros y reincidencia; ¿cómo se declara, joven?
—Culpable— murmuró, con los ojos en llamas.
Y yo, que iba por un respiro, terminé más encendido. Seguí con mi camino a pesar de todo. Cerré la puerta del baño detrás de mí y me apoyé contra ella, soltando el aire en un suspiro largo. Me miré en el espejo. —¿Qué coño te pasa?— me pregunté a mí mismo en voz baja, casi en un susurro.
Evan me gusta. Me gusta cómo habla, su seguridad, su risa, y hasta cómo me mira, como si pudiera desnudarme solo con pensarlo. Me gusta. Pero cada vez que estoy a punto de entregarme a esa idea, aparece su sombra. Tom con su manera de tocarme, de hablarme, de acariciarme. Tom con esa voz baja y ronca susurrándome «baja el volumen» cuando gemía demasiado alto. Tom caminando en toalla como si no supiera lo que provoca.
Me miré otra vez al espejo, frustrado. Me mojé la cara con agua fría, como si eso fuera a apagar el fuego que llevo dentro. Pero no hay ducha fría que me quite a ese hombre de la cabeza.
¿Qué tiene Tom que no tengan los demás? ¿Por qué pienso tanto en él?
Me apoyé en el lavamanos, cabizbajo, sintiendo el pecho oprimido. No sé qué hacer, joder.
&
Cuando la cita terminó, Evan me acompañó al coche. Caminamos despacio; me llevó a casa y antes de que pudiera bajarme, me agarró de la muñeca para que no pudiera tocar la manija.
—¿Te divertiste?— me preguntó con esa media sonrisa que sabe usar como un arma.
—Más de lo que debería— respondí con un guiño, aunque por dentro seguía batallando con mis pensamientos. Él era encantador, pero…
El coche estaba aparcado frente a mi casa y no quería que nadie me viera, menos ahora que vi a varios primos corriendo por el jardín. El silencio entre nosotros se hizo denso, como una manta en una noche fría. Y entonces, sin avisar, Evan se inclinó y me dio un beso en la mejilla. No fue rápido ni casual; fue lento, con intención. Sus labios rozaron mi piel más de lo necesario, casi como una caricia.
—Me encantó verte así… tan tú— susurró, quedándose peligrosamente cerca, como si esperara una reacción.
—¿Así cómo?— le dije alzando una ceja.
—Desenfadado, divertido… sensual— dijo sin apartar la mirada —He descubierto que no eres tan amargado.
Sonreí, algo nervioso y halagado, pero frustrado conmigo mismo por no saber qué me pasaba con todo esto. Como dije antes, Evan lo tiene todo: es guapo, tiene estilo y es seguro… pero no es él. No tiene sus manos. Ni su voz. Ni esa manera de desarmarme con solo mirarme. Tom, siempre Tom en mi cabeza; creo que la obsesión por él se está saliendo de control y no sé cómo detenerlo ahora; ni siquiera quiero hacerlo.
Abrí la puerta del coche con la intención de irme ya a casa para darme una ducha y tumbarme en la cama a pensar en todo esto, pero Evan soltó una última frase: —Nos vemos pronto, Billie.
—Claro— dije sin querer sonar distante y le sonreí —Cuídate, Evz.
Él sonrió coquetamente mientras yo salía del coche y cerraba la puerta. Menos mal que los cristales eran polarizados y ocultaban a quien me había traído a casa; me quedé mirando el coche mientras me alejaba. Suspire; el guardia abrió el portón al verme. Yo solo podía pensar en que otra persona ya me había ganado desde hace tiempo. El aire de la noche acariciaba mi piel, pero no era suficiente para calmar ese cosquilleo en el estómago tras la cita. Ni siquiera sé si quiero volver a verlo.
Cruzo el jardín sin parar a mirar nada. Entro en casa y, como era de esperar, me recibe una de las criadas. No recuerdo su nombre. Igual que el de las demás. —Su familia le espera para cenar, joven Bill— dice la mujer, haciendo una ligera inclinación.
—Gracias— respondo sin emoción y sigo caminando por el vestíbulo hasta el comedor.
Al abrir la puerta, el sonido de los platos, las voces cruzadas y las risas forzadas me envuelven al instante. Toda la familia está allí. David se ríe con una copa en la mano, Sabine charla con Lilianne sobre alguna tontería de uñas o carteras, y los primos están esparcidos como una plaga: ruidosos, molestos, innecesarios. «Dios, qué suplicio», pienso mientras intento forzar una sonrisa. Pero no puedo y no voy a obligarme a hacerlo. Aun así, mantengo mi porte regio.
—Buenas noches— saludo, sin mirar a nadie en concreto.
Solo algunos me devuelven el saludo. Mi abuela me sonríe dulcemente desde el otro extremo de la mesa y mi abuelo levanta su copa con una sonrisa igual a la de ella. Mis tías gemelas me miran de arriba abajo —Bibi, ven, siéntate a comer— dice Nickole y yo asiento lentamente.
