Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II

Capítulo 29

Me sentía ilusionado, y eso que solo iba a ser un paseo por la playa. Es raro, pero juro que intento, de verdad intento poner todo de mi parte para esquivar esas sensaciones que me aprietan el pecho y me dejan medio sin aire, y a la vez me hacen el corazón latir como un condenado, como si hubiera corrido una maratón.

Jodida mierda. Algún día me acostumbraré a esto y me dará igual… algún puto día…

Tom se había puesto un outfit que le ayudé a elegir en cuanto entramos en la boutique a pillar lo que usaríamos para la playa y, joder, parece sacado de una revista de vacaciones de lujo. La camisa es blanca, sueltecita, de lino, con esos botones negros que cada vez que los miro me gritan: “ábreme, Bill, ábreme”. La lleva medio desabrochada, enseñándome ese pecho suyo que lo que me pide es morderlo. Y esos pantalones blancos… holgados, ligeros, pegados lo justo para que yo me imagine lo que esconden.

Lo que ya he visto mil veces, claro.

Encima se pone sus cadenitas doradas como si fuera modelo, y esas gafas oscuras que solo consiguen que me entren más ganas de arrancárselas a besos.

En los pies lleva unas alpargatas de yute, beige, sin calcetines, bien playero. Porque obvio, Tom no va a ir en chanclas como cualquiera, no, él tiene que provocar hasta cuando anda. Yo lo miro y pienso: “Hijo de puta… ¿cómo puedes vestirte tan sencillo y aun así darme unas ganas tremendas de arrastrarte a la cama y que me hagas olvidarme de que existe el maldito sol?”.

Y claro, yo no me iba a quedar corto. Si Tom se pone su trajecito de lino blanco para calentarme, yo aparezco en la playa así, como el dios que soy. Elegí un conjunto con un top azul marino, ajustadito, enseñando lo justo para que se le seque la boca al verme. Y un pareo del mismo tono, con estampados étnicos, anudado en la cadera como diciendo: “sí, cariño, esta cintura es tuya, pero te la tienes que currar”.

Debajo llevo un short supercorto que parece un bóxer, pero no lo es, ¿ok? Es negro entero y combina con el top, por si me da la venada y quiero meterme al agua.

Me puse unas sandalias que me quitaré nada más llegar, porque yo sí puedo ir descalzo.

Cogimos un taxi cuando terminamos de comprar y, ya vestidos, llegamos a Malibú en menos de media hora. Y, hostia… qué bonito.

En cuanto bajamos, me quedé embobado mirando todo. Al llegar a la playa casi se me salen los ojos de lo preciosa que era la escena. Malibú… un sitio jodidamente perfecto para alguien como yo. El sol brillando con esa intensidad que hace que mi piel blanca resplandezca más que la propia arena. Las olas rompiendo con un sonido que parece escrito solo para acompañar mis pasos, y el viento salado enredándose en mi pelo negro, haciéndome ver como el protagonista de un maldito videoclip de lujo.

La arena es suave, dorada, casi como una alfombra hecha para que yo la pise descalzo y todo el mundo se dé la vuelta a mirarme. Y las casas… oh, las casas frente al mar, de cristal y madera, levantándose como templos para millonarios, el escenario perfecto para Tom y para mí. Porque, ¿dónde si no voy a estar yo?

El mar de Malibú es azul profundo, hipnótico, como mis ojos cuando quiero conseguir algo. Y sé que Tom me mira de reojo, más pendiente de mi silueta que del puto horizonte. Lo pienso y sonrío por dentro. Esta playa fue creada para mí, no para estos turistas de pacotilla. Malibú se convierte en Malibú cuando yo estoy aquí. Y punto.

Vale, sí, ha sonado egocéntrico, pero… ¿a quién coño le importa?

—¿Te gusta?— me pregunta Tom, mientras desliza una mano por la piel de mi espalda descubierta.

