
Fic TOLL de Unicornlitz
Capítulo 39
31 de diciembre. No lo menciono por nada en especial, sino porque hoy es el último día que va a estar toda la familia reunida. Me remuevo en las sábanas sin muchas ganas, cansado y con el trasero doliéndome como siempre después de haber tenido sexo con Tom.
Sé que debo levantarme antes de que venga mi madre a hacerlo y, con eso en mente, gruño y me pongo de pie. Me calzo las pantuflas y entro al baño para ducharme, porque anoche terminé tan cansado que me tumbé en la cama sin pensar que estaba todo húmedo por mi propio semen y el de Tom mezclados. Recojo mi cabello en una coleta alta y unto un poco de pasta de dientes en el cepillo, lo llevo a la boca y empiezo a lavarme los dientes sin ganas.
Hoy es uno de esos días en los que despierto con tanta pereza que podría pasarme todo el día acostado sin tener que verles la cara a personas que no aguanto. Pero como no puedo, porque sería una «falta de respeto», y a mi madre no le gusta quedar mal frente a ellos, tengo que poner de mi parte para bajar y desayunar en «familia».
Tras terminar, entro en la ducha y me lavo con agua fría para espabilar. Al acabar, me envuelvo en el albornoz y salgo directo al armario a buscar algo cómodo que ponerme.
En este caso, opto por una camiseta oversize de un solo hombro, transformada en vestido mediante un corsé integrado que se ajusta a mi figura con cordones negros a los lados. Los pequeños cortes en la parte inferior le dan un toque provocador pero elegante, mientras que las medias negras con liga completan el look dándome ese aire rebelde y seductor que siempre tengo. Busco unos tenis negros chunky porque quiero algo casual y me acerco al tocador para peinarme en una media coleta desordenada con algunos mechones sueltos.
Me pongo un choker negro de terciopelo, unos pendientes pequeños en forma de estrella y un par de anillos plateados, y luego llega mi parte favorita: el maquillaje. Defino bien mis cejas gruesas, enmarcando mi mirada con fuerza. Hago un delineado preciso en mis ojos arriba y abajo, creando ese efecto alargado, casi felino, que me hacía ver más guapo. Pongo pestañas largas y un poco de rímel para levantarlas mejor. En mis labios un gloss color caramelo. Se veían suaves, sensuales, casi comestibles. Me lamí el labio inferior disimuladamente, sonriendo ante mi reflejo.
Me gusta cómo me veo. Bueno, siempre me gusta cómo me veo.
Por último, ajusto los cordones de mi vestido gris oscuro. Ceñía mi cintura como si estuviera hecho para mí, marcando cada curva sin exagerar. El tejido, suave pero con actitud, caía hasta medio muslo y tenía dos aberturas sutiles al frente que dejaban asomar lo justo. Las mangas largas se deslizaban un poco por mis hombros, dejando expuesta mi clavícula. Me encanta ese detalle.
Mientras miro mi reflejo en el espejo, escucho unos suaves golpes en la puerta. Estoy a punto de preguntar quién es cuando la puerta se abre y aparece mi madre por la pequeña abertura.
—Oh, ya venía a despertarte— me dice entrando completamente a mi habitación —Uy, ¿y a dónde vas tan arregladito?— pregunta después de mirarme de pies a cabeza.
Me giro sobre mis talones con una pequeña sonrisa en los labios. —A ningún lado— le respondo. —Por cierto, buenos días…
—Buenos días, cariño. ¿Dormiste bien?
—Claro que sí.
—Bueno, vamos abajo que el desayuno está listo.
Suspiro. —¿Ya están todos ahí?
—Hujum…— responde y yo hago una mueca al instante. —Bill, quita esa cara. Hoy es el último día que estarán aquí y no quiero problemas, ¿vale? Mañana se van y si quieres puedes celebrar, pero por ahora compórtate, por favor.
—Claro, siempre y cuando ellos no se metan conmigo, eh.
Aviso antes de salir de la habitación. Escucho cómo bufa mientras cierra la puerta; bajo las escaleras despacio, echando un poco el pelo hacia atrás para que no me moleste y respiro hondo antes de entrar al comedor donde todos, como anoche, estaban sentados.
—¡Buenos días!— saludo para llamar la atención.
Todos me miran de arriba a abajo. Veo cómo mis «queridas» primas esbozan una sonrisa falsa; ni así pueden ocultar su desagrado al verme y, bueno, me importa un pimiento. Mis tías gemelas silban al unísono y las miro ignorando a Sabine y Lilianne que ponen esa típica cara de «cómo le gusta hacerse notar».
