
Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II
Capítulo 28
Tom salió de mí y se tumbó a un lado, luego me arrastró con suavidad hacia él. Apoyé la cabeza en su pecho, escuchando el latido de su corazón acompasado con el mío, mientras me rodeaba la cintura con el brazo. Nos quedamos unos minutos más ahí, tirados, dejando que la respiración se nos calmara y que las sensaciones del clímax se fueran diluyendo de nuestros cuerpos agotados.
El móvil empezó a vibrar otra vez y puse los ojos en blanco, todavía en una nube. Busqué con la mirada el dichoso aparato que había dejado antes en la cama y, al verlo no muy lejos, alargué el brazo con toda la pereza del mundo para cogerlo.
Volví a acomodarme en los brazos de Tom y eché un vistazo a las notificaciones que salían en la pantalla bloqueada. Era Evan, a quien le había cambiado el nombre de “Amor” por “Evz” de momento; ya cuando vuelva a Alemania se lo cambio otra vez para que no diga nada o no se raye. Miré por encima los mensajes y bufé. También tenía unas cuantas llamadas perdidas, pero ni las oí porque tenía el móvil en silencio. Deslicé el dedo para desbloquear y pinché en la notificación que me mandaba directo a WhatsApp.
«Billie… voy a llamarte, ¿vale?»
Llamada perdida.
«¿Estás liado o te quedaste dormido, bebé?»
«¿Bill?»
«Cosita…»
Total de llamadas perdidas: siete.
Total de mensajes después de cada intento: diez.
Pero pasé de leerlos todos y solo le mandé uno, a modo de disculpa por no haber contestado antes:
«Cariño, perdóoon!!! Sí, me quedé dormido, es que anoche me acosté tarde hablando con Adrianne. Me estaba contando sus movidas mentales, emocionales y amorosas…»
Era una trola, pero de las blancas. Sé que si él le pregunta a Adrianne, ella le diría que sí; aunque, conociendo a Evan, sé que ni lo va a preguntar. Al revés, me cree cualquier cosa que le digo porque es así de confiado. No sé por qué se lo traga todo… ¿tan ciego puede estar alguien cuando está enamorado? Entonces resulta que no mentí del todo en aquella exposición sobre el amor que hice en el insti…
«Y yo dale que dale con las llamadas… ¿no te desperté, no?»
«No, cariño. Tenía el móvil en silencio.»
«Ah, vale. Menos mal, pensé que te había fastidiado el descanso, joder. ¿Puedo llamarte ahora?»
Bufé en el acto. ¿Llamarme? ¡Ni de coña! Pero tampoco podía volver a decirle que no.
—¿Qué pasa, bebé?— murmura Tom, medio dormido.
—Tengo que hablar con Evan o no va a parar de dar la lata— respondo con pereza —Y lo peor es que quiere videollamada.
—Es tu novio, ¿no?— asiento despacio con la cabeza. —Pues acéptale la llamada, aunque sea unos minutos.
—Es que no me apetece nada…— me quejo como un crío.
—Ya, pero tienes que hacerlo. Eso te pasa por liarte con ese… mejor te hubieras quedado soltero— me suelta con un puntito de enfado en la voz —Tranquilo, yo me quedo callado.
Solté un suspiro aburrido.
«Vale, llámame.»
Ni un minuto después de mandarlo ya lo había leído y mi móvil empezó a vibrar con la llamada entrante. Me incorporé, quedándome sentado en la cama, mientras Tom seguía tumbado. Deslicé el dedo sobre la pantalla y acepté. Enseguida apareció la cara de Evan en el encuadre: su pelo negro y corto, todo revuelto, con esas gafas que lleva para protegerse del sol y la luz de la pantalla. Caminaba, pero no se veía bien el fondo.
—Amor…— sonrió apenas al verme, pero frunció un poco el ceño —¿Te has peleado con la almohada o qué?— preguntó de coña.
