Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II

Capítulo 32

Tal y como me había dicho mi madre, Heidi estaba en el jardín. Sentada en una de las tumbonas, justo al lado de la piscina, con un short corto que dejaba a la vista sus piernas con celulitis y una blusita de tirantes. Iba descalza, igual que yo. Al fin y al cabo, ¿para qué ponerme zapatillas si ni voy a salir de casa?

Me acerqué con el móvil en la mano, como si estuviera mirando algo súper importante, y me dejé caer en la tumbona que quedaba a su derecha. Buf, qué pereza… pero bueno, es lo que toca. Con esta mujer nunca sabes por dónde va a salir, y me carga estar cerca, aunque intente disimular. Es como llevar una piedra metida en el zapato: molesta, pero tarde o temprano acabas quitándola de en medio.

Y encima, con lo liado que estoy con lo que siento por mi tío, menos ganas aún tengo de aguantarla. Sé que tengo que asegurarme de que él no se case con ella… ya lo dijo aquella gitana, y desde entonces no puedo quitarme la idea de la cabeza.

—Hola…— la saludé justo al sentarme, fingiendo interés —Me ha comentado mi madre que estabas un poco… ¿de bajón? ¿triste?

Heidi me miró y forzó una sonrisa que, de verdad, me revolvió el estómago. ¿Por qué me cae cada día peor?

—No me gusta que Tom se vaya de viaje sabiendo que estoy embarazada— murmuró casi como si hablara consigo misma —A veces pienso que le da igual lo del bebé.

Yo asentí, aunque por dentro solo me daban ganas de rodar los ojos. Esta siendo muy exagerada. —Anda, no digas eso— le solté con voz melosa, fingiendo compasión —Mi tío Tommie está encantado, de verdad.

Ella bajó la mirada y negó con la cabeza. —No lo sé… tengo muchas dudas, sinceramente.

—Ya lo sé, mi tío no es precisamente bueno mostrando sus sentimientos— comento mirando al suelo, porque si la miro a la cara me entra la risa, vaya tela —Pero créeme, está ilusionado con lo del bebé, me lo dijo una vez.

—¿De verdad?— pregunta, y noto en su voz un hilillo de esperanza. Pobre…

Asiento con la cabeza —Claro… y también te adora, solo que ya sabes cómo es: vive por y para el trabajo, y cuando le sale algo no lo deja escapar. Pero tranquila, que yo sé que intentará cerrar todo rápido en Chicago y volver cuanto antes.

Ella hace un gesto como de puchero, aunque la verdad es que no le pega nada. —Es que hemos tenido tantas broncas que a veces pienso que lo último que quiere es volver…— susurra, bajando la voz —Como si necesitara tomarse vacaciones de mí.

Oh sí, claro, y mientras tanto conmigo se entretiene.

—Pero es que él no entiende— murmura mientras fija la vista en el agua de la piscina —Yo lo necesito aquí, conmigo. Con el embarazo estoy tan sensible que todo me afecta, y su actitud no ayuda. Me hace pensar que no le hace ninguna ilusión tener un hijo conmigo. Antes no era así, ¿sabes? Antes era más atento, más cariñoso… Pero desde que se fue a Alemania, esos tres meses, volvió cambiado.

Yo frunzo el ceño sin poder evitarlo; eso no lo sabía.

—Empezó a volverse distante. Se quedaba más tiempo en el trabajo. Y cuando estaba en casa, muchas veces se encerraba en el despacho y no salía hasta horas más tarde— me dice —Yo volvía molida de sesiones de fotos, de galas a las que se negaba a acompañarme, y ni se molestaba en preguntar cómo había ido. Antes siempre lo hacía…

Suspira, y entonces me mira directo.

—Llegué a pensar que tenía a otra, que en Alemania se había enamorado de alguien— dice con un tono tristón, y lo único que pienso es que voy a tener que preguntar a Tom sobre esto, porque pinta mal. Muy mal. Podría ser un problemón mas adelante. —Y mis sospechas se hicieron más fuertes cuando un día, mientras él dormía, le revisé el móvil.

