Fic TOLL de Unicornlitz

Capítulo 5

Había dormido como hacía tiempo que no lo hacía. Tener a mi tío abrazándome toda la noche fue realmente una pasada. Pude descansar a gusto y con una sonrisa de oreja a oreja por lo feliz que me sentía. Más allá del deseo que tenía por él, estaba encantado de verlo de nuevo.

Cuando me desperté esta mañana, no lo encontré a mi lado; resulta que se había levantado por el ruido que hacía mi madre en la cocina. Él me había preparado el desayuno junto con ella, y lo devoré porque eran esos pancakes que me hacía mi tío Tom cuando era pequeño y eran mis favoritos. Dios, estaban riquísimos, tanto que te daban ganas de pedir más. Pero como le tengo miedo a engordar, al final me quedé con las ganas.

Ahora mismo estoy corriendo junto a Adrianne por el pasillo principal del segundo piso del insti porque, al quedarnos a fumar un rato afuera, vamos a llegar tarde. Además, nos toca esa clase en la que si llegamos tarde cinco segundos, el profe nos manda a detención a cumplir las dos horas de castigo que forman su clase por «irresponsables». Luego llama a mis padres y como mi padre no coge el móvil porque está muy liado trabajando, acaba llamando a mi madre y con ella sí que se entienden de maravilla.

Recuerdo que una vez me tiró de las orejas delante del director porque la profe de inglés me pilló fumando en el baño del insti con Adrianne. Y sí, todo lo hacíamos juntos. Lo bueno es que a ella no le decían nada; sus padres siempre estaban ocupados trabajando y apenas le prestaban atención. Además, todo lo resolvían dándole un par de billetes al director.

Cuando llegamos frente a la puerta, Adrie y yo nos miramos brevemente y respiramos hondo para controlar nuestra respiración acelerada.

—¿Qué le vamos a decir?— pregunta Adrianne con la mano en el pecho, respirando entrecortada.

—No lo sé— le respondo.

Cuando conseguimos calmarnos, ella tocó la puerta tres veces y en menos de cinco segundos ya teníamos al profe de matemáticas abriendo la puerta con cara seria. Las bolsas bajo sus ojos eran horribles, su piel arrugada y pálida daba miedo. Tenía los labios secos y fruncidos mirándonos con desprecio.

—¿Cuál es vuestra excusa esta vez?— pregunta con voz brusca.

Intercambio miradas con Adrianne y empiezo a hablar —Lo sentimos mucho, señor Jäger. Es que el autobús llegó muy tarde y…

—¿Puede recordarme cuál es la hora de entrada, señor Kaulitz?— me pregunta y tengo que aguantarme las ganas de mirarle mal por cómo me ha llamado. Siempre he odiado que me diga «señor Kaulitz». ¡Joder! No soy un viejo como él; claro, me tiene envidia porque yo soy joven y él un viejo arrugado. Sé que me llama así para joderme —¿Mmm?

—A las ocho en punto— respondo con desgana.

—¿Y sabes qué hora es, chaval?

—Las ocho y media…

Él asiente lentamente —Hasta aquí me llega el olor a tabaco, ¿de verdad el autobús llegó muy tarde o se os pasó por andar de vagos?

Le miro y no puedo evitar entrecerrar los ojos, mostrando la rabia que estoy conteniendo, y estoy a punto de gritarle, pero Adrianne me agarra de la mano y me lo impide.

—Es que en la parada había un par de tipos fumando, señor— dice ella —no éramos nosotros, pero usted sabe perfectamente que el olor se queda en la ropa. Por favor, déjenos entrar a clase, ¿vale? Prometemos que no volverá a pasar.

—No hagas promesas que no vas a cumplir, señorita Krauze.

—Entonces tráguese un puñado de mierda— gruño y al instante me doy cuenta de lo que he dicho, pero no me arrepiento nada en este mundo; simplemente porque nunca me permito sentirme mal por algo después de haberlo hecho —Joder…

—¿Perdona?

Levanto la mirada y lo fulmino con la mirada —Que se trague un puñado de mierda.

—A dirección, ahora… llamaré a tus padres, señor Kaulitz, y usted, Krauze, entre a clase.

—¿Qué? Profesor, no, perdone a Bill. Es que está frustrado y ya está; ha tenido muchos problemas…

—¿Quieres acompañarlo también, señorita?