—¡Upaaa!— exclama mi tía Tamara —¿Vas a salir o qué?— pregunta.
Suelto una risita. —Mmm, no— respondo negando con la cabeza.
—Te ves demasiado bien como para quedarte aquí dentro— comenta mi tía Nickole. —¿Qué tal si salimos los tres?— con «los tres» se refería a ella, mi tía Tamara y a mí. Pero claro, como siempre mis primos arruinan todo.
—¡Oh, yo también quiero ir!— exclamó Shermine. —Quisiera volver al centro comercial.
—¡Y yo!— le siguió Nathalie.
—¿Podemos ir con vosotros?— preguntó Chantelle y yo suspiro. No hay manera de que mis tías se nieguen sin quedar como las malas que no quieren pasar tiempo con sus «sobrinitas».
—Vale…— dijo mi tía Tamara sin muchas ganas. Me encogí de hombros; no tenía intención de salir con mis primas, joder. Pero tampoco quiero pasarme todo el día aquí encerrado; busco a Tom pero no lo encuentro y vuelvo a suspirar resignado mientras tomo asiento al lado de mi padre. Saludo a mis abuelos como siempre y a mi padre. Minutos después comenzamos a comer justo cuando mi tío aparece abotonándose los últimos botones de la camisa de manga larga que lleva, dejando los dos primeros sin abrochar.
—Días familia…— dice rápido mientras se acomoda las trenzas. Saluda a su madre, a su padre y al resto de forma rápida y al aire. Cuando pasa por mi lado me revuelve un poco el pelo y sonrío tontamente tratando de contenerme. —Joder, muero de hambre— dice.
—Pues come— suelta mi tía Tamara —Y con calma que nadie te va a quitar nada, eh…
—Qué chistosita— comenta mi tío mirándola entrecerrando los ojos.
Ambos ríen y siguen comiendo el desayuno. El silencio se hace en el comedor y solo se oyen el choque de los cubiertos y cuando Eloy mastica porque ya parece un cerdo y ahora quiere hacer como uno al masticar. Asqueroso realmente.
&
Durante la mañana, salimos como habíamos quedado a dar un paseo por el parque, y luego al centro comercial, donde compramos un par de cosas para hoy porque yo ya tenía mi outfit listo desde hace un par de días. Debo admitir que no lo pasé mal porque mis queridas primas estaban en lo suyo y yo en lo mío.
Fue bastante entretenido, especialmente cuando llamé a Adrianne para que se uniera. Ella llegó al centro comercial y me pasé el rato a su lado. Compramos más joyas de las que esperábamos, entramos en el área de juegos y lo pasamos bien mientras ella coqueteaba con uno que otro chico. Ella puede estar colada por Andreas y por su primo, pero eso no le impide compartir un poco de cariño con alguien más. Y así estaba la cosa, mientras yo intentaba encestar la pelota de baloncesto, ella hablaba con un chico mientras jugueteaba coquetamente con un mechón de su pelo.
—¿Vas a lanzar o te vas a quedar ahí haciendo sombra todo el día?— le pregunté a Adrianne al notar que se había acercado de nuevo, con una sonrisa pícara y esa mirada suya de «no te me enfades, cariño». Obviamente ha conseguido algo con el chico; esa sonrisa traviesa que tiene la conozco muy bien.
—Ay, perdona, estrella de la NBA— dijo, poniendo los ojos en blanco y cogiendo una de las pelotas —A ver si tú puedes hacer algo con esas manos aparte de manosear a tu tío— susurró un poco alto, todo hay que decirlo.
—¡Oye!— protesté en voz baja, mirando alrededor para asegurarme de que nadie la hubiese escuchado. Ni siquiera los que estaban detrás de nosotras. Ella solo se rió, encantada con su picardía.
—Tranquilo, tesoro. Aquí nadie nos escucha— añadió guiñando un ojo.
Rodé los ojos sonriendo y me preparé para lanzar la pelota sin mirar siquiera. Encesté. Claro que sí. No iba a dejar que me humillara delante de un grupo de preadolescentes que esperaban su turno para jugar. Me giré hacia ella con una ceja levantada, satisfecho. —Aprende, zorra— le dije dándole una palmada en el trasero como venganza por su comentario.
—¿Quieres que grite?— me amenazó divertida mientras se sobaba el lugar.
