
Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II
Capítulo 24
Volvimos al hotel después de que Tom decidiera pillar los colgantes de cuarzo. Ahora uno cuelga en mi cuello y el otro en el suyo, y las palabras de aquella señora me dejaron rayado. Básicamente habló de lo que sufrí de crío, y hasta soltó lo de las empresas de mi padre… demasiado raro, la verdad.
Obviamente intenté no darle muchas vueltas. En cuanto llegamos a la habitación, Tom pidió en recepción que nos subieran algo de comer. Mientras llegaba la ensalada de fruta que pidió para los dos, con leche condensada y zumo de naranja natural, yo me dejé caer en la cama, jugueteando con el cuarzo rosa entre los dedos. Observaba a Tom, que estaba al móvil con Heidi porque la muy pesada no dejaba de darle la brasa con mensajes.
—Joder, hablamos luego, Heidi. Solo llamas para darme la chapa— le oí decir —Sí, sí… lo que tú digas.
Apartó el móvil, colgó y lo tiró encima de la mesa del tocador. En su cara se notaba que estaba hasta el culo de todo. Harto de vivir lo mismo una y otra vez con esa tía que lo único que hace es amargarle el día.
—¿Y para qué te metiste con ella, Tom?— le solté. Abrió los ojos después de haberlos cerrado para respirar hondo y me miró. —Si se nota que la aguantas por «compromiso», o al menos es lo que me parece.
—No tengo respuesta para esa pregunta— me dijo tranquilo, acercándose despacio. Yo intenté disimular una sonrisa. —Lo que sí tengo claro es que ya no la aguanto, joder— expresó con rabia. Yo lo miraba con comprensión —Ahora, con lo del embarazo, se cree que puede controlarme. Estoy empezando a desesperarme… no sé cómo coño me he metido en este marrón.
—Ay, Tommie, ven que yo te consuelo— le dije en tono suave, extendiendo los brazos para que me cogiera las manos. Y lo hizo. Me levantó, empujándome suavemente hacia él, y choqué con su pecho. Apenas me regaló una sonrisita, y yo mordí mi labio inferior de forma sensual mientras mis manos se deslizaban por su torso. —Voy a hacer que te olvides de todas tus movidas, para eso me tienes…
—Me da miedo lo manipulador que puedes llegar a ser— me dijo, ampliando poco a poco la sonrisa —Pero me flipa a la vez, porque te ves tan… tan mono cuando sueltas ese rollo de inocente, cuando de inocente no tienes ni un pelo.
—¡Oye!— protesté indignado —Respétame, que yo sí tengo inocencia…
—Ajá, lo que tú digas— me abrazó por la cintura y me levantó en brazos. Yo enrosqué las piernas alrededor de su cintura y dejé que me llevara otra vez hasta la cama, donde me tumbó mientras yo enredaba mis brazos en su cuello. —Y dime, Billie bebé, ¿cómo piensas consolarme?
—Ouh, ya verás…— le respondí. Él sonrió y se adueñó de mis labios.
Su boca cae sobre la mía, sus labios se mueven de forma salvaje. Es áspero, desesperado, con esa fuerza que arranca el aire de los pulmones y me hace olvidar dónde estoy. Sus labios aprietan, muerden y reclaman los míos. El roce es húmedo, cálido, y cada movimiento suyo parece diseñado para enloquecerme. Me atrapa el labio inferior entre sus dientes, lo estira apenas, y suelto un gemido bajo que él aprovecha para invadir con su lengua, colándose en mi boca con descaro. Siento el sabor del cigarrillo en su boca, y juro que eso me enciende más de lo que debería.
Mis dedos se enredan en su nuca, lo jalo más, como si con eso pudiera fundirme en él. Su lengua choca con la mía, rozándose, buscando dominar, empujando, exigiendo. Y yo cedo, pero al mismo tiempo peleo, porque el beso no es dulce, es una jodida batalla deliciosa que ninguno quiere perder.
—Mhgmm…— respiro con dificultad.
El calor se me sube al rostro, a la piel entera. Siento la presión de su aliento, el choque húmedo de nuestras bocas abriéndose una y otra vez sin descanso. Me ahoga, me consume, me roba el juicio. Es como si el mundo entero se hubiese reducido a este beso: crudo, voraz, adictivo.
Cuando finalmente se aparta apenas unos milímetros, me queda la boca ardiendo, los labios hinchados, la respiración cortada. Y, aun así, lo único que quiero es volver a atraparlo y no soltarlo jamás. —Me encanta cuando me besas— confieso, él suelta una risita arrogante y vuelve a besarme.
