
Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II
Capítulo 2
En cuanto llego a casa, con el corazón dándome botes en el pecho y una mala hostia que no me cabe en el cuerpo, toco a la puerta y una de las sirvientas me abre. Va a saludarme como siempre, con esa inclinación de cabeza y su típico «joven Bill, adelante», pero ni la miro, paso de largo.
Cruzo el vestíbulo a toda leche y echo a correr en cuanto pongo un pie en el primer escalón de la escalera. He dejado a Adrianne plantada con un «¿Cómo que se casa, tío?», a medio decir, y solo me he levantado para pillar un taxi y venirme directo, sin hacerle caso a cómo me gritaba ni responderle a las llamadas ni a los mil mensajes que me dejó. Y es que, ¿cómo quiere que me quede tranquilo si me acaban de soltar semejante bomba en toda la puta cara y me he quedado en shock? Jamás me imaginé algo así. ¿Él? ¿Boda? ¿Con la bruja esa? ¿Compromiso? Pero, ¿por qué, cojones?
¿A santo de qué se va a casar con ella? Esto no puede estar pasando, joder.
Me planto frente a la puerta de la habitación de mi madre. Cabe aclarar que en los últimos meses decidió cambiarse de cuarto para dejarles los de abajo a las sirvientas, así se quedan aquí y no tienen que ir y venir cada día en autobús. Su nueva habitación está justo donde antes dormía Tom. Respiro hondo para calmarme un poco y levanto la mano, tocando dos veces con el puño cerrado.
—Adelante…— escucho decir a mamá. Me relamo los labios y abro la puerta despacio. Está de espaldas, inclinada sobre la cama con una maleta abierta y ropa por todas partes.
—Malhya, ¿puedes traerme la caja con las joyas que tengo en el to…?— dice mientras se da la vuelta. Se queda en silencio al verme y luego sonríe —Ay, cariño, eres tú. Pensé que eras Malhya. Me está ayudando a hacer la maleta.
—Ya… pues es su trabajo, ¿no? Para eso le pagáis— solté con toda la obviedad del mundo. Mamá ladeó la cabeza con esa mirada de «¿ya estamos otra vez?» Y antes de que soltara nada, me adelanté —He venido lo más rápido que he podido— empecé a decir mientras caminaba hasta la cama y me sentaba en el borde. Se me notaba la ansiedad a leguas —He dejado tirada a mi amiga solo para que me expliques qué coño es eso de que mi tío se casa…
—Oh…— mamá soltó una risita suave. Me inquietó que pasara de enfadada a contenta en un segundo, pero tampoco le di muchas vueltas
—Es que Heidi está embarazada, ¿no lo sabías?
Me quedé callado. Por fuera intenté mantenerme tranquilo, pero por dentro mi cabeza era una puta ruleta rusa. ¡¿Que está embarazada?! ¡¿Pero cómo?! ¡¿Cuándo ha pasado eso, joder?! A pesar del caos mental, mi cara seguía neutra. Mamá me miraba raro, supongo que porque me quedé en blanco un buen rato. O quizá fueron segundos, pero como si fueran minutos. Y encima, ni respiraba. Me había olvidado hasta de eso. Estaba conteniendo el aliento.
—¿Bill?— chasquea los dedos delante de mi cara y reacciono al momento, parpadeando con los ojos secos —¿Estás bien, cielo?
—Eh, a-ah… sí, ya sabes…— una excusa, Bill, ¡rápido! —Me ha pillado por sorpresa. ¿Desde cuándo lo sabes?
—Mhm… hace un rato. Mi madre me ha llamado porque Tom le dio la noticia. Por lo visto, Heidi lleva semanas sintiéndose mal y pensaban que era cualquier cosa. Pero hoy se ha desmayado en la agencia y la llevaron a una clínica. ¡Resulta que tiene un mes de embarazo y ni idea! Ni siquiera Tom lo sabía. En cuanto se enteró, llamó a mamá y bueno… ella me lo ha contado todo. ¿No es genial?
No.