—Hazlo y le contaré a Andreas sobre ese videíto que vi en tu galería— canturreé. —Y sobre ese chico al que conociste hoy.
—No jugarás conmigo, mamona— se cruzó de brazos, pero sonreía. Seguimos así, entre juegos, risas y miradas cómplices. Adrianne era mi zona segura para decir lo que nadie más podía saber, para reírme del mundo y, por un rato, olvidarme de las cosas que no podía tener… como a Tom.
Salimos del área de juegos y nos dirigimos al área de comida despacito, observando todo lo que había a nuestro alrededor. Adrianne ya había puesto el ojo en un chico con cara de no romper un plato pero con cuerpo de gimnasio, y yo sabía que eso era suficiente para que ella montara todo un plan de conquista exprés. Y como dice la canción: «Loba sin dueño no tiene horario.»
—Dime que no vas a hacer lo que estoy pensando— le susurré al oído mientras hacíamos cola para comprar unas patatas con queso.
—¿Y qué es lo que estás pensando tú, corazón?— preguntó ella pasando la lengua por los dientes como una gata afilando garras.
—Vas a acabar el año en un hotel cutre con ese chico, montada como si fueras la reina del carnaval.
—Ay, por favor. Cutre no— respondió indignada. Hicimos el pedido y cuando nos lo trajeron, buscamos una mesa para sentarnos. —Si todo sale bien, será en uno chulo, con jacuzzi y espejo en el techo. Que uno también se merece calidad, ¿no?
—¿En el techo? ¿Para verte a ti misma o para hacer contacto visual con Andreas desde el más allá?— reí, llevándome una patata frita a la boca.
Ella soltó una carcajada y me empujó suavemente. —Qué tonto eres, Bill. Pero no voy a negar que me gustaría un espejo de esos solo para saber cómo me veo mientras me destrozan la columna vertebral.
—Qué gráfico, por Dios. Me vas a hacer atragantar— nos sentamos con nuestras bandejas, mirando pasar a la gente como si estuviéramos en una película de adolescentes malcriados. Adrianne seguía hablando del chico, cuyo nombre y edad aún no sabía, así que no dudé en preguntarle. —¿Y cómo se llama, por cierto?— pregunté con una ceja arqueada.
—Sebastián… creo. O Santiago. Bueno, empieza por S, de sexo, así que igual vale— se encogió de hombros.
—Ay, no, por favor— dije entre risas, dándole un trago a mi refresco —Eres lo peor. ¿Al menos sabes qué edad tiene? Se le ve de veinte, eh.
—Y tú me adoras por eso. Y no, tiene dieciocho…
Asentí. Sí, la adoraba. Porque podía estar rodeado de gente que no soportaba y de una familia que apenas me entendía, pero con Adrianne me sentía yo. Exagerado, dramático, sin filtro. Y por un rato, con ella no pensaba ni en Tom ni en lo que sentía por él… Solo en reír. —Joder, realmente parece tener veinte o más.
—Yo también lo noté; por eso cuando me dijo que tenía dieciocho le pedí su identificación y sí, efectivamente esa es su edad— me dice y luego suspira profundamente —Entonces, ¿me ayudas a escoger lencería para esta noche o qué?
—Obvio, vamos a por el encaje más escandaloso que tengan. Esta noche tú no duermes y yo tampoco— le guiñé un ojo, relamiéndome los dedos manchados de queso.
—Ay, mi amor… esa boquita.
Y allá íbamos otra vez al ataque, como siempre. Dos almas desvergonzadas riéndose del mundo, una patata frita a la vez.
&
—Este lugar huele a pecado— dije en cuanto entramos en la tienda de lencería, donde todo era rojo, negro y satinado. Había encaje hasta en las paredes.
—Por eso me gusta tanto— dijo Adrianne, cogiendo un conjunto de encaje negro con transparencias que no dejaba nada a la imaginación —¿Qué opinas? ¿Muy «llévame, papi», o más bien «hazme tuya en el asiento de atrás»?
—Yo diría que es un «destroza mi dignidad y déjala colgada junto a este sujetador»— respondí sin pensarlo, haciendo que una señora mayor que pasaba por nuestro lado soltase un bufido escandalizado.