Me quedé a cuadros, hasta que miré mi propio encuadre en la pantalla: se veía solo de mi cuello para arriba, y mi pelo, que antes estaba ondulado, parecía ahora un auténtico nido. Mierda… debí asegurarme antes, ¿cómo se me olvidan estas cosas? Me forcé una sonrisa rápida al notar la cara de susto que había puesto.
—No encontraba postura cómoda— solté como excusa —¿Dónde estás?
—Saliendo de la uni— contestó con una risita —Por cierto, tienes pinta de estar sudado, amor. ¿Qué estabas haciendo?
—Ah… pues nada, que me puse a hacer algo de ejercicio antes de acostarme. Y sudé, sudé un montón— me inventé, poniendo morritos —Y como estaba reventado, pues me tumbé así. Además, tardaste muchísimo en contestar, Evan. ¿No estarías hablando con otras, no?
—¿Qué? ¡Menudas pelis te montas!— se echó a reír —Estaba hablando con el profe, necesitaba saber si podía repetir un examen.
—¿Sacaste mala nota? —pregunté con tono de reproche —Eso está fatal, Evz… ¿qué van a decir tus padres de mí?
—Como si a ti te importara lo que digan de ti— me responde con guasa. Y tenía razón, la verdad. A mí me la pela lo que opinen de mí, siempre ha sido así y siempre lo será.
Por el rabillo del ojo veo cómo Tom se levanta, busca sus bóxers, se los pone y después hace lo mismo con los vaqueros.
—Por cierto, ¿ya has comido?— preguntó Evan.
Ante su pregunta, no me queda otra que echarle un ojo un par de segundos a la hora en la barrita de arriba del móvil, viendo que ya es la una de la tarde. Llegué aquí a las once… ¿tanto rato estuvimos Tom y yo dándole al tema? Bueno, también nos tiramos un buen rato desayunando juntos, que por cierto, fue tan bonito que solo de recordarlo me vuelvo a poner nervioso. Y ya estoy hasta las narices de esa maldita sensación de mierda, que lo único que hace es preocuparme y poco más.
—¿Billie?— la voz de mi novio al otro lado de la línea me saca de mis pensamientos —¿Qué te pasa? ¿Sigues con sueñecito, bebé?— pregunta con voz melosa. Cuando pone ese tonito, le sale más grave y áspero, demasiado sexy. Aunque no es igual que la voz que pone Tommie… supongo que será por la diferencia de edad: Tom tiene veintiséis y Evan veintiuno.
La diferencia de edad es de cinco años, y aun así, Tom parece que tuviese veintitrés. La edad no le pega nada con la pinta que tiene, es tan guapo y encantador…
—Sí, pero lo aguanto— le digo al darme cuenta de que estaba otra vez en las nubes —¿Y tú qué vas a hacer ahora, cariño?— le pregunto.
—Iré a ver a mi padre a la empresa, dice que necesita hablarme de algo importante…
—Con tal de que no sea otra vez lo de casarte con la hija imbécil de su socio…— resoplo y pongo los ojos en blanco.
Si hay algo que Tom y Evan comparten, es lo del puñetero matrimonio forzado. Tom, porque la cagó y su queridísima Heidi se quedó preñada, así que le toca tragarse el rollo de «ser un hombre responsable», aunque no le apetezca ni lo más mínimo. Y Evan, pobrecito, porque su padre, ese señor que me cae peor que una muela picada, decidió que la mejor forma de engordar su empresa era casando a su hijo con la hija de su socio. Negocios disfrazados de boda… menuda originalidad.
Yo los miro a los dos y pienso: vaya ironía, ¿no? Presumiendo de ser libres, hombres hechos y derechos, pero atados como marionetas a decisiones que ni les corresponden. Y lo peor es que lo consienten, como si no hubiese otra salida. Claro, su padre jamás me aceptó como pareja de Evan, y su madre menos todavía; para ellos siempre voy a ser «el error» en la vida de su hijo. Y sí, lo admito: me da un asco tremendo ver cómo ese viejo mueve los hilos de todo, como si los sentimientos fueran acciones en bolsa.
