Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II

Capítulo 23

Después de ese momento raro, lleno de sensaciones chungas que se me movían por dentro y que intentaba ahogar sin mucho éxito, tras ese cruce de miradas tan rápido, decidimos seguir con el paseo e ir a la tienda a la que dijo que me llevaría, aunque ya ni me acuerdo de cuál era.

Mientras andábamos íbamos hablando de esos recuerdos nada agradables de mi infancia que prácticamente tenía borrados. Una vez escuché que el cerebro hacía esas jugadas para evitar traumas… y creo que es verdad. Lo vi en alguna de mis clases del insti, con una profe de esas que no tragaba. Tom estaba consiguiendo que me sintiera de una forma bonita, como en calma, en paz… algo que no me pasaba desde hacía siglos, porque desde que empecé con la adolescencia me dio por ir a fiestas, pillar pedos y usar el alcohol como vía de escape para sentirme libre, como si no existieran otras formas de llegar a eso.

—Me mola ver que ahora ya nada de eso te afecta— me suelta, con una sonrisa sincera —Pero a la vez me preocupa…

—¿Y eso?— pregunté, mientras sostenía el botecito que había comprado en uno de los puestecillos del parque.

Metí el aro en el líquido y soplé despacio. Enseguida un montón de burbujas salieron volando; algunas se elevaron, otras explotaron en el acto. El aire estaba tan fresco que cada vez que soplaba y me daba en la cara me sacaba una sonrisa sin querer.

Tom me miraba con esa cara suya de medio flipado, medio divertido, como si no entendiera qué coño hacía yo jugando con burbujas en medio del camino.

—¿Qué pasa?— solté, encogiéndome de hombros mientras soplaba otra vez y veía cómo una burbuja gorda reventaba justo encima de su gorra.

—Nada…— contestó, riéndose —Solo que no me imaginaba que te ibas a entretener con eso.

Puse los ojos en blanco, pero me salió la risa floja mientras volvía a mojar el aro en el botecito. —Lo que tú digas… ¿me vas a responder, Tommie?

—Bueno…— se recolocó la gorra con calma —Me preocupa que hayas creado como una especie de escudo contra todo eso. Y encima… nunca fuiste a un psicólogo ni nada parecido.

—Tom, no es como si estuviera traumado.

—Yo creo que sí— replicó, mirándome de reojo, serio —Porque si no, no te seguiría pesando hablar de lo que te hicieron.

—Oh, créeme. A mí eso no me afectó, en serio…— le contesté rápido, soplando otra vez después de mojar el aro. Una burbuja enorme salió disparada y se reventó en el aire. Me quedé mirando el agua del fondo del bote, como si ahí fuera a encontrar la excusa perfecta.

—¿Y entonces cómo explicas la cara de tristeza que tenías?— insistió. Solté un suspiro pesado, casi de rendición, odiándole un poco por tener razón. —¿Lo ves?— siguió él, ahora con una sonrisa leve que no quitaba lo serio de su tono —Sabes que no me lo invento. Eso es lo que intento decirte: ya no eres un crío, pero todo lo que viviste sigue ahí, guardado en tu cabeza.— me dio un par de toquecitos suaves en la frente con el dedo, como señalándome el punto exacto del dolor. Bajó un poco la voz —Puede que hayas aprendido a cubrirte, a ponerte esa coraza de «me la suda todo», a soltar sarcasmos y hacer ver que nada te afecta… pero eso no significa que por dentro no haya quedado algo… roto.

Sentí un nudo en la garganta que disimulé soplando otra vez el aro.

«Roto… roto mis cojones», pensé, apretando los labios.

Yo no estoy roto, coño. No necesito un psicólogo ni a Tom dándome clases de psicología barata. Eso pasó hace años, ya está olvidado. Sí, vale, a veces me viene a la cabeza y toca los cojones… pero no significa nada. Nada. Apreté más fuerte el botecito entre mis manos y forcé una sonrisa torcida.

—Exageras…— murmuré, intentando sonar seguro, aunque por dentro sentía que cada palabra suya me estaba entrando como jodidas agujas.

—No hay manera contigo— rió bajito, negando con la cabeza —Algún día te llevaré con un especialista, a ver si consigue descifrarte.