—¿Qué?— me sale de golpe, casi atragantándome con mi propio veneno… uhg, quiero decir, saliva.

Ella asiente con seriedad. —Había un número guardado como «Bi»… supongo que sería de alguna Bibiana, o algo así. El caso es que esa chica le mandaba fotos de esas que solo se pueden ver una vez. No las vi, claro, pero por las respuestas que él escribía supe perfectamente de qué tipo eran.

—¿Qué respuestas?

—Anda, no me hagas repetirlo— me corta —Solo te digo que no eran las de un tío normal contestando a una amiga.

Genial. Mejor mierda.

—Y además había mensajes borrados. Miré la agenda de llamadas y vi registros de conversaciones larguísimas, de dos horas, dos horas y pico. Ahí me convencí de que había otra mujer, y que por eso no me acompañaba a los eventos— sentencia ella —Me dolió tanto que incluso llegué a guardar el número en mi móvil, estuve a punto de llamarla… pero al final me eché atrás.

Me quedo helado. Coño, esto es gordo. Muy gordo.

—Preferí pensarlo mejor; no iba a ponerme a pelear con esa tía… fuera quien fuera— dice Heidi, soltando un suspiro largo —Pensé que había una manera más «inteligente» de atarlo a mí. Tom y yo habíamos hablado alguna vez de tener hijos más adelante, pero yo me había estado cuidando para que no pasara ahora, porque sinceramente no me apetecía verme en medio de un embarazo todavía. Pero claro, con todo esto… en una de nuestras noches decidí no tomar las pastillas. Y bueno…— se lleva la mano al vientre —Aquí estoy. Pensé que con el embarazo se olvidaría de esa otra, pero no…

—¿No?— pregunto, aunque ya me sé la respuesta.

—No. Siguió con esa historia con la otra, y cuando pedí mis vacaciones directamente me fue apartando, como si yo sobrara. Creo que todavía tiene algo con ella— su voz suena dura, casi resentida.

—Joder, Heidi… lo que cuentas es tremendo.

—Lo sé. Dime, ¿tú no sospechaste nada cuando él estaba en Alemania?

—No, de verdad que no. Mi tío apenas salía de casa. La única vez fue conmigo, a una fiesta de disfraces. Pero ya está, nada raro— miento a medias, porque sé mucho más de lo que debería recordar ahora mismo.

Ella se queda pensativa —Entonces, si lo que dices es cierto, su amante tiene que estar aquí, en Los Ángeles. Pero… ¿quién será?

Yo asiento, fingiendo ponerme de su lado, aunque por dentro solo quiero que no ate cabos que no debe. —No sabría decirte. Igual es alguien del trabajo.

Heidi se cruza de brazos y entorna los ojos. —Puede ser. Una vez fui a visitarlo… hay una recepcionista y también su asistente personal…— dice, como repasando mentalmente las caras.

—Ya tienes a dos posibles— le comento, intentando sonar práctico —Pero lo mejor es que no te alteres. No montes un espectáculo.

—¿Y cómo no me voy a alterar? Si alguna de esas dos se está metiendo con mi futuro marido…

—Vale, sí, pero enfrentarte a ellas sería rebajarte. De verdad. Habla con Tom cuando regrese, sácaselo en claro, y ya está.

Ella me mira un rato, como dudando si hacerme caso o soltar un exabrupto, pero al final asiente. —¿Sabes, Bill? Me suena el nombre de esa mujer.

—¿En serio?

—Sí. Alguien mencionó una vez lo de «Bi». No me acuerdo quién, pero no fue un sueño. Creo que fue Tamara, tu tía.

—¿Tammy?

—Ajá. Cuando vinieron unas semanas aquí, juraría que lo oí.

—Entonces, ¿crees que hablaban de la misma persona?

—Yo creo que sí— susurra, con el ceño fruncido —Y todavía tengo el número guardado. Algún día tendré el valor de llamarla, aunque eso me meta en un lío con Tom.

Yo trago saliva. —¿Piensas que él se pondrá de su lado?