—Ah, uff… sí, qué bien— respondo con una risa floja, sarcástica. ¡Claro que no es genial! ¡Es una mierda! —Entonces, ¿se enteró de que la bru- Heidi está embarazada hace unas horas y ya quiere casarse con ella? Qué rapidez— intento bromear, pero estoy tan cabreado que no me sale nada natural. Aun así, mamá no me hace ni puto caso, está demasiado ocupada metiendo ropa en la maleta.
—No, no, cariño. Aún no le ha pedido matrimonio…
¡¿Pero qué cojones?!
—Me dijiste que se casaba…
—Sí, porque se va a casar— suspira —O sea, todavía no le ha pedido matrimonio, pero tiene que hacerlo. Es la tradición en la familia. Y más allá de eso, es su obligación, debe casarse antes de que nazca el bebé, para que crezca con sus padres juntos.
—¿Y eso dónde lo pone? ¿En la Biblia?— suelto, cruzándome de brazos —¿Acaso no era suficiente con escribir en ese libro que dos hombres no pueden ni mirarse sin que sea una «abominación»?
Mi madre se queda quieta un segundo, me lanza una mirada que no termino de entender, pero no dice nada. Así que sigo.
—¿Qué más quieren? ¿Que nos quemen vivos? ¿Que nos apedreen? ¡Ah, claro! Eso también lo dice el Antiguo Testamento, ¿no? «Si un hombre se acuesta con otro como con una mujer, ambos han cometido una abominación… deberán morir», o algo por el estilo. ¡Qué conveniente!
Suelto una risa amarga.
—Y ahora, como Heidi tiene una semillita plantada en el útero, mi tío Tom tiene que atarse a ella para siempre… por la tradición, por la «sagrada familia»… por todo el mundo, menos por él mismo.
Simone deja de doblar la ropa y cierra la maleta de un golpe seco. Suspira hondo antes de darse la vuelta. La conozco. Esa es su forma de prepararse para soltar algo «maduro y con lógica».
—Bill, escúchame, por favor— dice con esa voz calmada que siempre pone cuando cree que estoy siendo dramático —No se trata de esclavitud ni de hacer las cosas «porque sí». Esto… esto siempre ha sido así en nuestra familia, y en muchas otras. Cuando hay un niño en camino, lo correcto es que los padres estén juntos, casados, comprometidos. Es una cuestión de responsabilidad, de compromiso con el crío, no solo con la pareja.
—¿Responsabilidad? ¿Te parece responsable meter a alguien en una relación que no ha elegido solo porque una prueba ha dado positiva?— respondo sin poder evitar alzar la voz.
—No es solo una prueba positiva, cariño. Es una vida. Un niño que va a nacer, que va a necesitar estabilidad. Un apellido. Una familia que le enseñe valores, que le dé un hogar.
Pongo los ojos en blanco y vuelvo a cruzarme de brazos. —Claro, porque nada dice «hogar estable» como un matrimonio montado a toda prisa. Todo muy sano, sí.
—No te burles— responde firme, aunque sin perder la compostura —No digo que sea perfecto, pero es lo que se espera. Y no solo por tradición. También está en las Escrituras, aunque tú no quieras escucharlo. El Antiguo Testamento lo deja bien claro respecto a los hijos fuera del matrimonio. ¿Sabes lo que les pasaba a las mujeres embarazadas sin estar casadas en aquella época?
No, y tampoco me importa.
—Eran rechazadas, humilladas… a veces incluso apedreadas. Y aunque hoy en día no se haga eso, todavía pesa. Todavía hay juicio. Y él, Tom, forma parte de esta familia, tiene que asumir su papel. No es solo su deber como hombre, sino como futuro padre.
Patrañas.
—¿Y si no la quiere?— pregunto en voz baja, aunque por dentro estoy ardiendo —¿Y si su corazón está en otro sitio? ¿Eso no cuenta?
Mi madre me mira fijamente. Por un momento parece que va a decir algo, pero se lo traga. —A veces, Bill, el amor se construye con el tiempo. A veces no se trata de lo que uno desea, sino de lo que toca hacer. Hay que tener coraje para eso.