Le miro a los ojos. —Es tan bonito…— susurro, con la emoción apretándome la voz —¿Por qué no me habías traído antes aquí, eh?— pregunto frunciendo el ceño.

—Si llegaste hace una semana— me responde con una sonrisa chulesca.

—Ahg…— pongo los ojos en blanco —Me refiero a antes, cuando era crío, con diez o trece años…

—Mmm… tu madre me decía que ni hablar por varias cosas— contesta mientras camina hacia la orilla —Que si te portabas mal, que si tenías que estudiar o simplemente porque no quería que vinieras sin ella para vigilarte.

—Ugh…— resoplo —Mi madre, como siempre, arruinándolo todo. ¿Eso quiere decir que más de una vez quisiste traerme?

—Oh, sí, cariño— me dice tomándome la mano —Quise traerte en uno de tus cumples, pero claro, tu madre siempre me ponía pegas. Y cuando hablaba con Jörg, él me decía que sí, pero solo si Simone también daba su consentimiento, porque no quería líos.

—Joder…— murmuro —Habría sido tan maravilloso venir aquí de niño… habría sido de mis pocos recuerdos bonitos de la infancia.

—Quizás…— contesta con una sonrisa pequeñita en los labios —¿Vas a meterte al agua, bebé?— me pregunta.

—¿Te meterías tú conmigo?

—Oh, no…

—¿Por qué?— hago un puchero —Si tú no entras, yo tampoco.— me cruzo de brazos y él suelta esa risa nasal tan grave, que me recorre entero al escucharla —Venga, tío Tommie, no seas así…— sacudo un poco su cuerpo, como un niño pidiendo que le compren un juguete —Entra conmigo, anda, porfi, porfi, porfi…

—Billie…— me mira con esos ojitos de cachorrito y suspira resignado, girando los ojos —Vale, está bien.

Sonrío, feliz por salirme con la mía. —Pero solo un rato, ¿eh?

—Me da igual— le respondo, y acto seguido me engancho a su cuello con mis brazos delgados. Casi estoy a su altura, pero aún tengo que alzar un poco la cara para mirarle bien. —Luego podemos pillar algo de comer, que aún no hemos almorzado. ¿Cuánto rato nos quedamos?

Sus manos se apoyan en mi cintura, firmes, como si me marcasen solo para él. —No sé… hasta que tú quieras.

—¿De verdad?— mi sonrisa se ensancha y él me da un beso rápido en los labios, apenas un roce, dejándome con ganas de más. —¿Podemos quedarnos hasta que oscurezca? Quiero ver el atardecer…

—Tú mandas, corazón— deja un beso en la punta de mi nariz y se separa un poco para quitarse la camisa, dejando el torso al aire. Mierda, lo único que quiero es pasar la lengua por esos pectorales. —Vamos a pasarlo bien, ¿a que sí?— suelta la camisa sobre la arena y yo me quito el pareo, dejándolo junto a la suya. Luego me agarra la mano otra vez, guiándome más cerca del mar.

Nos vamos a una parte más apartada, lejos de todo dios, sin gente alrededor que pueda reconocer a Tom como “el marido de Heidi”.

Camino a su lado, notando la arena templada deslizándose entre mis dedos, suave, casi sedosa, como si no quisiera dejarme ir. Suelto una risilla cuando una ráfaga de viento me levanta el pelo, y entonces lo siento: las olas llegan hasta donde estamos. La arena seca se convierte en un colchón húmedo bajo mis pies, y el agua fresca me acaricia los tobillos, juguetona, como si quisiera engancharme al mar.

Tom tira un poco más de mí y, sin darme cuenta, ya estamos dentro. El agua nos llega a las rodillas y el contraste del frescor con el calor de la tarde me arranca una carcajada.

—Joder, está helada— protesta Tom, con el ceño fruncido, intentando dar un paso atrás, pero yo le aprieto la mano para que no escape.