Sin embargo, Tom no se conforma con eso. Apenas se aparta de mi boca, baja directo a mi cuello, enterrando ahí su rostro como si fuera suyo por derecho. El calor de su aliento me eriza la piel al instante, y antes de que pueda soltar palabra, siento el roce húmedo de su lengua deslizándose lento por mi piel sensible.
—Joder…— se me escapa entre dientes, arqueando apenas el cuello hacia atrás para darle más espacio.
Su lengua traza un camino húmedo desde la base de mi mandíbula hasta la clavícula, lamiendo, saboreando, deteniéndose en los puntos donde sabe que me estremeceré más. No es un gesto dulce, es descarado, posesivo, como si quisiera marcarme solo con el roce.
Cada tanto, intercala un mordisco suave, lo suficiente para arrancarme un jadeo bajo. Mis manos se aferran a sus hombros, buscando algo de control que ya sé que no tengo. El cabrón lo sabe, porque suelta una risa ronca contra mi piel antes de volver a pasar la lengua, esta vez más lento, más húmedo, empapando cada maldito rincón de mi cuello.
El cosquilleo me enloquece, me retuerzo apenas en sus brazos, entre la incomodidad deliciosa y el deseo insoportable. Él lo nota, porque me aprieta más fuerte contra su cuerpo, como si quisiera fundirme ahí mismo.
—Tommie…— gimo bajo, sin poder evitarlo.
Y él, en vez de detenerse, chupa con fuerza en un punto específico, arrancándome un jadeo ahogado mientras siento cómo mi piel arde y late bajo su boca. Sus labios siguen pegados a mi cuello, chupando, lamiendo, mordiendo, hasta que siento cómo sus dedos empiezan a deslizarse por el borde de mi top de encaje. Primero juega, como tanteando el terreno, hasta que de golpe tira de la tela hacia arriba.
—Coño…— protesto entrecortado, aunque no suena nada convincente con la manera en que mi respiración se quiebra.
—Shh…— susurra contra mi piel, antes de volver a morderme el cuello —Déjame…
Sus manos calientes se cuelan bajo el top, recorriendo mi abdomen, subiendo despacio hasta mi pecho. El contacto me arranca un escalofrío que me recorre entero, y antes de que pueda detenerlo, ya está empujando la tela hacia arriba con decisión.
Me separa apenas lo justo para quitarme el top de un tirón, y en un segundo la prenda ya está en el suelo. Me siento expuesto, con la piel ardiendo y la mirada de Tom devorándome.
—Joder… mírate— murmura, con esa voz grave que me derrite —¿Sabes lo guapo que eres así?
Trago saliva, nervioso, queriendo cubrirme, pero él no me lo permite. Y no se porque me siento así si siempre me ha puesto muy cachondo el estar desnudo ante su mirada. Sus manos vuelven a mi torso, explorando cada rincón, apretando suavemente en algunos puntos, como si estuviera memorizando cada detalle de mí.
Después baja de nuevo su boca, esta vez directo a mi clavícula desnuda, dejando besos húmedos que se sienten como fuego. Sus dedos se clavan en mis caderas mientras me pega más fuerte contra él, y yo ya no sé si estoy respirando o simplemente sobreviviendo al puto huracán en el que me tiene atrapado.
Sentí cómo sus manos se colaban con descaro en mi cintura, jugando con el borde de mi falda. El sonido metálico del cinturón al desabrocharse me retumbó en los oídos, acelerando aún más el caos que ya llevaba dentro. Mi respiración se entrecortó cuando sus dedos bajaron lentamente la cremallera, como si disfrutara de la tortura de hacerlo despacio, de verme morderme los labios de pura ansiedad. La tela áspera del jean descendió por mis muslos y me erizó la piel en el trayecto, arrancándome un escalofrío que me hizo cerrar los ojos por un instante.
Lo mejor fue la forma en que él me miró cuando la prenda terminó en el suelo. No había ni una pizca de duda en su mirada, solo hambre. Hambre de mí, mierda, que excitante.
Tragué saliva, con el corazón golpeándome contra las costillas, me quedé a medio camino entre la ansiedad y la risa: ¿quién iba a pensar que acabaría así con mi tío? La vida tiene un sentido del humor retorcido… igual que yo.
Él me devoraba con los ojos, como si fuera su plato favorito, y yo no iba a fingir que no me encantaba. Su respiración quemaba contra mi piel, sus manos firmes subieron por mis muslos hasta apretarme sin la más mínima delicadeza, arrancándome un gemido que me sonó casi obsceno.
—Joder, Tom…— susurré, dejando que mis dedos enredaran sus rastas negras —Vas a acabar matándome de un infarto. Aunque bueno… qué muerte más digna, ¿verdad que sí?
Él soltó una carcajada grave contra mi cuello antes de atraparlo a besos, dejándome marcas como si quisiera firmar su obra. Yo me estremecí entre sus brazos, incapaz de disimular la mezcla de placer y miedo que me recorría.
