Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II

Capítulo 14

Iba caminando por la acera con las gafas puestas, el móvil en alto y esa sonrisilla de cabrón que ya anunciaba que iba a liarla. Adrianne estaba al otro lado de la videollamada, tirada en la cama, zampándose sus cereales como siempre.

—¿Y a qué hora le vas a ver?— preguntó con la boca llena.

—Por la noche— contesté, bajando un poco la voz mientras esquivaba a la gente —Pero antes voy al banco a sacar pasta.

Ella frunció el ceño y tragó antes de hablar. —¿No ibas a pagar con la tarjeta esa que te dio tu padre?

Puse los ojos en blanco y bufé. —¿Y aguantarle luego el interrogatorio de media hora? No, gracias.— negué con la cabeza, despacito —Como vea que me he pillado una habitación en un cinco estrellas, me llama fijo: que si me he mudado, que si estoy bien, que si estoy solo, que con quién, que si me he metido algo… paso. Mejor saco efectivo y que se quede con la duda.

Adrianne se echó a reír. —Eres un cabrón. Todo eso solo para echar un polvo sin que te molesten.

—Para echar varios, querida. Ya pensaré qué excusa soltarle a mi padre cuando vea el retiro. Seguro me pregunta— le guiñé un ojo mientras me metía en la cabina del cajero.

—¿Pero ya hablaste con Tom o se lo vas a soltar como sorpresa?— preguntó.

—Oh, él ya lo sabe. Lo hablamos anoche— metí la tarjeta y empecé a marcar —Y está más que apuntado.

—Me flipa que me hagas caso— dice —Pero aún así, tenéis que andar con ojo. Sobre todo él. No vaya a ser que a la Heidi le dé por seguirle y le pille el rollo del hotel, mani. Él tiene que ir con mil ojos.

—Ya, lo sé…— suspiré —Se va a inventar viajes de curro o cosas así. Él se queda en la habitación y yo iré cuando todo esté despejado. Así nadie sospecha, y mientras yo estoy montado encima de su polla, Heidi pensará que él está diseñando algo super artístico— dije, y Adrianne se empezó a partir de risa. Justo entonces, el cajero mostró el saldo y se me iluminó la cara —Mira, mira esto— le enseñé la pantalla —Papá me ha soltado más de lo que pensaba. Se nota que soy su ojito derecho…

—Tu padre siempre te ha dado todos los caprichos, mani. No me sorprende nada…

—Ya ves— reí por lo bajo —¿Te he dicho ya que adoro a mi padre? Es el mejor. Me llevo mil veces mejor con él que con mi madre. Voy a sacar un buen pico, que no quiero ir justo.

—Qué nivel— dijo ella, dejándose caer aún más en la almohada —Ojalá algún día alguien me lleve a un hotel así, para follar sin preocupaciones.

—Cuando seas tan guapa como yo… tal vez.

—Vete a la mierda.

Solté una risa mientras recogía los billetes y guardaba todo. —Pues ya está. Dinero, ganas y cuerpo preparados. Ahora sí, a buscar la habitación perfecta para que Tom se olvide de Heidi, del apellido y hasta del año en el que vive.

—Dale duro. Y si puedes, graba— susurra.

—¡Adrianne!

—¡Qué! ¡Para el archivo! No seas rata.

Negué con la cabeza riéndome mientras salía del banco. —Te llamo cuando esté tumbado en la cama del hotel, mirando al techo como una puta divinidad.

—Y yo aquí, con mis cereales de mierda. Qué injusticia.

—Ya llegará tu momento, reina…

Nos echamos unas risas y, después de despedirme, me subí al coche. El conductor ya sabía adónde llevarme porque Tom le había dado las indicaciones esta mañana. Mi madre no quería dejarme salir porque «podía perderme, que no conoces bien Los Ángeles», así que Tom me mandó con el chófer personal de la bruja.

Iba mirando el móvil, escribiéndole a Evan porque anoche pasé de contestarle. Estaba cabreado hace media hora y ahora, como siempre, ya se le había pasado. Me perdona todo, el pobre.

Suelto un suspiro.

Así vuelve el amor a la gente: haciendo el gilipollas. Yo espero no enamorarme nunca, de verdad. Que Dios me libre del mal, amén.

—Gracias, Jona…— le digo al conductor con una sonrisilla justo antes de bajarme del coche —Ya puedes volver, puede que me tire un buen rato aquí.

—Pero, joven… El señor Kaulitz me ordenó que le esperara— me dice el tío, y yo no puedo evitar soltar una sonrisa y negar con la cabeza. ¿Por qué Tom tiene que anticiparse a todo? Anoche, cuando vino a traerme el plug que me dejé olvidado, le dije que hoy venía a hacer lo que habíamos planeado. Incluso le pregunté cuál era el mejor hotel de todo Los Ángeles, y me apuntó la dirección.

Ahora estoy de espaldas al pedazo de edificio que Tom eligió, mirando a Jona.