—Sí, lo que tú digas…— respondí, ya cansado del temita, y le puse el aro delante de la boca a cierta distancia —Sopla.

Lo pedí con voz de crío ilusionado con las burbujas. Mi tío soltó otra risita de esas que me desmontan y sopló despacio. Del aro salieron varias burbujas que subieron un poco y explotaron en el aire. Otras cayeron más lentas hasta reventarse en el suelo.

—Otra vez.

No protestó, lo hizo y punto. Así seguimos un rato, como dos gilipollas, entretenidos con las burbujas en medio del parque, hasta que acabamos la caminata y llegamos al centro comercial.

Fue ahí cuando Tom me señaló una tienda en concreto. El letrero era enorme, con letras doradas que decían «Luz de Luna». Desde fuera se veía un escaparate lleno de velas raras, atrapasueños, piedras de colores, pulseras tejidas, hasta figuras de dioses que parecían sacados de pelis antiguas. Me quedé un segundo parado, frunciendo el ceño.

—¿Esto es lo que querías enseñarme?— pregunté, incrédulo, mirando la entrada como si estuviera ante un museo de cosas raras.

Tommie asintió.

—Joder… ¿esto qué es, una tienda de souvenirs para guiris que quieren ir de indios o de hippies o algo así?— pregunté con una mueca, porque en serio no entendía qué coño pintaba yo allí.

Tom solo rodó los ojos y me tiró de la mano para entrar. —No, bebé. Ya te dije qué cosas venden aquí— me suelta —Mira lo que quieras y lo que te mole lo coges, que yo lo pago…

Me salió una sonrisilla, aunque intenté disimularla. Tengo que admitir que había cosas guapísimas. Collares con piedritas de colores, pulseras que parecían hechas a mano, anillos de plata con símbolos raros, lámparas de sal que brillaban de forma hipnótica y hasta péndulos colgando del techo, moviéndose con nada que soplara el aire. Me probé mentalmente tres cosas en cero coma: un collar de piedra negra que me quedaría de puta madre, una pulsera de esas que seguro me daba rollo y los anillos… joder, los anillos eran totalmente mi estilo.

Estaba tan flipado mirando todo, con los ojos como platos, que ni me fijé en la señora que se acercaba hasta que casi la tuve encima.

—Bienvenidos a Luz de Luna— canturreó una voz femenina.

Me giré y me encontré con una mujer que parecía sacada de un cuento. Una gitana con el pelo larguísimo y negro, mechones plateados cayéndole sobre la frente, piel morena, ojos pintados en kohl que le daban un aire misterioso y un vestido lleno de telas color vino y púrpura, con collares tintineando en el pecho. Sus manos estaban llenas de anillos y, cuando movía los brazos, sonaba como una feria ambulante.

—Soy Seraphine, y esta es mi humilde tiendecita. Aquí vais a encontrar de todo: amuletos para atraer la buena suerte, collares para reforzar la energía, cuarzos que equilibran las emociones, inciensos que limpian el alma, pulseras de protección y hasta aceites para abrir los caminos…— hablaba tan rápido y con tanta emoción que parecía una de esas comerciales pesadas que no te dejan marcharte hasta que les compras algo.

Tom sonrió como si la conociera de toda la vida. —Hola, Seraphine.

Yo puse cara de pocos amigos al instante. ¿Perdona? ¿Cómo coño conoce Tom a esta señora? Si parecía que le faltaba medio tornillo, y aun así él estaba ahí, sonriéndole como si fueran colegas de años. ¿Desde cuándo Tom se hace colega de gitanas místicas? pensé, arrugando la nariz al ver cómo la otra le devolvía la sonrisa con pinta de «te estaba esperando».

—Hace mucho que no sabía de ti, Tom— dijo Seraphine con esa voz rasposa y el acento raro que le daba más dramatismo a todo.

—He estado currando sin parar, pero ahora me pillo unas vacaciones— contestó él tan tranquilo.

—Bien merecidas, fijo— replicó ella, echándole un repaso de arriba abajo. Luego se giró hacia mí con una sonrisa tan amplia que daba hasta cosilla. Se acercó y, de golpe, me agarró las dos manos entre las suyas y me plantó tres besos al aire a los lados de las mejillas, como si estuviera haciendo un ritual. Me quedé parpadeando, flipando sin entender nada.