La miro, y de repente todo me parece tan jodidamente injusto que me dan ganas de gritar. Pero no lo hago. Porque ya me sé este diálogo. No es nuevo. Es el mismo sermón de siempre, con otras palabras. Antes de que pueda soltarle otra cosa, la puerta del cuarto se entreabre y entra, seguramente, Malhya, la sirvienta. Lleva otra maleta, pero se nota que está vacía porque la arrastra sin esfuerzo.
—Señora Simone, esta era la que faltaba. Karen me dijo que aún quedan varias cosas en el cuarto del joven Bill sin empacar— informa con su tono amable de siempre.
—Gracias, Malhya. Déjala aquí— le responde mi madre con una sonrisa suave, y luego se gira hacia mí —Bill, cielo, escúchame. Como te dije por teléfono, nos vamos a Los Ángeles.
—Qué ilusión…— murmuro con sarcasmo.
—Voy a ayudar a mi cuñada con todo: el embarazo, el proceso, los preparativos, lo del matrimonio… Quiero estar ahí en cada paso, como es debido. Y tú vienes conmigo— dice con ese tono maternal que no deja espacio a réplica —Karen ya te ha preparado las maletas, como has oído. Solo tienes que arreglarte. Nuestro vuelo sale en tres horas.
Me quedo en silencio unos segundos, pero por dentro… algo se enciende. Algo pecaminoso, oscuro… deliciosamente incorrecto. Me siento como el Bill de hace dos años, cuando tenía dieciséis…
«Perfecto», pienso. «Voy a impedir esa boda».
Asiento con una sonrisa contenida que mi madre confunde con obediencia, pero que en realidad es pura malicia. No voy a Los Ángeles por apoyo familiar ni por amor a la tradición. Voy porque tengo algo pendiente con Tom. Algo que ni la barriga de Heidi ni el anillo más brillante podrán borrar. Porque si alguien va a marcar su destino, ese voy a ser yo.
Puede que él sea mi tío. Puede que todo esto sea sucio, prohibido, enfermizo. Pero si ya tengo reservado mi asiento en el infierno, al menos que sea en primera clase.
—¿Y papá?— pregunto con fingida naturalidad mientras me acerco a la puerta.
—Tu padre no podrá venir— responde mi madre mientras empieza a doblar unas camisas —Hay problemas en la empresa que necesita resolver. Iremos solo tú y yo.
Me encojo de hombros. Mejor. Menos moralina en el ambiente. Más libertad para hacer lo que tengo que hacer. Porque esta boda no se va a celebrar. No mientras yo siga respirando.
Salgo de la habitación cerrando la puerta tras de mí con un suave clic. El pasillo está en silencio, salvo por el sonido de mis botas golpeando contra la madera. Mis pensamientos van a mil por hora. La momia, el bebé, la boda, mi madre con su discurso de familia perfecta… y Tom, claro. Siempre Tom.
Entonces vibra mi móvil en el bolsillo de la chaqueta, acompañado de esa musiquilla irritante que puse solo para saber cuándo era ella. Lo saco con calma, y al ver el nombre en la pantalla, resoplo con una sonrisa torcida. Es Adrianne.
Descuelgo y me llevo el móvil a la oreja.
—¡Maldito seas, Bill!— grita su voz furiosa al otro lado —¡¿Cómo puedes largarte así como si nada?! ¡Me dejaste preocupada!
—Ay, por favor— me río mientras me apoyo contra la pared —Solo fueron veinte minutos. Tampoco me alisté en el ejército.
—¡Estábamos tomando cóctel! ¡Cóctel de frutas tropicales, Bill! ¡Y te fuiste como si te hubieran encañonado! ¿Qué te pasó? Al final no me contaste bien el cotilleo…
Suspiro, aunque en el fondo me divierte su histeria. Siempre le ha costado entender mis impulsos repentinos.
—Venga, te lo cuento desde el principio, que tienes más belleza que luces— ella se ríe —Ha pasado algo rollo: emergencia de nivel «boda forzada con embarazo incluido». No podía quedarme ahí saboreando piña colada mientras me informaban de que Tom va a casarse con la lechuga marchita.
—¡¿Qué?!— chilla, y tengo que apartarme el móvil del oído —¿Estás hablando en serio?
—Completamente— respondo mientras camino por el pasillo hacia mi habitación —Así que… adivina quién se va a Los Ángeles a impedir una boda— susurro para que nadie me oiga.