—Sigue así— le reté, con esa sonrisita venenosa que tanto le enloquecía.
Tom ya no me daba tregua. Me tenía encajado contra las sábanas, su peso aplastando el mío como si quisiera dejarme claro quién mandaba. Sus labios recorrían mi pecho con una desesperación que me arrancaba jadeos entrecortados.
—¿Sabes que supe, Tommie?— le solté entre un suspiro y una risa ahogada —Que esto que estamos haciendo es ilegal en tres países y un pecado capital en todos los demás.
Él levantó la cabeza solo para mirarme con esos ojos ardiendo, y me respondió contra mi boca: —Me da igual. Te quiero así, amor.
Y entonces ya no hubo espacio para palabras. Sus manos bajaron sin piedad, se deshizo de mis boxers y tomó mi miembro con su mano fría arrancándome un gemido alto. Me arqueé contra él —Dios…— cada movimiento era salvaje, cada roce me incendiaba, y yo solo pensaba que aquello era un crimen… pero uno al que me declaraba culpable con gusto.
Soltando mi miembro me dio la vuelta en la cama dejándome boca abajo. Sus dedos se deslizan por mi espalda de forma lenta y suave, hasta llegar a la curva y luego a mis nalgas. Las separa de forma parsimoniosa y sonrio mordiendo mi labio inferior, escucho como escupe y su saliva se desliza por mi entrada. Sus dedos tantean la zona y entran de una sola estocada, gruño ante la repentina sensación de ardor que pronto, con los constantes movimientos donde los sacaba y los metía rápidamente, sentí el placer ignorando el dolor que llegué a sentir.
Arqueo mi espalda de vez en cuando ante los espasmo que recorren mi cuerpo de forma dulce y deliciosa. Saca sus dedos de mi interior —Ponte en cuatro, bebé— me dice mientras le da una bofetada a una de mis nalgas.
Chillo gustoso y hago lo que me pide, flexiono mis piernas y logro ponerme en la posición que me dijo. Siento como deja un beso en cada una de mis nalgas y luego las separa de nuevo para enterrar su rostro en ella. Un escalofrío me atraviesa de golpe cuando siento su lengua abriéndose en mi culo, y un jadeo medio gemido se me escapa sin filtro.
—Mierda, Tommie…— suspiro con la frente pegada al colchón, apretando las sábanas entre los dedos —Si mi madre me viera ahora, me manda directo a un internado militar.
Él se ríe con la boca ocupada, lo cual me arranca una carcajada temblorosa y un nuevo estremecimiento. Siento cada movimiento húmedo, cada roce de su lengua ardiente, y no sé si quiero llorar, rezar o pedirle que no pare jamás.
—Estás… completamente enfermo— le digo entrecortado, aunque mi cuerpo lo delata y se arquea buscando más —Pero yo soy peor por dejarte hacerlo.
Él me da otra palmada fuerte en la nalga, como si me estuviera castigando por mis palabras, y yo suelto un chillido que más que de dolor parece de puro gusto.
—Así me gusta, bebé…— me gruñe contra la piel, y yo siento que me desarmo. Mi respiración ya no es mía, mis pensamientos tampoco. Solo queda su lengua, su fuerza sujetándome, y mi cuerpo temblando entre placer y desesperación. —Ya basta de juegos, ponte listo— me gruñe Tom contra la piel, y siento cómo se coloca detrás de mí, sujetándome fuerte de la cadera.
Mi respiración se acelera al instante. El colchón cruje cuando se acomoda, y yo cierro los ojos apretando los dientes.
—Tommie… si muero, quiero que en mi lápida pongan «murió feliz, pero destruido»— digo jadeando, medio riéndome, medio temblando.
Él sonríe divertido —Calla, bebé. Vas a gritar igual cuando te tenga dentro.
Y tenía razón. En cuanto me penetra, un gemido ahogado se me escapa como si me hubieran arrancado el alma del pecho. Mi espalda se arquea sola, mis uñas arañan las sábanas y mi cuerpo entero tiembla con esa mezcla de dolor y delicia que me enloquece. —Mierda, mierda…— susurro con voz temblorosa, girando la cabeza hacia un lado —¿Quién necesita drogas teniendo esto?
Tom me embiste con fuerza, y yo solo puedo jadear, perder el control, dejar que mi cuerpo se sacuda contra el colchón mientras me aferro a él como si estuviera sobreviviendo a un terremoto.
—Eres mío, Billie— gruñe entre dientes, aferrándome aún más fuerte, hundiéndose sin piedad.