Miro a mi alrededor. Tom está ahí, al lado de su sitio habitual, con una copa de vino en la mano, relajado como siempre. Cuando me ve entrar, sus labios se curvan en una sonrisa ladeada, de esas que solo yo conocía bien. Me mira de pies a cabeza con descaro disimulado. Le sonrío de vuelta. Fue automático, como si nuestros cuerpos hablasen un idioma mudo que solo nosotros entendíamos. Nadie sospecha del brillo en nuestros ojos. Ese brillo libidinoso, afilado, peligroso.
Tom desvía la mirada justo a tiempo. Ocupo mi asiento a su lado, cruzando la pierna con gracia y sirviéndome agua como si todo fuera normal. Como si mi corazón no latiera con un ritmo estúpido y desordenado.
—¿Y cómo te fue con Adrianne, cariño?— pregunta mi madre, interrumpiendo la breve paz.
Parpadeo, algo confundido. —¿Adrianne?
—Me dijiste que estarías con ella esta noche— aclara ella, alzando una ceja con suspicacia.
Mierda, es cierto. Le había mentido. No iba a decirle que había salido con un chico que no conocían. Mucho menos uno que seguramente me traería problemas con Tom.
—Ah, sí. Claro, con Adrianne— improviso al instante, fingiendo total normalidad —Estábamos… viendo ropa que ya no le queda y maquillaje que no usa, accesorios y… esas cosas. Vamos a donarlas a…— hago una pausa breve —a uno de esos sitios para gente necesitada.
—¿Un centro de donaciones?— sugiere mi abuela suavemente para ayudarme.
—Eso— sonrío agradecido por el rescate —Un centro de esos.
Mi madre entrecierra los ojos, sorprendida. —Por fin escucho que esa muchachita hace algo bueno— comenta con tono ácido.
Ruedo los ojos; Adrianne nunca le iba a caer bien y poco me importa porque es mi amiga, no suya —Dios, mamá, se llama Adrianne. Por si no lo recuerdas— respondo sin perder la compostura.
—Y sigue siendo una mala influencia para ti— añade ella suspirando —No me cansaré de decirlo.
Sabine, ya bastante metida en la conversación para mi gusto, pregunta mientras mira a mi madre: —¿Por qué lo dices? ¿Es rebelde?
Quise reír; si supieran que en realidad ella y yo compartimos nuestro 50% de locura sin dudarlo. Así que ni Adrianne es la mala influencia ni yo; solo nos aconsejamos mutuamente y actuamos. Desvío la mirada hacia Sabine y la observo unos segundos sin prisa, con ese aire afilado que solo uso cuando alguien me toca las narices. Y ella siempre lo hace —Con todo respeto tía Sabine, eso no te incumbe. Y no; Adrianne no es una mala influencia. De hecho, es más auténtica que mucha gente aquí sentada— añado con una sonrisa dulce pero venenosa.
Mi madre suspira e intenta calmar las aguas: —No seas así, Bill. Solo hizo una pregunta. Ruedo los ojos. Claro, yo siempre acabo siendo el malo. El que exagera. El irrespetuoso. ¿Y qué más da?
Sabine se acomoda el pelo con una risa falsa y murmura: —Déjalo, Simone. Él siempre ha sido así…
Las palabras me golpean con rabia silenciosa. ¿Cómo se atreve a hablar de mí así, como si me conociera? Las únicas veces que me ven son en diciembre, por obligación. Por esa maldita tradición de pasar la Navidad «en familia», como si la sangre lo hiciera todo. Entrecierro los ojos y la fulmino con la mirada, pero no digo nada. No merece la pena. Es entonces cuando siento una mano sobre mi muslo. Bajo la mirada disimuladamente y ahí está. La mano de Tom, firme, cálida, apretando levemente mi piel sobre la tela de mis pantalones de cuero.
Levanto los ojos y lo encuentro mirándome con una sonrisa tranquila. —No te enfades, Billie— me susurra Tom, solo para que yo lo escuche —Vamos a comer.
Le devuelvo la sonrisa, pequeña pero real, y asiento con la cabeza. Como si esa simple frase hubiera sido suficiente para desactivar la bomba dentro de mí. No tengo hambre. Obvio que no. En la cita con Evan ya he comido. Pero tenía que disimular.
—No tengo mucha hambre— comento, mirando la comida frente a mí. Lo suficientemente fuerte para que mi madre me escuchara —Comí sushi con Adrianne antes de venir— miento. Pero ellos no tienen por qué saberlo. Sabine suelta un leve resoplido, y alguien murmura algo en la punta de la mesa, pero yo no presto atención. Sigo sintiendo la mano de mi tío, sutil pero presente.
—Está bien, cariño— dice mamá finalmente, con un tono más suave. Asiento lentamente y me pongo de pie sin prisas.
—Buenas noches— deseo, dejando un beso en la mejilla de mi tío. Él me sonríe con ternura, casi como si hubiera estado esperando ese gesto toda la noche. Luego camino hacia mis abuelos, dejo un beso en la frente de Charlotte y otro en la mejilla de Gordon. Lanzo un beso volador hacia Nickole y Tamara, quienes me devuelven el gesto con una sonrisa y un «Descansa, Bibi.» Continué con mis padres.
—Que descanses, hijo— añade mi padre, con ese tono sereno que usaba cuando mimaba al único niño de sus ojos. O sea, yo.
Continúa…
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