—No… no me digas que tú…
—Exacto. Vuelo en tres horas. Tengo las maletas listas, los pecados en el bolsillo y una misión divina. Tom Kaulitz no va a cometer esa estupidez si yo puedo evitarlo.
Adrianne se queda callada unos segundos. —Dios mío, estás como una cabra. ¡Ha vuelto mi Billie de siempre y se ha largado el aburrido que nació hace un año y tres meses!
—Desgraciada.
—Joder, esto es una locura.
—Lo sé— sonrío, con un brillo peligroso en los ojos —La locura forma parte de mí, y de ti también. Ya es hora de volver a mis viejas andanzas, esas que dejé de lado por culpa de la amenaza de mi madre.
Mi madre me amenazó hace un año y pico con meterme en un internado donde, según sus palabras, me educarían a golpes si hacía falta. Todo por meterme otra vez en líos con la zorra de Jackeline. Nada del otro mundo: ella se metió conmigo y yo le contesté. La humillé con palabras, dándole justo donde más le dolía, porque así soy yo, y esa es una de mis virtudes. Aunque claro, eso acabó en gritos, luego en empujones, y de ahí a los puñetazos. Resultado: ¡boom! Expulsión permanente del colegio.
Mi padre tuvo que mover cielo y tierra para que me aceptaran en otro instituto y pudiera terminar la secundaria y la prepa. De ahí vino la amenaza de mi madre, y bueno… me acojoné un poco, no voy a mentir. Hasta me contó cómo era ese maldito internado. Me dejaría encerrado allí, y yo no quería eso, así que me obligué a cambiar. Al menos un poco. Volverme más «humilde».
Aunque ya le dejé claro que no espere milagros. Porque me conocen, porque saben cómo soy y los he decepcionado tantas veces que ya les había advertido. Soy una persona soberbia, y no me quejo. Soy así y así me quedo.
—¿Y qué se supone que va a pasar con la gala de la escuela de arte, eh?— reclama Adrianne al otro lado, indignada otra vez, sacándome de mis pensamientos —¡Se suponía que íbamos juntos, Bill! ¡Juntos! ¡Como lo planeamos!
La escuela de arte es una actividad que ofrecieron en la prepa. Como cada quien va a tomar su rumbo hacia la uni, quisieron hacernos una despedida. Y como Adrianne movió cielo y tierra para que sus padres la cambiaran de instituto y poder estudiar conmigo, como tenía que ser, habíamos planeado todo para la gala final.
Me detengo frente a la puerta, poniendo los ojos en blanco con fastidio, aunque por dentro entiendo su enfado. No puedo culparla, pero tampoco puedo ignorar lo que siento.
—Lo sé, Adrie… pero no puedo quedarme. No ahora.
—¡Ah, claro! Porque impedir una boda es más importante, ¿no?
—Sí— respondo sin filtros —Porque no es una boda cualquiera. Es su boda. Y si alguien va a impedirla… ese soy yo.
Ella guarda silencio unos segundos, luego suelta un suspiro resignado. —Está bien, maldito egoísta sentimental— masculla —Voy a ir a tu casa cuanto antes. No pienso dejar que te largues así sin despedirte. Quién sabe cuánto tiempo estarás en Los Ángeles… y yo no pienso quedarme con este nudo en el pecho.
—Te esperaré— digo con una leve sonrisa mientras empiezo a girar el pomo de la puerta para entrar en mi habitación —Pero date prisa. El reloj corre.
—Estoy en camino.
Cuelgo antes de que diga algo más, empujo la puerta de mi cuarto y entro. Todo sigue igual, salvo por las maletas a medio cerrar. Camino hasta la cama, me dejo caer sentado en el borde y me quedo allí, mirando al frente en silencio.
Suspiro.
Hay algo dentro de mí que no me deja estar en paz. Y no es solo la boda… es todo lo que no se ha dicho. Todo lo que se ha hecho. Todo lo que nos ata.
No voy a permitir que se case, joder. Sobre mi maldita y hermosa futura tumba.
Continúa…
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No puede ser, un embarazo 😰😰