¿Y Tom? Ah, Tom y su bendita Heidi, la «santísima» que vino a joderlo todo. No la puedo ni ver sin que me hierva la sangre; es el recordatorio constante de que, por más que lo quiera, él siempre parece estar encadenado a alguien que no le llega ni a la suela del zapato.
Pero yo no soy como ellos. Yo no me caso por obligación ni dejo que nadie me manipule. Seré joven, vale, pero al menos tengo los cojones de decir lo que pienso y mandar a tomar por saco a quien intente controlarme. Mi padre jamás me obligaría a hacer algo así; para él lo único importante es que yo esté bien y sea feliz de verdad…
—Sé que va por ahí, pero ya le he dicho que no un montón de veces y esta no va a ser distinta, bebé— me responde —A Sophia la veo como a una hermana.
—Ugh, sí claro…
A esa zorra la conocí en una de tantas salidas con Evan, antes de decirle que sí quería ser su novio. Estábamos en plan bonito, romántico, conociéndonos… y de repente aparece ella, como si fuese la dueña del maldito restaurante, y sin pedir permiso se planta en nuestra mesa. Según ella, porque “tenía que hablar con Evan de algo importante”. Sí, claro… importante mis cojones. Lo que quería era marcar territorio, y lo hizo de la forma más cutre: ignorándome como si yo no existiera.
Pero Evan, que para esas cosas no es ningún tonto, me presentó al momento. Y claro, no le quedó de otra que saludarme… y vaya saludo: con menos ganas que cuando te ponen una multa. Se le notaba por dentro que le hervía la sangre, y yo, como siempre, gozándomelo. Porque si hay algo que tengo clarísimo es que con las tías repelentes como ella disfruto poniéndolas en su sitio.
Ya lo hice con Jackeline en el insti, y vamos, no me tembló ni un pelo en dejarle claro que yo soy mil veces mejor. Con Sophia no iba a ser distinto. Yo no compito, yo gano. Y al que se le ocurra ponerse en mi camino, pues que se prepare, porque conmigo se come el muro.
Y lo mismo va para Heidi.
—No te enfades, ¿qué tal si te llamo mañana?— me dice —Tendré que quedarme hasta tarde repitiendo el examen, pero te marco en cuanto llegue a casa.
—Perfecto— le contesto con una sonrisa, deseando ya que acabe la llamada.
—Vale, te extraño un montón, amor— añade, y yo pongo morritos —Pero bueno, te dejo descansar… te quiero.
—Yo más…— le respondo con una sonrisa que se borra en cuanto cuelgo. Y ahí sí que me entra el bajón por mentirle de esa forma. Antes me daba igual, pero ahora es distinto. Todo ha cambiado, y sé que tiene que ver con los líos emocionales que me están comiendo por dentro. —¿Tom?
Miro alrededor de la habitación y no está, y me entra esa cosquilla en el pecho que me obliga a moverme. Me levanto, buscando mi ropa entre el desastre del suelo, pero lo primero que me atrapa es su camisa azul oscuro, la que llevaba Tom esta mañana. Holgada, enorme para mí, con su olor todavía impregnado… ni me lo pensé: la cogí y me la puse. Me queda casi como un vestido, pero justo por eso me gusta aún más. Luego agarré mis boxers de encaje y me los acomodé antes de salir de la habitación.
Camino hasta la sala pequeña, y ahí está él. Tom, de pie frente al minibar, con una copa de vino en la mano izquierda y con la derecha trasteando en el reproductor, mientras empieza a sonar música suave de fondo. La escena parece sacada de una peli: él, medio vestido, solo con los pantalones puestos, y todo lo demás expuesto para mí.
Su espalda ancha, marcada, ese pecho y ese abdomen que parecen hechos a cincel… su piel morena, de ese café clarito que me vuelve loco, todavía con las huellas de mi locura: los arañazos que le dejé, ahora medio tapados por sus rastas revueltas cayendo sobre su espalda. Lo miro mientras bebe un trago de vino, llevando la copa a esos labios gruesos, rojos de forma natural, como si el mismísimo diablo los hubiera pintado.