—Lo sé— gimo, casi suplicando —Maldita sea, lo sé, Tommie…
Cada movimiento es más profundo, más duro, y yo ya no sé si estoy rezando, llorando, riendo o maldiciendo mi suerte. Lo único que sé es que lo quiero más, que lo necesito más. Cada embestida me hace perder más la cordura. El colchón suena, mi respiración se corta en sollozos mezclados con gemidos, y siento que las piernas me tiemblan como si fueran de papel mojado.
—Joder, Tommie…— jadeo contra la almohada, apretando los dientes —Como sigas así voy a necesitar muletas para caminar mañana.
Él suelta una risa ronca, grave, sin dejar de moverse en mí con esa brutalidad deliciosa que me arranca el aire. —No te quejes, bebé, que yo te cargo si hace falta.
Siento cómo se hunde todavía más, haciéndome gritar ahogado. Mis uñas ya desgarraron parte de la sábana, y mi cuerpo se arquea solo, buscando más, rogando más. —Oh sí… oh sí, coño…— susurro entre gemidos, con los ojos cerrados con fuerza —No pares, no pares, no pares…
Y él no para. Todo lo contrario. Me agarra por la cintura, me estira hacia atrás y me hace gritar con la garganta abierta. Estoy temblando entero, sudando, con el corazón golpeando tan fuerte que pienso que va a reventar. El calor me consume, siento esa presión deliciosa acumulándose, creciendo en el vientre hasta que ya no puedo resistir más.
—Tommie, voy a…— no termino la frase, me rompe el clímax de golpe, violento, exquisito. Mis músculos se contraen y me hace chillar como nunca, un sonido ronco, desesperado, que me deja vacío y pleno al mismo tiempo.
Siento cómo él se deshace segundos después dentro de mí, con un gruñido fuerte y grave, enterrando el rostro en mi espalda mientras sus manos me aprietan como si no quisiera soltarme jamás. Quedo jadeando, temblando como si hubiera corrido un maratón. Su cuerpo aún encima del mío, caliente, pesado, reconfortante.
—Dios…— resoplo con voz rota, soltando una risa débil —Creo que vi a la Virgen en HD y sin pagar suscripción.
Tom suelta otra carcajada y me besa el cuello con suavidad. —Eres un cabrón, pero que cabrón tan hermoso— susurra aún sin aliento.
Cierro los ojos, agotado, sonriendo como idiota.
—Lo sé, Tommie… la vida me envió a mi como tu regalo, debes admitirlo… y no pienso devolverme.
Me tumbo en la cama y con las fuerzas que me quedan me doy la vuelta. Caímos rendidos sobre la cama, con los cuerpos pegados, piel contra piel, respirando como si nos hubiéramos echado una carrera de cien kilómetros. El sudor nos bañaba y el calor aún vibraba entre nosotros, como si las sábanas fueran brasas. Tom sigue dentro de mí unos segundos más, como si se resistiera a soltarme, hasta que finalmente se mueve despacio y se tumba a mi lado, girándome para pegarme a su pecho. Su corazón late desbocado, lo escucho contra mi oído, fuerte, sólido… casi tan caótico como el mío.
—Joder…— murmura con la voz rota y una risilla floja —Casi la palmo, o mejor dicho, casi me matas tú.
—¿Yo?— levanto un poco la cabeza, con la respiración todavía a trompicones —El que casi me deja inválido fuiste tú, no me jodas. Como mañana aparezca en silla de ruedas, le voy a decir a todo el mundo que me atropelló un motorista.
Él suelta una carcajada ronca, de esas que hacen vibrar su pecho bajo mi mejilla. —Tranqui, bebé, yo te llevo al hospital y digo que te caíste bajando las escaleras.
—Ah, sí, claro… supercreíble tu versión— respondo con sarcasmo, aunque al final acabo riéndome también.
Se hace un silencio de esos agradables. Solo se oye nuestra respiración, cada vez más tranquila. Tom desliza su mano por mi espalda desnuda, arriba y abajo, despacito, casi como una caricia inconsciente que me arrulla. Y, joder, lo odio, pero me siento seguro, como si en ese abrazo no pudiera pasarme nada.
—¿Sabes qué, Billie?— dice bajito, pegando sus labios a mi pelo húmedo —Me pones fatal… en el buen sentido— suelta entre una risita baja.
Sonrío, aunque ruedo los ojos porque no pienso admitir lo mucho que eso me derrite por dentro. —Sí, sí… ya me lo dirás mañana, cuando no pueda ni moverme— respondo poniendo morritos.
Él ríe, y yo cierro los ojos. El cansancio me va ganando poco a poco, pero me quedo disfrutando del calor de su cuerpo, de cómo sus dedos juegan con mi pelo, de lo mucho que me jode que me guste tanto esto.
Porque aunque intente negarlo… aquí, en sus brazos, me siento en casa.
Continúa…
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