—No lo creo. Lo sé.— su voz ahora suena segura, como si estuviera convencida de algo que me parece frágil. —Pero también sé otra cosa: no voy a dejar que nadie me quite a Tom. Si tengo que plantarle cara a esa mujer, lo haré.

—Eso… eso me parece bien —digo, aunque las palabras me salen atragantadas.

Me quedo tieso.

«Bi». Mierda, Heidi lo dice tan tranquila, sin tener ni idea de que soy yo. Que no hay ninguna Bibiana ni ninguna chica misteriosa, que soy Bill, el sobrino de su pareja. Y claro, no puede enterarse. No puede. Si lo hace, se acaba todo.

Intento mantener la cara neutra, asentir como si no pasara nada, pero por dentro tengo un lío tremendo. ¿Y si Tom dejó alguna pista y no fue tan cauteloso como habíamos quedado? ¿Y si a Heidi le da por seguir tirando del hilo? Como empiece a juntar piezas… estoy perdido. Lo peor es lo que siento yo. Porque vale, al principio pensé que era solo atracción, ya está. Algo que pasaba y punto. Pero ahora… ahora noto que me afecta.

Que quiero más.

Y eso me da miedo porque ni siquiera sé si para Tom hay algo, o si solo soy un rato divertido mientras le dura la gracia.

Y claro, escuchar a Heidi hablar de embarazos, de planes de boda, de que no quiere perderlo… me remueve por dentro. Yo tampoco quiero perderlo, aunque ni siquiera sé si puedo decir que lo tengo. Tengo que hablar con él, sí o sí. Esto de «Bi» ya se le fue de las manos. Heidi está sospechando demasiado y, como no aclaremos qué pasa, puede acabar explotando en nuestra cara.

Y no sé si estoy preparado para que todo se descubra.

La miro de reojo. Ella se lo cree, cree que soy el sobrino bueno que la escucha y le da consejos. Y yo aquí, sentado, con la verdad clavada en la garganta.

Mierda, ¿por qué tengo tan mala suerte?

&

—Tenemos que hablar— es lo primero que suelto nada más entrar en la habitación del hotel.

Voy directo a la salita, donde está Tom, sentado en el sofá con una libreta abierta y un lápiz en la mano. Se queda quieto en cuanto me oye. Levanta la cabeza y me mira arqueando las cejas, con cara de «¿y ahora qué?»

—¿De qué?— pregunta. Me planto delante de él, brazos cruzados. —Tiene que ser algo gordo para que aparezcas hoy, cuando habíamos quedado en que vendrías mañana. Y encima sin saludar, con esa cara… ¿estás enfadado?

Suelto un suspiro, cierro un segundo los ojos y los vuelvo a abrir. —No, no estoy enfadado. Sé que habíamos dicho mañana para no levantar sospechas, pero necesitaba venir ya.

Deja la libreta y el lápiz a un lado y, al fijarme, me doy cuenta de que estaba dibujando unos ojos. Mis ojos. Eso me pone nervioso de golpe y siento que me arden las mejillas. Agacho la cabeza para disimular, respiro hondo intentando que no se me note lo colorado que estoy.

—Entonces, ¿qué pasa, peque?— me suelta, y eso me da valor para levantar la vista y mirarle directo.

—Tommie…— resoplo, y al ver que se aparta un poco para dejarme sitio, me siento a su lado. Me pasa un brazo por la espalda, me arrastra suavemente hacia él y mi cabeza termina apoyada en su pecho. Puedo escuchar los latidos, despacio, constantes. —Es sobre Heidi.

—¿Ha dicho algo?

—Sí, pero no contra mí— aclaro rápido, porque noto su tono tenso. Me hace gracia que se ponga así de protector, aunque sé que no debería darle tantas vueltas… —Lo que pasa es que lo que me contó me dejó preocupado. Bastante.

—¿El qué?

—Que está convencida de que tienes «una» amante.

Tom suelta una risa por la nariz, entre incrédulo y divertido. —¿Qué dices?

—Eso. Que desde que volviste de Alemania hace dos años estabas distinto con ella. Que antes eras cariñoso y luego frío, distante. Y que llegó a pensar que allí habías conocido a alguien y te habías enganchado.

