
Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II
Capítulo 16
Suelto un suspiro bien grande, notando su cuerpo encima del mío. Se ha dejado caer con suavidad y nuestros pechos suben y bajan como locos; el corazón me va a mil, desbocado, y me deja completamente blandito…
Al cabo de unos segundos, se aparta un poco y se acomoda a mi lado en la cama. Me doy la vuelta, dándole la espalda, y él me rodea la cintura con el brazo, metiendo una pierna entre las mías. Su respiración se va calmando poco a poco y la noto cosquilleándome el cuello. Sus dedos recorren mi cintura, dándome unos masajitos suaves que me ponen la piel de gallina. Me flipa. Nunca, después de follar, nos habíamos quedado tanto rato así, por miedo a que nos pillaran. O bueno, simplemente íbamos a lo que íbamos, al placer, y el resto nos daba igual.
—¿Cuánto nos queda?— pregunto, apretándome más contra su pecho, acurrucándome bien porque me encanta el calor que su cuerpo desprende al envolver el mío.
—Ni idea, ¿qué hora es?— responde él.
Me incorporo un poco para coger el móvil de la mesilla. En cuanto lo tengo, vuelvo a recostarme como antes. Enciendo la pantalla y miro la hora en el bloqueo. Son las diez de la noche. Ya tendríamos que estar largándonos… y no me apetece nada.
—Joder…— suspira Tom —Es tardísimo.
—¿Te quieres ir ya?— me giro para mirarle a la cara. Su mano se vuelve a aferrar a mi cintura.
—No…— dice con una sonrisita floja en los labios —Pero conociendo a Heidi, seguro que ya me ha llamado veinte veces.
—Pues apaga el móvil— le suelto, mirando cómo se relame los labios antes de volver a fijar mis ojos en los suyos —Cuando lleguemos, yo le suelto cualquier trola. Me creerá más a mí que a ti.
—¿Ah, sí?— asiento despacio —¿Y qué trola sería esa?
—Yo qué sé, ya se me ocurrirá algo. Soy un maestro del embuste, ¿sabes?— me alejo de él para levantarme de la cama, sin importarme que estoy completamente desnudo. Siento cómo las nalgas me resbalan un poco por culpa del semen que todavía tengo ahí. Camino hacia el tocador, saco dos albornoces del cajón, uno para mí y otro para Tom, y me doy la vuelta para mirarle. Sigue tumbado en la cama, pero con la vista fija en mí.
—Bueno… ¿y si nos tomamos una copita?— le digo mientras me pongo el albornoz.
Me ato el cinturón del albornoz sin muchas ganas, dejando el nudo medio flojo, y le lanzo el otro para que se lo ponga. Me acerco al carrito de antes, vuelvo a llenar las copas de champán, y regreso con paso lento, contoneando bien las caderas, con una sonrisa traviesa en los labios.
Le paso su copa cuando termina de vestirse, y me siento en la cama a su ladito.
—¿Ya hablaste con la abuela sobre lo del matrimonio?— le suelto.
Tom da un trago y niega con la cabeza, despacito.
—No le he dicho nada aún, pero lo haré. Primero tengo que hablarlo con Heidi, y luego ya con ella y con los demás…
—Cuando se lo digas a Heidi seguro que se pone como una loca— murmuro para mí —O sea, me da un poco igual, la verdad, pero… está embarazada.
Se me había olvidado ese detallito. Y recordarlo me ha dejado bastante chof.
Tom va a ser padre… ni siquiera me había parado a pensar en la responsabilidad que conlleva eso. Tendrá que hacerse cargo del crío, criarlo junto a Heidi porque, al fin y al cabo, es su pareja… y yo solo soy el amante en esta historia. El que perfectamente puede quedarse fuera por culpa del mocoso ese que está creciendo en la panza de la bruja. Pero, ¿qué puedo hacer yo? Ni siquiera tengo el valor de hacer algo para que ese embarazo no llegue a término. Para que tenga un aborto espontáneo… uno que parezca natural, pero que haya sido provocado por algo…
No soy capaz de llegar a tanto.
—En fin…— suspiro, no me mola nada mostrarme vulnerable. Ni siquiera sé por qué me siento así. A estas alturas tengo un batiburrillo de emociones que no entiendo —No te vas a casar, ¿no?