—No pasa nada, ya hablaré con mi tío luego. Voy a estar mucho rato por aquí. Quiero ir de compras, igual me paso por el spa… Y además, puede que Heidi te necesite— le contesto con toda la educación del mundo —Cuando termine, te llamo y vienes a por mí.

—¿Está seguro?

Asiento despacito —Sí, tranqui.

—Bueno, pues tenga mucho cuidado.

—Lo tendré…— le digo antes de cerrar la puerta del coche y darme la vuelta para ir hacia el edificio. Por fuera era puro lujo, así que por dentro tenía que ser una fantasía. Las puertas de cristal estaban abiertas y había dos seguratas a cada lado vigilando. Pasé de largo después de soltarles un «buenos días» con tono alegre, y ellos me lo devolvieron con una inclinación de cabeza.

Qué sitio más brutal, joder. El aire fresquito me dio de lleno en la cara, como si me estuviese dando la bienvenida a mi propio templo del exceso. Me quité las gafas con estilazo y me acerqué al mostrador de recepción. Detrás había un chico alto, bien peinadito, con el uniforme impoluto y una sonrisa de esas de manual. En cuanto me vio, se quedó un segundo callado y luego habló:

—Bienvenido al The Horizon, joven. ¿En qué puedo ayudarle?

Apoyé una mano en el mostrador y le solté mi mejor sonrisa. —Quiero una habitación. No, espera… quiero la mejor habitación que tengáis libre ahora mismo.

—Por supuesto— tecleó rapidísimo en el ordenador —Tenemos disponible nuestra Suite Ejecutiva, con jacuzzi, terraza privada y vistas panorámicas de la ciudad. También está la Royal, que incluye acceso al spa, comedor privado, dos habitaciones y servicio 24 horas.

—¿Y cuál de las dos tiene la cama más grande y mejor insonorización?

El recepcionista parpadeó un poco, pero ni se inmutó. Solo me sonrió como buen profesional.

—La Royal.

—Perfecto. Me la quedo por tres noches… o más. Ya veremos.

Él asintió. —Son 5.400 dólares por las tres noches. ¿Va a pagar con tarjeta o en efectivo?

—En efectivo— solté del tirón, mientras sacaba el sobre con los billetes del interior de mi chaqueta. Él alargó la mano, cogió la pasta y empezó a contarla. Entonces me incliné un poco hacia él. —Pero antes de que termines… necesito algo de ti— le dije bajito.

El tipo me miró, un poco pillado.

—Discreción total— añadí, arrastrando bien las palabras —Sé que aquí viene gente de peso: famosos, políticos, peña con secretos… Pues yo traigo el mío. No quiero que se filtre nada. Ni nombres, ni movimientos. Ni una sola palabra.

—Puede quedarse tranquilo, señor. La privacidad de nuestros huéspedes es una prioridad absoluta.

—Ajá, ya, eso está muy bien— dije ladeando la cabeza —Pero tú sabes cómo va esto… siempre hay un listillo que no se puede callar, sobre todo si reconoce a alguien.

Entonces saqué otro fajo, más discreto, y se lo deslicé por el mostrador como quien deja una propina sin hacer ruido.

—Quiero que esta habitación sea un secreto absoluto. Nadie— repetí —absolutamente nadie, puede saber que estoy aquí. Nadie entra, nadie pregunta, salvo yo… y mi invitado. Solo nosotros dos. Si alguien se acerca, si alguien intenta cotillear, ni se te ocurra abrir la puta boca.

El recepcionista tragó saliva, asintiendo despacio.

—Por supuesto. Su privacidad está completamente garantizada…

—William König— solté antes de que me lo preguntara —Regístrame con ese nombre. Y a mi invitado como Thomas König, también.

Sí, ya sé que no soy precisamente un genio inventando alias, pero mira, vale.

—Entendido, señor König. El personal de limpieza, botones o servicio de habitaciones no accederá a la suite sin su autorización— me dijo con una sonrisa medida.

—Mejor aún: que no se acerquen ni a la puerta. Si necesito algo, ya lo pediré. Pero mientras tanto… prohibidísimo.

—Como usted diga. Nadie será informado. Ni siquiera de que la suite está ocupada.

—Perfecto. Escucha… si todo va bien, te daré un pago como este cada fin de mes. Tú no sabes quién soy y no necesitas saberlo. Pero si se filtra algo, si aparece una foto, un comentario, una puta insinuación… se va a enterar quien no debe. Y eso no puede pasar. ¿Me sigues?

Ahora ya más tenso, asintió de inmediato. —Sí, señor. Lo entiendo perfectamente. Nadie sabrá nada. Se lo juro.

—Buen chico. Dame la llave.

Me pasó la tarjeta magnética y sonrió como si acabara de venderle el alma al diablo. —Bienvenido, señor König. Que disfrute de su estancia.

—Créeme… lo haré.

Me di la vuelta con estilo, guardé la llave y me recoloqué las gafas. Caminé hacia el ascensor con una sonrisa que no se me quitaba. Esa habitación ya era nuestra. Solo Tom y yo. Sin ojos, sin oídos. Sin Heidi.