—Él es mi sobrino, Billie— me presentó Tom, con su sonrisa de calma eterna.

—Ay, qué chico tan majo, y qué mirada más profunda— soltó Seraphine, apretándome los dedos antes de soltarme. Yo solo la miré con cara de «pero esta tía qué dice». —Y dime, Tommy, ¿qué andas buscando hoy?

—Nada en especial— se encogió de hombros él.

—Pues entonces lo que tengo nuevo te va a venir que ni pintado— respondió ella con esa voz de vendedora que no admite un «no». Se giró y empezó a señalar estantes llenos de collares, pulseras, anillos y piedras que brillaban a saco. —Cristales para atraer la suerte, dijes que guardan secretos del alma, amuletos contra la envidia, colgantes que refuerzan las uniones… todo recién llegado, fresquito, fresquito.

Tom me miró y sonrió, apretándome un poco la mano. —Quiero que mi pequeño Billie se lleve algo.

—Ah, entonces tengo justo lo que os hace falta— dijo Seraphine con un brillito raro en los ojos, como si supiera más de la cuenta. —Algo perfecto para los dos.

Se fue directa a una vitrina de madera oscura, rebuscó entre varias cajitas de terciopelo y sacó un estuche pequeñito que abrió con todo el teatro del mundo. Dentro relucían dos colgantes de cuarzo rosa, idénticos, montados en cordón negro trenzado.

—Esto…— dijo solemne, levantando uno de los colgantes para que la luz lo atravesara —Es cuarzo rosa. No cualquier piedra, no, cielo. Esta guarda la vibración del amor más puro, del que no se rompe ni con el tiempo ni con la distancia. El cuarzo rosa une corazones destinados, calma tormentas, sana heridas antiguas… y cuando lo llevan dos personas, es como un hilo invisible que mantiene a las almas juntitas. Amor del de verdad, del que no se encuentra en cualquier esquina.

Me quedé mirando la piedra, medio hipnotizado, mientras la señora la balanceaba delante de mí. El color rosado parecía brillar más con cada movimiento.

—¿Y dices que es para los dos?— preguntó Tom, arqueando una ceja.

—Claro, Tom. Uno para ti y otro para tu chico— respondió ella con toda la seguridad del mundo, como si lo hubiera decidido el destino y no ella. Pasando de que parecía olvidar que soy su sobrino, tal como Tom me presentó. Habla como si yo fuese su pareja… ¡venga ya! —Si os lo lleváis, que sepáis que no será un simple adorno… será un pacto.

Yo tragué saliva y miré a Tom, que seguía con esa sonrisita como si lo que acababa de oír no fuese lo más raro del universo. ¿Un pacto? ¿Qué coño? Me acojoné, pero aun así no pude apartar los ojos de aquel cuarzo rosa. —¿Un pacto?— repetí, arqueando la ceja y reprimiendo una risita nerviosa. —Vale, señora, suena como si me quisiera meter en una secta o algo…

Tom me dio un codazo suave, divertido. —No seas payaso, Billie. Solo es un colgante, y te quedaría de puta madre.

—Sí, claro, como si yo necesitara una piedra para que me digan que estoy precioso— repliqué, aunque mis ojos seguían enganchados al cuarzo. Había que admitir que tenía un brillo guapísimo, como si escondiera algo dentro.

Seraphine, con esa mirada que parecía atravesarme, se me acercó más. —Tienes la lengua afilada, niño, pero el corazón… el corazón pide otra cosa.

—¿Perdón?— fruncí el ceño.

Ella sonrió y, sin aviso, me cogió la mano. —Déjame ver tu palma… anda, que no muerdo.

—¿Qué, ahora me va a leer el futuro?— me burlé, mirando a Tom con cara de «¿ves lo que me haces vivir?».

Tom solo se rió, apoyándose en el mostrador.

—Déjate, bebé. No pierdes nada.

—Eso mismo— dijo la gitana, acomodando mi mano en la suya. Sus dedos eran largos, uñas pintadas de rojo oscuro y llenos de anillos que tintineaban al moverse. —Aquí está escrito más de lo que imaginas.