—¡Ay, señora, no se asuste! Aquí nadie tiene dignidad— le dijo Adrianne con una sonrisa pícara, y yo me ahogué de la risa. Seguimos caminando por los pasillos mientras ella sacaba prendas diminutas de los percheros, mirándolas como si fueran vestidos de gala. —Quiero algo que diga «puedo enamorarte, pero también dejarte llorando con un cigarro en la boca y mis tacones puestos»— dijo, sosteniendo un body rojo con tiras cruzadas al frente.
—Este dice «me gusta que me tiren del pelo»— señalé uno blanco con transparencias y ligas incorporadas.
—Ese me lo llevo también.
Se metió en el probador con cinco conjuntos distintos, y desde dentro me iba pidiendo opinión.
—¿Y este?
—Te hace un culazo de infarto, pero el sujetador parece que te va a estrangular las tetas…
—Perfecto, entonces. Me gusta vivir al límite— reí. Cuando salió, tenía una sonrisa que delataba que ya se había imaginado todo lo que pensaba hacer esa noche. Caminó hasta la caja con paso firme, su selección colgando del brazo como si llevara libros de poesía en vez de tangas con aberturas. —No sé tú, Bill, pero yo voy a empezar el año gritando.
—Yo solo espero que no te echen del hotel por ruidos molestos.
—Ya me han echado de mejores sitios, cariño.— me responde —¿Y tú qué?— dice Adrianne mientras pagaba su montaña de lencería infernal —¿No te vas a llevar nada? ¿O solo yo voy a andar por ahí dejando corazones rotos y marcas de mordiscos?
—Yo ya tengo mi outfit para esta noche, gracias— respondí, alzando la barbilla con falsa dignidad. Ella me miró de reojo, con esa sonrisita traviesa que me conoce demasiado bien.
—No hablo del outfit de arriba, Bill. Hablo del de abajo. Ya sabes… algo que deje a tu Tom sin aliento. Literalmente.
Fruncí los labios y giré hacia el perchero más atrevido de la tienda. Había lencería para hombres también, y no esa aburrida que parece ropa interior de abuelo moderno… no, no. —Mmmm…— murmuré, deslizándome entre los colgadores hasta que mis dedos encontraron algo. Era simplemente irresistible. No pude evitarlo. En cuanto lo vi colgado, con su aire provocador y ese encanto entre lo adorable y lo descarado, supe que tenía que ser mío. Se trataba de un conjunto de lencería estilo «gatito travieso», confeccionado en encaje negro traslúcido con detalles de tul.
La parte de arriba era una especie de blusa corta, hecha de gasa transparente con mangas abullonadas y volantes. Se ajustaba con tirantes finos que realzaban el pecho y dejaban ver el torso de forma sensual. El escote era pronunciado y redondeado, decorado con una línea de encaje negro que enmarcaba perfectamente el pecho. La parte de abajo consistía en un mini delantal negro con estampado de gatitos blancos sobre una faldita de tul, que apenas cubría lo justo.
Debajo, asomaba una tanga finísima con tiras ajustables, que dejaba el trasero completamente al aire salvo por una tierna colita de peluche blanca en el centro. Y, como toque final, llevaba unas orejitas negras de gatito en una diadema que completaban la fantasía, y un coqueto moñito atado al cuello.
Lo sostuve frente a Adrianne —¿Demasiado?
—¡Demasiado poco!— exclamó ella —Póntelo, dámelo todo, muéstraselo y que se atragante con su propia baba.
—Es para modelárselo esta noche, después de las uvas. Tú sabes… como regalito de Año Nuevo.
—Y él sin saber que le van a hacer un desfile de Victoria’s Secret versión XXX.
Lo llevé al probador con una mezcla de nervios y picardía. Cuando me lo puse, tuve que admitirlo: me veía impresionante. Mi reflejo me sonrió con malicia. Salí del probador con el conjunto ya en su bolsita de papel, pagado y bien guardadito. Nadie necesitaba saberlo. Solo Tom. Y quizás el espejo del baño, porque obviamente iba a posar antes de entregarle su regalo.
Adrianne me miró como si ya supiera lo que estaba pensando. —¿Lo vas a usar con o sin música de fondo?
—Mmmm, no. Quizás la música que escuchen mis padres mientras beben y celebran…
—¿Y si no sobrevive?
—Pues al menos morirá feliz, cariño.
Continúa…
Gracias por leer. El siguiente es el capítulo final 😉
Odio los finales aparte de no saber en cómo quedará está historia, si Tom se va con las patas yo no sé 🤧
Por lo que he visto en la cantidad de lecturas y en los comentarios finales, termina bien, así que ánimo!!!! 😉