—Ya te lo dije— responde con una risilla —.
No me voy a casar, no es lo que quiero…
Asiento despacio. —Bueno, ¿y cuándo se lo vas a decir?
—Cuando llegue el momento, bibi…
—Si piensas así, nunca va a llegar ese momento— suelto con tono serio. No sé por qué me ha dado por sacar este tema ahora, pero lo veo importante. —Está embarazada, seguro que tiene toda la ilusión del mundo de casarse contigo, y soltarle eso ahora puede destrozarla. Así que dime, ¿cuándo piensas contárselo? ¿Después de que tenga al crío?
Tom bufa. —No lo sé, Billie… de verdad que no lo sé— me dice —Ojalá todo fuera más fácil. Mejor aún, ojalá esto no estuviera pasando… pero no puedo hacer nada para cambiarlo.
—¿Y por qué coño tenías que dejarla embarazada?
—Ni lo tenía planeado ni nada— responde, resignado —Créeme, pasó una noche que iba pedo perdido. Por un maldito descuido ahora voy a ser padre, y no es como si pudiera volver atrás y evitarlo— bebe un trago más y deja la copa en la mesilla —No me hace ni puta gracia, al contrario… es un marrón. Billie, yo nunca quise tener hijos. Son una responsabilidad enorme. Necesitan cariño, atención… y yo no tengo tiempo para eso.
Chasqueo la lengua, dando un sorbo también a mi copa de champán. —Te van a meter presión y acabarás casándote…
—No pienso dejar que pase.
—Vas a estar tan jodidamente agobiado que no vas a tener escapatoria— le suelto —Ahora dices que no, pero cuando empiecen a darte la tabarra todos los días, diciéndote que es lo correcto, que es tu responsabilidad, que el niño necesita una familia unida, que no se puede criar con los padres separados porque le afectará en el futuro… cuando estén así todo el rato, vas a acabar harto, y lo harás.
Él me mira directo a los ojos. Tiene la mirada apagada. Está hecho polvo mentalmente, lo sé. Sé que todo este rollo de ser padre le ha reventado los planes, que no va a poder darle al niño el tiempo que necesita. Seguro que le da miedo ser un mal padre, meter la pata, hacerlo todo fatal…
—Yo… puede que esté intentando mentalizarme para eso— susurra.
Suelto un suspiro. —Lo siento…— murmuro —No sé por qué he sacado este tema… mejor hablamos de otra cosa, ¿vale?
Mi tío asiente con la cabeza. —¿Qué tal te han ido los parciales?— me pregunta.
—Hace unos meses me apunté para hacer esos exámenes y conseguir plaza en la mejor uni de Londres— le cuento —¿Te dije ya que mi madre quiere mandarme allí a estudiar? Dice que en Alemania hay gente que me distrae.
Tom suelta una risilla por la nariz. —Tu madre me comentó algo de eso— me dice —Tiene sus motivos para quererte lejos.
—Sí, ya… pero yo no quiero irme— susurro —Estudiar para llevar las empresas de mi padre me va a tomar años, y no quiero estar tanto tiempo lejos de Adrianne. Es mi mejor amiga, bueno, más que eso… es como la hermana que nunca tuve.
—Pero os veréis en vacaciones…
—¿Tú sabes que solo dan un mes de vacaciones?— murmuro —La universidad a la que mi madre quiere que vaya es super estricta, solo dan vacaciones en diciembre, y eso porque son fiestas familiares. Es como un internado… seguro que hasta me obligan a cortarme el pelo, y yo adoro mi pelo largo. Además, me tocará llevar uniforme, uno espantoso, y mil reglas más que ni me acuerdo.
—¿Y a cuál quieres ir tú?
—Ni idea— resoplo —Es un lío.— me termino lo que me queda de champán en dos tragos largos y suelto el aire con fuerza. —Quiero emborracharme de verdad— suelto.
—Oh no— Tom me quita la copa de la mano y la deja junto a la suya —No voy a llegar a casa contigo borracho, ¿quieres que tu madre me suelte una bronca?
—Tengo dieciocho— le recuerdo, haciendo una mueca con los labios.
—Ya, pero tu madre es… bueno, tú ya sabes cómo es.