Adrianne se queda en silencio y yo le sonrío para que no se sienta mal. Maldito viejo amargado, seguro está estresado y su mujer no le deja desahogarse. Cómo lo odio. Lo detesto. Pero no tanto como a la novia de mi tío; sin embargo, está en mi lista negra. Veo cómo Adrianne entra a clase y suelto un bufido dándome la vuelta para ir a la oficina del director, que ya conocía de memoria. Al llegar frente a la puerta toco y escucho un «adelante» susurrado; abro y entro arrastrando los pies.

—¿Qué has hecho ahora, Kaulitz?— pregunta el director y yo simplemente me encojo de hombros.

Lo que pasa después ya lo sé de memoria: estuve en detención durante las dos horas de clase del profesor Jäger y cuando acabaron me llevaron otra vez a la oficina del director Listing donde, claro está, me esperaba mi madre. Enfadada y con los brazos cruzados. Esta vez me expulsaron por una semana por «falta de respeto» hacia el profesor.

En el coche mamá no dijo ni una palabra; se mantuvo en silencio con la mirada fija en la carretera. Yo solo miraba por la ventana sabiendo perfectamente lo que iba a pasar cuando llegáramos a casa. Y no me equivoqué. Nada más entrar me preparé mentalmente para su sermón.

—¿En qué demonios pensabas al decirle eso a tu profesor, Bill?— pregunta, y yo pongo los ojos en blanco.

Entro en la sala y veo a mi tía Tamara y a mi tío Tom sentados en el sofá, riéndose de algo. Pero cuando escucharon a mi madre, se quedaron en silencio.

—Te he educado mejor como para que faltes al respeto a tus mayores de esa manera— suelta —¿Qué te pasa? Ya no sé qué hacer contigo. ¡Y mírame a la cara cuando te hablo!— A regañadientes, me doy la vuelta para mirarla como quiere —Te han suspendido una semana, ¡una semana, Bill! Me han avisado que la próxima vez te van a expulsar permanentemente. ¡¿Por qué demonios tienes que comportarte así?!

Cierro los ojos ante el grito repentino de mamá. Ella está realmente enfadada y lo sé porque siempre que me riñe lo hace tranquila, sin necesidad de gritarme como lo está haciendo ahora.

—Lo siento…— murmuro.

—No, nada de «lo siento», tus disculpas no sirven de nada aquí, Bill— dice —¡Estoy cansada de tu actitud! ¡De tu rebeldía! Antes tenía paciencia porque estabas en tu etapa adolescente, pero ahora… ¡Ya eres mayor, sabes perfectamente lo que está bien y lo que está mal! ¿Cómo puede ser posible que sigan llamándome del instituto porque no puedes respetar a tus mayores?

—El respeto se gana, no se exige— le digo mirando al suelo —Y lo siento, mamá, pero es que ese viejo amargado me odia…

—Siempre con lo mismo, pensando que todos están en tu contra cuando no es así— refunfuña —¿Qué estabais haciendo tú y Adrianne? Porque tú te fuiste bien temprano de aquí; mínimo llegabas cinco minutos antes a clase— me muerdo el labio y me abrazo a mí mismo —¿Por qué llegaste tarde, eh?

—El autobús…

—No me mientas, Bill— me interrumpe con voz dura —Ven aquí…

—Mamá…— intento protestar porque sé perfectamente que va a olfatear mi uniforme; la conozco.

—Ven aquí, Bill— su dedo apunta al suelo, justo enfrente de ella. Me mira enfadada y yo suspiro antes de obedecerla. Me quedo donde indica y la veo inclinarse para oler mi uniforme.

La mezcla de mi colonia y el humo del cigarrillo es intensa, por lo que ella frunce el ceño al instante y se aparta con una mueca en el rostro.

—¿Desde cuándo fumas?— pregunta y yo me quedo mudo, sin saber qué responderle —¡Contéstame, joder!

—Ya vale Simone, no le grites…

—Tú no te metas, Tom— le lanza una mirada con el entrecejo fruncido —Este niño necesita un escarmiento porque ya no sé qué hacer. No es solo por bebidas alcohólicas; ahora está empezando a consumir porquerías…

La miro sin poder creer lo que estoy escuchando. —Yo no consumo drogas, mamá…

Me mira seriamente, con la mandíbula tensa y respira hondo. Sus manos están hechas puños y sé que en este momento se está conteniendo para no golpearme; ella nunca lo hace ni recurre a la violencia en situaciones como esta. Sin embargo, parece estar fuera de sí.