Al llegar, me tiré a la cama con un suspiro y esa sonrisa de idiota feliz. Ahora sí que nada podía joderlo. Alcé la vista… y flipé: había un espejo gigante justo encima de la cama. Abrí los ojos, sorprendido, y en el fondo… me encantó.

Mierda…

Mil imágenes se me vinieron a la cabeza. Verme mientras me dan por culo… joder, qué morbazo.

En ese preciso momento el móvil vibró. Salí del trance y, sin mirar quién llamaba, contesté llevándomelo a la oreja mientras me dejaba caer de espaldas otra vez.

—¿Diga?

—Bill…— oh, es mi padre. Ya sabía que me iba a llamar, y también las razones, así que ni me puse nervioso. De hecho, tenía la excusa perfecta. —Antes de nada, te llamo porque he visto una transacción reciente en la que retiraste diez mil pavos de la tarjeta que te di… explícamelo.

Solté un bufido. —Pa’… ¿me prometes que no te vas a cabrear?— le pregunto, y escucho cómo suspira al otro lado del teléfono.

—Créeme que estoy mentalmente preparado para lo que sea, porque conociéndote, fijo que has hecho alguna compra tocha.

—Es que… cuando fui de compras con Heidi, vi en una joyería un colgante precioso, de diamantes— no es mentira del todo, pero me viene de perlas como excusa —No lo pillé en ese momento porque Heidi iba con prisa y no me dio tiempo. Pero se me quedó la espinita y hoy fui a por él. Pensé que te ibas a enfadar si veías en qué me gasté la pasta, porque pensarías que es un gasto innecesario. Por eso preferí sacar el dinero…— me relamo los labios —¿No te vas a cabrear, ¿no?

—Ay, Bill, ¿qué voy a hacer contigo, eh?— se le escapa una risita —Si sigues así me vas a dejar tieso. ¿Un colgante de diez mil dólares? Joder…— vuelve a suspirar —No me molesta, pero tienes que dejar de tirar la pasta así, hijo…

—Lo prometo, no lo volveré a hacer.

—Por lo menos avísame antes, ¿vale? Que recuerda que tu madre también ve los movimientos de tu cuenta todos los días… y como se entere en qué te has gastado ese dineral, le da un ataque.

Me parto de risa. —Ya veré qué excusa le meto…

—Bueno… ¿y tú qué? ¿Estás bien? ¿Estás cómodo en casa de tu tío Tom?

—Sí— asiento, aunque él no me vea —Mi tío Tom es un cielo, como siempre. Y su… novia, mejor ni hablamos.

—Me alegro, cariño— dice —Si necesitas algo o quieres hablar, ya sabes.

—Claro que sí.

—Venga, hablamos luego…

—Vale, te quiero…

—Y yo a ti, hijo. Un beso a todos.— cuelga, y yo suelto el aire dejando caer los brazos estirados sobre la cama, mirando mi reflejo en el espejo del techo.

—Perdón por mentirte, papá, pero esta movida me obliga…— susurro, encogiéndome de hombros. Busco el contacto anclado de Tom y le marco sin pensarlo mucho. Al tercer tono contesta.

—Hola, Tommie…

—Bebé, ¿todo bien? ¿Necesitas algo?— pregunta enseguida.

—No, no…— rio suave —Solo quería decirte que ya he pillado la habitación del hotel. Tiene todo lo que necesitamos. Es enorme. Y… tiene un espejo en el techo, justo encima de la cama. ¿Te lo puedes creer? Ya quiero que vengas y me folles mientras veo cómo lo haces reflejado.

—Joder… no me digas esas cosas.

—¿El qué?

—Ese tono…— suspira, y yo me muerdo el labio —Solo… no me hables así.

—¿Y por qué no?— le pongo voz de puchero.

—Porque estoy en la oficina, terminando un dibujo que tengo que entregar en menos de una hora. Y tú llamas para distraerme…

—Auch…

—No, no lo digo a malas. Es que si sigues así no aguanto y me planto en el hotel ahora mismo. No podría esperar hasta esta noche…

Sonrío. —Tampoco suena tan mal…

—Bill…

—Vale, vale…— pongo los ojos en blanco —¿Y qué tal lo del embarazo de Heidi? ¿Todo bien? ¿Viste al bebé?

—Mmm… sí, todo bien. Pero no se ve gran cosa, es muy pequeñito aún— me responde —Pero sí, todo salió bien.

—Qué bien… ¿sabes? Me voy al centro comercial a comprar unas cositas para esta noche— llevo el dedo a los labios y lo muerdo, juguetón —¿Te gustan los conejitos?

—Sí…

—Perfecto. Pues nada, te dejo, que si no se me hace tarde y tengo que arreglarme.

Él suelta una risita que me da un escalofrío. Uno que me hace sonreír como un tonto y sentirme todo nervioso.

—Estaré allí a las siete.

—Te esperaré con las piernas… digo, con las puertas abiertas.

—Ponte algo fácil de quitar, ¿vale?

—Lo que tú digas, Tommie…

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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