Me río bajito. —¿Entonces qué? ¿Con qué puedo distraerme un poco?— le pregunto mirándole. Desvío la mirada de sus ojos a su entrepierna. Él arquea una ceja. —Creo que ya he encontrado en qué ocuparme…
—Bill…
—Será rápido, Tommie…
—Tenemos que irnos, es muy tarde y…— en ese momento suena su móvil. Suspira, frustrado, y empieza a buscarlo en el bolsillo del pantalón que sigue tirado por el suelo. Lo coge, se sienta otra vez a mi lado y contesta —Hola, cariño.
Hago una mueca con los labios.
—Lo sé, dije que no tardaría pero…— Heidi ya le está echando el sermón de siempre. Tom frunce el ceño y se tensa. Se le empieza a notar el mal humor, así que decido calmarlo… a mi manera. Me levanto y me siento sobre sus piernas. Él rodea mi cintura con el brazo libre.
—Por favor, no empieces…— le dice a ella.
Escondo mi cabeza en su cuello y comienzo a lamer la piel de la curvatura, pasándola hasta llegar a su oreja y morder el lóbulo. Dejo besos por su sien, mejilla, hasta llegar a sus labios. Lo tomo por las mejillas con una sola mano y paso mi lengua por sus belfos para luego atrapar el inferior con mis dientes y jalar lentamente. Tom se deja llevar por las cosas que le estoy haciendo y su mano, donde tiene el móvil, va callando lentamente y sin ver lo pone en manos libres.
—Estoy tan cansada de lo mismo. Me dijiste que ibas a hacer algo y volvías, ¿cual es la demora?— la voz enojada de Heidi me hace querer reír, sin embargo, aprieto mis labios para evitarlo.
Mierda, la demora soy yo.
—Sabes que te necesito, ahora más que nunca Tom. Me siento débil por el embarazo, tengo antojos, cambios de humor en los que solo pido que me des un poco de atención; ¿tan difícil es?— bajo mis manos por el medio de él y yo y voy desatando el nudo para dejar al descubierto su miembro semi duro. —Tom, te estoy hablando.
—Perdón…— dice.
—¿Perdón? ¡¿es lo único que dirás?!
—Estoy ocupado, en serio. Llegaré en un momento…
—No, yo te quiero aquí ya, Tom. ¡ya!— exclama colérica.
Desato mi albornoz y empiezo a frotar mi entrepierna contra la suya, rozando piel con piel, sintiendo su erección endurecerse al ritmo del roce. Al principio me muevo lento, disfrutando cada segundo de esa fricción caliente, pero el placer me va consumiendo y acelero sin pensar, jadeando cada vez más cerca de su boca.
Tom me mira directo a los ojos, como si el resto del mundo no existiera, mientras yo gimo entre exhalaciones húmedas que chocan contra sus labios entreabiertos. Nuestros cuerpos se rozan sin tregua, nuestras erecciones resbalan una contra la otra con cada movimiento, húmedas, tensas, desesperadas.
—¡¿Me estás escuchando?!
La voz chillona de Heidi interrumpe el momento, pero Tom ni parpadea. —Hablamos después, Heidi— dice sin mirarle al móvil y cuelga con los ojos clavados en mí.
Yo sonrío al verlo tirar el móvil a un lado de la cama. Me sujeta de la cintura con fuerza, y empieza a mover mis caderas contra él con un ritmo firme y demandante, marcando el compás con las manos en mi piel.
—No pares— le susurro —Frótate más fuerte conmigo.
Y él lo hace. Nuestros sexos chocan una y otra vez, calientes, húmedos, duros. Cada embestida de nuestras caderas me arranca un gemido más profundo, más necesitado. Estamos tan cerca, tan tensos, que basta una mirada más, un roce más preciso, para que el orgasmo nos sacuda al mismo tiempo, desgarrándonos por dentro con una oleada de placer que nos deja temblando.
El orgasmo me deja sin fuerzas, casi deshecho sobre él. Mi pecho sube y baja con violencia mientras intento recuperar el aliento, aún montado sobre sus caderas. Su piel arde bajo la mía, y nuestros sexos, pegajosos, siguen tocándose, ahora con la sensibilidad a flor de piel.
Tom pasa sus manos por mi espalda, despacio, como si quisiera memorizar cada curva, cada parte de mí. Me aprieta contra su pecho y hunde la cara en mi cuello, aspirando fuerte.