—El móvil…

—¿Qué?— suelto entre ahogos.

—Durante la semana que estés aquí no vas a tener ningún trasto electrónico. Me entregas el portátil, la tablet y el móvil; no vas a salir a ningún lado, ni siquiera al jardín. ¿Entendido? Si quieres pasar un rato con Adrianne, que venga aquí y solo por una hora, nada más…

—Pero mamá…

—Como no haces caso por las buenas, lo harás por las malas, Bill— me interrumpe de nuevo —Dame el móvil, ya…

—Simone, no creo que haga falta— comenta mi tía Tamara —Sabes que Bill es muy impulsivo, él no piensa en lo que va a decir, simplemente lo suelta.

—¿Qué pasa?— escucho a mi tía Nickole, que sale de su habitación con una toalla en la cabeza secándose el pelo —Oh, Bibi… ¿Siempre sales de clase a esta hora? Es muy temprano, en mis tiempos salíamos casi a las cinco de la tarde…

—Lo han expulsado— responde mamá antes de que yo pueda decir algo —Por una semana…

Mi tía Nickole me mira intentando contener una sonrisa —¿Qué has hecho, eh?

Me encojo de hombros —El profe no me dejó entrar a clase así que le solté que tragara mierda…

La veo cubrirse la boca impresionada e incluso conteniendo una risita. Por mi abuela y las historias que nos contaba a mis primos y a mí, sé que mis tías gemelas eran como las populares del instituto donde estudiaban, siempre metiéndose en líos hasta que un día las expulsaron permanentemente; seguro le hace gracia verme haciendo lo mismo que ellas. Aunque yo no lo hago porque quiera seguir sus pasos; todo lo contrario, como dijo mi tía Tamara; no pienso lo que voy a decir antes de abrir la boca.

—Oh Dios mío…— susurra.

—No te atrevas a reírte, Nickole y tú Bill, ¿A qué esperas para darme el móvil?

—Mamá, me voy a aburrir…

—No me importa…

—Es que ni siquiera me dejas hablar— musito cruzándome de brazos —Pero, ¿sabes qué? Si lo quieres entonces quédatelo…— me saco el móvil del bolsillo del pantalón y se lo entrego —Tú nunca vas a entenderme. ¿Para qué pierdo el tiempo dándote explicaciones? Mejor te doy la razón, soy todo un desastre…

—No empieces con tus rabietas, Bill.

—Es la verdad; ni siquiera sabes qué hacer conmigo que hasta pensaste en mandarme a un puto internado con monjas…

—¿De dónde sacas eso?

—Te oí decírselo a papá hace poco— le respondo y luego lanzo mi mochila al sofá —Y no lo niegues.

—Yo jamás…

—Mejor no digas nada; me voy a mi habitación y allí encerrado me quedo.

—¡Pues bien! ¡Hazlo! ¡Ve y no salgas de ahí a menos que sea para comer!

—¡Y ni así! ¡Prefiero morirme de hambre que verte la cara, Simone!

—¡No me grites!

—¡Tú tampoco me grites a mí!

—¡Te grito porque soy tu madre y solo quiero lo mejor para ti, nunca entiendes!

—¡Pues desearía que no fueras mi madre!— y después de soltarle eso, simplemente subí corriendo las escaleras y entré en mi habitación, cerrando la puerta de un portazo.

Odio esta situación, a veces desearía morirme, o mejor aún, irme lejos, muy lejos, donde pueda estar tranquilo. Pero no puedo marcharme así como así y dejar de lado mis planes para tener a mi tío a mi lado. Jo, solo quisiera que mi madre me dejara explicarle las cosas; nunca me da la oportunidad. A veces pienso que me odia o que simplemente soy una carga para ella. Quizás fui un error, un despiste de su parte. Maldita sea, si hubiera sabido que mi vida iba a ser así, habría elegido otros padres… si tuviese la oportunidad de elegir…

Entonces tal vez tener a mi tío sería más fácil. Porque no seríamos familiares. Él no sería mi tío ni yo su sobrino…

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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