—No seas exagerado, Tommie— me río, y él me lanza esa sonrisa suya que me provoca tanto como el sol rebotando en su piel mojada —Voy a ayudarte a acostumbrarte al agua “helada”.

Él arquea una ceja. —¿Y cómo piensas hacerlo, diablillo?

Sonrío travieso y le salpico agua en el pecho. Tom abre los ojos como platos y casi se va de culo al agua. Obvio, no se lo esperaba. Antes de que reaccione, le lanzo otra ola con las manos. Él niega con la cabeza, divertido, y me devuelve el ataque con tanta fuerza que acabo empapado de golpe.

—¡Capullo!— grito entre risas, cubriéndome la cara.

—Te lo has buscado— responde, y de un tirón me pega contra él. Tropiezo con la arena y acabo estampado en su torso, notando su calor pese al mar que nos rodea —¿Quién te manda a mojarme? Casi me caigo, ¿eh?— me dice —Eres un cabroncete, Billie…

—¿Ah, sí? Pues castígame por ser tan malo— respondo en plan juguetón, colgándome de su cuello. Nos quedamos demasiado cerca, y yo le miro con descaro, con el agua resbalando por nuestras pieles —Yo acepto lo que sea, tío Tommie…

—Eres insufrible, ¿sabes?— murmura, con esa risita grave que me hace contener un gemido —Podría hacerlo ahora mismo, pero…— se acerca a mi oído y susurra —…nos puede ver alguien.

—¿Y qué más da?— le respondo bajito.

—Creo que está prohibido, bonito— contesta, rozando mi frente con la suya antes de darme un beso rápido, salado y mojado, que me deja sin aliento. Me aparto apenas, los labios aún rozando los suyos, y suelto una risilla. —Pero, ¿sabes lo que sí podemos hacer?— añade.

—¿Qué?— pregunto, y él me aprieta más fuerte contra su cuerpo. El sonido de las olas lo envuelve todo, cómplices de nuestro juego. Me mira con esa cara de desafío, como sabiendo que voy a caer redondo. Y claro, tiene razón. El agua está helada, pero lo único que siento es el calor que me arde por dentro.

—No me mires así…— susurro, aunque en realidad quiero que no deje de hacerlo.

Él sonríe de medio lado, ese gesto que me derrite, y antes de que suelte otra palabra, sus labios caen sobre los míos. Pero no es un piquito rápido, no… es un beso de los guarros, de esos que empiezan fuerte y te hacen olvidar hasta cómo respirar.

Yo le enredo las manos al cuello con mas fuerza, tirando un poco de sus rastas que estan levemente mojadas, pegándome más contra su torso. Siento el sabor salado del mar mezclado con el de su boca, y me da igual, porque lo único que quiero es devorarlo. El vaivén de las olas golpea contra nosotros, pero yo ni lo noto; mi mundo entero está en ese maldito beso.

Abro los labios y lo dejo entrar, su lengua buscando la mía con hambre, sin delicadezas. Me arranca un gemido bajo, que se pierde entre el ruido del mar, y él aprieta mi cintura con más fuerza, como si quisiera fundirme con él ahí mismo.

Me separo apenas un segundo para respirar, con mis labios hinchados y húmedos, y lo miro con una sonrisa descarada.

—Joder…— jadeo, provocador —Hazlo otra vez, Tommie… pero más fuerte.

Y claro, el idiota me obedece, porque él y yo sabemos que no hay nada más delicioso que perderse juntos en un beso guarrote, allí, en medio de Malibú.

El beso cambia de intensidad. Tom me devora y yo le sigo el ritmo, apretando sus hombros mientras me pierdo en su boca. Mis dedos se deslizan por su cuello y bajan hasta su pecho, sintiendo cada gota de agua resbalar sobre su piel caliente. No puedo evitar recorrerlo con descaro, sintiendo su piel, su pecho… Él gime bajo, contra mis labios, y me sostiene con más fuerza de la cintura, sus manos subiendo despacio por mi espalda hasta perderse en mi nuca. Lo siento tan cerca que apenas si distingo dónde termina mi cuerpo y empieza el suyo.