—Hueles a mí— murmura con voz ronca —Me encanta cómo hueles después de correrte.
Eso me arranca un suspiro tembloroso. No solo por lo que dice, sino por cómo lo dice. Con deseo, pero también con una necesidad casi animal.
—Deberías estar hablando con ella…— le susurro, casi sin fuerza, mientras paso mis dedos por su cabello húmedo.
—¿Y perderme esto? Ni loco.
Me da la vuelta de repente y quedo bajo su cuerpo. Sus labios bajan por mi cuello, marcando un rastro húmedo de besos, y cuando llega a mi pecho, se detiene y chupa una de mis tetillas hasta hacerme gemir otra vez.
—Aún no he terminado contigo— dice con una sonrisa torcida, sucia, hermosa —No me basta con sentirte encima. Ahora te quiero temblando debajo.
—¿Vas a hacerme venir por tercera vez?— pregunto entre risas suaves, aunque mi cuerpo ya vuelve a reaccionar.
—No— contesta, bajando más, directo hacia mi abdomen, lamiéndome el ombligo con descaro —Esta vez voy a comerte hasta que no puedas decir mi nombre sin gemirlo.
Y no miente.
Cuando su boca llega entre mis piernas y siento el calor húmedo de su lengua devorándome, todo pensamiento se apaga. Solo existimos él, yo… y el deseo insaciable que no nos deja respirar. Su lengua me lame lento al principio, saboreándome como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo arqueo la espalda y me aferro a las sábanas, gimiendo con la boca entreabierta, completamente entregado a lo que me está haciendo. Me devora como si le perteneciera… y lo peor es que me gusta. Porque sí, soy suyo.
—Dios… Tom— susurro, retorciéndome bajo su boca —Me estás volviendo loco…
Él levanta la mirada con los labios húmedos, brillantes por mis fluidos. Me dedica una sonrisa perversa, de esas que derriten cualquier voluntad. —Ese es el punto, amor.— dice —Que no puedas pensar en nada más que en mí. Que te quede claro quién te hace gemir así.
Se inclina sobre mí y me besa, profundo, con la lengua invadiendo mi boca mientras sus dedos bajan mintiéndolos en mi entrada y me abren con facilidad. Ya estoy tan preparado, tan desesperado, que solo su roce me hace estremecer. El gemido que escapa de mis labios es puro instinto.
—¿Quieres que te lo meta de nuevo, bebé?— susurra en mi oído, ronco, con esa voz suya que me rompe por dentro.
Asiento, jadeando. —Sí… sí, por favor. Hazlo.
Y él obedece. Con una sola embestida, entra en mí, lento pero firme, llenándome por completo. Ambos soltamos un gruñido al sentir cómo encajamos, piel con piel, carne con carne. Me abraza de golpe, apretándome fuerte contra su pecho. —Joder…
Empieza a moverse, marcando un ritmo profundo y delicioso. Cada estocada es una mezcla de placer y locura. Me mira a los ojos mientras me folla, como si le encantara verme perder el control. Y yo me lo dejo quitar todo.
—Mírame— me ordena con la voz rota por el placer —No bajes la mirada. Quiero verte cuando te vengas.
Sus caderas chocan contra las mías, y su pelvis me hace vibrar cada vez que roza justo donde más lo necesito. Grito, literalmente, cuando me agarra de los muslos y los abre más, entrando en mi culo con más fuerza, más salvaje. —¡T-Tom!— grito su nombre sin vergüenza, temblando, tan cerca que ya ni sé dónde termino yo y empieza él.
—Eso es… dámelo todo, bebé.
Y cuando llego, es como explotar por dentro. Me sacude un orgasmo tan brutal que me deja sin aire. Mi cuerpo se tensa y luego se suelta completamente, derramándome entre nuestros cuerpos mientras él sigue, implacable, hasta correrse dentro de mí con un gruñido gutural que vibra contra mi cuello.
Se deja caer sobre mí, sudando, jadeando, con el corazón retumbando en su pecho. Nos quedamos así, piel con piel, respirando el uno sobre el otro, conectados aún.
—Me encanta esta carita que pones— me dice, sin pensarlo, como un suspiro que se le escapó.
Ay, joder.
Continúa…
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