Rodé los ojos, pero no retiré la mano. Parte por curiosidad, otra parte porque Tom me miraba como si esto fuera lo más entretenido del día.

Seraphine entrecerró los ojos, recorriendo despacio las líneas de mi palma. Sus anillos rozaban mi piel y me dio la sensación de que descifraba un mapa secreto que yo ni sabía que llevaba encima. —Mmm… ya lo veo— susurró con una voz rasposa, casi hipnótica. —Aquí hay mucho dolor, niño. Sufriste demasiado de crío… demasiado para alguien tan pequeño.

Tragué saliva. Quise soltar alguna tontería, pero se me quedó atragantada.

—Ese dolor, aunque lo niegues, te hizo fuerte. Más fuerte que muchos hombres de este mundo— levantó la mirada hacia mí, con esos ojos oscuros brillando —Tú no eres común, Bill. Vas a ser grande, reconocido… famoso.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—Veo tu nombre en alto, tu cara… y veo empresas, pasta, poder. Serás CEO, dueño de todo lo que ahora manejan tus padres. Llegarás lejos, más de lo que imaginas.

Tom me miraba en silencio, serio por primera vez en toda la visita.

—Pero no caminarás solo— continuó Seraphine —Lo harás junto a la persona que tu corazón ya eligió. Sí, niño, aunque lo escondas, aunque lo niegues… está ahí, dentro de ti. Real, de verdad. No un capricho ni un invento.

Oh, santa madre de Dios… líbrame del mal, amén.

—Yo…— empecé a decir, pero se me quebró la voz.

—Cuando lo aceptes, vendrá el dolor— añadió, como si no me hubiese escuchado —Y será grande, porque amar de verdad siempre duele. Vas a sufrir. Pero esa persona… esa persona será siempre tu persona importante en este mundo. Habrá alguien que intentará joderos, pero el mal nunca gana…

Me quedé quieto, con el corazón latiéndome en las sienes. Literal.

—También veo pérdidas…— murmuró ella, acariciando otra línea —Perderás a alguien que quieres, porque así es la vida. Y hay secretos en tu familia… secretos oscuros que pronto saldrán a la luz de una forma que no esperas.

Me soltó la mano y sonrió como si nada, mientras yo sentía que me habían abierto en canal con un cuchillo invisible.

—Tómalo como quieras, niño— dijo al final, guiñándome un ojo —Pero mis predicciones son bastante certeras…

Me quedé como un pasmarote, sin saber si aplaudirle el show o salir corriendo. ¿Qué coño acaba de pasar? ¿Me acaba de leer la vida entera como si fuese un puto libro abierto?

Estoy en shock, literal. ¿Qué ha sido eso? ¿De dónde narices saca que voy a ser CEO, o que voy a querer a alguien tanto que me va a doler? O sea, por favor… ¿acaso tiene una cámara en mi cuarto? ¿Me espía por las noches? ¿O me he vuelto tan transparente que hasta una señora con medio cerebro colgando puede adivinar lo que me pasa?

Intenté reír bajito, pero me salió fatal, como si me hubiera tragado un bicho. Joder, qué vergüenza.

Tom seguía callado, mirándome de reojo, y eso era peor, porque sentía que si abría la boca para decir cualquier chorrada iba a notar que por dentro estaba temblando. Bah, fijo que son tonterías. Palabrería barata. Yo no estoy enamorado ni de coña… solo son síntomas de una gripe futura, seguro. Sí, eso, una gripe que me tumbará la semana que viene. Nada más.

Tragué saliva, intentando disimular el calor que me subía a las mejillas.

Continúa…

Gracias por la visita, no te vayas sin comentar 😉

por unicornlitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Treat me 23»
  1. ¡Ayy! este capi me dejó con muchas dudas. Espero que Bill no valla a resultar ser en realidad adoptado o Tom y ese sea uno de los oscuros secretos en su family. Jajaja, es que si fuese así, toda la historia de amor entre el tío Tom y su sobrino Bill, perdería sentido y significado ☹️. El que sean tío y sobrino de verdad, lo «prohibido» es lo que le da todo el toque más intenso y apasionado a su relación en esta historia jeje. Y gracias por escribir, eres excelente!.

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