Y yo me quedo ahí, embobado, con la boca entreabierta, mirándole como un gilipollas, atrapado en ese aura masculina que desprende. Me atonta, me domina con solo estar… y eso me jode, porque yo siempre tengo que ser el centro de todo. Pero cuando él está así, siento que el mundo gira a su alrededor.
O bueno… que yo giro a su alrededor.
—¿Qué haces?— pregunto, y en cuanto la cago diciendo esa estupidez quiero darme de cabezazos. ¡Es obvio lo que está haciendo! ¿Por qué coño he preguntado eso? ¡Ahg!
—Poniendo música— me contesta, levantando la mirada para clavarla en mí, con una sonrisa curva en los labios —¿Ya quieres apropiarte de mi ropa?
Me encojo de hombros —Fue lo primero que pillé y me lo puse. Aunque si quieres me lo quito y me quedo solo en ropa interior… no me molestaría, de hecho sería hasta buena idea, ¿no?
—Sí, pero no flipes— me corta rápido —Quédate con ella, te ves sexy…— murmura antes de darle otro sorbo al vino, esta vez con los ojos bien fijos en mis piernas. Amo cómo me mira, con ese morbo descarado en la mirada. Sonrío, mordiéndome el labio inferior —¿Todo bien con tu novio?
—Sip— respondo mientras me acerco a él.
—Pensé que tardarías más hablando con él…
—Hubiera sido así si su padre no lo hubiera llamado antes, exigiéndole que fuera a la empresa porque tenía que decirle algo “importante”— contesto con desgana, dejando que se note el mal rollo en mi voz.
—¿Eso te raya?— pregunta alzando una ceja, con esa sonrisilla socarrona que me enerva y me divierte a partes iguales.
—Pues claro que me raya— le suelto rodando los ojos, dejándome caer en el sofá —Los padres de Evan nunca me han tragado, y encima ni lo disimulan. Su viejo sueña con verlo casado con la hija de uno de sus socios, porque para él el matrimonio no es más que un puto contrato para engordar la empresa. ¿Y yo? Yo soy el estorbo, la mancha en la foto familiar perfecta que se ha inventado. No es solo el tema del matrimonio forzado, es la forma descarada en la que intenta borrarme de la vida de Evan, como si yo fuese un error que se puede tachar con boli rojo. Y no, conmigo eso no va. Yo nunca pierdo. Nunca. Tampoco voy a permitir que me humille tratándome como si no valiera una mierda.
Tom suelta una risita nasal y se acomoda a mi lado en el sofá —Claro, Billie no se va sin dejar su huella…
—¡Exacto!— le respondo, arrebatándole la copa y bebiendo un trago con todo el descaro del mundo —Si me quedara callado, si me dejara pisotear, sería insultar mi propio orgullo. Y ya sabes cómo soy: antes muerto que rebajado. Así que si mi querido “suegro” pretende apartarme de su hijito adorado, tendrá que currárselo mucho más que con un par de llamadas y amenazas baratas. Que lo intente… a ver si puede.
Tom sonríe ladeado, con esa maldita sonrisa suya que me enciende y me desconcierta a la vez. Me quita la copa de las manos y se inclina hacia mí, lo justo para que su aliento me roce.
—Y tienes toda la razón, Billie…— susurra grave —Nadie puede sacarte de donde te metes. Porque cuando clavas tus garras, no hay manera de que te suelten… ni aunque quieran. Y eso, créeme, a mí me flipa.
Su mirada baja un segundo a mis labios y luego recorre mi cuerpo, sin importarle un carajo disimular lo que piensa.
—¿Quieres ir a la playa?
Sonrío —¿Ahora?
—Sí…— responde enseguida —A Malibú.
—Oh, de una… pero— frunzo el ceño un momento —No traje nada de ropa para la playa.
—Ni te preocupes, paramos en el centro comercial y te pillo algo.
Me relamo los labios y los froto con calma —Mmm… vale…
Una tarde en la playa. Me flipa la idea.
Continúa…
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