Entre risas ahogadas, me atrevo a pasar las uñas por su abdomen, jugueteando con el borde del pantalón mojado. Tom reacciona enseguida, apretándome contra él como si me castigara por provocarlo.

—Eres un cabróncito, eh Billie— murmura con voz ronca, antes de atrapar de nuevo mi boca en un beso aún más salvaje.

Sus manos no se quedan quietas; se deslizan por mis caderas y bajan descaradas hasta apretarme las nalgas con fuerza. Un escalofrío me recorre entero, y me aferro a su cuello, entrelazando mis piernas a medias en el agua.

El mar nos golpea con sus olas, pero parece bailar con nosotros, cubriéndonos a ratos, como si quisiera guardar el secreto de lo que hacemos aquí. Entre jadeos y mordidas, lo miro con esa sonrisa maldita que sé que lo enloquece. —¿Y ahora qué, Tom?— susurro, rozando su boca con la mía —¿Me sigues el juego o te vas a rendir?

Él me mira con los ojos encendidos, y su respuesta llega a mi cuando vuelve a apoderarse de mi boca. El jodido beso, se vuelve cada vez más urgente, casi desesperado, y de repente siento cómo las manos de Tom se deslizan por mis caderas hasta llegar al borde de mi short negro. Ese que parece un boxer apretadito, de playa, pero que ahora se convierte en su maldita obsesión. Con un movimiento lento, descarado, empieza a bajármelo.

Yo sonrío contra su boca, disfrutando el momento, y dejo que lo haga. El agua me cubre hasta la cintura, y cuando el short se afloja, lo empujo con mis propios pies hacia abajo, arrastrándolo hasta que se desliza por completo y desaparece bajo mis pies. Rápidamente me agacho un poco, lo atrapo con mis manos debajo del agua y lo aprieto entre mis dedos, como si fuera un trofeo.

—No vayas a soltarlo, ¿vale?— me dice él —Porque entonces no se con que vas a cubrirte cuando salgamos de aquí…

—Claro…— respondo juguetón, enseñándole el short mojado que mantengo escondido en mi mano y lo agito en el aire —¿Sabes? Estas cumpliendo uno de mis tantos sueños…

—¿Y cual es?— me pregunta, levantando ambas cejas.

—Tener sexo en el mar, mientras el atardecer se pone y llega la noche.

Antes de que pueda decir algo, él me alza de golpe. Mis piernas se enroscan instintivamente alrededor de sus caderas, y me aferro a su cuello, jadeando contra sus labios. Camina hacia adelante conmigo entre sus brazos y así el agua nos cubre lo suficiente a ambos. Siento su fuerza al sostenerme, el calor de su cuerpo chocando con el mío pese al agua fría.

Me muerdo el labio, provocador, y dejo que el short gotee en mi mano, bien escondido detrás de su espalda. —Estoy a tu merced… pero tú también estás a la mía.— susurro.

El agua golpea suave alrededor, pero yo apenas lo noto. Lo único real son sus manos firmes en mi cintura, Tom me aprieta más contra él, y ese contacto, piel mojada contra piel mojada, me arranca un gemido bajo que intento disimular mordiendo su labio.

—¿Lo sientes?— me murmura contra la boca, su voz ronca, cargada de deseo. Su dureza escondida entre sus pantalones roza la mía, expuesta, entre el agua.

Yo río, insolente, acercándome más a su rostro hasta que nuestras respiraciones se mezclan. —Claro que lo siento… ¿cómo no hacerlo?— respondo, moviendo apenas mis caderas, rozando con descaro, buscando provocar ese temblor en él que tanto me fascina.