Él se incorpora de golpe, se aparta de mí y se pone de pie. —Espera, espera… ¿me estás diciendo que Heidi sospecha de…?

Asiento, levantándome también. —Sí, Tommie. Me lo contó. Dice que una noche te revisó el móvil y encontró mensajes de «una chica» guardada como «Bi». Está convencida de que es «Bibiana» o algo así. Incluso se guardó el número, y pensó en llamarla… aunque al final no lo hizo. Y que al quedarse embarazada creyó que ibas a cortar con «ella».

Mi tío se lleva una mano a la frente y, entre nervioso y desesperado, empieza a dar vueltas cortas por la habitación mientras yo le cuento todo lo que, por desgracia, me ha dicho su novia.

—Pero no le coló, ¿no?— continúo —Intenté cambiar de tema, le dije que en Alemania era raro que conocieras a alguien porque casi no salías de casa.

—¿Y qué pasó?— me interrumpe, inquieto.

—Pues que ella llegó a la conclusión de que si no fue allí, la amante tiene que estar aquí. Y ahora cree que puede ser la recepcionista de tu empresa o tu asistente.

Tom me mira con los ojos a punto de salirse. —Bibi, ¿tú has hecho que ella piense eso?— me pregunta, y noto en su voz la mezcla de enfado y decepción. Yo asiento, como un crío pillado en una travesura. Él suelta un suspiro largo. —Joder.

—¡Perdona!— suelto, en un grito cortado —Es que no sabía qué hacer.

—¿Y quedarte callado no era una opción?— me reprocha con dureza, y yo bajo la vista, sintiéndome aún peor.

—Lo siento— repito, ya sin voz —Es que no supe qué decirle. También me dijo que escuchó a Tamara mencionar el nombre «Bi» alguna vez. Y, ya sabes, mis tías me llaman «Bibi»… Así que me asusté. Yo se que es mi culpa, yo…— siento que la garganta se me aprieta y noto las lágrimas asomando; me quedo en silencio.

Tom se acerca y me rodea con los brazos, atrayéndome a su pecho. Me acaricia la cabeza y me habla bajito —Perdóname, no debía hablarte así. No es tu culpa. Entiendo por qué le hiciste creer eso… pero tienes que saber que nos has metido en la boca del lobo.

Asiento despacio. —Lo sé. Le pedí que no investigara, que no montara un escándalo, pero sé que en algún momento irá a enfrentar a la supuesta «amante». Igual descubre también que tu jefe te dio las vacaciones que pediste y que todo lo del «trabajo» en Chicago es mentira. Joder, lo he estropeado todo.

—No— dice él, separándose para mirarme a la cara y tomando mi rostro entre sus manos —Heidi puede ser tonta, pero yo me encargaré de que no sepa nada de lo nuestro.

—¿Y cómo piensas hacerlo?— pregunto, inseguro.

—Contrataré a una chica— responde seco.

Me quedo paralizado. —Pero si Heidi tiene mi número…

Sonríe con media boca. —Déjamelo a mí. Lo que tienes que hacer es fingir que tu teléfono ha sufrido un «accidente»; cambia el chip, compra otro número. Así, si ella intenta llamar al que tiene guardado, no le servirá. Y tú seguirías comunicado con tu novio, tu padre y quien haga falta.

—¿Y si solo apago el móvil hasta que esto pase?— propongo.

—No, cariño. Si apagas el móvil, la gente se mosqueará: tu madre, tu novio, tu padre… ¿qué vas a decirles?— me replica.

Le doy vueltas a la idea. No tengo excusa para cambiar de chip; mi plan de datos lo paga mi padre y todo está a su nombre. Si lo cambio, me va a preguntar, y yo no tengo una razón convincente. Apagar el móvil tampoco cuela: mis amigos y mi familia saben que no me desconecto así como así.

—Vale— digo al final —Haré lo que me pides. Lo importante es que Heidi no descubra que «la amante» soy yo.

—Bebé, tú no eres mi amante.

¿Eh?

Continúa…

Gracias por la visita, no te vayas sin comentar 😉

por unicornlitz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!