Tom aprieta los dientes, reprimiendo un gemido, y yo disfruto cada segundo. Mis dedos se deslizan por su nuca, bajan por su espalda mojada y se clavan en su piel con fuerza, marcándolo. Él reacciona bajando su boca hasta mi cuello, besándome con hambre, mordiendo justo donde sabe que me derrito.

El placer me atraviesa como una corriente eléctrica y echo la cabeza hacia atrás, riéndome entre jadeos. —No vayas a detenerte…— le suplico con ese tono descarado que en realidad suena a orden.

Sus manos bajan a mis muslos, apretando, luego con una de ellas logra bajar lo suficiente su pantalon para dejar fuera su pene, logra alinearlo en mi entrada y me empujo hacia abajo sin esperar más. Sus manos vuelven a mi cintura guiando el movimiento de mis caderas contra las suyas. El vaivén del mar acompaña el nuestro, como si las olas fueran cómplices del ritmo que vamos marcando. Yo me muevo a propósito, lento primero, después más fuerte, buscando el roce en mi punto sensible que me enciende por dentro hasta hacerme gemir sin pudor.

Lo beso otra vez, desesperado, mordiendo sus labios, sin importarme nada más que ese fuego que nos consume. El short negro sigue en mi mano, olvidado, chorreando agua… pero yo ya no pienso en juegos. Ahora solo existe el placer, creciendo en cada embestida, en cada empuje, en cada sonido que él me arranca en medio de la playa.

El ritmo se acelera, ya no hay espacio para risas ni juegos, solo jadeos entrecortados y besos que parecen devorarnos. Mis piernas se aprietan más fuerte alrededor de sus caderas, y cada movimiento me hace perder el aire. El agua sube y baja, chocando contra nosotros, pero apenas lo siento: estoy demasiado perdido en el calor de su cuerpo, en su pene dentro de mí, entrando y saliendo de mi culo, dándome tanto placer que me siento desfallecer.

Tom gime mi nombre contra mi oído, ronco, desesperado, y esa sola vibración me hace estremecerme entero. Mis uñas arañan su espalda de nuevo, dejando marcas rojas que el mar no podrá borrar, y me muevo con él, buscando más, pidiendo más.

El placer se acumula en mi vientre como una ola eléctrica que no se detiene, creciendo, subiendo, haciéndome temblar. —T-Tom…— jadeo, con la voz quebrada, la frente pegada a la suya, nuestros labios rozándose sin descanso.

Él me sostiene con más fuerza, empujando con un ritmo firme, cada vez más rápido, hasta que ya no puedo contenerme. El gemido me estalla en la garganta y se mezcla con el sonido del mar. Todo mi cuerpo tiembla, aferrado a él, sintiendo cómo la ola del placer me revienta por dentro, robándome hasta el aliento.

Cierro los ojos, mordiéndome el labio con fuerza, mientras mi espalda se arquea contra su pecho. Me dejo llevar, completamente, mientras las olas nos envuelven como si quisieran ocultarnos del mundo.

Y en medio de ese clímax, con mi corazón latiendo desbocado y la respiración hecha un desastre, sonrío apenas, agotado, pero todavía con ese veneno que nunca me falta. —Dime la verdad, Tom…— susurro entre jadeos, todavía pegado a sus labios —No hay nada más rico que yo, ¿o sí?

—No, Billie… tú eres un puto vicio. Y yo soy adicto a ti.— me responde —Tú eres mi maldita perdición. Lo único más rico que tú… es volverte a tener así, una y otra vez.

Él me besa de nuevo, salvaje, como si su respuesta fuera obvia. Y yo, satisfecho, me río bajito, dejando que el mar se lleve el eco de nuestro placer.

Continúa… 

Bill con el trajecito que usó para ir a la playa…

Este es el primer edit que hago de Tom.

por unicornlitz

Escritora del Fandom

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